¿Cuánto tiempo hace que no votabas con ilusión?

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

O simplemente: ¿cuanto tiempo hace que no votabas?; ¿has votado alguna vez?.

En la penúltima entrada de esta etapa del blog no he pedido la colaboración de nadie, porque es mi llamada personal al voto en las elecciones europeas del 25M.

En septiembre de 1976, ante la llegada de la democracia, escribí el artículo que comento ¿Sabremos votar las españolas?. Era bastante pesimista: las mujeres nunca hemos tenido confianza en nosotras mismas. Aunque perseguía el efecto contrario: animar al voto, y al voto entonces llamado “de izquierdas” a mis lectoras.

El cambio que se había producido entre las mujeres durante los últimos años del franquismo había sido muy grande;  frente al voto del miedo en 1966, frente al voto conservador de 1933, el voto de las mujeres españolas desde 1982 se ha caracterizado por una abstención menor a la de los hombres y una tendencia pronunciada (superior hasta el 8% en algunas ocasiones) hacia el partido socialista.

La menor abstención puede explicarse por una mayor conciencia cívica o, en otras palabras, un sentimiento más firme de pertenencia a la comunidad. En general, existen dos sectores sociales entre los que el voto es menos frecuente: los jóvenes y los sectores marginados.

En general, los partidos políticos cuidan de sus “jóvenes generaciones” y prometen “el futuro”. Bien entendido, con sus diferentes nomenclaturas y versiones. Pero los jóvenes son bastante resistentes a votar; este no es “su mundo”, no lo es todavía.

Con las mujeres es otra cosa. El partido socialista se las llevó de calle en 1982 por la mera apariencia física de Felipe Gonzalez. Recuerdo de aquellos años las revueltas multitudinarias de chicas alrededor del actor que representaba a Sandokan, el pirata malayo, en una serie de la tele, y del candidato del PSOE, al que se gritaba: “Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo”.

Sí, jóvenes lectoras, vuestras madres eran unas deslenguadas.

A partir de 1983 los socialistas fueron ya conscientes de su éxito entre las féminas y explotaron el terreno. En las presentes elecciones, la única cabeza de lista mujer es la candidata del PSOE y la única propaganda electoral específicamente dirigida a las mujeres es la suya.

Ha bastado un desliz del cabeza de lista competidor, un señorito andaluz a la vieja usanza y sin una pizca de glamour, para que la mayor parte de la campaña electoral girase en torno al machismo de la derecha. Despistes o excesiva sumisión de los asesores de campaña.

Otros abstencionistas “de toda la vida” son las minorías marginadas. La etnia gitana y lo que antiguamente se llamaba “pobres de solemnidad”, pobres de la cuna a la fosa común municipal, tampoco se sienten muy proclives a participar en los juegos de escaños.

A pesar de la insistencia del PP sobre el “voto subsidiado de los andaluces”, solo he encontrado un estudio serio sobre la cuestión en el que se demuestra que la minorías subsidiadas son de por si abstencionistas pero que, incluso entre ellas, las mujeres participan más.

En elecciones europeas, sin embargo, es conveniente llamar, tambien a las mujeres, a la participación. La abstención crece desde 1987, hasta superar el 55% en 2009.

Y ahora, mi historia personal: ¿desde cuando no voto con ilusión?. Si he de decir la verdad, solo he votado con ilusión una vez en mi vida, en el referendum sobre la OTAN, en 1986. Perdimos, pero por poco. Y la campaña anti OTAN fue el último movimiento político en el que participé con ilusión.

Yo estaba como apoderada en una mesa electoral. A media mañana llegó una señora mayor. Dijo muy seria al presidente: “Vengo a votar por mi y por mi hermana”. Todos los presentes le aseguramos a coro que no podía. Ella insistió: su hermana estaba impedida, ella traía su carnet de identidad y una autorización… Pero, claro, no pudo votar por su hermana.

Antes de marcharse echó una mirada alrededor. Debió pensar que yo era la persna más fiable de las allí reunidas y me preguntó bajito: “Pero no le quitarán la pensión, ¿verdad?” .

Así que perdimos. Como para mucha gente de mi generación, aquello fue un golpe duro. No quiero decir que dejase toda actividad participativa pero, como mis dos hijos mayores, que llegaron a la mayoría de edad en los 90, me convertí en “oenegera”. Los gobiernos contaminan.

Desde entonces no recuerdo haber votado, salvo en contra.

Bueno, voté a favor de Esther Vivas en las últimas europeas, pero sabía que era un gesto testimonial.

El domingo votaré a PODEMOS. No solo por el método participativo de elaboración de su programa y de su lista de candidatos. No solo por sus ataques a la casta política, tan en boga. Votaré porque un pequeño triunfo puede ser la semilla de una nueva forma de hacer política.

En los últimos veinte años se ha fraguado, y en especial lo han fraguado las mujeres, un tercer sector, ni público ni privado, ni estado ni mercado, que está revelando su importancia capital en estos tiempos de crisis.

Desde el 15M, esta “casta dispersa” se ha ido politizando. Es gente capaz de sostener instituciones que funcionan en favor de una u otra causa, capaces de obtener apoyos y recursos y, sobre todo, de elaborar discursos coherentes y mejorarlos mediante el estudio y el intercambio de ideas.

Esta es la base de los Círculos de PODEMOS. Pasada la campaña electoral, y si esta no es un fracaso estrepitoso despues de tanto esfuerzo, los Círculos pueden ser una basa fantástica de políticas sectoriales y municipales participativas.

Y precisamente por eso, porque confío en que la ciudadanía del estado español está preparada para una nueva forma de hacer política, votaré con ilusión a PODEMOS.

 

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La domesticación del trabajo

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

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Como narraba en la  entrada anterior,  a partir de 1998 un grupo de alumnas de doctorado y gente a la que estaba dirigiendo la tesis constituimos el Seminario permanente de Feminismo y Cambio Social.

Nuestra preocupación era aplicar la perspectiva feminista al conjunto de cambios acelerados que se estaban produciendo en el mundo desde el fin de los Treinta Años de Oro (1945-1975). No queríamos replegarnos sobre nosotras mismas, sino, al contrario, ampliar lo más posible nuestro punto de mira.

No soy capaz de mencionar a toda la gente que pasó por el seminario, a lo largo de sus catorce ediciones. Sus asistentes llevaron a cabo tesis sobre migraciones, empleos en trance de desaparición, como el marisqueo, machismo y homofobia, tráfico de drogas ilegales… No recuerdo más temas, así de memoria.

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El equipo de investigación asociado estudió la imagen que los jóvenes madrileños tenían de su propio futuro, el destino de los heroinómanos de los 80, y, sobre todo, las condiciones de vida de las mujeres en prisión y de sus hijos.

Así mismo, organizamos un Seminario Internacional sobre Mujeres no nacionales en las Prisiones españolas (Delitos y Fronteras, Madrid, Editorial Complutense, 2005)

En 2008 celebramos el décimo aniversario de nuestro trabajo con un número monográfico de la revista Cuadernos de Relaciones Laborales (nº 26, vol.2)  titulado precisamente La Domesticación del Trabajo.

El origen de este concepto está en el artículo que publicamos en esta entrada Mujeres en circuito integrado y en una presentación pública que hicimos en las Jornadas Feministas de Córdoba del 2000.

Personalmente creo que es un concepto potente. En esencia, se refiere tanto a la plasticidad del trabajo doméstico (que invade cada vez más el empleo asalariado) como a la“domesticación” de los empleados y empleadas en virtud precisamente de la flexibilización de sus condiciones de empleo.

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