El trabajo también es de las mujeres

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Hemos celebrado, quien en la calle reivindicando un trabajo digno y con una paellita con los amigos, quien en un atasco y con una paellita con los amigos, el 1 de mayo. Eso si, la paellita no ha faltado, ¿eh?. Afortunadamente, la paella es uno de los pocos platos que, sobre todo en día de fiesta y entre amigos, preparan los hombres.

Y eso está bien, porque los demás días, casi siempre les toca cocinar a las mujeres. Salvo que sean cocineras profesionales (de colectividades, de restoranes familiares, nada de chefs de cinco  estrellas) cocinan “sin paga”, que decía Martirio. Trabajan, pero no cobran. Insisto porque esta distinción entre trabajo y empleo no acaba de meterse en la cabeza de la gente. Y hay que ver la de trabajo que se hace gratis.

Escribí el artículo que hoy comenta Sandra Ezquerra en un momento muy particular de mi vida. Mi madre había sufrido un grave accidente vascular y se había quedado completamente inválida. Mi padre nos preguntó a las cinco hijas si queríamos hacernos cargo. No a los tres hijos. Pero ninguna pudo aceptar. Dos vivían fuera de Madrid y el resto teníamos nuestros empleos y nuestras familias. Yo además, convivía con mi suegra, que había decidido que “no me podía entender” y se pasaba la vida queriendose enfadar conmigo.

Quiero decir, lo escribí porque me afectaba personalmente. Y lo hice desde una óptica que poca gente entendía entonces: la crisis fiscal del Estado. Un economista norteamericano de formación trotskista, J. O’Connor, escribió, en 1973, un libro titulado “La crisis fiscal del Estado”. Entendió perfectamente que, después de los tratados de Bretton Woods, de la institucionalización de lo que hoy llamamos economía neoliberal y globalizada, ningún estado podría mantener políticas socialdemócratas.

El libro no se publicó en castellano hasta 1981 (editorial Península) y que, a mi me conste, lo entendimos tres: un viejo amigo economista, Jesús Albarracín, que ya no está entre nosotros y que fue quien me lo recomendó; una servidora y, ahora me he enterado en Google, otro profe de la Complu, Manuel Fernández del Riesgo, que escribió en 1994 un artículo titulado “La democracia y el futuro del socialismo” en el que cita tanto a Albarracía como a O’Connor.

El fin de las políticas socialdemócratas tenía dos víctimas inmediatas: los viejos y las mujeres. Lo de los viejos era tan claro que los socialdemócratas españoles forzaron el pacto de Toledo sobre las pensiones en 1995, cuando a Felipe González le quedaban dos telediarios.

De las mujeres solo nos acordamos nosotras mismas, y reivindicamos el trabajo de cuidados. Pero lo intentos de Zapatero por responder a esa demanda (Ley de Dependencia, cheque bebé…) estaban ya condenados al fracaso.

A partir del 2000 los abuelos han ido sustituyendo a las guarderías. Ya ha sentenciado la Ley Wert que la educación de 0 a 3 años no es cosa de educación, sino de asuntos sociales…

El capitalismo es incompatible con la remuneración del trabajo de cuidados, ni en el ámbito público ni en el privado. Solo la reducción de la jornada de trabajo y la renta básica pueden poner las bases para conseguirlo, aunque nos reste a las mujeres la interminable batalla privada porque estos beneficios sociales no se utilicen para meternos otra vez en casa.

Porque la mística de la femineidad ataca de nuevo, advierto. Acaban de ponerle la medalla al mérito policial a la Virgen del Amor Hermoso.

¿En búsqueda de la tribu perdida?

Artículos:

Sandra Ezquerra
Socióloga

En su texto ¿Quién cuida a los mayores?, Mª Jesús Miranda examinaba a inicios de la década de los noventa la evolución histórica del rol de las mujeres en el cuidado de las personas mayores en aras de plantear un debate sobre su desarrollo futuro.

Desde la centralidad de la familia extensa- en su sentido más amplio- en las sociedades europeas preindustriales, pasando por el surgimiento de las prestaciones públicas y las distintas fórmulas de iniciativas de beneficencia a partir del siglo XIX, las mujeres han asumido históricamente, exponía con atino la autora, el cuidado de las personas mayores tanto en el seno de los hogares como en sus múltiples variantes externalizadas.

La precariedad de este equilibrio, sin embargo, se empieza a visibilizar a partir de la década de los setenta del siglo XX, en la que convergen diversos fenómenos: en primer lugar, a pesar de que la “edad de oro del capitalismo del bienestar” promueve la independencia y autonomía de las personas mayores, el aumento de la esperanza de vida contribuye a un envejecimiento de la población así como al incremento del número de personas mayores- más mayores que nunca- con necesidades de cuidado y/o de atención para realizar sus tareas cotidianas.

A pesar de ello, en segundo lugar, la llamada crisis fiscal del Estado originada durante aquellos años determinará una tendencia- inconclusa a día de hoy- a la limitación del gasto destinado a servicios sociales para personas en situación de autonomía restringida y/o diversidad funcional, incluyendo las personas mayores.

En tercer lugar, la disminución de medios económicos como resultado de la jubilación hace que numerosas parejas mayores, y particularmente los hombres, vean su dependencia del cuidado de otros miembros de la familia, casi siempre las mujeres, intensificada en esta etapa de su ciclo vital.

Todos estos procesos vienen acompañados, según la autora, de una pérdida del sentido de obligación hacia el cuidado de las personas mayores.

En definitiva, una mayor demanda agregada de cuidado, una disminución (irreversible, aunque no lineal) de la oferta de cuidado por parte de las instancias públicas y la continuación de la identificación del cuidado como responsabilidad incuestionada del género femenino, han resultado en la pervivencia de la división sexual del trabajo reproductivo en una emergente crisis de los cuidados.

Si a ello le añadimos la impresionante incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral desde los años setenta hasta la actualidad o, dicho de otro modo, una decreciente disponibilidad de mujeres especializadas en el cuidado no remunerado en el ámbito privado, nos encontramos en posición de afirmar que lo que Mª Jesús Miranda atisbaba hace 20 años, y desde entonces ha sido ampliamente reconocido y teorizado por los estudios feministas, se ha convertido en un punto de no retorno: mientras que la organización social del cuidado ha sido históricamente, desde una perspectiva de género, profundamente inequitativa e injusta, a día de hoy queda más claro que nunca que es a su vez insostenible.

Las tendencias descritas por la autora en relación al carácter femenino de los cuidados en nuestra sociedad se mantienen. En la Encuesta de Empleo del Tiempo de 2009-2010, por ejemplo, 3,8% de las mujeres manifiestan que su actividad principal diaria corresponde a ayudar a personas adultas miembros del hogar frente al 2,5% de los hombres.

El Barómetro de Marzo de 2014 el CIS, a su vez, muestra que en un día laborable cualquiera el 39,2% de las mujeres tienen el trabajo doméstico no remunerado como principal actividad frente a un 10,2% de los hombres.

En un patrón similar, el 11,2% de ellas se dedica al cuidado de hijos o nietos en días laborables frente al 2,9% de ellos.

Cabe poner esta información en relación con los datos de actividad laboral. Si bien la tasa de actividad masculina no ha dejado de descender desde mediados de la década de los setenta (en 1976 era de 77,80% y de 65,90% en 2013), la femenina ha seguido en el mismo período la tendencia opuesta: en 1976 la tasa de actividad femenina era del 28,67%, en la época que escribía Mª Jesús Miranda se había incrementado a 37,09% y a finales del 2013 se situaba ya en un 53,31% (Datos de la Encuesta de Población Activa. Instituto Nacional de Estadística).

De esta manera, la continuidad de la atribución social de los cuidados a las mujeres, combinado con el creciente rol laboral de éstas en las últimas décadas, apunta a una intensificación de lo que se viene conociendo como doble jornada o doble presencia de las mujeres.

Esta doble carga de trabajo mayoritariamente femenina, a su vez, constituye un síntoma importante del incremento de las dificultades a las que previsiblemente seguirá enfrentándose la organización tradicional del cuidado de las personas mayores en los próximos años.

Otra tendencia que también apuntaba la autora era el incremento de la presencia de abuelas y abuelos en el cuidado de nietos y nietas como resultado del crecimiento de la llamada tasa de actividad femenina. Este cuidado era identificado por ella como muestra y potencial de solidaridad y reciprocidad intergeneracional, así como fuente de “enriquecimiento” del papel de los y las abuelas.

Estudios recientes, sin embargo, muestran que la creciente dependencia por parte de numerosas familias de abuelos y abuelas para conciliar el cuidado de los y las más pequeñas con el trabajo remunerado de sus padres resulta como poco problemática.

Las personas mayores dedican el 48,9% de su tiempo al trabajo doméstico y familiar, realizando las tareas del hogar y labores de apoyo a otras personas: el 10,1% de la población de 65 y más años se dedicaba al cuidado de nietos/as o hijos/as como actividad principal en un día laborable en 2009 y casi 8 de cada 10 abuelos/as cuida o ha cuidado de éstos.

Esta aportación constituye un recurso fundamental para las familias para poder afrontar el problema de la conciliación entre la vida familiar y laboral: casi la mitad (49,5%) de las personas que cuidan de sus nietos/as lo hace casi a diario y un 44,9% casi todas las semanas, con una media de horas dedicadas todos los días de 5,8 horas.

Por otro lado, casi un 30% lo hace 8 o más horas al día. Esta provisión de ayuda no se circunscribe a los nietos y nietas y un 13,9% de las personas mayores declaran haber prestado ayuda a otras personas cercanas en el último año (en el cuidado personal, ayuda doméstica, en trámites o gestiones, o haciendo compañía) (véase Alfama, Cruells & Ezquerra 2014).

Todo ello indica que el rol de las personas mayores en el cuidado familiar está deveniendo clave y responde no sólo a unos patrones de solidaridad intergeneracional sino también, y muy especialmente, a una carencia estructural de mecanismos de apoyo público en este ámbito.

Dicha carencia se intensifica en el momento actual de crisis económica y afecta de forma muy directa a los sectores sociales con menor capacidad adquisitiva dado que no pueden suplirla contratando servicios privados.

Las cifras hablan por sí solas: el gasto público español en infancia y familia fue en 2011 menos de la mitad de la media europea: 308,9 euros por habitante frente a los 650 de la Zona Euro y los 661 de la UE-15. También las partidas para personas con discapacidad fueron significativamente menores: 404,2 frente a 569,3 y 633,3 (Datos del Eurostat).

Tras los continuos recortes en la Ley de Dependencia desde el estallido de la crisis, a su vez, las personas mayores tienen cada vez menos garantizado el cuidado y la atención a sus necesidades.

Finalmente, ante el creciente desempleo resultante de la crisis las familias cada vez más se ven abocadas a aceptar empleos fuera de su lugar de residencia, en horarios inconvenientes, etc., que dificultan aún más la conciliación. Los ingresos a su vez se reducen, lo que dificulta todavía más la externalización del trabajo de cuidados de las personas a cargo.

Tanto los datos laborales y de cuidados femeninos como el desbordamiento en temas de conciliación de las familias agudizado por la crisis económica- desbordamiento que incrementa la carga de trabajo de las personas mayores a la vez que pone en peligro su cuidado y atención- muestran la urgencia de plantear alternativas futuras a la organización y las fuentes de cuidado de las personas mayores tal y como veníamos conociéndolas.

La implicación de los abuelos y abuelas, así como de otros miembros de la familia extensa, resulta sin duda un indicador de fortaleza de redes sociales y recursos a los que las familias pueden recurrir. Sin embargo, no podemos ni debemos aspirar a que el trabajo de cuidados de los y las más jóvenes que las madres (y en muchos casos también los padres) encuentran cada vez más dificultades para conciliar con su actividad laboral, sea asumido por las y los más mayores.

Tal y como expone Carolina del Olmo en su ensayo “¿Dónde está mi tribu?”, las redes familiares y comunitarias han jugado un papel histórico clave en la crianza y el cuidado de las personas a la hora de proporcionar tiempo, atención, apoyo, conocimientos y compañía.

Dicho papel se ha visto socavado en décadas recientes como resultado de los procesos de individualización, atomización y precarización de nuestras vidas impulsados por el apogeo de la economía de mercado, y su recuperación puede contribuir a concebir y (re)construir un paradigma del cuidado desde la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad.
No obstante, cabe no perder de vista dos peligros.

En primer lugar, la tribu (que puede incluir a la familia extensa, las redes de vecindad, los lazos comunitarios, etc.) ha sido una de las esferas en las que se ha reforzado la noción y actividad de cuidar como inherentemente femenina y perteneciente en cierta manera el ámbito de lo privado.

Su posible recuperación, de este modo, debe estar basada en una clara crítica de la división sexual del trabajo y en la voluntad no de rescatar románticamente comunidades perdidas sino repararlas desde un punto de vista transformador (véase Bauman 2001).

El segundo peligro reside en que la tribu (en su sentido amplio) como fuente de cuidado y solidaridad se convierta en coartada para la retirada del Estado de sus responsabilidades de cuidado y provisión de bienestar.

En este sentido, resulta clave abordar el debate sobre la relación entre lo “común” y lo “público”, así como el rol que cada uno de ellos ha de tener en los procesos de reproducción social. Lo “público”, tal como lo entendemos ahora y a pesar de sus numerosas carencias y contradicciones, continúa siendo el único garante de redistribución y derechos universales.

Más que substituirlo, quizás la tribu puede complementarse con él.

También se puede pensar en fórmulas para que uno de los objetivos de “lo público” sea reforzar y apoyar a nuestras tribus y nuestras comunidades. De lo que no hay lugar a dudas es que resulta tarea imprescindible e ilusionante seguir buscando respuestas a tantos interrogantes abiertos por Mª Jesús Miranda.

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Alfama, Eva; Cruells, Marta; Ezquerra, Sandra (2014, en prensa) “Envejecimiento y crisis: Impactos de la crisis económica en las personas mayores en el Estado español”. Informe Foessa 2014.
Bauman, Zygmunt (2001) Community. Seeking Safety in an Insecure World. Malden, MA: Blackwell
Del Olmo, Carolina (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual

Las buenas chicas de los 80

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Cuando hice la investigación que se resume en el artículo “Actituds bàsiques davant la vida” yo tenía 34 años. Había sido una “buena chica”. Me casé por amor -es decir, por sexo- a los 20 años, en tercero de carrera, la terminé, fui militante antifranquista y feminista, redacté la tesis durante la lactancia de mi segunda hija, proseguí con mi carrera académica e investigadora, me separé de “lecho y habitación” de mi primer marido cuando me lo permitió la reforma del Código Civil de 1975, tiré p’alante yo sola y en 1983 el PSOE me premió todos esos méritos al nombrarme Carlota Bustelo Subdirectora de Investigación del Instituto de la Mujer.

Después ya no fui tan buena chica, porque cuando uno llega al poder tiene que volverse conservador y yo ya había cogido un ritmillo progre, del que nunca ha sido capaz de librarme. Pero, a pesar de los pesares, ya me había instalado en una clase media desde la que es muy fácil dar lecciones de casi todo.

El problema es que la economía capitalista y consecuentemente, la social-democracia, habían entrado en crisis irreversible en 1973 y ya nada iba a ser como había sido. Como dice Amparo Lasén, “el futuro ya estaba allí”.

La diferencia estriba en como lo veíamos. Mi adolescencia la mecieron los Beatles (“Please, love me do”, “Yesterday”, “Michelle”…) y el Dúo Dinámico (“Quince años tiene mi amor”). En los 60 no alcanzaban la popularidad los amores putrefactos; Ed Cobb escribió “Tainted Love” en 1964 y la grabó una de las chicas de la Motown, Gloria Jones. Pero no se hizo popular hasta los 80, en la versión de Soft Cell, que es la que escucharía Amparo.

Gloria Jones fué una “chica mala” de mi generación. Afroamericana, nacida en Los Angeles, cantaba en comedias musicales hasta que se fijó en ella Mark Rolan, del grupo T-Rex. Marc nunca fué capaz de separarse de su legítima mujer, aunque tuvo un hijo con Gloria. Una noche de copas y algo más tuvieron un accidente de coche. Mark murió y Gloria se vió sola, sin un duro y con un bebé sin padre. Volvió a Los Angeles, a casa de su familia y allí, gracias a los amigos de su amante, consiguió un trabajo como asesora musical en la industria cinematográfica. Esto es lo que explica que Tainted love”, en la versión de Marilyn Manson,  forme parte de la banda sonora de Esta no es otra estúpida película americana, parodia de las típicas películas de teenagers, en la que hay referencias a Grease, Nunca me han besado, Karate Kid, American Beauty, American Pie, La chica de Rosa, Alguien como tú, etc., etc.,

Hoy en una de las 100 mejores canciones de rock  del siglo XX (Wikipedia).

Y la biografía de Gloria es hoy más frecuente que la mía, porque 40 años de cronificada crisis del capitalismo y, por ende, de la socialdemocracia, han hacho que la clase media se encuentre en vías de extinción.

El futuro ya estaba aquí

Artículo:

Amparo Lasen
Socióloga

En junio de 1983 yo tenía 14 años, algo más joven que las mujeres de la investigación del artículo de María Jesús Miranda que me toca comentar. Ese año pisé por primera vez una discoteca, la “Submarino” de Valdemoro. El portero me espetó en la entrada: “Eh tú, ¿dónde vas?” Nerviosa pensé: “no cuela, me va a pedir el carné”. Cuando la vecina de cola le aclaró entre risas: “pero si es una chica”. Respiré tranquila al darme cuenta de que no era la edad el problema, mi altura daba el pego pero junto con mi pelo al uno y las ropas holgadas del Rastro también me hacía parecer un chico, y éstos no entraban gratis.

Así que pude pasar a la sala pequeña y en penumbra, sonando Boney M y Soft Cell, donde estaban las chicas del instituto, las mayores de la EGB, las curritas, las paradas y los chavales del pueblo en clara minoría respecto de los “polillas” o guardias jóvenes del Colegio de la Guardia Civil, adolescentes con uniformes y gorra de plato, dándole a la disco un tono de “Suboficial y Caballero” de andar por casa.

Y entre esos aspirantes a guardias civiles, en esa discoteca y otros disco-bares, encontré a mis primeros amigos punkis, como yo, pero con la cresta en la lengua, punkis para los que el ‘no future’ no era tanto signo de pesimismo nihilista como reconocimiento de que bastante ocupados estábamos con el presente como para preocuparnos de lo que vendría, amigos con los que hablar de la música que nunca sonaba en aquellos locales, y que me enviaban cartas desde sus arrestos frecuentes donde citaban las letras de Siniestro.

Esas crestas imaginarias y bien presentes algunos las seguirían llevando luego bajo el tricornio, contribuyendo a cambiar el Benemérito Instituto impulsando inéditas iniciativas colectivas, pero eso es otra historia.

Las mujeres jóvenes de entonces, como indica la investigación de Miranda, no querían vivir como sus madres, y con cierta ingenuidad optimista, de acuerdo con los discursos que compartimos desde entonces, pensaban que con un poco de educación y voluntad personal se podrían aprovechar las oportunidades que facilitarían la autonomía y la maternidad responsable, ejercida junto a una pareja que asumiría su parte de la responsabilidad, asumiendo aparentemente que así como ellas no querían ser como sus madres, sus parejas tampoco querrían ser como los padres.

Esta curiosa creencia, implícita o explícita, de que los varones renunciarán a sus privilegios por educación y sentido de la justicia, persiste en nuestros días, sorprendentemente, visto que el paso de las décadas y el afianzamiento y ampliación de la educación formal obligatoria no se acompaña precisamente de una disminución de las desigualdades, ni de un abandono voluntario de los privilegios.

Las investigaciones sobre jóvenes realizadas una década después, como la realizada en mi tesis doctoral, muestran que las mujeres jóvenes de mediados de los 90 seguían sin querer vivir como sus madres, pero no eran ya tan optimistas acerca de la vida adulta. El desencanto llega también a la consideración de la propia autonomía.

El cambio en las relaciones familiares, menos autoritarias en general, aporta mayor autonomía y dudan que la emancipación les haga más autónomas, más bien presagian que sustituirán unas dependencias por otras. Además en otra situación de crisis con una tasa de paro cebándose especialmente en jóvenes y mujeres, la emancipación no se antoja fácil y la precariedad amenaza aunque se hubieran hecho bien los deberes y obtenido los diplomas requeridos.

Aparece la etiqueta de “jóvenes sobradamente preparados” que acentúa más el hecho de sobrar que el de sobresalir. Así que las estrategias temporales de los jóvenes de nuestra investigación intentan prolongar el presente, no sólo con la idea de disfrutarlo, que también, sino de retardar las elecciones irreversibles, dado que una de las pocas certezas que se tienen es la incertidumbre acerca del futuro.

Las jóvenes de los 90, como las de los 80, seguían muy preocupadas por aprovechar esas oportunidades que les permitirían gozar del futuro, pero aquella convicción en cuanto a éstas ha desaparecido. En la investigación de los 80 parece haber un consenso acerca del papel de los estudios y de un trabajo estable, que hace que aquellas que puedan conseguirlo se muestren optimistas en cuanto a sus posibilidades de distanciarse del modelo materno, mientras que aquellas que lo ven fuera de su alcance parecen resignadas a “que no pueda ser de otra manera”.

Sin embargo, una década después las jóvenes no sólo temen la precariedad y la crisis, sino que encuentran que ese modelo de la maternidad responsable, la pareja estable y el trabajo fijo, además de poco realista no es muy atractivo tampoco. Por eso hay que tener un Plan B y en lugar de plantearse una trayectoria única, una carrera, hay que pensar en cómo darle la vuelta a lo que fracasa.

Pero una de esas elecciones, tener hijos, no es reversible, no permite plan b, y marca una clara diferencia en las actitudes de mujeres y hombres respecto del futuro. Si bien una buena parte de los jóvenes entre 20 y 30 años que participaron en mi investigación en los 90 ni siquiera se plantean si tendrán hijos o no, los varones que lo hacen lo ven como algo bueno que llegará cuando tenga que llegar sin darle más vueltas, mientras que todas las chicas entrevistadas que tratan del tema saben ya que será algo problemático, la palabra “conciliación” no se usa aún, pero su falta de existencia como realidad se daba ya entonces como ahora.

Así que la persistencia del valor de la “maternidad responsable” no hace deseable tener hijos para no poder ocuparse del ellos y la expectativa de compartir las tareas a medias con la pareja ni aparece, la resignación de las chicas de clase trabajadora de los 80 parece extenderse al resto, aunque no siempre se formule de manera explícita.

De modo que las chicas que estudian y tienen claro que quieren tener una profesión para la que se están formando, ven ya claro también como la maternidad tendrá mal encaje con las obligaciones profesionales; y las mujeres con menos recursos tampoco encuentran muy deseable lo de quedarse en casa y dedicarse sólo a criar hijos, además de intuir ya que esa opción no es viable económicamente.

De modo que una década después, aunque sigue el predominio de los discursos que acentúan el carácter personal de estas elecciones, escondiendo el peso de las relaciones de género y los determinantes sociales de las condiciones laborales y su marco legal, estas jóvenes empiezan a saber o intuir que todo no depende de su voluntad y empeño, y que sus posibilidades de diferenciarse de sus madres no radican sólo en un cambio de mentalidad o de educación.

De ahí ese deseo de prolongar y disfrutar de la juventud, esa edad de posibles, más o menos ficticios, más o menos plausibles, que a pesar de sus limitaciones y dependencias, aparece más amable y divertida, que la edad adulta de las obligaciones, los esfuerzos mal recompensados, el aburrimiento y las relaciones insatisfactorias.

Los adultos, los padres y madres, siguen siendo un modelo negativo, aunque no es exactamente el mismo que el de los adultos del franquismo. Sus hijas los quieren pero siguen sin querer parecerse a ellos. Pero si las jóvenes de los 80 percibían su discriminación y juzgaban sus oportunidades de escapar a ella en función de sus recursos, una década después esa discriminación no parece percibirse tan claramente.

Las jóvenes son conscientes de las dificultades y del poco atractivo del modelo de sus mayores, pero no lo atribuyen a formas de discriminación de género que persisten. Pareciera como si el efecto de una educación y discursos públicos que ponen el acento en la igualdad, no sólo no han conseguido generar mayores condiciones de igualdad, sino que han vuelto más difícil el reconocimiento de las desigualdades, y en este caso, de las desigualdades entre mujeres y hombres.

Los estudios recientes sobre jóvenes, actitudes hacia el futuro y emancipación muestran continuidades y discontinuidades respecto a estas décadas pasadas. Persiste la alta dosis de autonomía de los jóvenes en unas relaciones familiares no especialmente conflictivas, pues lo que si ha desaparecido es la percepción de una brecha o conflicto generacional, lo que anima a retrasar la emancipación, que sigue considerándose en muchos casos como una situación rodeada de dificultades materiales, operativas y afectivas, más aún en el actual contexto de crisis.

Se acentúa el carácter problemático de la posible maternidad futura, esa proeza irreversible, ya que los condicionantes laborales, legales y familiares apenas se han movido, cuando no han empeorado, con lo que la maternidad ya pasa de ser responsable a heroica, guiada por el cálculo de los recursos disponibles. De modo que en la situación de crisis actual no es sólo que persista el retraso en la edad de asumir la maternidad, que se viene dando desde hace una década, sino que la natalidad ha caído un 12,8% según datos del INE en el periodo de 2008 a 2012, la caída mayor en los últimos 30 años.

En la investigación del 83, las jóvenes de clase media achacan la discriminación y desigualdades a la falta de educación de sus madres, o al contexto sociopolítico del franquismo, sin citar los otros condicionantes sociales y el papel de los varones en las relaciones de género, creyendo que con su voluntad y esfuerzo serán capaces de vivir de otro modo, una década después el binomio autonomía-devenir adulto se encuentra claramente cuestionado, las jóvenes son bien conscientes de las dependencias y dificultades del futuro, pero tampoco atribuyen en general un rol particular a la discriminación y desigualdades de género en dichas dependencias, a pesar de ser conscientes de que todos sus problemas y atribulaciones no son compartidos por los varones.

Quizás sea el efecto perverso de haber sido educadas en la igualdad, en lugar de haber recibido una educación que visibilice y afronte las desigualdades existentes. En la actualidad, la consideración de que le emancipación acentuará las dependencias poniendo en riesgo la autonomía juvenil es ya una certeza, y la formación de una familia propia se vuelve el riesgo máximo. Algo de lo que ya son testigos en primera línea, pues la desaparición de los conflictos generacionales permite apreciar con más claridad el peso de las obligaciones familiares, que las actuales condiciones sociolaborales convierten en cargas, para los padres, y en especial para las madres, convertidos en eternos protectores y protectoras de sus hijos de cuya responsabilidad no parecen librarse jamás.

“Tainted love” cantaba Marc Almond y sonaba en aquella discoteca de pueblo del 83, donde sin mucha conciencia nos dejábamos excitar por la penumbra, las melodías, los cubatas, los cuerpos en danza, los olores, riéndonos de parecer mayores, de parecer chicos, de parecer guardias y ser punkis, de ir a ser guardia civil como el padre y querer seguir siendo punki, bailando hacia la edad adulta sin prisas, unas por la confianza que daba ser de clase media otras por la lucidez que da ser de clase trabajadora. Pero casi ninguna nos habíamos fijado en la letra que tatareábamos en ‘spanglish’, en ese amor “tainted” corrupto, deshonesto, podrido, hacía el que un día corrí y del que ahora huyo.

Las ambivalencias y paradojas de los compromisos a futuro parecen estar más claras para las jóvenes actuales, ser de clase media ya no genera confianza, aunque como entonces no ser de clase media te pone las cosas bastante más duras por mucha lucidez que le eches.

Sin embargo nos sigue costando reconocer el peso en nuestro presente y en nuestras visiones de futuro de las desigualdades y discriminaciones de género, que se reproducen y acentúan, mostrando quizás el verdadero éxito de la educación “en la igualdad” de estas décadas, que lamentablemente no es haber acabado o reducido sensiblemente las desigualdades, que como vemos con cada nueva situación de crisis económica se acentúan, sino perpetuar el cuento de que la igualdad depende de la educación y de nuestras actitudes y esfuerzos.

¿Feminiqué? A vueltas con la feminización de la profesión médica

Artículo:

 

Grupo de Trabajo Cuidados Extensivos
Elena Casado Aparicio, María Eugenia Casado García
Carlos López Carrasco, Lorena Ruiz Marcos,
Pilar Toribio Guijarro , Ana Vicente Olmo

A finales de los años setenta del siglo pasado, las mujeres médicas en España eran pocas y estaban discriminadas, como señala el subtítulo del artículo publicado en Dosel Ciudadano en 1977. Casi cuarenta años después la referencia a la feminización de la sanidad se ha convertido en un lugar común no exento de controversias.

  • ¿Feminización? ¿Qué feminización?

Si en 1977 solo un 6,8% de los médicos colegiados eran mujeres, en 2012 representan el 46,9% (INE, 2012). El salto desde luego es importante pero, a poco que echemos la cuenta, eso significa que el 53,1% son varones. De modo que la feminización de la profesión médica más que una realidad es una tendencia. Una tendencia sostenida en el tiempo y con visos de continuidad pues dos de cada tres aspirantes al MIR en 2013 fueron mujeres. No obstante, su distribución es desigual.

Los varones, que representan un 32,3% de los aspirantes, siguen copando las especialidades ligadas a la cirugía: son el 69,7% en cirugía plástica, estética o reparadora, el 57,3% en cirugía ortopédica y traumatología, el 57,1% en cirugía oral y maxilofacial, el 54,4% en cirugía torácica y en cardiovascular, y el 52,8 en neurocirugía. La única cirugía mayoritariamente femenina es la pediátrica (con solo un 13% de aspirantes varones) que junto a obstetricia y ginecología y pediatría (con un 87,4% y un 85,9% respectivamente) encabeza la lista de preferencias femeninas (Médicos y pacientes, 2013).

¿Cabe hablar entonces de feminización de la profesión médica así, en general? Pues sí y no. Sí si lo que se quiere subrayar es el carácter sostenido y constante del proceso de reapropiación por parte de las mujeres de un campo profesional y científico que les fue vedado con la institucionalización del modelo biomédico tal y como cuentan Ehrenreich e English ([1973] 1988) en Brujas, parteras y enfermeras.

Pero, precisamente por ello y a la vista de los datos, quizá sea más ajustado hablar de desmasculinización de algunas actividades y áreas de la vida en un doble sentido ambivalente e interconectado. Por un lado, frente a esos lugares hoy comunes de “incorporación de las mujeres” en “ese camino que nos queda por recorrer”, como si fuéramos lentitas, el término, aunque raro, deja al descubierto tanto las resistencias a una historia de expulsión y posterior exclusión de las mujeres como los mimbres con los que se teje una densa jerarquía que coloca a los médicos (particularmente de ciertas especialidades) por encima de quienes se dedican a la atención primaria, a ambos por encima de enfermeras y auxiliares y, en general, a los expertos por encima de pacientes y cuidadoras habituales y a lo profesional por encima de lo doméstico.

Una jerarquía, además, atravesada por el género de arriba a abajo y de derecha a izquierda que intersecta con cuestiones de clase y precarización del empleo, con posiciones raciales y/o étnicas, con la edad, con el devenir de los flujos migratorios, etc., al tiempo que se prolonga hacia lo doméstico (por parte de familiares u otros cuidadores, regularizados laboralmente o no) en una cadena femenina de cuidados.

De este modo, frente al diagnóstico de la feminización hablar de desmasculinización nos permite poner el foco en otro ángulo: ¿dónde están y dónde estaban los hombres en unos trabajos, saberes y parcelas tan fundamentales para la vida como son los cuidados, en un sentido amplio?

Y es aquí donde topamos con el segundo sentido de desmasculinización, pues junto a ese desafío contemporáneo por parte de las mujeres al monopolio masculino en el ejercicio de la profesión vemos cómo se mantiene y reproduce el desinterés y abandono por parte de los varones de ciertas tareas, especialidades y espacios degradados por ser considerados femeninos o feminizados al devaluarse (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?); una tendencia aún más significativa en tiempos de recortes de lo público.

Sirvan de ejemplo dos datos reveladores, uno del ámbito sanitario y otro de andar por casa

– El porcentaje de enfermeros colegiados ha descendido del 21,2% en 1994 al 15,75 en 2012 (INE, 2012).
En caso de enfermedad el 55,8% de los varones españoles dice que contaría con los cuidados de su pareja frente al 39,7% de las mujeres, que compensan la diferencia apoyándose en otras mujeres de su entorno; así mismo, las madres serían el apoyo para el 23,4% de la población, muy por encima de los padres (2,4%) (CIS, 2010).

De modo que, frente a la idea facilona de progreso naturalizado según la cual con el paso del tiempo las desigualdades se van superando, lo que constatamos es que la diferenciación goza de buena salud y que el género, lejos de disolverse, se rearticula, aunque en otras condiciones. Pero que el género no se disuelva no implica, como sabemos, que sus muros sean infranqueables ni inamovibles, como muestran tanto la historia como las prácticas cotidianas de quienes siguen empujando los límites que les son impuestos como colectivo hacia lugares menos injustos y más habitables.

  • Y sin embargo, se mueve: ¿Quién teme a la feminización?

Que algo se está moviendo queda patente en las resistencias que despierta. El 18 de junio de 2012, Diario Médico, una publicación gratuita de amplia difusión dirigida a profesionales, se hacía eco de las preocupaciones de los presidentes de las Sociedades Españolas de Ginecología y Obstetricia, de Pediatría y de Endocrinología y Nutrición con respecto a la feminización de la profesión médica. Su tesis es clara: la “feminización” es problemática, como corresponde a las posiciones subalternas y por tanto marcadas frente a lo que se asume como norma y normal.

Un carácter problemático que remite a “motivos fisiológicos” de “las féminas” y que, si bien era asumible en tiempos de bonanza, se convierte en una rémora en tiempos de crisis, pues allí donde “el número de mujeres supera al de hombres… empiezan a tener problemas logísticos y de cobertura de los servicios médico quirúrgicos debido a las bajas por maternidad, la lactancia y la reducción de jornada por cuidado de hijos para conciliar la vida familiar y laboral” (Diario Médico, 18/06/2012).

Sus afirmaciones no se sustentan en ningún dato sobre permisos (que no bajas) por maternidad, reducciones de jornada, ausencias o distribución de hombres y mujeres por especialidades, como bien hacía notar Teresa Jerez Salcedo, de la Secretaría de la Mujer de la Federación de Sanidad de CCOO, en su respuesta a la noticia.

Su único sustento son los datos del MIR en 2012, donde se apuntaban tendencias similares a las comentadas más arriba para 2013; datos que les llevan a “exigir que en la cobertura de las plazas MIR se tenga en cuenta la feminización de cada especialidad” y a justificar sin pudor, como quien se enfrenta a un desastre natural, que “esta situación te hace reflexionar cuando tienes que decidir si vas a contratar a una mujer”.

Todo ello, claro, en el caso de médicos, pues entre quienes perciben bajo su batuta (enfermeras, auxiliares…) la feminización siempre ha sido la norma y, por tanto, ni se cuestiona, ni se percibe problemática, ni se ven sus problemas cotidianos en tiempos de crisis.

Como tampoco se cuestiona el que estos tres portavoces de sociedades científicas sean varones, a pesar de que sus especialidades son precisamente algunas de las más feminizadas; de hecho es también “lo normal”: según los datos de la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME), solo 6 de sus 40 sociedades científicas están presididas por mujeres.

  • Las otras caras (y cuerpos) de la feminización

Los artículos, el de Dosel Ciudadano y el de estos señores alarmados, tienen un argumento en común, aunque con planteamientos opuestos: la responsabilización femenina en el ámbito doméstico-familiar y, con ello, en los cuidados. A ello aludían en 1977 Miranda y Abril para explicar el exiguo número de mujeres médicas y en ello se apoyan los presidentes de las asociaciones profesionales en Diario Médico para justificar sus demandas.

Las primeras cuestionan la división sexual del trabajo que impide a las mujeres participar en igualdad de condiciones en el mercado laboral; los segundos la asumen como destino inexorable y, de este modo, la reproducen y la naturalizan. Esa es la tensión en que se manejan de manera ambivalente las mujeres (cómo me las maravillaría yo, que cantaba Lola Flores): quieren tener una carrera profesional o un sueldo (no siempre es lo mismo) pero no pueden dejar de atender a lo que ellas saben que debe atenderse. Los contextos varían, pero los sinsabores suenan familiares.

Así lo refleja por ejemplo una auxiliar de enfermería que lee el texto de Miranda y Abril 37 años después de su publicación:

“Al leer el artículo han brotado de mis ojos lágrimas como puños… Me siento como esas mujeres norteamericanas de los años 50 a las que se les permitía el «capricho» de estudiar y trabajar. Tenían que ser perfectas: las mejores estudiantes, trabajadoras, esposas y madres. Pero si algo se torcía, digamos que un hijo enfermara, o necesitara un apoyo extra para superar los cursos en el colegio, había que renunciar a algún «capricho». Han pasado casi 40 años y seguimos igual, teniendo que «renunciar» (ahora lo llamamos «priorizar»)… Yo soy madre, amiga/esposa, auxiliar de enfermería y estudiante (en ese orden). En mi planta hay tres médicos (todos varones), una supervisora, 25 enfermeras (solo dos varones), 16 auxiliares de enfermería (todas mujeres) y un celador; por lo que parece que el esquema social se mantiene. Todos se enorgullecen de lo mucho que estudio PERO también soy sancionada cuando se me rompe un tacón de superwoman y cojeo. Por ejemplo cuando mis hijos tienen algún problema ya la cosa no esta tan bien vista: «madre mía, tu marido debe de ser un santo» (cuando no te dicen que «un calzonazos»), «claro, es que los niños son lo primero». En casa aunque mi marido «me apoya» y las labores domesticas y del cuidado están más o menos compensadas, la sanción también está ahí, oculta, velada… Se hace patente en momentos de estrés (vamos, en las broncas).” (Comunicación personal)

En las broncas, como en las crisis, se explicitan efectivamente las controversias y las tensiones amortiguadas bajo discursos igualitaristas que no lo son tanto en las prácticas. La división sexual del trabajo sigue responsabilizando a las mujeres de las tareas domésticas y de cuidados, al tiempo que da cobertura al escaqueo masculino de estas mismas tareas y espacios, invisibles y/o minusvalorados socialmente a pesar de ser absolutamente necesarios para el sostenimiento de lo cotidiano.

Ahí queda de manifiesto cómo el cuidar, en lo profesional (por ejemplo, en la enfermería) y en lo familiar, recae sobre los riñones de las mujeres. Silenciosamente muchas veces, ruidosamente otras. Porque ni a los privilegios no se renuncia fácilmente ni el género se disuelve mágicamente.

Y es que tanto en 1977 como hoy, el género es un dispositivo implacable de organización social. Atraviesa una compleja matriz de contrastes (Strathern, 1980: 177) y jerarquías donde la constitución y demarcación de lo masculino y lo femenino se enreda con la de lo público y lo privado, la naturaleza frente a la cultura, el cuerpo y la mente, lo profesional y lo doméstico, o la razón frente a la emoción…

Demarcaciones jerárquicas que se ponen en escena en el cotidiano acople asimétrico entre hombres y mujeres (Goffman, 1977). Producimos diferenciación; producimos y reproducimos género y, asociados a él, se nos distribuyen desigual e injustamente privilegios y sinsabores. Y así, como se preguntan en uno de los informes de la Sociedad Española de Salud Pública y Atención Sanitaria (SESPAS), ¿quién cuida, por ejemplo, de quienes cuidan?, ¿cómo repercute el cuidar en su salud y en su bienestar? (García Calvente et al, 2004a y 2004b).

  • Otra “feminización” es posible

Pero, aún así, tiemblen señores, tiemblen, porque hay otra “feminización” en marcha que viene a quedarse y que al reivindicar el valor de los cuidados (extensivos, colectivos, ordinarios) en detrimento del imperialismo de la racionalidad científica, deja en evidencia las limitaciones del modelo biomédico y de sus controvertidas abstracciones descontextualizadas, así como las de unas formas de organización social que hacen de la desigualdad de género su sólido y oculto pilar.

De nuevo más que de “feminización” hablaríamos de “desmasculinización” porque no es una reivindicación acrítica de una feminidad naturalmente cuidadora hasta ahora desconsiderada. Se trata más bien de poner en cuestión esa división naturalizada entre lo femenino y lo masculino, así como las posiciones y condiciones diferenciadas y desiguales que de ella se derivan para unos y otras, y la matriz de diferenciaciones jerárquicas en las que opera (público/privado, razón/emoción, naturaleza/cultura…).

Una puesta en cuestión que no es ni mucho menos incompatible con poner en valor los saberes prácticos de quienes cuidan y han cuidado tradicionalmente y reconocer su carácter fundamental (de fundamento) para la vida. Porque en gran medida son los cuidados lo que está en disputa, tanto por lo que toca a la organización social en general (quién cuida de quién, por qué, en qué condiciones, con qué implicaciones…) como a la atención a la salud en particular.

Tampoco ahí faltan voces que apuestan por una medicina al servicio de los cuidados y no unos cuidados al servicio de la medicina. Las hay que llaman la atención sobre los determinantes sociales de la salud (Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la salud, 2009); o apuestan decididamente por la atención primaria (Informe SESPAS, 2012) frente al privilegio material y simbólico de la figura del cirujano.

Y hay también voces que ponen en valor la especificidad de una enfermería que, liberada de “la sombra del modelo biomédico” (Arboledas, 2011), entra con paso firme en el terreno de la investigación y la producción de conocimiento (colaborativo y participativo) en tiempos de salud 2.0.

Frente a la primacía de ciertos saberes expertos, como los que atraviesan el modelo biomédico, cargados de discursos normativos sobre quién y cuándo debe vivir, sobre cómo debemos vivir, cuyo referente es “el cuerpo” (maquinaria orgánica, universal, abstracta, desprovista de la “incomodidad” de las emociones, del obstáculo que supone pensar en un cuerpo como inserto en una biografía), frente a la idea del asistencialismo paternalista que lo complementa y “humaniza”, se propone el acompañamiento de las personas y la atención a sus contextos desde una práctica situada que toma como punto de partida irrenunciable el reconocimiento del otro/a, de los múltiples otros y otras que cuidan y son cuidados/as, y que fomenta el compromiso individual y colectivo con el desarrollo de nuestros márgenes de autonomía y nuestro bienestar material y simbólico.

Y en ese movimiento conectan también las voces que, dentro y fuera del sistema sanitario, desde colectivos feministas, ecologistas, o de diversidad funcional, hasta la reflexión académica y la práctica investigadora pasando por organismos internacionales como la OMS y plataformas ciudadanas como Yo Sí Sanidad Universal, promueven otras formas de entender y atender a la salud.

Porque la salud es una tarea en equipo que se juega en diferentes campos, de modo que es preciso reconfigurar el entramado (institucional, material, laboral, afectivo, tecnológico, de conocimiento) a través del cual negociamos, ofrecemos, recibimos y representamos los cuidados.

Un proyecto ingente y ahora más que nunca necesario (incluso urgente), que tiene como primeros marcadores la visibilización y la valoración del trabajo de cuidar, tanto en el ámbito profesional (regulado y desregulado) como en el de nuestra cotidianeidad. Un “trabajo”, masculino y singular en los diccionarios pero femenino y plural en las prácticas que nos ocupan, que implica tiempo, esfuerzo, aprendizaje, elaboración, dedicación y constante transformación.

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Bibliografía ampliada

– Arboledas, Josefina (2011). “La enfermería ha permanecido oculta tras la sombra del modelo biomédico” (disponible online)
– CIS (2010). Barómetro de septiembre.(disponible online)
– Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la salud (2009). Subsanar las desigualdades en una generación. Alcanzar la equidad sanitaria actuando sobre los determinantes sociales de la salud. Buenos Aires: Ediciones Jorunal (disponible online).
– Ehrenreich, Barbara; English, Deidre ([1973] 1988). Brujas, comadronas y enfermeras. Historia de las sanadoras. Dolencias y trastornos. Política sexual de la enfermedad, Barcelona, Editorial Lasal.
– Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME)(2014). “Sociedades” (disponible online).
– García Calvente, M.M.; Mateo-Rodríguez, I.; Eguiguren, A. P. (2004), “El sistema informal de cuidados en clave de desigualdad”, Gaceta Sanitaria 18 (Supl. 1): 132-139 (disponible online).
– García Calvente, M.M.; Mateo-Rodríguez, I.; Maroto-Navarro, G. (2004), “El impacto de cuidar en la salud y la calidad de vida de las mujeres”, Gaceta Sanitaria 18 (Supl. 2) :83-92 (disponible online).
– Goffman, Erving (1977): “The Arrangement between the Sexes”, Theory and Society 4(3): 301-331. (disponible online).
– INE (2012). Profesionales Sanitarios Colegiados (disponible online).
– SESPAS (2012). “Informe SESPAS. Atención Primaria: Evidencias, experiencias y tendencias en clínica, gestión y política sanitaria”, Gaceta Sanitaria, vol 26 (Suplemento 1) (disponible online).
– Jerez Salcedo, Teresa (2012). “El papel de la mujer en la medicina”, (post disponible).
– Medicos y Pacientes (2013) “Balance del SIMEG sobre distribución de plazas MIR en convocatoria 2013”, (post disponible)
– Serrano, Alicia (2012). “La crisis agudiza los problemas de la feminización”, Diario Médico (18/06/2012)
(disponible online)
– Strathern, Marilyn (1980): “No nature, no culture: The Hagen case”, en C. MacCormack y M. Strathern (eds.) Nature, Culture and Gender, Cambridge: Cambridge University Press (disponible online).

La idea de la domesticidad se impone

Vía Enciclopedia Británica Online

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

El artículo ¿Cuatro millones de mujeres inútiles? muestra la incoherencia de un modelo de desarrollo socio económico que precisa cada vez más mano de obra femenina y las escasas oportunidades laborales que se les ofrecen a las mujeres.

A pesar de las ventajas que las mujeres percibían en el trabajo fuera del hogar, existían dificultades de tipo objetivo – su falta de preparación y las prácticamente nulas posibilidades de formación- y subjetivo –su propia inseguridad y los prejuicios de empresarios y maridos-.

En concreto, el artículo describe muy bien la desoladora situación de todas aquellas mujeres que, llegadas a la treintena y habiendo criado a sus hijos podían volver a incorporarse al trabajo fuera del hogar, pero que no lo hacían porque no existía esa posibilidad.

La lectura de este artículo cuarenta años después permite comprobar como cada teoría y propuesta es fruto de su tiempo. Las articulistas fijan su atención en la necesidad de formación para el acceso de las mujeres al mercado de trabajo. La educación y la formación han explicado durante años el proceso de promoción social y por tanto es comprensible entender que las feministas hayan argumentado la necesidad de formarse para acceder al ámbito público y en concreto al mercado laboral.

La escasa formación se asumía como una dificultad objetiva de reincorporación al empleo para aquellas mujeres que previamente se había obligado a dejar el trabajo para cuidar a sus hijos. Y así se observa como también el feminismo cayó en las trampas de pensar que “cuando tuviéramos igual formación que los hombres tendríamos iguales empleos”.

Por desgracia, han tenido que pasar cuarenta años y que hubiera mujeres como las que escriben el artículo, para que ahora, nosotras nos demos cuenta de que esta premisa era una falacia. En este momento, nuestra formación es mayor que la de los hombres y sin embargo nuestras condiciones de empleo y trabajo son peores. Las mujeres presentes en el mercado laboral tienen un nivel formativo superior al de los hombres, ya que un 42,7% de las mujeres ocupadas tiene formación superior frente al 34% de los hombres, pero ocupan trabajos peor remunerados; y solo un 28% ocupan un alto cargo .

Las mujeres han puesto de su parte, se han esforzado, se han formado, se han adecuado a las exigencias y requisitos que de ellas se requerían y sin embargo, no han recibido la recompensa esperada. Las mujeres continúan teniendo menos posibilidades de empleo, de menos calidad y además lo tienen que realizar en peores condiciones.

Las mujeres siguen concentradas en ciertos sectores. Según el Informe del Consejo Económico y Social (2012), en torno al 50% de las mujeres ocupadas se concentran en sólo 6 ocupaciones diferentes (empleadas domésticas y personal de limpieza, servicios personales, dependientes de comercio y restauración, sanidad y educación). Muchas de ellas perpetúan el papel tradicional de cuidadoras de personas dependientes y responsables de las tareas del hogar.

Además la tasa de feminización de estas ocupaciones ha aumentado. Pero no solo tenemos un mercado laboral mermado, sino que las peores condiciones de empleo son evidentes. Muchas mujeres están ocupadas temporalmente, a tiempo parcial y sufren discriminación salarial.
La tasa de temporalidad femenina es del 25,8%, el 23,6% de las mujeres (frente al 5,3% de hombres), están ocupadas a tiempo parcial y existe una brecha salarial del 18%.

 Autocríticas al margen, el texto es una pieza más del mosaico de la discriminación laboral. En el mismo se denuncian las irrisorias oportunidades para formarse que tuvieron las españolas de esa edad. La falta de oportunidades de formación implicaba en la práctica condenar a estas mujeres a la soledad de la casa, desaprovechar la madurez y experiencia de las mujeres mayores para un mercado laboral necesitado de talento y retrasar el desarrollo social.

Que cercano nos suena ahora todo esto. Por un lado, observamos como las mujeres nunca lo hemos tenido fácil. Las mujeres de los setenta tuvieron que superar muchas trabas para acceder al empleo y ahora nos está costando mucho esfuerzo mantenernos en el mismo.

Durante las tres últimas décadas, y dado que el capital precisaba de la máxima empleabilidad de todas las personas, se han puesto condiciones objetivas que permiten el acceso de las mujeres al empleo. Es más, cuando de cambio social se habla no es difícil encontrarse con la idea de que el acceso de las mujeres al empleo ha sido el mayor cambio del siglo XX. Sin embargo, la crisis actual y el aprovechamiento de la misma por las fuerzas más reaccionarias está calando fuertemente sobre una población que no ha dejado de ver el trabajo de las mujeres como una ayuda -tal como muy explicara la antropóloga Susana Narotzky (1988)-.

La evolución de las normas relativas a responsabilidades familiares, el cambio de papel de las mujeres y la apuesta por la empleabilidad contribuyeron a transformar las condiciones bajo las cuales se habían organizado tradicionalmente los ámbitos laborales y familiares y se lograron algunos avances socio-laborales para las mujeres. Sin embargo, hoy asistimos a un retroceso claro y a la pérdida de derechos.

Si durante la primera legislatura del Presidente Zapatero se aprobaron algunas leyes que, aunque deberían haber sido más radicales, pretendían dar pasos hacia la igualdad de los sexos, desde la llegada del Partido Popular (con su política de austeridad, privatizaciones y adelgazamiento del Estado de bienestar) esta tendencia se quiebra. La reducción del papel del Estado como proveedor de servicios, cuidados y prestaciones monetarias en favor de las familias ha supuesto una vuelta al hogar de determinadas responsabilidades y tareas que vuelven a recaer sobre las “espaldas” de las mujeres.

Para conseguir que unas mujeres que han sido educadas bajo la expectativa de un trabajo extra doméstico y que no están dispuestas a volver al hogar acaben recluidas en el mismo se están imponiendo duras condiciones en la legislación laboral y además esto se hace a partir de reforzar la ideología de la domesticidad.

Esta ideología de la domesticidad se reproduce a través de frases célebres como la del actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Galardón, el día 26 de marzo en el Senado: “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”, pero se acompaña de medidas socio laborales con las que se ve la clara intención del gobierno de volver a meter a las mujeres en casa.

Algunos ejemplos se encuentren en las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, en las que se retrasaba la implantación del permiso de paternidad de 4 semanas y se congelaba el Salario Mínimo.

Esta última decisión, aparentemente neutra, perjudica más a las mujeres que a los hombres, al ser una proporción mayor de mujeres (el 15,5%) que de hombres (el 5,6%) las que tienen este salario según la Encuesta de Estructura Salarial (2010).

También la R.D 3/2012, de Medidas urgentes para la reforma del mercado laboral introdujo modificaciones en materia de conciliación de la vida laboral y familiar, en el derecho a la reducción de jornada cuya reducción será diaria y para la concreción horaria y la determinación del periodo de disfrute del permiso de lactancia y reducción de jornada. Para los cuales los convenios colectivos podrán establecer esta concreción en atención los derechos de conciliación, pero también se concretarán según las necesidades productivas y organizativas de la empresa. A ello se añade el hecho de que la reforma concede a la empresa la disponibilidad de un margen de distribución irregular de la jornada de un 5% a falta de otra previsión en el convenio colectivo.

Esta adaptación irregular del tiempo de trabajo, de la que dispone libremente la empresa, difículta las pretensiones de conciliación de la vida y el empleo que propugna el Artículo 44 de la LOIEMH. Y todo esto sin mencionar las modificaciones que se hacen en el tiempo parcial, modalidad de contratación propiamente femenina.

Pero no solo las mujeres lo tienen más difícil en lo que a condiciones de empleo se refieren, también lo tienen más difícil en casa aquellas que tienen a personas dependientes. Las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, establecieron una moratoria de 1 años en la incorporación de las personas beneficiarias al sistema de dependencia. Con el Real Decreto-ley 20/2012, de 13 de julio, de medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y de fomento de la competitividad el Gobierno desactiva la Ley de Dependencia con el recorte de más del 50% de la financiación estatal.

Las posibles pequeñas mejoras que supuso la Ley se eliminan, como también se reducen sus posibilidades de trabajo en el mercado laboral a medida que las prestaciones, servicios e infraestructuras destinadas al cuidado, educación y atención de las personas desaparecen.

Si además de no haber guarderías para los más pequeños y las madres tienen que preparar la tartera para que los niños y niñas un poco más mayores puedan comer en el cole, además de asear, conversar y dar medicación a su madre/padre que vive en casa poco tiempo le queda para ocupar un puesto de trabajo en un mercado cada día más precario, desregulado y que exige plena disponibilidad.

Cuando aún existe la mentalidad de que el trabajo retribuido de las mujeres es una ayuda familiar, si los servicios públicos se siguen privatizando y hay que pagar por todo es fácil comprender que ante empleos mal pagados las mujeres se enfrente al dilema de salir fuera o quedarse en casa. Ya luego acabarán diciendo que las mujeres no trabajan fuera de casa porque no quieren.

Conciliación o Barbarie

Artículos:

Elena Herrera Quintana
Socióloga

A la luz de los datos obtenidos por el INE en 2002-2003 y 2009-2010 y respecto a la situación explicada por Mª Jesús Miranda en los artículos citados arriba han pasado más de 20 años, y no podemos decir que los cambios hayan sido tan profundos para todo el tiempo transcurrido en cuanto al reparto de tareas domésticas por género y a la conciliación de la vida laboral, familiar y personal.

En 2009-2010 el 74,7% los hombres participaba en trabajos domésticos, mientras que las mujeres lo hacían en un 91,9%. Estas dedicaban casi dos horas más a este tipo de actividades respecto a los hombres. Dos horas en un día promedio es mucho tiempo.

Aún así, estas tasas muestran ligeras diferencias respecto a los datos obtenidos en 2002-2003, acortándose las diferencias entre géneros. Pero estamos hablando de 7 años entre un estudio y otro, por lo que las tasas entre 2010 y actualmente deben ser muy similares.

En poco más de cincuenta años las mujeres se han incorporado de lleno al mercado laboral, tal como Miranda afirma en Familia y Trabajo de la Mujer “[…] el proceso de incorporación de la mujer al mundo del trabajo se presenta como irreversible […]” y así ha sido.

Esta incorporación más o menos rápida dejo un vació en el hogar, vacío que no se intentó paliar con políticas tempranas de conciliación que adelantasen el problema que se avecinaba. Políticas que pusiesen en marcha medidas que facilitasen este proceso a las familias y no tan sólo a las mujeres, como se suele pensar.

Nos encontramos entonces con un grave problema de conciliación que viene de lejos. Un problema en cuanto al uso del tiempo en función del género. Con una doble jornada femenina por un lado, una baja participación de los varones en cuanto a lo doméstico se refiere (incluido el cuidado y crianza de hijos e hijas). Síntoma todo ello de lo difícil que resulta modificar las actitudes cotidianas de la gente.

Al igual que Miranda destaca dos componentes principales en cuanto al análisis de las condiciones de vida, estos mismos se pueden aplicar en el caso de la conciliación:

  • Un primer componente referido a las condiciones de producción y reproducción. Esto es: a las actividades propias de llevar una casa y la crianza de unos hijos.
  • Un segundo componente que tiene que ver con las relaciones de sentido, esto es, con la relación entre los miembros de la pareja, y, en el caso, con los hijos. Por tanto, relaciones de poder.

Cuando uno de los miembros llega a casa y tiene que hacer la comida del día siguiente, en realidad se esta poniendo sobre la mesa cuál es la diferencia entre los miembros de la pareja, en cuanto seres humanos, para que uno de ellos pueda descansar y dedicar ese tiempo de ocio a puro entretenimiento, y otro tenga que dedicarlo al trabajo doméstico.

La respuesta que a esta pregunta pueda darse dirá mucho de qué tipo de relaciones conyugales se están poniendo en marcha. La conciliación no es solo algo práctico, del día a día, mecánico. Es eso y mucho más. Es una negociación constante que tiene que ver con la dinámica interna de la pareja, con la percepción que tiene uno del otro respecto así mismo.

Es en esa distribución de tareas cuando nos estamos exponiendo nosotros mismos como seres humanos, con necesidades, aspiraciones, deseos , faltas, a ese otro que tenemos en frente, que también tiene sus propios deseos, necesidades, aspiraciones.
Si no se concilia, la convivencia se convierte en supervivencia

Por otro lado en España, y muchos de los países del sur de Europa, las políticas de conciliación siempre se han relacionado con cuestiones de género, básicamente de género femenino. En ocasiones llamadas women-friendly policies, suelen estar relegadas a un segundo plano respecto a las “grandes” agendas políticas.

Esto resulta paradójico si pensamos y enseñamos en las escuelas que la familia es la unidad básica de toda sociedad, por tanto sí los gobiernos no facilitan a las familias (del tipo que sean, superando la  asociación mecánica entre familia y modelo tradicional) la organización de una forma democrática y equitativa para todos sus miembros en realidad está atentando contra lo que se considera el núcleo más básico (aunque no único) de la socialización de sus ciudadanos y ciudadanas.

No fue hasta 1999 que se formuló explícitamente una ley en este sentido, Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral de las Personas Trabajadoras, cuando el problema venía fraguándose desde mucho tiempo atrás.

Y es que en ocasiones se piensa que el tema de la conciliación es algo privado de cada familia, donde el estado no puede ni debe intervenir, y mucho menos las empresas han de interesarse. Aún así, desde este primer precedente, tal como afirman J. Antonio Fernandez y Carmen Tobio, los sucesivos gobiernos han ido aprobando y eliminando medidas entorno al Bienestar de las familias (en el caso de los socialistas) o a la Protección de las familias (en el caso de los populares)

Lo que se puede concluir es que los cambios entorno a la conciliación han seguido sendas distintas en cuanto a lo micro y macro se refiere. Por un lado, se ha comenzado a legislar en este sentido desde principios de siglo, aunque de forma secundaria, y casi por obligación con Europa.  

La conciliación y situación de la familia es un tema del que se habla y que forma parte de los programas políticos de los partidos, aunque sea de forma secundaria. Sin embargo, según los datos estadísticos antes aludidos, el aspecto más micro de esta problemática, el que tiene que ver con las actitudes y comportamientos de la gente tras los muros de sus casas, no ha sufrido una rápida modificación. Más bien los cambios son lentos, y casi deben comparase los datos de década en década para atisbar algún cambio hacia la equidad.

La legislación en esta materia no nos asegura que estemos haciendo las cosas bien en casa, ya que, tal como atentas decíamos, las relaciones de sentido, las relaciones de poder inmersas en estas cuestiones, mal que nos pese, no se modifican a golpe de decreto. Tienen que ver con algo mas profundo, en la raíz de la educación que se les da a las niñas y niños, en los modelos que ven en casa y en la sociedad en su conjunto.

Tal como afirma Miranda en El padre vale poco “[…] una familia aislada no es culpable de algo que tiene su origen en la estructura social y que nos afecta a todos […]”