La servidumbre del debate político

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

A principios de 1996 yo estaba terriblemente enfadada. Trabajaba todavía en Instituciones Penitenciarias, ahora al frente del gabinete, donde se supone que tenía alguna responsabilidad política. Desde 1994 se habían sucedido sin parar los escándalos en el gobierno socialista: la guerra sucia contra ETA, que llevó a la cárcel a Amedo y Domínguez, los agentes secretos menos secretos y luego a Barrionuevo y a Vera, exministro del Interior y exdirector de la Policía; corrupciones varias, como la de Roldán, que se gastó en orgías cutres las pensiones de los huérfanos de la Guardia Civil, o Mariano Rubio, exgobernador del Banco de España que evadió impuestos…

Estaba claro que aquello tenía que irse abajo, que los españoles serían de centro izquierda, pero no tontos.

Y a todas estas me llaman a una reunión de mujeres socialistas que, seducidas por la idea del contrato sexual que Celia Amorós había popularizado entre ellas, querían hacer de esa idea parte de la campaña electoral. El primer signo de este pacto sería que el PSOE adoptara el sistema de cuotas. A ellas, notables del partido, la cosa les venía muy bien. En mi opinión, al resto de las españolas les daba igual que les daba lo mismo.

De modo que salí tarifando de aquella reunión. Aznar ganó las elecciones, a mi naturalmente me cesaron y pude disfrutar de tres meses de vacaciones antes de reincorporarme a mi puesto en la Universidad.

En esos tres meses, entre otras muchas cosas, escribí el texto objeto de esta entrada. Lo escribí con rabia contenida, con poca información y con un objetivo predeterminado: demostrar que no podía haber un sujeto político feminista universal (ni siquiera a nivel del estado español) que pudiera suscribir un contrato sexual con un partido político. Desde el principio supe que el texto no era bueno y nunca intenté publicarlo, hasta ahora, que me voy desnudando en este blog.

Pero cometí un error. Se lo di a mis alumnas de Doctorado del curso 1996-97 como lectura inicial. El efecto fué inmediato. Las chicas pro-PSOE se quejaron al vicedecano de alumnos de que yo no iba a dar clase. Las chicas con otra adscripción política me apoyaron y lo negaron por escrito. Para demostrar que sí quería dar clase y que no tenía problema de horarios organizamos un seminario voluntario, “Feminismo y Cambio Social” los viernes por la tarde, hasta mi jubilación.

Luego lo hemos mantenido, como jornadas anuales, hasta 2012.

En cursos sucesivos seguí peleando con el sujeto político, el contrato sexual y las cuotas. Dentro de mi cabeza, digo. Sobre éstas últimas llegué a leer el libro de Sylviane Agacinski, Política de sexo (Taurus, 1998) en el que la alumna y exmujer de Derrida y en ese momento esposa del primer ministro socialista francés Lionel Jospin intentaba justificar desde la filosofía política la idea de paridad.

Dado que era conocida como feminista de la diferencia, y que en el propio libro escribe que “debemos conservar la libertad de seducir y ser seducidas. Nunca habrá guerra de sexos en Francia”, reconozco que no llegué a comprender nada. Ahora ya he renunciado a ello, y acepto las listas cremallera como una norma más del sistema electoral.

Agradezco los comentarios de Luisa Posada. Creo que tiene razón y ya he reconocido que mi texto es precipitado y con muchas lagunas, hecho al calor de un debate político. Pero no estoy muy de acuerdo con su conclusión conciliadora. La obra de Judith Butler ha dado vida, sobre todo, al movimiento LGTB y no creo que haya contribuido demasiado a limar asperezas en el seno del pensamiento feminista. Pero eses es ya otro debate, que tendremos que proseguir más adelante.

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La construcción de un sujeto político feminista

Artículo

María Luisa Posada

María Jesús Miranda encabeza su texto con una cita de Heller y Fehér sobre la postmodernidad “como el tiempo y el espacio privado-colectivo, dentro del tiempo y el espacio más amplio de la modernidad, delimitado por los que tienen problemas o dudas con la modernidad, por aquellos que quieren someterla a prueba, y por aquellos que hacen un inventario de los logros de la modernidad, así como de sus dilemas no resueltos”. Y entre esos dilemas no resueltos, se inscribe aquel sobre el que la autora nos propone su reflexión acerca de “La construcción de un sujeto político feminista”.

A partir delas referencias a Foucault, Habermas, Offe y Paramio, Miranda entiende que reclamar la incorporación del feminismo a un nuevo orden político pasa por interrogarse acerca de la posibilidad de “construir un sujeto político que defienda de modo genuino los intereses de todas las mujeres, como conjunto homogéneo (…)”.

Y, adelantando sus conclusiones, su respuesta será que tal cosa no es posible, porque “las mujeres no pueden constituir sujetas políticos, ni individuales ni colectivos, porque no existen”.

Para llegar a tan sorprendente conclusión, Miranda repasa cómo aparece el Estado liberal con el caldo de cultivo del pensamiento ilustrado y cómo aparece el individuo que, en tanto sujeto político o ciudadano partícipe del pacto social, será en el primer orden liberal sólo el varón  burgués.

A la vez que el sistema político excluye a las mujeres y a quienes no son propietarios, María Jesús Miranda analiza cómo en el llamado el Estado del Bienestar “aquellos que no poseían sino sus cuerpos se organizaron en algo que se llamó movimientos sociales, precisamente porque no eran políticos, sino que pertenecían al ámbito de la sociedad civil”. Y sitúa ahí el sufragismo.

Cuando pasa al feminismo ya de los años 70, la autora subraya que éste estaba constituido por mujeres profesionales de clase media; y apunta de pasada a lo que fue la disensión entre igualdad y diferencia en el feminismo contemporáneo. Las feministas estarían, por su propia condición, interesadas en mantener las formas de participación liberales y opondrían al pacto entre varones un pacto implícito, que se traduce por ejemplo en “las cuotas de participación de mujeres dentro de los partidos políticos”.

Al plantearse la relación entre feminismo y Estado del Bienestar, Miranda apunta que “el feminismo es decisivo para el futuro de la socialdemocracia y, por ende, para la supervivencia del Estado del Bienestar”. Criticando las demandas de Paramio, Offe, o Habermas sobre la necesidad de incorporar las demandas feministas a la vida política, Miranda observa que “el problema es que ninguno de estos respetables señores tiene sobre sus hombros la responsabilidad de “ser” feminista. El feminismo lo hacen “ellas”, pero, ¿quiénes y cómo?”.

Miranda rechaza igualmente  los rasgos de “moralidad universalista” que Habermas atribuye al feminismo. Y se vuelve a Fraser para coincidir con ella en que el Estado del Bienestar reifica a las mujeres, en tanto clientes, y perpetúa su subordinación. Y añade el argumento de la multitud de feminismos para argumentar que “el movimiento feminista no es, y no puede ser, <universalista>”. Más adelante insiste en que “hay una oposición objetiva de intereses muy fuerte, por ejemplo, entre las mujeres europeas y las latinoamericanas”. En conclusión, no puede haber sujeto colectivo feminista.

Y de esta manera Miranda nos lleva a lo que habíamos adelantado que era su conclusión principal: “Por decirlo más claro, las mujeres no pueden constituir sujetas políticos, ni individuales ni colectivos, porque no existen. Son una falsa construcción más de una falsa ciencia de lo humano”.

Expuesto así, de manera esquemática y a la fuerza algo simplificadora, el hilo argumental de María Jesús Miranda, sus interesantes reflexiones sobre “La construcción del sujeto político feminista” me sugieren, sin embargo, algunas discrepancias que trataré de esbozar , ciñéndome sólo a tres que me parecen particularmente reseñables.

En primer lugar, su acertada referencia inicial a la posmodernidad podría hacer pensar que Miranda está aquí embarcada en la tarea de deconstrucción del sujeto, de esa muerte del sujeto por la que claman los pensadores posmodernos. Sin embargo, creo que no es esta la dirección de la autora por dos razones: porque se ciñe al sujeto político feminista, por un lado, y por otro porque obviamente no se puede deconstruir aquello que simplemente se dice que no existe.

La cuestión del sujeto es crucial para el feminismo, en tanto que proyecto emancipatorio. Y aunque desde luego no se trata de pensar en una identidad “mujeres” homogénea y esencializada, sí parece razonable retomar propuestas que, como las de la feminista posmoderna Julia Kristeva, apuestan por una identidad estratégica “mujeres”, que permita dotar de sentido a un sujeto feminista.

Retomando la idea de “las múltiples diferencias que intersectan” de Fraser (como la clase, la raza, la orientación sexual), no veo que no sea posible seguir pensando con ella en un sujeto político que ha sido capaz de llevar adelante históricamente las reclamaciones feministas y que pueda seguir haciéndolo. Ni tampoco me queda claro por qué la construcción de tal sujeto haya de ser más falsa que la construcción de cualesquiera otros sujetos de la vida política.

Por otro lado, abandonando falsos universalismos, podríamos apelar a una suerte de feminismo nominalista que lo que proponga sea precisamente el horizonte de una sociedad no patriarcal de individuos, no de géneros.

En segundo lugar, y yendo ya a cuestiones más concretas del texto de María Jesús Miranda, cuando rechaza la “moralidad universalista” que Habermas atribuye al movimiento feminista, se apoya en los argumentos de Fraser. Sin embargo, Fraser justamente no parece abandonar cierta óptica universalista en sus planteamientos sobre la justicia de género. Al hablar de la necesidad de integrar los paradigmas de redistribución social y reconocimiento de las diferencias, Fraser afirma en su obra Iustitia Interrupta que “para lo que me propongo aquí, no es necesario comprometerse con alguna explicación teórica particular. Basta con suscribir una comprensión general de la injusticia socioeconómica, moldeada por un compromiso con el igualitarismo” (p. 21).

Si esto es así, parece que para ella el “compromiso con el igualitarismo” retiene la reclamación universalista que concede su sentido a las reclamaciones identitarias.  A partir de ahí yo coincidiría totalmente con Fraser en que, aunque no se trate de hablar de un sujeto “mujeres” ahistórico y transcedental, el carácter normativo del proyecto feminista, en tanto proyecto de emancipación, hace que podamos afirmar la existencia de  un sujeto colectivo, porque  “las feministas sí necesitan hacer juicios normativos y ofrecer alternativas emancipatorias. No estamos a favor del <todo vale>” (p. 293).

Pero, en tercer lugar, yo diría que, más que construido, el sujeto feminista habría sido constituido como efecto de una matriz “poder-discurso”, como lo diría  Judith Butler. En este sentido, no se trata de un sujeto inexistente, sino más bien de un sujeto en constante resignificación según su relación con esa matriz.

Por eso, cuando María Jesús Miranad sostiene que “las mujeres no tienen una sola causa” y subraya la “oposición objetiva de intereses muy fuerte, por ejemplo, entre las mujeres europeas y las latinoamericanas”, la cosa parece evidente. Solo que, a pesar de esa multiplicidad de intereses, yo creo que las mujeres, como sujeto efecto del poder y aun con sus múltiples y diversas causas, ofrecen un modo de subjetividad no inexistente, sino más bien resistente a los efectos del patriarcado.

Porque efectivamente si no aceptamos que existe un sistema de dominación que precisamente produce la marca de sexo-género (precisamente el patriarcado), difícilmente podremos aceptar esa subjetividad resistente que no hace homogéneas  a las mujeres, pero que sí las sitúa en unos mismos intereses que nos son otros que los de encaminarse a la erradicación de esa dominación ancestral.

Más allá de estas observaciones sobre el texto de María Jesús, seguramente quedarán muchos aspectos del mismo que pueden dar lugar a reflexión y debate. Hasta aquí he querido sólo comentar algunas cuestiones que me parecen relevantes porque resultan polémicas. Precisamente en propiciar el debate creo que reside una de las virtudes de este texto, un debate que muestra que los sujetos individuales pueden discrepar desde la complicidad y la alianza feministas. 

Madres trabajadoras

María Jesús Miranda
Socióloga
La revista Vindicación Feminista fue una de las innumerables iniciativas editoriales de Lidia Falcon. No recuerdo cuanto tiempo se publico, pero no fue mucho. Creo que fue Cristina Alberdi quien nos pidió este articulo.
La sociología tradicional es una ciencia rara, en la medida en que sus objetos de estudio son  establecidos por su propio objeto de estudio. Cuando Durkheim dijo “es preciso estudiar los hechos sociales como cosas” no tuvo en cuenta que los hechos sociales cambian cada vez más deprisa y que es la propia sociedad, o sus miembros, quienes producen estos cambios. En este sentido, es una tautología en si misma.
Tenemos así la sociología de la familia, de la educación de la empresa… como si estas instituciones fueran universales e inmutables. Tras Durkheim, la antropología y la historia sociales han venido a echar una mano a los sociólogos. Pero no del todo. A veces ellos se han liado con las propias categorías sociológicas. Basta con echar un vistazo a los complicadísimos algoritmos matemáticos que tuvieron que montar los antropólogos para describir los sistemas de parentesco, con el fin de ajustar sistemas tradicionales de reproducción y cuidado al lenguaje propio de la familia occidental contemporánea,
Un caso extremo es el de la sociología del derecho y del delito.  El derecho positivo suele cambiar con extraordinaria rapidez y, en el campo del derecho penal, hoy pueden ser delictivas conductas que ayer no lo eran y viceversa. Para que existiera la delincuencia juvenil hubo que inventar primero la adolescencia, como tiempo vital intermedio entre la infancia y la juventud. En la época clásica, cuando aun no existía la infancia y la gravedad del delito se media por la importancia de la persona agraviada y no por la gravedad del daño producido, se ajusticiaba a niñas de siete años por robar un pañuelo a su señora.
Luego empezaron los cambios. El capitalismo industrial exigía obreros cualificados y domesticados y se instituyo la enseñanza primaria obligatoria, al menos para los chicos. Todo chico que faltase a la escuela estaba incumpliendo su misión de convertirse en un trabajador disciplinado y capaz de leer un croquis. Un delincuente.
A la vez comenzó el proceso de creación de la familia obrera, con su padre proveedor y su madre cuidadora. La delincuencia juvenil y las malas madres aparecen en el mismo momento histórico, finales del siglo XIX. Aparecen a la vez las señoras benfactoras, encargadas de conseguir una mano de obra sana y bien educada para las empresas de sus maridos y demás parientes.
Ahora estas señoras andan por Mozambique y Guatemala, con los mismos fines. Pero se han dado cuenta de que la única manera de que sus hijos no sean delincuentes es que sus madres trabajen, así que les dan micro-créditos. Porque, con esto de la globalización, la mistica de la feminidad ha cambiado un poco.

Los cuentos que contamos con cuentas

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

Casi cuarenta años después de la publicación de “La leyenda negra de la madre trabajadora” tanto la “moraleja” del texto, en cuanto a la forma de hacer sociología, como las críticas que Mª Jesús y Mª Victoria realizan sobre los peligros sociales del trabajo asalariado femenino resultan de lo más pertinentes al poderse establece cierto paralelismo entre la lógica androcéntrica de los años setenta y el momento actual en el que se intenta volver a meter a las mujeres en casa[1].

Para aquellas personas formadas sociólogicamente en lo que se conoció como Escuela Crítica de Sociología[2] es reconfortante poder “replicar” un artículos como este porque no sólo permite constatar la existencia hace años de un buen hacer sociológico, sino que además motiva una reflexión metodológica enfrentada a la protocolización rutinaria de lo tecnológico-formal y el carácter  “cuantitofrénico” que está adoptando esta disciplina en la actualidad.

El texto de Miranda y Abril ejemplificaría la famosa afirmación de Mark Twain de que “Existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. La interpretación que ellas realizan de sus indagaciones demuestran la utilización tramposa de los números. Las autoras, también con datos, desmontan la relación que establecían numerosas investigaciones de la época entre la delincuencia juvenil y la actividad laboral femenina.

Contrariamente a la opinión dominante, concluyen que las madres empleadas en buenas condiciones son las tienen una mayor y mejor posición en cuanto a conocimientos y actitudes para reproducir hijos e hijas sanos, autónomos y saludables física y emocionalmente.

Se podría pensar que la trampa está en los números, pero los números se “cocinan” en función del “menú” que cada investigador/a quiere servir. En este sentido, habría que prestar especial atención a la mirada de la investigadora o investigador, pues resulta evidente que el mundo se ve con el color del cristal con el que se mira.

Decía Luis Enrique Alonso (1998:17)  que “gran parte de las distorsiones de nuestra mirada sobre la realidad social surgen de nuestra incapacidad de reconocer que la mirada es singular, concreta,  creadora y, por eso, nos empeñamos en utilizar reglas y rutinas prefabricadas  antes que aceptar que toda mirada es un acto de selección, de construcción y de interpretación que se hace desde un sujeto en un contexto”.

La adscripción feminista de las redactoras, en el momento de reivindicación del empleo femenino como elemento central de la autonomía económica de las mujeres,  distaba del discurso oficial de los diseñadores de los criterios de recogida de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Mientras las primeras aportaban información y discurso para provocar la aceptación y salida de las mujeres del hogar, los segundos eran  capaces de juntar “la sífilis, la enfermedad mental o la embriaguez habitual, con la trabajo extradoméstico de la madre” como causas determinantes de la desviación de los menores, para perpetuar la división sexual del trabajo y mantener a las mujeres encerradas en el hogar.

El pequeño contrapoder que supuso la performatividad[3] feminista se las debió ver con unos contextos sociales donde obviamente la investigación estaba al servicio del poder. La producción sociológica es hija de su tiempo y los criterios empleados por los institutos de estadística oficiales dan buena cuenta de ello, siendo a la vez reflejo de la ideología dominante y elemento de reproducción de la misma a través de la difusión “científica” legítima de la misma.

¡Y ay! Cuánto daño ha hecho la importancia y legitimidad otorgada a la ciencia y el sueño positivista de objetividad que olvida que determinadas concepciones tienen un sustento ideológico acrítico y funcional al sistema social.

Si pensamos las investigaciones que culpabilizaban a las madres empleadas de las desviaciones de sus hijos e hijas contextualizadas en los años setenta obtendremos una rápida explicación de la lógica que regía la producción analítica de aquel momento. Y para contextualizar diremos que los años de Guerra llevaron a los hombres a los campos de batalla y a las mujeres a  las fábricas. En aquellos años las mujeres desempeñaron un papel público central. Tras la contienda los hombres regresaron a sus casas y pretendieron ocupar su puesto en la vida pública, pero una vez que las mujeres constataron su valía y vivieron su autonomía e independencia no parecían dispuestas a volver al hogar por lo que hubo que inventar el mecanismo que les animara a hacerlo. El “invento” lo describió Betty Friedan, en 1963, con la denominación de la “mística de la feminidad”[4].

En un país que sale de una guerra que es la continuación de una depresión y finaliza con una bomba atómica, los hombres aspiran a reencontrar la calidez del hogar. Esa calidez del hogar se convierte en la razón de vivir de toda mujer dando origen a “la nueva mujer” (Beltrán;2001) que se forma en las escuelas y que se publicita a través de la publicidad y las revistas femeninas.

Esta campaña de feminidad ideal obstaculizaba el compromiso intelectual y la participación activa de las mujeres en su sociedad, pero cuenta a su favor con aportaciones desde el ámbito de la pediatría – también muy en boga en el momento actual-, como las del Doctor Spock que recomendaba la lactancia materna, y el psicoanálisis.

La sociología no fue ajena a este proceso y desde la academia se alimentó la “mística de la feminidad” señalando la división sexual del trabajo y estableciendo la necesidad de complementariedad familiar de hombres y mujeres y aludiendo a los peligros sociales que conllevaba la asalarización de las madres.

Recordemos en este sentido cómo Talcott Parsons, máximo representante de la sociología funcionalista[5], no hizo sino trasformar en planteamientos teóricos las ideas de la clase media americana conservadora. Sus postulados se presentaban como el modelo ideal a seguir cuando no eran sino un requisito funcional de un sistema social capitalista y patriarcal. Conviene no olvidar como este autor, desde su posición de director del Departamento de Sociología de Harvard y presidente de la American Sociological Association dio realce teórico a los postulados morales de la “buena esposa” y “la buena madre” que regían en la clase media.

Estas ideas se extendieron por toda Europa dando lugar seguramente a las investigaciones que se mencionan en el artículo de Miranda y Abril en las que se responsabiliza a las madres trabajadoras de los delitos de sus hijos.

Desde una supuesta objetividad ni Parsons, ni probablemente la sociología funcionalista posterior, fueron conscientes ni de su posición conservadora, ni de que sus planteamientos eran androcéntricos y aceptaban acríticamente la desigual asignación de un rol inferior y dependiente a las mujeres.

El objetivo que se pretendía era el de mantener la familia nuclear ya que la misma era la institución básica del sistema social. El buen funcionamiento familiar se lograba mediante una diferenciación de papeles: los hombres debían ocuparse de atender su rol instrumental de mantenedores materiales, mientras las mujeres deberían representar su papel expresivo ocupándose de los aspectos emocionales. Este reparto que, como vemos se basaba en la división sexual del  trabajo y estaba lejos de la pretensión feminista actual de la corresponsabilidad, únicamente responsabilizaba a las mujeres de la socialización de los hijos e hijas.  

Según este teórico: “La situación familiar convierte a la madre en el adulto significativo para los hijos de ambos sexos. (..) para la niña esto es normal y natural, no solo  porque  pertenece al mismos sexos que la madre sino porque las funciones de ama de casa  y de madre son  para ella inmediatamente tangibles y fáciles de comprender. En cuanto adquiere la aptitud física necesaria, la niña empieza el aprendizaje directo de la función femenina  adulta. Es notable que las niñas jueguen sobro todo a cocinar, a cose, a cuidar a  las muñecas, etc. Actividades que consisten en una imitación directa de sus madres. En cambio el niño no dispone de manera inmediata del modelo del padre para poder imitar; además las ocupaciones a las que se dedica el padre, como el trabajo en una oficina o el manejo de una máquina complicada, no son tangibles ni fácilmente comprensibles por el niños (…) pronto descubre que en  algunos aspectos fundamentales, se considera  a las mujeres inferiores a los hombres y por ello le resulta vergonzante criarse con una mujer . (…) Esto confirma la frecuencia con que la fijación materna interviene en todos los tipos de  desordenes neuróticos  y psicóticos de los hombres norteamericanos”  (Parsons;1972, cfr en Alberdi;1996).

Es por tanto, en el desarrollo teórico – derivado de determinantes ideológicos- donde encontramos el origen de la relación entre el trabajo extradoméstico de una madre y la conducta desviada y/o delictiva de sus hijas e hijos.  Ideas a partir de las cuales los y las estadísticos/as crearán los dispositivos y variables de observación, de modo tal que éstos  técnicos no harán sino corroborar lo que determinas ideologías y subjetividades, no reconocidas como tales, marcarán.

Este es un buen ejemplo para entender que no sólo hay que desmontar las trampas de los números, sino buscar el origen de las propias construcciones matemáticas. Parsons responsabilizó a las mujeres, como madres, de los potenciales problemas y conflictos psicológicos de sus descendientes. Si una mujer trabajaba fuera de casa estaba dejando de atender su función social. Poco importaba, como mencionan las autoras, que las mujeres que trabajaban eran de familias que económicamente lo necesitaban, ni que tuvieran más motivación e información para asesorar  a sus hijas/os.

Esta historia interesada caló profundamente en nuestro imaginario colectivo y se  transmitió con fuerza en una España postfranquista donde la compulsiva búsqueda de la moralidad y las «buenas costumbres» conllevó una gran dosis de culpabilización femenina.

Pero el imaginario es colectivo, es decir, afecta a todas las instituciones. Ni la academia, ni la investigación, ni la ciencia han estado al margen, más bien al contrario, han reforzado esta imagen buscando datos que así lo corroboraran, encontrando lo que buscaban, en lugar de observar, perderse y encontrar. Por otra parte, la conciencia si es colectiva afecta tanto a mujeres como a hombres.

Podemos pensar que la división social de espacios y del trabajo que regía en décadas anteriores se ha quebrado, pero la asignación femenina al hogar y su responsabilidad de los cuidados del resto de las personas de la unidad familiar sigue intacta. Las mujeres han accedido al ámbito público y han salido a la calle, pero los hombres no han entrado en la casa. Los cuidados siguen correspondiendo a los mujeres y esto es así desde el punto de vista material porque si ellas no lo hacen nadie lo hace, pero también desde el punto de vista emocional porque las mujeres siguen moviéndose, quizá por educación, por la “ética del cuidado” y no van a abandonar a sus seres queridos.

Más aún, la sobresaturación de tareas y responsabilidades que les supone la doble presencia y las exigencias sociales de “superwomen” les hace sentirse culpables de “no ser las mejores madres”, ni “las mejores profesionales” y viven ahogadas porque la falta tiempo no les permite hacer  todo tal como les gustaría hacerlo.

Por otra parte, en este momento la crisis está sirviendo de excusa para limitar los escasos avances alcanzados en materia de conciliación y corresponsabilidad para, ante la ausencia de empleo, devolver a las mujeres al hogar y los cuidados que el Estado está dejando de ofertar a la ciudadanía.

Ante la limitación de los recursos y ayudas para la dependencia, el anuncio de eliminar el supuesto de malformación del feto para poder abortar, las limitaciones a la conciliación en las empresas, la cada vez mayor flexibilidad e irregularidad de los horarios laborales,  la reducción salarial y la cada vez más reducida asistencia social, miedo dá pensar que, aunque hoy las investigaciones no correlación la delincuencia de los hijos con la actividad laboral de sus madres, esta es una idea que no descarto pues asistimos a una vuelta a una nueva “mística de la feminidad”.

Bibliografía.

ALBERDI, I, (1996), “Parsons. El funcionalismo y la idealización de la división sexual del trabajo”, en Durán, Mª Ángeles, Mujeres y hombres en la formación de la teoría sociológica, Madrid, CIS, pp: 233- 249.
ALONSO BENITO, L. E, (1998). La mirada cualitativa, Madrid, Fundamentos.
BELTRÁN PEDREIRA, E, (2001), “Feminismos liberal”, en Beltrán, E y Maquieira, V (eds), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Madrid, Alianza Editorial.
FRIEDAN, B, (1974), La mística de la feminidad, Madrid, Júcar [1963]

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[1] En el artículo “La idea de la domesticidad se impone” publicado en este mismos blog se muestran los mecanismos ideológicos, legislativos  y asistenciales actuales tendentes a conseguir esta vuelta de las mujeres, o al menos, de algunas mujeres, al hogar.
[2]De la que han dejado constancia las publicaciones de Jesús Ibáñez, Ángel de Lucas y Alfonso Ortí y sus seguidores y seguidoras posteriores. Para cuya formación de cómo realizar el quehacer sociológico el Cursos de Especialista “Praxis de la Sociología del Consumo”, impartido durante más de veinte años en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido vital.
[3] La “performatividad” es la capacidad de transformación social mediante los discursos.  A esto a veces se alude como “el hacer de los decires”.
[4] Betty Friedan empleó esta expresión para describir un conglomerado de presupuestos tradicionales de la feminidad. Esta ideología se proyectó a través del modelo educativo difundido como paradigma imperante después de la Segunda Guerra Mundial que preconizó la vuelta de las mujeres al hogar como el sitio donde las mujeres podrían realizarse.
[5]Que es la se ha mantenido durante tres décadas como la dominante.