¿Igualdad real para las personas no heterosexuales? Retos de los movimientos y de la izquierda

Artículo:

Yuri Rueda Estévez

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Si hace 30 años se constataba que la “tendencia estructural es a la constitución de parejas entre personas del mismo sexo cromosómico” como consecuencia del modelo de igualdad (legal) de las parejas, hoy esa tendencia se ha convertido en marea, ¡las parejas del mismo sexo ya son legión!

Tal vez exagere, pero así lo parece al menos en algunos barrios de algunas ciudades del Estado Español. La visibilidad de las parejas del mismo sexo va en aumento y se acerca a la “normalidad”. Esto es más cierto para las parejas de cishombres que para las de cismujeres; también en este ámbito, como en tantos más, la visibilidad de las mujeres es menor.

¿A qué se debe este aumento de las parejas del mismo sexo? Sin duda un elemento central es el recorrido jurídico de dichas parejas. A finales de los años 90 y comienzos de los 2000 diversas comunidades autónomas regularon las llamadas parejas de hecho, que permitía a las parejas, incluidas las del mismo sexo, inscribirse como tales para obtener algunos beneficios administrativos. Algunas fueron más avanzadas, ya que permitían la adopción por parte de cualquier tipo de pareja.

En 2004 el Congreso de los Diputados aprobó la extensión del derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo, estableciendo la ley más avanzada en el mundo al reconocer todos los derechos, incluido el de adopción, a todas las parejas.

Se puede decir que ese fue un ejemplo de que las leyes no siempre reflejan la realidad social sino que pueden modificarla. Si bien en el momento de aprobar la ley de parejas del mismo sexo la mayoría de la sociedad española se mostraba a favor del matrimonio, solo el 48% estaba a favor del derecho de adopción, según el barómetro del CIS de junio del 2004.

En 2010, apenas 6 años después de su aprobación, el 56% de la población española estaba de acuerdo con que las parejas del mismo sexo tuvieran derecho a adoptar (1).

¿Hemos alcanzado la igualdad real?

¿Ha supuesto la igualdad jurídica del matrimonio homosexual la igualdad real para las personas no heterosexuales? La realidad es que los centros educativos, los centros de trabajo y los ámbitos familiares siguen siendo espacios de discriminación.

Sigue siendo difícil mostrar públicamente afectividades no heteronormativas, con la excepción de los barrios que mencionaba en la introducción, en bares, restaurantes o demás espacios públicos.

Si bien la sociedad española es razonablemente tolerante con la homosexualidad si la comparamos incluso con países supuestamente avanzados de nuestro entorno, la tolerancia es completamente insuficiente. Muchos colectivos de liberación sexual suman a sus reivindicaciones el rechazo a la tolerancia.No queremos ser toleradxs, queremos ser respetadxs.

Hemos alcanzado un nivel de corrección política suficiente para que en general las personas no heteronormativas seamos toleradas (afortunadamente cada vez hay menos agresiones físicas y verbales) pero esto no implica que seamos respetadas. Y hasta que no se nos respete no desaparecerán el chiste, la chanza, la ridiculización, la humillación, toda esa serie de elementos discursivos que siguen construyendo una sociedad llena de obstáculos y desigualdades.

Y si bien las parejas homosexuales están razonablemente integradas en la sociedad española si la comparamos con nuestro entorno, ¿qué precio hay que pagar para estar felizmente integradx? A partir de la ley de matrimonio homosexual se ha implantado una asimilación heteronormativa de las parejas homosexuales.

Es decir, los avances sociales logrados a partir de la ley han supuesto la extensión de los modelos heteronormativos de valoración y exclusión social a las personas no heterosexuales. Nos han “compartido” sus valores. La pareja estable, la prosperidad material, la discreción sexual, los roles masculinos y femeninos normativos, la maternidad y la paternidad, la monogamia, son valores burgueses y heteronormativos a seguir si queremos ser personas socialmente integradas.

Solo así recibiremos a cambio tolerancia. Y no nos quejemos, que vivimos en el país más tolerante del mundo.

Es así que se construyen gays y lesbianas, personas respetables, integradas en su comunidad, con proyectos vitales relativamente predecibles basados en el consumo y cánones de belleza normativos establecidos por el capitalismo. ¿Pero qué sucede con bolleras y maricas, esxs individuxs abyectos que no siguen los valores heteronormativos burgueses? Pues lo mismo que con las personas heterosexuales que tampoco los siguen, como las personas promiscuas o las putas: son relegadas, excluidas y penalizadas socialmente.

La igualdad jurídica de las parejas del mismo sexo ha traído consigo, pues, la aceptación social de las parejas del mismo sexo heteronormativas y de las personas que se declaran homosexuales y se comportan de forma socialmente aceptable.

El siguiente reto en la lucha de liberación sexual deberá ser la visibilización, conquista y ocupación del espacio público del resto de personas que quedamos fuera de la norma heteronormativa. El siguiente reto es la despenalización social de los cuerpos, los deseos y los proyectos vitales múltiples y diversos.

¿A quién corresponde acometer esos retos? Obviamente no a la derecha. La derecha española es depositaria de tradiciones políticas retrógradas, cercanas a las corrientes católicas más tradicionalistas.

Su posición en toda la trayectoria jurídica del derecho al matrimonio fue siempre de oposición visceral e incluso mantuvo recursos ante el Tribunal Constitucional contra algunas leyes autonómicas de parejas de hecho y contra la estatal de matrimonio entre personas del mismo sexo.

Si bien algunas corrientes de la derecha más cercanas al liberalismo se han mostrado a favor de los derechos de las personas homosexuales, lo cierto es que la derecha española representa aquello contra lo que habrá que luchar en el desarrollo del reto de la visibilización y despenalización social mencionado anteriormente.

¿Corresponde por lo tanto a la izquierda? ¿Al movimiento de liberación sexual? ¿Qué relación hay entre ambos? El movimiento de liberación sexual tiene unos retos y unas responsabilidades a desarrollar en el seno, o en su relación con las organizaciones de izquierda. Y también la izquierda tiene retos de futuro en su influencia sobre el movimiento de liberación sexual.

Retos de la izquierda y el movimiento de liberación sexual

A pesar de que la lucha de liberación sexual ha sido en los últimos 40 años cercana a la izquierda, la relación entre ambas no siempre ha sido fácil ni ha ido de la mano. La izquierda más zorrocotroca ha hecho gala de sus inclinaciones machistas y homófobas sin atisbo de rubor ni de reflexión política alguna.

Para esa izquierda zorrocotroca, que bebía del marxismo tradicionalista que hablaba de “perversiones sexuales” y “desviaciones pequeñoburguesas” para referirse a la homosexualidad, no merecía la pena dedicar un minuto a ninguna reflexión que no aludiese a la lucha de liberación de la clase obrera porque dicha liberación traería inefablemente la liberación de todas las opresiones.

Opresiones, las patriarcales, que no dudaban en reproducir en el seno de sus organizaciones o en su vida personal (a este respecto, me permito recomendar Le relazioni pericolose. Matrimoni e divorzi tra marxismo e femminismo de Cinzia Arruzza).

Me preocupa más la heteronormatividad de esa otra izquierda, la que sí demuestra tener una sensibilidad por la lucha feminista y la lucha de liberación sexual. Esa izquierda que no solo dice estar concienciada y propicia la creación de grupos de trabajo de liberación sexual en sus organizaciones porque es políticamente correcto, sino que considera la liberación sexual como un pilar más de las luchas políticas de emancipación.

En esa izquierda comprometida se da a menudo una suerte de conformismo intelectual, de autocomplacencia, por haber evolucionado en sus planteamientos con respecto a la lucha de liberación sexual. En esa izquierda he oído cosas como “soy defensor de los derechos de los homosexuales pero los gays con pluma lo hacen para exagerar” o “un familiar muy cercano era homosexual y siempre lo acepté sin ningún problema, pero él no era femenino, era un hombre” a personas (cishombres) que sinceramente respetan y defienden los derechos de las personas homosexuales. Pero lo hacen desde discursos patriarcales y heteronormativos.

Valiéndome del ejemplo de la pluma de algunos maricas (algo que pone visiblemente nerviosos a los cishombres heterosexuales), no solo no ven el gran potencial político de la subversión de los roles heteronormativos asignados en base al sexo genital, sino que ni siquiera son capaces de respetar el derecho individual a comportarse libremente.

Señalaría este como el gran reto para el movimiento de liberación sexual en la izquierda. Es nuestra responsabilidad colectiva que las personas no heteronormativas no nos convirtamos en trofeos a mostrar, en floreros que demuestren lo modernas que son las organizaciones de izquierda, sino ser acicates que inciten a la reflexión crítica y a la subversión de los elementos discursivos basados en estructuras binaristas, patriarcales y heteronormativas.

También hay retos para la izquierda política en el movimiento de liberación sexual. Una de las consecuencias de la aprobación del matrimonio homosexual en el Estado Español ha sido el aburguesamiento del movimiento de liberación sexual.

Un gran sector del mismo, que se suele denominar mainstream, ha derivado en una mezcla de movimiento institucionalizado cuyo ámbito de acción es el de asesoramiento y consultoría de administraciones públicas (labor por cierto absolutamente necesaria) y club de ocio y organización de eventos.

Basta observar las acciones de las asociaciones de gays y lesbianas mayoritarias del Estado. Con organizaciones empresariales como aliadas organizan macrofiestas basadas en el llamado consumismo rosa y publicitan un estilo de vida burgués y elitista.

Han vaciado totalmente de contenido político manifestaciones como el día de la liberación sexual de Madrid, transformando lo que anteriormente fue una manifestación en un carnaval, un desfile, una marcha festiva.

Es tarea de la izquierda no solo combatir este discurso sino también acercarse y acompañar las reivindicaciones del movimiento de liberación sexual alternativo y combativo. Parte de los movimientos sociales, del ámbito de la liberación sexual pero también de muchos otros ámbitos, han quedado decepcionados con las organizaciones políticas de izquierda.

En algunos casos por su falta de implicación en las luchas, en otros por los intentos de fagocitación y apropiación de los movimientos sociales. Esta decepción ha llevado, por ejemplo, a parte del movimiento queer a posiciones individualistas que niegan la utilidad de la colectividad como herramienta de cambio político.

Es responsabilidad de la izquierda llevar a cabo la necesaria autocrítica ante estas prácticas y refundar las metodologías de relación con los movimientos sociales y la sociedad en general, para convertirse de una vez por todas en una herramienta real al servicio de los movimientos sociales y de la ciudadanía oprimida.

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1. Riveiro A (2011, 11 de mayo). La mayoría de los españoles aprueba el matrimonio y la adopción homosexual. El País, sección Sociedad.

Las buenas chicas de los 80

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Cuando hice la investigación que se resume en el artículo “Actituds bàsiques davant la vida” yo tenía 34 años. Había sido una “buena chica”. Me casé por amor -es decir, por sexo- a los 20 años, en tercero de carrera, la terminé, fui militante antifranquista y feminista, redacté la tesis durante la lactancia de mi segunda hija, proseguí con mi carrera académica e investigadora, me separé de “lecho y habitación” de mi primer marido cuando me lo permitió la reforma del Código Civil de 1975, tiré p’alante yo sola y en 1983 el PSOE me premió todos esos méritos al nombrarme Carlota Bustelo Subdirectora de Investigación del Instituto de la Mujer.

Después ya no fui tan buena chica, porque cuando uno llega al poder tiene que volverse conservador y yo ya había cogido un ritmillo progre, del que nunca ha sido capaz de librarme. Pero, a pesar de los pesares, ya me había instalado en una clase media desde la que es muy fácil dar lecciones de casi todo.

El problema es que la economía capitalista y consecuentemente, la social-democracia, habían entrado en crisis irreversible en 1973 y ya nada iba a ser como había sido. Como dice Amparo Lasén, “el futuro ya estaba allí”.

La diferencia estriba en como lo veíamos. Mi adolescencia la mecieron los Beatles (“Please, love me do”, “Yesterday”, “Michelle”…) y el Dúo Dinámico (“Quince años tiene mi amor”). En los 60 no alcanzaban la popularidad los amores putrefactos; Ed Cobb escribió “Tainted Love” en 1964 y la grabó una de las chicas de la Motown, Gloria Jones. Pero no se hizo popular hasta los 80, en la versión de Soft Cell, que es la que escucharía Amparo.

Gloria Jones fué una “chica mala” de mi generación. Afroamericana, nacida en Los Angeles, cantaba en comedias musicales hasta que se fijó en ella Mark Rolan, del grupo T-Rex. Marc nunca fué capaz de separarse de su legítima mujer, aunque tuvo un hijo con Gloria. Una noche de copas y algo más tuvieron un accidente de coche. Mark murió y Gloria se vió sola, sin un duro y con un bebé sin padre. Volvió a Los Angeles, a casa de su familia y allí, gracias a los amigos de su amante, consiguió un trabajo como asesora musical en la industria cinematográfica. Esto es lo que explica que Tainted love”, en la versión de Marilyn Manson,  forme parte de la banda sonora de Esta no es otra estúpida película americana, parodia de las típicas películas de teenagers, en la que hay referencias a Grease, Nunca me han besado, Karate Kid, American Beauty, American Pie, La chica de Rosa, Alguien como tú, etc., etc.,

Hoy en una de las 100 mejores canciones de rock  del siglo XX (Wikipedia).

Y la biografía de Gloria es hoy más frecuente que la mía, porque 40 años de cronificada crisis del capitalismo y, por ende, de la socialdemocracia, han hacho que la clase media se encuentre en vías de extinción.

El futuro ya estaba aquí

Artículo:

Amparo Lasen
Socióloga

En junio de 1983 yo tenía 14 años, algo más joven que las mujeres de la investigación del artículo de María Jesús Miranda que me toca comentar. Ese año pisé por primera vez una discoteca, la “Submarino” de Valdemoro. El portero me espetó en la entrada: “Eh tú, ¿dónde vas?” Nerviosa pensé: “no cuela, me va a pedir el carné”. Cuando la vecina de cola le aclaró entre risas: “pero si es una chica”. Respiré tranquila al darme cuenta de que no era la edad el problema, mi altura daba el pego pero junto con mi pelo al uno y las ropas holgadas del Rastro también me hacía parecer un chico, y éstos no entraban gratis.

Así que pude pasar a la sala pequeña y en penumbra, sonando Boney M y Soft Cell, donde estaban las chicas del instituto, las mayores de la EGB, las curritas, las paradas y los chavales del pueblo en clara minoría respecto de los “polillas” o guardias jóvenes del Colegio de la Guardia Civil, adolescentes con uniformes y gorra de plato, dándole a la disco un tono de “Suboficial y Caballero” de andar por casa.

Y entre esos aspirantes a guardias civiles, en esa discoteca y otros disco-bares, encontré a mis primeros amigos punkis, como yo, pero con la cresta en la lengua, punkis para los que el ‘no future’ no era tanto signo de pesimismo nihilista como reconocimiento de que bastante ocupados estábamos con el presente como para preocuparnos de lo que vendría, amigos con los que hablar de la música que nunca sonaba en aquellos locales, y que me enviaban cartas desde sus arrestos frecuentes donde citaban las letras de Siniestro.

Esas crestas imaginarias y bien presentes algunos las seguirían llevando luego bajo el tricornio, contribuyendo a cambiar el Benemérito Instituto impulsando inéditas iniciativas colectivas, pero eso es otra historia.

Las mujeres jóvenes de entonces, como indica la investigación de Miranda, no querían vivir como sus madres, y con cierta ingenuidad optimista, de acuerdo con los discursos que compartimos desde entonces, pensaban que con un poco de educación y voluntad personal se podrían aprovechar las oportunidades que facilitarían la autonomía y la maternidad responsable, ejercida junto a una pareja que asumiría su parte de la responsabilidad, asumiendo aparentemente que así como ellas no querían ser como sus madres, sus parejas tampoco querrían ser como los padres.

Esta curiosa creencia, implícita o explícita, de que los varones renunciarán a sus privilegios por educación y sentido de la justicia, persiste en nuestros días, sorprendentemente, visto que el paso de las décadas y el afianzamiento y ampliación de la educación formal obligatoria no se acompaña precisamente de una disminución de las desigualdades, ni de un abandono voluntario de los privilegios.

Las investigaciones sobre jóvenes realizadas una década después, como la realizada en mi tesis doctoral, muestran que las mujeres jóvenes de mediados de los 90 seguían sin querer vivir como sus madres, pero no eran ya tan optimistas acerca de la vida adulta. El desencanto llega también a la consideración de la propia autonomía.

El cambio en las relaciones familiares, menos autoritarias en general, aporta mayor autonomía y dudan que la emancipación les haga más autónomas, más bien presagian que sustituirán unas dependencias por otras. Además en otra situación de crisis con una tasa de paro cebándose especialmente en jóvenes y mujeres, la emancipación no se antoja fácil y la precariedad amenaza aunque se hubieran hecho bien los deberes y obtenido los diplomas requeridos.

Aparece la etiqueta de “jóvenes sobradamente preparados” que acentúa más el hecho de sobrar que el de sobresalir. Así que las estrategias temporales de los jóvenes de nuestra investigación intentan prolongar el presente, no sólo con la idea de disfrutarlo, que también, sino de retardar las elecciones irreversibles, dado que una de las pocas certezas que se tienen es la incertidumbre acerca del futuro.

Las jóvenes de los 90, como las de los 80, seguían muy preocupadas por aprovechar esas oportunidades que les permitirían gozar del futuro, pero aquella convicción en cuanto a éstas ha desaparecido. En la investigación de los 80 parece haber un consenso acerca del papel de los estudios y de un trabajo estable, que hace que aquellas que puedan conseguirlo se muestren optimistas en cuanto a sus posibilidades de distanciarse del modelo materno, mientras que aquellas que lo ven fuera de su alcance parecen resignadas a “que no pueda ser de otra manera”.

Sin embargo, una década después las jóvenes no sólo temen la precariedad y la crisis, sino que encuentran que ese modelo de la maternidad responsable, la pareja estable y el trabajo fijo, además de poco realista no es muy atractivo tampoco. Por eso hay que tener un Plan B y en lugar de plantearse una trayectoria única, una carrera, hay que pensar en cómo darle la vuelta a lo que fracasa.

Pero una de esas elecciones, tener hijos, no es reversible, no permite plan b, y marca una clara diferencia en las actitudes de mujeres y hombres respecto del futuro. Si bien una buena parte de los jóvenes entre 20 y 30 años que participaron en mi investigación en los 90 ni siquiera se plantean si tendrán hijos o no, los varones que lo hacen lo ven como algo bueno que llegará cuando tenga que llegar sin darle más vueltas, mientras que todas las chicas entrevistadas que tratan del tema saben ya que será algo problemático, la palabra “conciliación” no se usa aún, pero su falta de existencia como realidad se daba ya entonces como ahora.

Así que la persistencia del valor de la “maternidad responsable” no hace deseable tener hijos para no poder ocuparse del ellos y la expectativa de compartir las tareas a medias con la pareja ni aparece, la resignación de las chicas de clase trabajadora de los 80 parece extenderse al resto, aunque no siempre se formule de manera explícita.

De modo que las chicas que estudian y tienen claro que quieren tener una profesión para la que se están formando, ven ya claro también como la maternidad tendrá mal encaje con las obligaciones profesionales; y las mujeres con menos recursos tampoco encuentran muy deseable lo de quedarse en casa y dedicarse sólo a criar hijos, además de intuir ya que esa opción no es viable económicamente.

De modo que una década después, aunque sigue el predominio de los discursos que acentúan el carácter personal de estas elecciones, escondiendo el peso de las relaciones de género y los determinantes sociales de las condiciones laborales y su marco legal, estas jóvenes empiezan a saber o intuir que todo no depende de su voluntad y empeño, y que sus posibilidades de diferenciarse de sus madres no radican sólo en un cambio de mentalidad o de educación.

De ahí ese deseo de prolongar y disfrutar de la juventud, esa edad de posibles, más o menos ficticios, más o menos plausibles, que a pesar de sus limitaciones y dependencias, aparece más amable y divertida, que la edad adulta de las obligaciones, los esfuerzos mal recompensados, el aburrimiento y las relaciones insatisfactorias.

Los adultos, los padres y madres, siguen siendo un modelo negativo, aunque no es exactamente el mismo que el de los adultos del franquismo. Sus hijas los quieren pero siguen sin querer parecerse a ellos. Pero si las jóvenes de los 80 percibían su discriminación y juzgaban sus oportunidades de escapar a ella en función de sus recursos, una década después esa discriminación no parece percibirse tan claramente.

Las jóvenes son conscientes de las dificultades y del poco atractivo del modelo de sus mayores, pero no lo atribuyen a formas de discriminación de género que persisten. Pareciera como si el efecto de una educación y discursos públicos que ponen el acento en la igualdad, no sólo no han conseguido generar mayores condiciones de igualdad, sino que han vuelto más difícil el reconocimiento de las desigualdades, y en este caso, de las desigualdades entre mujeres y hombres.

Los estudios recientes sobre jóvenes, actitudes hacia el futuro y emancipación muestran continuidades y discontinuidades respecto a estas décadas pasadas. Persiste la alta dosis de autonomía de los jóvenes en unas relaciones familiares no especialmente conflictivas, pues lo que si ha desaparecido es la percepción de una brecha o conflicto generacional, lo que anima a retrasar la emancipación, que sigue considerándose en muchos casos como una situación rodeada de dificultades materiales, operativas y afectivas, más aún en el actual contexto de crisis.

Se acentúa el carácter problemático de la posible maternidad futura, esa proeza irreversible, ya que los condicionantes laborales, legales y familiares apenas se han movido, cuando no han empeorado, con lo que la maternidad ya pasa de ser responsable a heroica, guiada por el cálculo de los recursos disponibles. De modo que en la situación de crisis actual no es sólo que persista el retraso en la edad de asumir la maternidad, que se viene dando desde hace una década, sino que la natalidad ha caído un 12,8% según datos del INE en el periodo de 2008 a 2012, la caída mayor en los últimos 30 años.

En la investigación del 83, las jóvenes de clase media achacan la discriminación y desigualdades a la falta de educación de sus madres, o al contexto sociopolítico del franquismo, sin citar los otros condicionantes sociales y el papel de los varones en las relaciones de género, creyendo que con su voluntad y esfuerzo serán capaces de vivir de otro modo, una década después el binomio autonomía-devenir adulto se encuentra claramente cuestionado, las jóvenes son bien conscientes de las dependencias y dificultades del futuro, pero tampoco atribuyen en general un rol particular a la discriminación y desigualdades de género en dichas dependencias, a pesar de ser conscientes de que todos sus problemas y atribulaciones no son compartidos por los varones.

Quizás sea el efecto perverso de haber sido educadas en la igualdad, en lugar de haber recibido una educación que visibilice y afronte las desigualdades existentes. En la actualidad, la consideración de que le emancipación acentuará las dependencias poniendo en riesgo la autonomía juvenil es ya una certeza, y la formación de una familia propia se vuelve el riesgo máximo. Algo de lo que ya son testigos en primera línea, pues la desaparición de los conflictos generacionales permite apreciar con más claridad el peso de las obligaciones familiares, que las actuales condiciones sociolaborales convierten en cargas, para los padres, y en especial para las madres, convertidos en eternos protectores y protectoras de sus hijos de cuya responsabilidad no parecen librarse jamás.

“Tainted love” cantaba Marc Almond y sonaba en aquella discoteca de pueblo del 83, donde sin mucha conciencia nos dejábamos excitar por la penumbra, las melodías, los cubatas, los cuerpos en danza, los olores, riéndonos de parecer mayores, de parecer chicos, de parecer guardias y ser punkis, de ir a ser guardia civil como el padre y querer seguir siendo punki, bailando hacia la edad adulta sin prisas, unas por la confianza que daba ser de clase media otras por la lucidez que da ser de clase trabajadora. Pero casi ninguna nos habíamos fijado en la letra que tatareábamos en ‘spanglish’, en ese amor “tainted” corrupto, deshonesto, podrido, hacía el que un día corrí y del que ahora huyo.

Las ambivalencias y paradojas de los compromisos a futuro parecen estar más claras para las jóvenes actuales, ser de clase media ya no genera confianza, aunque como entonces no ser de clase media te pone las cosas bastante más duras por mucha lucidez que le eches.

Sin embargo nos sigue costando reconocer el peso en nuestro presente y en nuestras visiones de futuro de las desigualdades y discriminaciones de género, que se reproducen y acentúan, mostrando quizás el verdadero éxito de la educación “en la igualdad” de estas décadas, que lamentablemente no es haber acabado o reducido sensiblemente las desigualdades, que como vemos con cada nueva situación de crisis económica se acentúan, sino perpetuar el cuento de que la igualdad depende de la educación y de nuestras actitudes y esfuerzos.

Madres trabajadoras

María Jesús Miranda
Socióloga
La revista Vindicación Feminista fue una de las innumerables iniciativas editoriales de Lidia Falcon. No recuerdo cuanto tiempo se publico, pero no fue mucho. Creo que fue Cristina Alberdi quien nos pidió este articulo.
La sociología tradicional es una ciencia rara, en la medida en que sus objetos de estudio son  establecidos por su propio objeto de estudio. Cuando Durkheim dijo “es preciso estudiar los hechos sociales como cosas” no tuvo en cuenta que los hechos sociales cambian cada vez más deprisa y que es la propia sociedad, o sus miembros, quienes producen estos cambios. En este sentido, es una tautología en si misma.
Tenemos así la sociología de la familia, de la educación de la empresa… como si estas instituciones fueran universales e inmutables. Tras Durkheim, la antropología y la historia sociales han venido a echar una mano a los sociólogos. Pero no del todo. A veces ellos se han liado con las propias categorías sociológicas. Basta con echar un vistazo a los complicadísimos algoritmos matemáticos que tuvieron que montar los antropólogos para describir los sistemas de parentesco, con el fin de ajustar sistemas tradicionales de reproducción y cuidado al lenguaje propio de la familia occidental contemporánea,
Un caso extremo es el de la sociología del derecho y del delito.  El derecho positivo suele cambiar con extraordinaria rapidez y, en el campo del derecho penal, hoy pueden ser delictivas conductas que ayer no lo eran y viceversa. Para que existiera la delincuencia juvenil hubo que inventar primero la adolescencia, como tiempo vital intermedio entre la infancia y la juventud. En la época clásica, cuando aun no existía la infancia y la gravedad del delito se media por la importancia de la persona agraviada y no por la gravedad del daño producido, se ajusticiaba a niñas de siete años por robar un pañuelo a su señora.
Luego empezaron los cambios. El capitalismo industrial exigía obreros cualificados y domesticados y se instituyo la enseñanza primaria obligatoria, al menos para los chicos. Todo chico que faltase a la escuela estaba incumpliendo su misión de convertirse en un trabajador disciplinado y capaz de leer un croquis. Un delincuente.
A la vez comenzó el proceso de creación de la familia obrera, con su padre proveedor y su madre cuidadora. La delincuencia juvenil y las malas madres aparecen en el mismo momento histórico, finales del siglo XIX. Aparecen a la vez las señoras benfactoras, encargadas de conseguir una mano de obra sana y bien educada para las empresas de sus maridos y demás parientes.
Ahora estas señoras andan por Mozambique y Guatemala, con los mismos fines. Pero se han dado cuenta de que la única manera de que sus hijos no sean delincuentes es que sus madres trabajen, así que les dan micro-créditos. Porque, con esto de la globalización, la mistica de la feminidad ha cambiado un poco.

Los cuentos que contamos con cuentas

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

Casi cuarenta años después de la publicación de “La leyenda negra de la madre trabajadora” tanto la “moraleja” del texto, en cuanto a la forma de hacer sociología, como las críticas que Mª Jesús y Mª Victoria realizan sobre los peligros sociales del trabajo asalariado femenino resultan de lo más pertinentes al poderse establece cierto paralelismo entre la lógica androcéntrica de los años setenta y el momento actual en el que se intenta volver a meter a las mujeres en casa[1].

Para aquellas personas formadas sociólogicamente en lo que se conoció como Escuela Crítica de Sociología[2] es reconfortante poder “replicar” un artículos como este porque no sólo permite constatar la existencia hace años de un buen hacer sociológico, sino que además motiva una reflexión metodológica enfrentada a la protocolización rutinaria de lo tecnológico-formal y el carácter  “cuantitofrénico” que está adoptando esta disciplina en la actualidad.

El texto de Miranda y Abril ejemplificaría la famosa afirmación de Mark Twain de que “Existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. La interpretación que ellas realizan de sus indagaciones demuestran la utilización tramposa de los números. Las autoras, también con datos, desmontan la relación que establecían numerosas investigaciones de la época entre la delincuencia juvenil y la actividad laboral femenina.

Contrariamente a la opinión dominante, concluyen que las madres empleadas en buenas condiciones son las tienen una mayor y mejor posición en cuanto a conocimientos y actitudes para reproducir hijos e hijas sanos, autónomos y saludables física y emocionalmente.

Se podría pensar que la trampa está en los números, pero los números se “cocinan” en función del “menú” que cada investigador/a quiere servir. En este sentido, habría que prestar especial atención a la mirada de la investigadora o investigador, pues resulta evidente que el mundo se ve con el color del cristal con el que se mira.

Decía Luis Enrique Alonso (1998:17)  que “gran parte de las distorsiones de nuestra mirada sobre la realidad social surgen de nuestra incapacidad de reconocer que la mirada es singular, concreta,  creadora y, por eso, nos empeñamos en utilizar reglas y rutinas prefabricadas  antes que aceptar que toda mirada es un acto de selección, de construcción y de interpretación que se hace desde un sujeto en un contexto”.

La adscripción feminista de las redactoras, en el momento de reivindicación del empleo femenino como elemento central de la autonomía económica de las mujeres,  distaba del discurso oficial de los diseñadores de los criterios de recogida de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Mientras las primeras aportaban información y discurso para provocar la aceptación y salida de las mujeres del hogar, los segundos eran  capaces de juntar “la sífilis, la enfermedad mental o la embriaguez habitual, con la trabajo extradoméstico de la madre” como causas determinantes de la desviación de los menores, para perpetuar la división sexual del trabajo y mantener a las mujeres encerradas en el hogar.

El pequeño contrapoder que supuso la performatividad[3] feminista se las debió ver con unos contextos sociales donde obviamente la investigación estaba al servicio del poder. La producción sociológica es hija de su tiempo y los criterios empleados por los institutos de estadística oficiales dan buena cuenta de ello, siendo a la vez reflejo de la ideología dominante y elemento de reproducción de la misma a través de la difusión “científica” legítima de la misma.

¡Y ay! Cuánto daño ha hecho la importancia y legitimidad otorgada a la ciencia y el sueño positivista de objetividad que olvida que determinadas concepciones tienen un sustento ideológico acrítico y funcional al sistema social.

Si pensamos las investigaciones que culpabilizaban a las madres empleadas de las desviaciones de sus hijos e hijas contextualizadas en los años setenta obtendremos una rápida explicación de la lógica que regía la producción analítica de aquel momento. Y para contextualizar diremos que los años de Guerra llevaron a los hombres a los campos de batalla y a las mujeres a  las fábricas. En aquellos años las mujeres desempeñaron un papel público central. Tras la contienda los hombres regresaron a sus casas y pretendieron ocupar su puesto en la vida pública, pero una vez que las mujeres constataron su valía y vivieron su autonomía e independencia no parecían dispuestas a volver al hogar por lo que hubo que inventar el mecanismo que les animara a hacerlo. El “invento” lo describió Betty Friedan, en 1963, con la denominación de la “mística de la feminidad”[4].

En un país que sale de una guerra que es la continuación de una depresión y finaliza con una bomba atómica, los hombres aspiran a reencontrar la calidez del hogar. Esa calidez del hogar se convierte en la razón de vivir de toda mujer dando origen a “la nueva mujer” (Beltrán;2001) que se forma en las escuelas y que se publicita a través de la publicidad y las revistas femeninas.

Esta campaña de feminidad ideal obstaculizaba el compromiso intelectual y la participación activa de las mujeres en su sociedad, pero cuenta a su favor con aportaciones desde el ámbito de la pediatría – también muy en boga en el momento actual-, como las del Doctor Spock que recomendaba la lactancia materna, y el psicoanálisis.

La sociología no fue ajena a este proceso y desde la academia se alimentó la “mística de la feminidad” señalando la división sexual del trabajo y estableciendo la necesidad de complementariedad familiar de hombres y mujeres y aludiendo a los peligros sociales que conllevaba la asalarización de las madres.

Recordemos en este sentido cómo Talcott Parsons, máximo representante de la sociología funcionalista[5], no hizo sino trasformar en planteamientos teóricos las ideas de la clase media americana conservadora. Sus postulados se presentaban como el modelo ideal a seguir cuando no eran sino un requisito funcional de un sistema social capitalista y patriarcal. Conviene no olvidar como este autor, desde su posición de director del Departamento de Sociología de Harvard y presidente de la American Sociological Association dio realce teórico a los postulados morales de la “buena esposa” y “la buena madre” que regían en la clase media.

Estas ideas se extendieron por toda Europa dando lugar seguramente a las investigaciones que se mencionan en el artículo de Miranda y Abril en las que se responsabiliza a las madres trabajadoras de los delitos de sus hijos.

Desde una supuesta objetividad ni Parsons, ni probablemente la sociología funcionalista posterior, fueron conscientes ni de su posición conservadora, ni de que sus planteamientos eran androcéntricos y aceptaban acríticamente la desigual asignación de un rol inferior y dependiente a las mujeres.

El objetivo que se pretendía era el de mantener la familia nuclear ya que la misma era la institución básica del sistema social. El buen funcionamiento familiar se lograba mediante una diferenciación de papeles: los hombres debían ocuparse de atender su rol instrumental de mantenedores materiales, mientras las mujeres deberían representar su papel expresivo ocupándose de los aspectos emocionales. Este reparto que, como vemos se basaba en la división sexual del  trabajo y estaba lejos de la pretensión feminista actual de la corresponsabilidad, únicamente responsabilizaba a las mujeres de la socialización de los hijos e hijas.  

Según este teórico: “La situación familiar convierte a la madre en el adulto significativo para los hijos de ambos sexos. (..) para la niña esto es normal y natural, no solo  porque  pertenece al mismos sexos que la madre sino porque las funciones de ama de casa  y de madre son  para ella inmediatamente tangibles y fáciles de comprender. En cuanto adquiere la aptitud física necesaria, la niña empieza el aprendizaje directo de la función femenina  adulta. Es notable que las niñas jueguen sobro todo a cocinar, a cose, a cuidar a  las muñecas, etc. Actividades que consisten en una imitación directa de sus madres. En cambio el niño no dispone de manera inmediata del modelo del padre para poder imitar; además las ocupaciones a las que se dedica el padre, como el trabajo en una oficina o el manejo de una máquina complicada, no son tangibles ni fácilmente comprensibles por el niños (…) pronto descubre que en  algunos aspectos fundamentales, se considera  a las mujeres inferiores a los hombres y por ello le resulta vergonzante criarse con una mujer . (…) Esto confirma la frecuencia con que la fijación materna interviene en todos los tipos de  desordenes neuróticos  y psicóticos de los hombres norteamericanos”  (Parsons;1972, cfr en Alberdi;1996).

Es por tanto, en el desarrollo teórico – derivado de determinantes ideológicos- donde encontramos el origen de la relación entre el trabajo extradoméstico de una madre y la conducta desviada y/o delictiva de sus hijas e hijos.  Ideas a partir de las cuales los y las estadísticos/as crearán los dispositivos y variables de observación, de modo tal que éstos  técnicos no harán sino corroborar lo que determinas ideologías y subjetividades, no reconocidas como tales, marcarán.

Este es un buen ejemplo para entender que no sólo hay que desmontar las trampas de los números, sino buscar el origen de las propias construcciones matemáticas. Parsons responsabilizó a las mujeres, como madres, de los potenciales problemas y conflictos psicológicos de sus descendientes. Si una mujer trabajaba fuera de casa estaba dejando de atender su función social. Poco importaba, como mencionan las autoras, que las mujeres que trabajaban eran de familias que económicamente lo necesitaban, ni que tuvieran más motivación e información para asesorar  a sus hijas/os.

Esta historia interesada caló profundamente en nuestro imaginario colectivo y se  transmitió con fuerza en una España postfranquista donde la compulsiva búsqueda de la moralidad y las «buenas costumbres» conllevó una gran dosis de culpabilización femenina.

Pero el imaginario es colectivo, es decir, afecta a todas las instituciones. Ni la academia, ni la investigación, ni la ciencia han estado al margen, más bien al contrario, han reforzado esta imagen buscando datos que así lo corroboraran, encontrando lo que buscaban, en lugar de observar, perderse y encontrar. Por otra parte, la conciencia si es colectiva afecta tanto a mujeres como a hombres.

Podemos pensar que la división social de espacios y del trabajo que regía en décadas anteriores se ha quebrado, pero la asignación femenina al hogar y su responsabilidad de los cuidados del resto de las personas de la unidad familiar sigue intacta. Las mujeres han accedido al ámbito público y han salido a la calle, pero los hombres no han entrado en la casa. Los cuidados siguen correspondiendo a los mujeres y esto es así desde el punto de vista material porque si ellas no lo hacen nadie lo hace, pero también desde el punto de vista emocional porque las mujeres siguen moviéndose, quizá por educación, por la “ética del cuidado” y no van a abandonar a sus seres queridos.

Más aún, la sobresaturación de tareas y responsabilidades que les supone la doble presencia y las exigencias sociales de “superwomen” les hace sentirse culpables de “no ser las mejores madres”, ni “las mejores profesionales” y viven ahogadas porque la falta tiempo no les permite hacer  todo tal como les gustaría hacerlo.

Por otra parte, en este momento la crisis está sirviendo de excusa para limitar los escasos avances alcanzados en materia de conciliación y corresponsabilidad para, ante la ausencia de empleo, devolver a las mujeres al hogar y los cuidados que el Estado está dejando de ofertar a la ciudadanía.

Ante la limitación de los recursos y ayudas para la dependencia, el anuncio de eliminar el supuesto de malformación del feto para poder abortar, las limitaciones a la conciliación en las empresas, la cada vez mayor flexibilidad e irregularidad de los horarios laborales,  la reducción salarial y la cada vez más reducida asistencia social, miedo dá pensar que, aunque hoy las investigaciones no correlación la delincuencia de los hijos con la actividad laboral de sus madres, esta es una idea que no descarto pues asistimos a una vuelta a una nueva “mística de la feminidad”.

Bibliografía.

ALBERDI, I, (1996), “Parsons. El funcionalismo y la idealización de la división sexual del trabajo”, en Durán, Mª Ángeles, Mujeres y hombres en la formación de la teoría sociológica, Madrid, CIS, pp: 233- 249.
ALONSO BENITO, L. E, (1998). La mirada cualitativa, Madrid, Fundamentos.
BELTRÁN PEDREIRA, E, (2001), “Feminismos liberal”, en Beltrán, E y Maquieira, V (eds), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Madrid, Alianza Editorial.
FRIEDAN, B, (1974), La mística de la feminidad, Madrid, Júcar [1963]

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[1] En el artículo “La idea de la domesticidad se impone” publicado en este mismos blog se muestran los mecanismos ideológicos, legislativos  y asistenciales actuales tendentes a conseguir esta vuelta de las mujeres, o al menos, de algunas mujeres, al hogar.
[2]De la que han dejado constancia las publicaciones de Jesús Ibáñez, Ángel de Lucas y Alfonso Ortí y sus seguidores y seguidoras posteriores. Para cuya formación de cómo realizar el quehacer sociológico el Cursos de Especialista “Praxis de la Sociología del Consumo”, impartido durante más de veinte años en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido vital.
[3] La “performatividad” es la capacidad de transformación social mediante los discursos.  A esto a veces se alude como “el hacer de los decires”.
[4] Betty Friedan empleó esta expresión para describir un conglomerado de presupuestos tradicionales de la feminidad. Esta ideología se proyectó a través del modelo educativo difundido como paradigma imperante después de la Segunda Guerra Mundial que preconizó la vuelta de las mujeres al hogar como el sitio donde las mujeres podrían realizarse.
[5]Que es la se ha mantenido durante tres décadas como la dominante.