¿En búsqueda de la tribu perdida?

Artículos:

Sandra Ezquerra
Socióloga

En su texto ¿Quién cuida a los mayores?, Mª Jesús Miranda examinaba a inicios de la década de los noventa la evolución histórica del rol de las mujeres en el cuidado de las personas mayores en aras de plantear un debate sobre su desarrollo futuro.

Desde la centralidad de la familia extensa- en su sentido más amplio- en las sociedades europeas preindustriales, pasando por el surgimiento de las prestaciones públicas y las distintas fórmulas de iniciativas de beneficencia a partir del siglo XIX, las mujeres han asumido históricamente, exponía con atino la autora, el cuidado de las personas mayores tanto en el seno de los hogares como en sus múltiples variantes externalizadas.

La precariedad de este equilibrio, sin embargo, se empieza a visibilizar a partir de la década de los setenta del siglo XX, en la que convergen diversos fenómenos: en primer lugar, a pesar de que la “edad de oro del capitalismo del bienestar” promueve la independencia y autonomía de las personas mayores, el aumento de la esperanza de vida contribuye a un envejecimiento de la población así como al incremento del número de personas mayores- más mayores que nunca- con necesidades de cuidado y/o de atención para realizar sus tareas cotidianas.

A pesar de ello, en segundo lugar, la llamada crisis fiscal del Estado originada durante aquellos años determinará una tendencia- inconclusa a día de hoy- a la limitación del gasto destinado a servicios sociales para personas en situación de autonomía restringida y/o diversidad funcional, incluyendo las personas mayores.

En tercer lugar, la disminución de medios económicos como resultado de la jubilación hace que numerosas parejas mayores, y particularmente los hombres, vean su dependencia del cuidado de otros miembros de la familia, casi siempre las mujeres, intensificada en esta etapa de su ciclo vital.

Todos estos procesos vienen acompañados, según la autora, de una pérdida del sentido de obligación hacia el cuidado de las personas mayores.

En definitiva, una mayor demanda agregada de cuidado, una disminución (irreversible, aunque no lineal) de la oferta de cuidado por parte de las instancias públicas y la continuación de la identificación del cuidado como responsabilidad incuestionada del género femenino, han resultado en la pervivencia de la división sexual del trabajo reproductivo en una emergente crisis de los cuidados.

Si a ello le añadimos la impresionante incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral desde los años setenta hasta la actualidad o, dicho de otro modo, una decreciente disponibilidad de mujeres especializadas en el cuidado no remunerado en el ámbito privado, nos encontramos en posición de afirmar que lo que Mª Jesús Miranda atisbaba hace 20 años, y desde entonces ha sido ampliamente reconocido y teorizado por los estudios feministas, se ha convertido en un punto de no retorno: mientras que la organización social del cuidado ha sido históricamente, desde una perspectiva de género, profundamente inequitativa e injusta, a día de hoy queda más claro que nunca que es a su vez insostenible.

Las tendencias descritas por la autora en relación al carácter femenino de los cuidados en nuestra sociedad se mantienen. En la Encuesta de Empleo del Tiempo de 2009-2010, por ejemplo, 3,8% de las mujeres manifiestan que su actividad principal diaria corresponde a ayudar a personas adultas miembros del hogar frente al 2,5% de los hombres.

El Barómetro de Marzo de 2014 el CIS, a su vez, muestra que en un día laborable cualquiera el 39,2% de las mujeres tienen el trabajo doméstico no remunerado como principal actividad frente a un 10,2% de los hombres.

En un patrón similar, el 11,2% de ellas se dedica al cuidado de hijos o nietos en días laborables frente al 2,9% de ellos.

Cabe poner esta información en relación con los datos de actividad laboral. Si bien la tasa de actividad masculina no ha dejado de descender desde mediados de la década de los setenta (en 1976 era de 77,80% y de 65,90% en 2013), la femenina ha seguido en el mismo período la tendencia opuesta: en 1976 la tasa de actividad femenina era del 28,67%, en la época que escribía Mª Jesús Miranda se había incrementado a 37,09% y a finales del 2013 se situaba ya en un 53,31% (Datos de la Encuesta de Población Activa. Instituto Nacional de Estadística).

De esta manera, la continuidad de la atribución social de los cuidados a las mujeres, combinado con el creciente rol laboral de éstas en las últimas décadas, apunta a una intensificación de lo que se viene conociendo como doble jornada o doble presencia de las mujeres.

Esta doble carga de trabajo mayoritariamente femenina, a su vez, constituye un síntoma importante del incremento de las dificultades a las que previsiblemente seguirá enfrentándose la organización tradicional del cuidado de las personas mayores en los próximos años.

Otra tendencia que también apuntaba la autora era el incremento de la presencia de abuelas y abuelos en el cuidado de nietos y nietas como resultado del crecimiento de la llamada tasa de actividad femenina. Este cuidado era identificado por ella como muestra y potencial de solidaridad y reciprocidad intergeneracional, así como fuente de “enriquecimiento” del papel de los y las abuelas.

Estudios recientes, sin embargo, muestran que la creciente dependencia por parte de numerosas familias de abuelos y abuelas para conciliar el cuidado de los y las más pequeñas con el trabajo remunerado de sus padres resulta como poco problemática.

Las personas mayores dedican el 48,9% de su tiempo al trabajo doméstico y familiar, realizando las tareas del hogar y labores de apoyo a otras personas: el 10,1% de la población de 65 y más años se dedicaba al cuidado de nietos/as o hijos/as como actividad principal en un día laborable en 2009 y casi 8 de cada 10 abuelos/as cuida o ha cuidado de éstos.

Esta aportación constituye un recurso fundamental para las familias para poder afrontar el problema de la conciliación entre la vida familiar y laboral: casi la mitad (49,5%) de las personas que cuidan de sus nietos/as lo hace casi a diario y un 44,9% casi todas las semanas, con una media de horas dedicadas todos los días de 5,8 horas.

Por otro lado, casi un 30% lo hace 8 o más horas al día. Esta provisión de ayuda no se circunscribe a los nietos y nietas y un 13,9% de las personas mayores declaran haber prestado ayuda a otras personas cercanas en el último año (en el cuidado personal, ayuda doméstica, en trámites o gestiones, o haciendo compañía) (véase Alfama, Cruells & Ezquerra 2014).

Todo ello indica que el rol de las personas mayores en el cuidado familiar está deveniendo clave y responde no sólo a unos patrones de solidaridad intergeneracional sino también, y muy especialmente, a una carencia estructural de mecanismos de apoyo público en este ámbito.

Dicha carencia se intensifica en el momento actual de crisis económica y afecta de forma muy directa a los sectores sociales con menor capacidad adquisitiva dado que no pueden suplirla contratando servicios privados.

Las cifras hablan por sí solas: el gasto público español en infancia y familia fue en 2011 menos de la mitad de la media europea: 308,9 euros por habitante frente a los 650 de la Zona Euro y los 661 de la UE-15. También las partidas para personas con discapacidad fueron significativamente menores: 404,2 frente a 569,3 y 633,3 (Datos del Eurostat).

Tras los continuos recortes en la Ley de Dependencia desde el estallido de la crisis, a su vez, las personas mayores tienen cada vez menos garantizado el cuidado y la atención a sus necesidades.

Finalmente, ante el creciente desempleo resultante de la crisis las familias cada vez más se ven abocadas a aceptar empleos fuera de su lugar de residencia, en horarios inconvenientes, etc., que dificultan aún más la conciliación. Los ingresos a su vez se reducen, lo que dificulta todavía más la externalización del trabajo de cuidados de las personas a cargo.

Tanto los datos laborales y de cuidados femeninos como el desbordamiento en temas de conciliación de las familias agudizado por la crisis económica- desbordamiento que incrementa la carga de trabajo de las personas mayores a la vez que pone en peligro su cuidado y atención- muestran la urgencia de plantear alternativas futuras a la organización y las fuentes de cuidado de las personas mayores tal y como veníamos conociéndolas.

La implicación de los abuelos y abuelas, así como de otros miembros de la familia extensa, resulta sin duda un indicador de fortaleza de redes sociales y recursos a los que las familias pueden recurrir. Sin embargo, no podemos ni debemos aspirar a que el trabajo de cuidados de los y las más jóvenes que las madres (y en muchos casos también los padres) encuentran cada vez más dificultades para conciliar con su actividad laboral, sea asumido por las y los más mayores.

Tal y como expone Carolina del Olmo en su ensayo “¿Dónde está mi tribu?”, las redes familiares y comunitarias han jugado un papel histórico clave en la crianza y el cuidado de las personas a la hora de proporcionar tiempo, atención, apoyo, conocimientos y compañía.

Dicho papel se ha visto socavado en décadas recientes como resultado de los procesos de individualización, atomización y precarización de nuestras vidas impulsados por el apogeo de la economía de mercado, y su recuperación puede contribuir a concebir y (re)construir un paradigma del cuidado desde la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad.
No obstante, cabe no perder de vista dos peligros.

En primer lugar, la tribu (que puede incluir a la familia extensa, las redes de vecindad, los lazos comunitarios, etc.) ha sido una de las esferas en las que se ha reforzado la noción y actividad de cuidar como inherentemente femenina y perteneciente en cierta manera el ámbito de lo privado.

Su posible recuperación, de este modo, debe estar basada en una clara crítica de la división sexual del trabajo y en la voluntad no de rescatar románticamente comunidades perdidas sino repararlas desde un punto de vista transformador (véase Bauman 2001).

El segundo peligro reside en que la tribu (en su sentido amplio) como fuente de cuidado y solidaridad se convierta en coartada para la retirada del Estado de sus responsabilidades de cuidado y provisión de bienestar.

En este sentido, resulta clave abordar el debate sobre la relación entre lo “común” y lo “público”, así como el rol que cada uno de ellos ha de tener en los procesos de reproducción social. Lo “público”, tal como lo entendemos ahora y a pesar de sus numerosas carencias y contradicciones, continúa siendo el único garante de redistribución y derechos universales.

Más que substituirlo, quizás la tribu puede complementarse con él.

También se puede pensar en fórmulas para que uno de los objetivos de “lo público” sea reforzar y apoyar a nuestras tribus y nuestras comunidades. De lo que no hay lugar a dudas es que resulta tarea imprescindible e ilusionante seguir buscando respuestas a tantos interrogantes abiertos por Mª Jesús Miranda.

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Alfama, Eva; Cruells, Marta; Ezquerra, Sandra (2014, en prensa) “Envejecimiento y crisis: Impactos de la crisis económica en las personas mayores en el Estado español”. Informe Foessa 2014.
Bauman, Zygmunt (2001) Community. Seeking Safety in an Insecure World. Malden, MA: Blackwell
Del Olmo, Carolina (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual

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La construcción de un sujeto político feminista

Artículo

María Luisa Posada

María Jesús Miranda encabeza su texto con una cita de Heller y Fehér sobre la postmodernidad “como el tiempo y el espacio privado-colectivo, dentro del tiempo y el espacio más amplio de la modernidad, delimitado por los que tienen problemas o dudas con la modernidad, por aquellos que quieren someterla a prueba, y por aquellos que hacen un inventario de los logros de la modernidad, así como de sus dilemas no resueltos”. Y entre esos dilemas no resueltos, se inscribe aquel sobre el que la autora nos propone su reflexión acerca de “La construcción de un sujeto político feminista”.

A partir delas referencias a Foucault, Habermas, Offe y Paramio, Miranda entiende que reclamar la incorporación del feminismo a un nuevo orden político pasa por interrogarse acerca de la posibilidad de “construir un sujeto político que defienda de modo genuino los intereses de todas las mujeres, como conjunto homogéneo (…)”.

Y, adelantando sus conclusiones, su respuesta será que tal cosa no es posible, porque “las mujeres no pueden constituir sujetas políticos, ni individuales ni colectivos, porque no existen”.

Para llegar a tan sorprendente conclusión, Miranda repasa cómo aparece el Estado liberal con el caldo de cultivo del pensamiento ilustrado y cómo aparece el individuo que, en tanto sujeto político o ciudadano partícipe del pacto social, será en el primer orden liberal sólo el varón  burgués.

A la vez que el sistema político excluye a las mujeres y a quienes no son propietarios, María Jesús Miranda analiza cómo en el llamado el Estado del Bienestar “aquellos que no poseían sino sus cuerpos se organizaron en algo que se llamó movimientos sociales, precisamente porque no eran políticos, sino que pertenecían al ámbito de la sociedad civil”. Y sitúa ahí el sufragismo.

Cuando pasa al feminismo ya de los años 70, la autora subraya que éste estaba constituido por mujeres profesionales de clase media; y apunta de pasada a lo que fue la disensión entre igualdad y diferencia en el feminismo contemporáneo. Las feministas estarían, por su propia condición, interesadas en mantener las formas de participación liberales y opondrían al pacto entre varones un pacto implícito, que se traduce por ejemplo en “las cuotas de participación de mujeres dentro de los partidos políticos”.

Al plantearse la relación entre feminismo y Estado del Bienestar, Miranda apunta que “el feminismo es decisivo para el futuro de la socialdemocracia y, por ende, para la supervivencia del Estado del Bienestar”. Criticando las demandas de Paramio, Offe, o Habermas sobre la necesidad de incorporar las demandas feministas a la vida política, Miranda observa que “el problema es que ninguno de estos respetables señores tiene sobre sus hombros la responsabilidad de “ser” feminista. El feminismo lo hacen “ellas”, pero, ¿quiénes y cómo?”.

Miranda rechaza igualmente  los rasgos de “moralidad universalista” que Habermas atribuye al feminismo. Y se vuelve a Fraser para coincidir con ella en que el Estado del Bienestar reifica a las mujeres, en tanto clientes, y perpetúa su subordinación. Y añade el argumento de la multitud de feminismos para argumentar que “el movimiento feminista no es, y no puede ser, <universalista>”. Más adelante insiste en que “hay una oposición objetiva de intereses muy fuerte, por ejemplo, entre las mujeres europeas y las latinoamericanas”. En conclusión, no puede haber sujeto colectivo feminista.

Y de esta manera Miranda nos lleva a lo que habíamos adelantado que era su conclusión principal: “Por decirlo más claro, las mujeres no pueden constituir sujetas políticos, ni individuales ni colectivos, porque no existen. Son una falsa construcción más de una falsa ciencia de lo humano”.

Expuesto así, de manera esquemática y a la fuerza algo simplificadora, el hilo argumental de María Jesús Miranda, sus interesantes reflexiones sobre “La construcción del sujeto político feminista” me sugieren, sin embargo, algunas discrepancias que trataré de esbozar , ciñéndome sólo a tres que me parecen particularmente reseñables.

En primer lugar, su acertada referencia inicial a la posmodernidad podría hacer pensar que Miranda está aquí embarcada en la tarea de deconstrucción del sujeto, de esa muerte del sujeto por la que claman los pensadores posmodernos. Sin embargo, creo que no es esta la dirección de la autora por dos razones: porque se ciñe al sujeto político feminista, por un lado, y por otro porque obviamente no se puede deconstruir aquello que simplemente se dice que no existe.

La cuestión del sujeto es crucial para el feminismo, en tanto que proyecto emancipatorio. Y aunque desde luego no se trata de pensar en una identidad “mujeres” homogénea y esencializada, sí parece razonable retomar propuestas que, como las de la feminista posmoderna Julia Kristeva, apuestan por una identidad estratégica “mujeres”, que permita dotar de sentido a un sujeto feminista.

Retomando la idea de “las múltiples diferencias que intersectan” de Fraser (como la clase, la raza, la orientación sexual), no veo que no sea posible seguir pensando con ella en un sujeto político que ha sido capaz de llevar adelante históricamente las reclamaciones feministas y que pueda seguir haciéndolo. Ni tampoco me queda claro por qué la construcción de tal sujeto haya de ser más falsa que la construcción de cualesquiera otros sujetos de la vida política.

Por otro lado, abandonando falsos universalismos, podríamos apelar a una suerte de feminismo nominalista que lo que proponga sea precisamente el horizonte de una sociedad no patriarcal de individuos, no de géneros.

En segundo lugar, y yendo ya a cuestiones más concretas del texto de María Jesús Miranda, cuando rechaza la “moralidad universalista” que Habermas atribuye al movimiento feminista, se apoya en los argumentos de Fraser. Sin embargo, Fraser justamente no parece abandonar cierta óptica universalista en sus planteamientos sobre la justicia de género. Al hablar de la necesidad de integrar los paradigmas de redistribución social y reconocimiento de las diferencias, Fraser afirma en su obra Iustitia Interrupta que “para lo que me propongo aquí, no es necesario comprometerse con alguna explicación teórica particular. Basta con suscribir una comprensión general de la injusticia socioeconómica, moldeada por un compromiso con el igualitarismo” (p. 21).

Si esto es así, parece que para ella el “compromiso con el igualitarismo” retiene la reclamación universalista que concede su sentido a las reclamaciones identitarias.  A partir de ahí yo coincidiría totalmente con Fraser en que, aunque no se trate de hablar de un sujeto “mujeres” ahistórico y transcedental, el carácter normativo del proyecto feminista, en tanto proyecto de emancipación, hace que podamos afirmar la existencia de  un sujeto colectivo, porque  “las feministas sí necesitan hacer juicios normativos y ofrecer alternativas emancipatorias. No estamos a favor del <todo vale>” (p. 293).

Pero, en tercer lugar, yo diría que, más que construido, el sujeto feminista habría sido constituido como efecto de una matriz “poder-discurso”, como lo diría  Judith Butler. En este sentido, no se trata de un sujeto inexistente, sino más bien de un sujeto en constante resignificación según su relación con esa matriz.

Por eso, cuando María Jesús Miranad sostiene que “las mujeres no tienen una sola causa” y subraya la “oposición objetiva de intereses muy fuerte, por ejemplo, entre las mujeres europeas y las latinoamericanas”, la cosa parece evidente. Solo que, a pesar de esa multiplicidad de intereses, yo creo que las mujeres, como sujeto efecto del poder y aun con sus múltiples y diversas causas, ofrecen un modo de subjetividad no inexistente, sino más bien resistente a los efectos del patriarcado.

Porque efectivamente si no aceptamos que existe un sistema de dominación que precisamente produce la marca de sexo-género (precisamente el patriarcado), difícilmente podremos aceptar esa subjetividad resistente que no hace homogéneas  a las mujeres, pero que sí las sitúa en unos mismos intereses que nos son otros que los de encaminarse a la erradicación de esa dominación ancestral.

Más allá de estas observaciones sobre el texto de María Jesús, seguramente quedarán muchos aspectos del mismo que pueden dar lugar a reflexión y debate. Hasta aquí he querido sólo comentar algunas cuestiones que me parecen relevantes porque resultan polémicas. Precisamente en propiciar el debate creo que reside una de las virtudes de este texto, un debate que muestra que los sujetos individuales pueden discrepar desde la complicidad y la alianza feministas.