El trabajo también es de las mujeres

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Hemos celebrado, quien en la calle reivindicando un trabajo digno y con una paellita con los amigos, quien en un atasco y con una paellita con los amigos, el 1 de mayo. Eso si, la paellita no ha faltado, ¿eh?. Afortunadamente, la paella es uno de los pocos platos que, sobre todo en día de fiesta y entre amigos, preparan los hombres.

Y eso está bien, porque los demás días, casi siempre les toca cocinar a las mujeres. Salvo que sean cocineras profesionales (de colectividades, de restoranes familiares, nada de chefs de cinco  estrellas) cocinan “sin paga”, que decía Martirio. Trabajan, pero no cobran. Insisto porque esta distinción entre trabajo y empleo no acaba de meterse en la cabeza de la gente. Y hay que ver la de trabajo que se hace gratis.

Escribí el artículo que hoy comenta Sandra Ezquerra en un momento muy particular de mi vida. Mi madre había sufrido un grave accidente vascular y se había quedado completamente inválida. Mi padre nos preguntó a las cinco hijas si queríamos hacernos cargo. No a los tres hijos. Pero ninguna pudo aceptar. Dos vivían fuera de Madrid y el resto teníamos nuestros empleos y nuestras familias. Yo además, convivía con mi suegra, que había decidido que “no me podía entender” y se pasaba la vida queriendose enfadar conmigo.

Quiero decir, lo escribí porque me afectaba personalmente. Y lo hice desde una óptica que poca gente entendía entonces: la crisis fiscal del Estado. Un economista norteamericano de formación trotskista, J. O’Connor, escribió, en 1973, un libro titulado “La crisis fiscal del Estado”. Entendió perfectamente que, después de los tratados de Bretton Woods, de la institucionalización de lo que hoy llamamos economía neoliberal y globalizada, ningún estado podría mantener políticas socialdemócratas.

El libro no se publicó en castellano hasta 1981 (editorial Península) y que, a mi me conste, lo entendimos tres: un viejo amigo economista, Jesús Albarracín, que ya no está entre nosotros y que fue quien me lo recomendó; una servidora y, ahora me he enterado en Google, otro profe de la Complu, Manuel Fernández del Riesgo, que escribió en 1994 un artículo titulado “La democracia y el futuro del socialismo” en el que cita tanto a Albarracía como a O’Connor.

El fin de las políticas socialdemócratas tenía dos víctimas inmediatas: los viejos y las mujeres. Lo de los viejos era tan claro que los socialdemócratas españoles forzaron el pacto de Toledo sobre las pensiones en 1995, cuando a Felipe González le quedaban dos telediarios.

De las mujeres solo nos acordamos nosotras mismas, y reivindicamos el trabajo de cuidados. Pero lo intentos de Zapatero por responder a esa demanda (Ley de Dependencia, cheque bebé…) estaban ya condenados al fracaso.

A partir del 2000 los abuelos han ido sustituyendo a las guarderías. Ya ha sentenciado la Ley Wert que la educación de 0 a 3 años no es cosa de educación, sino de asuntos sociales…

El capitalismo es incompatible con la remuneración del trabajo de cuidados, ni en el ámbito público ni en el privado. Solo la reducción de la jornada de trabajo y la renta básica pueden poner las bases para conseguirlo, aunque nos reste a las mujeres la interminable batalla privada porque estos beneficios sociales no se utilicen para meternos otra vez en casa.

Porque la mística de la femineidad ataca de nuevo, advierto. Acaban de ponerle la medalla al mérito policial a la Virgen del Amor Hermoso.

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¿En búsqueda de la tribu perdida?

Artículos:

Sandra Ezquerra
Socióloga

En su texto ¿Quién cuida a los mayores?, Mª Jesús Miranda examinaba a inicios de la década de los noventa la evolución histórica del rol de las mujeres en el cuidado de las personas mayores en aras de plantear un debate sobre su desarrollo futuro.

Desde la centralidad de la familia extensa- en su sentido más amplio- en las sociedades europeas preindustriales, pasando por el surgimiento de las prestaciones públicas y las distintas fórmulas de iniciativas de beneficencia a partir del siglo XIX, las mujeres han asumido históricamente, exponía con atino la autora, el cuidado de las personas mayores tanto en el seno de los hogares como en sus múltiples variantes externalizadas.

La precariedad de este equilibrio, sin embargo, se empieza a visibilizar a partir de la década de los setenta del siglo XX, en la que convergen diversos fenómenos: en primer lugar, a pesar de que la “edad de oro del capitalismo del bienestar” promueve la independencia y autonomía de las personas mayores, el aumento de la esperanza de vida contribuye a un envejecimiento de la población así como al incremento del número de personas mayores- más mayores que nunca- con necesidades de cuidado y/o de atención para realizar sus tareas cotidianas.

A pesar de ello, en segundo lugar, la llamada crisis fiscal del Estado originada durante aquellos años determinará una tendencia- inconclusa a día de hoy- a la limitación del gasto destinado a servicios sociales para personas en situación de autonomía restringida y/o diversidad funcional, incluyendo las personas mayores.

En tercer lugar, la disminución de medios económicos como resultado de la jubilación hace que numerosas parejas mayores, y particularmente los hombres, vean su dependencia del cuidado de otros miembros de la familia, casi siempre las mujeres, intensificada en esta etapa de su ciclo vital.

Todos estos procesos vienen acompañados, según la autora, de una pérdida del sentido de obligación hacia el cuidado de las personas mayores.

En definitiva, una mayor demanda agregada de cuidado, una disminución (irreversible, aunque no lineal) de la oferta de cuidado por parte de las instancias públicas y la continuación de la identificación del cuidado como responsabilidad incuestionada del género femenino, han resultado en la pervivencia de la división sexual del trabajo reproductivo en una emergente crisis de los cuidados.

Si a ello le añadimos la impresionante incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral desde los años setenta hasta la actualidad o, dicho de otro modo, una decreciente disponibilidad de mujeres especializadas en el cuidado no remunerado en el ámbito privado, nos encontramos en posición de afirmar que lo que Mª Jesús Miranda atisbaba hace 20 años, y desde entonces ha sido ampliamente reconocido y teorizado por los estudios feministas, se ha convertido en un punto de no retorno: mientras que la organización social del cuidado ha sido históricamente, desde una perspectiva de género, profundamente inequitativa e injusta, a día de hoy queda más claro que nunca que es a su vez insostenible.

Las tendencias descritas por la autora en relación al carácter femenino de los cuidados en nuestra sociedad se mantienen. En la Encuesta de Empleo del Tiempo de 2009-2010, por ejemplo, 3,8% de las mujeres manifiestan que su actividad principal diaria corresponde a ayudar a personas adultas miembros del hogar frente al 2,5% de los hombres.

El Barómetro de Marzo de 2014 el CIS, a su vez, muestra que en un día laborable cualquiera el 39,2% de las mujeres tienen el trabajo doméstico no remunerado como principal actividad frente a un 10,2% de los hombres.

En un patrón similar, el 11,2% de ellas se dedica al cuidado de hijos o nietos en días laborables frente al 2,9% de ellos.

Cabe poner esta información en relación con los datos de actividad laboral. Si bien la tasa de actividad masculina no ha dejado de descender desde mediados de la década de los setenta (en 1976 era de 77,80% y de 65,90% en 2013), la femenina ha seguido en el mismo período la tendencia opuesta: en 1976 la tasa de actividad femenina era del 28,67%, en la época que escribía Mª Jesús Miranda se había incrementado a 37,09% y a finales del 2013 se situaba ya en un 53,31% (Datos de la Encuesta de Población Activa. Instituto Nacional de Estadística).

De esta manera, la continuidad de la atribución social de los cuidados a las mujeres, combinado con el creciente rol laboral de éstas en las últimas décadas, apunta a una intensificación de lo que se viene conociendo como doble jornada o doble presencia de las mujeres.

Esta doble carga de trabajo mayoritariamente femenina, a su vez, constituye un síntoma importante del incremento de las dificultades a las que previsiblemente seguirá enfrentándose la organización tradicional del cuidado de las personas mayores en los próximos años.

Otra tendencia que también apuntaba la autora era el incremento de la presencia de abuelas y abuelos en el cuidado de nietos y nietas como resultado del crecimiento de la llamada tasa de actividad femenina. Este cuidado era identificado por ella como muestra y potencial de solidaridad y reciprocidad intergeneracional, así como fuente de “enriquecimiento” del papel de los y las abuelas.

Estudios recientes, sin embargo, muestran que la creciente dependencia por parte de numerosas familias de abuelos y abuelas para conciliar el cuidado de los y las más pequeñas con el trabajo remunerado de sus padres resulta como poco problemática.

Las personas mayores dedican el 48,9% de su tiempo al trabajo doméstico y familiar, realizando las tareas del hogar y labores de apoyo a otras personas: el 10,1% de la población de 65 y más años se dedicaba al cuidado de nietos/as o hijos/as como actividad principal en un día laborable en 2009 y casi 8 de cada 10 abuelos/as cuida o ha cuidado de éstos.

Esta aportación constituye un recurso fundamental para las familias para poder afrontar el problema de la conciliación entre la vida familiar y laboral: casi la mitad (49,5%) de las personas que cuidan de sus nietos/as lo hace casi a diario y un 44,9% casi todas las semanas, con una media de horas dedicadas todos los días de 5,8 horas.

Por otro lado, casi un 30% lo hace 8 o más horas al día. Esta provisión de ayuda no se circunscribe a los nietos y nietas y un 13,9% de las personas mayores declaran haber prestado ayuda a otras personas cercanas en el último año (en el cuidado personal, ayuda doméstica, en trámites o gestiones, o haciendo compañía) (véase Alfama, Cruells & Ezquerra 2014).

Todo ello indica que el rol de las personas mayores en el cuidado familiar está deveniendo clave y responde no sólo a unos patrones de solidaridad intergeneracional sino también, y muy especialmente, a una carencia estructural de mecanismos de apoyo público en este ámbito.

Dicha carencia se intensifica en el momento actual de crisis económica y afecta de forma muy directa a los sectores sociales con menor capacidad adquisitiva dado que no pueden suplirla contratando servicios privados.

Las cifras hablan por sí solas: el gasto público español en infancia y familia fue en 2011 menos de la mitad de la media europea: 308,9 euros por habitante frente a los 650 de la Zona Euro y los 661 de la UE-15. También las partidas para personas con discapacidad fueron significativamente menores: 404,2 frente a 569,3 y 633,3 (Datos del Eurostat).

Tras los continuos recortes en la Ley de Dependencia desde el estallido de la crisis, a su vez, las personas mayores tienen cada vez menos garantizado el cuidado y la atención a sus necesidades.

Finalmente, ante el creciente desempleo resultante de la crisis las familias cada vez más se ven abocadas a aceptar empleos fuera de su lugar de residencia, en horarios inconvenientes, etc., que dificultan aún más la conciliación. Los ingresos a su vez se reducen, lo que dificulta todavía más la externalización del trabajo de cuidados de las personas a cargo.

Tanto los datos laborales y de cuidados femeninos como el desbordamiento en temas de conciliación de las familias agudizado por la crisis económica- desbordamiento que incrementa la carga de trabajo de las personas mayores a la vez que pone en peligro su cuidado y atención- muestran la urgencia de plantear alternativas futuras a la organización y las fuentes de cuidado de las personas mayores tal y como veníamos conociéndolas.

La implicación de los abuelos y abuelas, así como de otros miembros de la familia extensa, resulta sin duda un indicador de fortaleza de redes sociales y recursos a los que las familias pueden recurrir. Sin embargo, no podemos ni debemos aspirar a que el trabajo de cuidados de los y las más jóvenes que las madres (y en muchos casos también los padres) encuentran cada vez más dificultades para conciliar con su actividad laboral, sea asumido por las y los más mayores.

Tal y como expone Carolina del Olmo en su ensayo “¿Dónde está mi tribu?”, las redes familiares y comunitarias han jugado un papel histórico clave en la crianza y el cuidado de las personas a la hora de proporcionar tiempo, atención, apoyo, conocimientos y compañía.

Dicho papel se ha visto socavado en décadas recientes como resultado de los procesos de individualización, atomización y precarización de nuestras vidas impulsados por el apogeo de la economía de mercado, y su recuperación puede contribuir a concebir y (re)construir un paradigma del cuidado desde la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad.
No obstante, cabe no perder de vista dos peligros.

En primer lugar, la tribu (que puede incluir a la familia extensa, las redes de vecindad, los lazos comunitarios, etc.) ha sido una de las esferas en las que se ha reforzado la noción y actividad de cuidar como inherentemente femenina y perteneciente en cierta manera el ámbito de lo privado.

Su posible recuperación, de este modo, debe estar basada en una clara crítica de la división sexual del trabajo y en la voluntad no de rescatar románticamente comunidades perdidas sino repararlas desde un punto de vista transformador (véase Bauman 2001).

El segundo peligro reside en que la tribu (en su sentido amplio) como fuente de cuidado y solidaridad se convierta en coartada para la retirada del Estado de sus responsabilidades de cuidado y provisión de bienestar.

En este sentido, resulta clave abordar el debate sobre la relación entre lo “común” y lo “público”, así como el rol que cada uno de ellos ha de tener en los procesos de reproducción social. Lo “público”, tal como lo entendemos ahora y a pesar de sus numerosas carencias y contradicciones, continúa siendo el único garante de redistribución y derechos universales.

Más que substituirlo, quizás la tribu puede complementarse con él.

También se puede pensar en fórmulas para que uno de los objetivos de “lo público” sea reforzar y apoyar a nuestras tribus y nuestras comunidades. De lo que no hay lugar a dudas es que resulta tarea imprescindible e ilusionante seguir buscando respuestas a tantos interrogantes abiertos por Mª Jesús Miranda.

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Alfama, Eva; Cruells, Marta; Ezquerra, Sandra (2014, en prensa) “Envejecimiento y crisis: Impactos de la crisis económica en las personas mayores en el Estado español”. Informe Foessa 2014.
Bauman, Zygmunt (2001) Community. Seeking Safety in an Insecure World. Malden, MA: Blackwell
Del Olmo, Carolina (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual

La domesticación del trabajo

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

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Como narraba en la  entrada anterior,  a partir de 1998 un grupo de alumnas de doctorado y gente a la que estaba dirigiendo la tesis constituimos el Seminario permanente de Feminismo y Cambio Social.

Nuestra preocupación era aplicar la perspectiva feminista al conjunto de cambios acelerados que se estaban produciendo en el mundo desde el fin de los Treinta Años de Oro (1945-1975). No queríamos replegarnos sobre nosotras mismas, sino, al contrario, ampliar lo más posible nuestro punto de mira.

No soy capaz de mencionar a toda la gente que pasó por el seminario, a lo largo de sus catorce ediciones. Sus asistentes llevaron a cabo tesis sobre migraciones, empleos en trance de desaparición, como el marisqueo, machismo y homofobia, tráfico de drogas ilegales… No recuerdo más temas, así de memoria.

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El equipo de investigación asociado estudió la imagen que los jóvenes madrileños tenían de su propio futuro, el destino de los heroinómanos de los 80, y, sobre todo, las condiciones de vida de las mujeres en prisión y de sus hijos.

Así mismo, organizamos un Seminario Internacional sobre Mujeres no nacionales en las Prisiones españolas (Delitos y Fronteras, Madrid, Editorial Complutense, 2005)

En 2008 celebramos el décimo aniversario de nuestro trabajo con un número monográfico de la revista Cuadernos de Relaciones Laborales (nº 26, vol.2)  titulado precisamente La Domesticación del Trabajo.

El origen de este concepto está en el artículo que publicamos en esta entrada Mujeres en circuito integrado y en una presentación pública que hicimos en las Jornadas Feministas de Córdoba del 2000.

Personalmente creo que es un concepto potente. En esencia, se refiere tanto a la plasticidad del trabajo doméstico (que invade cada vez más el empleo asalariado) como a la“domesticación” de los empleados y empleadas en virtud precisamente de la flexibilización de sus condiciones de empleo.

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El futuro ya estaba aquí

Artículo:

Amparo Lasen
Socióloga

En junio de 1983 yo tenía 14 años, algo más joven que las mujeres de la investigación del artículo de María Jesús Miranda que me toca comentar. Ese año pisé por primera vez una discoteca, la “Submarino” de Valdemoro. El portero me espetó en la entrada: “Eh tú, ¿dónde vas?” Nerviosa pensé: “no cuela, me va a pedir el carné”. Cuando la vecina de cola le aclaró entre risas: “pero si es una chica”. Respiré tranquila al darme cuenta de que no era la edad el problema, mi altura daba el pego pero junto con mi pelo al uno y las ropas holgadas del Rastro también me hacía parecer un chico, y éstos no entraban gratis.

Así que pude pasar a la sala pequeña y en penumbra, sonando Boney M y Soft Cell, donde estaban las chicas del instituto, las mayores de la EGB, las curritas, las paradas y los chavales del pueblo en clara minoría respecto de los “polillas” o guardias jóvenes del Colegio de la Guardia Civil, adolescentes con uniformes y gorra de plato, dándole a la disco un tono de “Suboficial y Caballero” de andar por casa.

Y entre esos aspirantes a guardias civiles, en esa discoteca y otros disco-bares, encontré a mis primeros amigos punkis, como yo, pero con la cresta en la lengua, punkis para los que el ‘no future’ no era tanto signo de pesimismo nihilista como reconocimiento de que bastante ocupados estábamos con el presente como para preocuparnos de lo que vendría, amigos con los que hablar de la música que nunca sonaba en aquellos locales, y que me enviaban cartas desde sus arrestos frecuentes donde citaban las letras de Siniestro.

Esas crestas imaginarias y bien presentes algunos las seguirían llevando luego bajo el tricornio, contribuyendo a cambiar el Benemérito Instituto impulsando inéditas iniciativas colectivas, pero eso es otra historia.

Las mujeres jóvenes de entonces, como indica la investigación de Miranda, no querían vivir como sus madres, y con cierta ingenuidad optimista, de acuerdo con los discursos que compartimos desde entonces, pensaban que con un poco de educación y voluntad personal se podrían aprovechar las oportunidades que facilitarían la autonomía y la maternidad responsable, ejercida junto a una pareja que asumiría su parte de la responsabilidad, asumiendo aparentemente que así como ellas no querían ser como sus madres, sus parejas tampoco querrían ser como los padres.

Esta curiosa creencia, implícita o explícita, de que los varones renunciarán a sus privilegios por educación y sentido de la justicia, persiste en nuestros días, sorprendentemente, visto que el paso de las décadas y el afianzamiento y ampliación de la educación formal obligatoria no se acompaña precisamente de una disminución de las desigualdades, ni de un abandono voluntario de los privilegios.

Las investigaciones sobre jóvenes realizadas una década después, como la realizada en mi tesis doctoral, muestran que las mujeres jóvenes de mediados de los 90 seguían sin querer vivir como sus madres, pero no eran ya tan optimistas acerca de la vida adulta. El desencanto llega también a la consideración de la propia autonomía.

El cambio en las relaciones familiares, menos autoritarias en general, aporta mayor autonomía y dudan que la emancipación les haga más autónomas, más bien presagian que sustituirán unas dependencias por otras. Además en otra situación de crisis con una tasa de paro cebándose especialmente en jóvenes y mujeres, la emancipación no se antoja fácil y la precariedad amenaza aunque se hubieran hecho bien los deberes y obtenido los diplomas requeridos.

Aparece la etiqueta de “jóvenes sobradamente preparados” que acentúa más el hecho de sobrar que el de sobresalir. Así que las estrategias temporales de los jóvenes de nuestra investigación intentan prolongar el presente, no sólo con la idea de disfrutarlo, que también, sino de retardar las elecciones irreversibles, dado que una de las pocas certezas que se tienen es la incertidumbre acerca del futuro.

Las jóvenes de los 90, como las de los 80, seguían muy preocupadas por aprovechar esas oportunidades que les permitirían gozar del futuro, pero aquella convicción en cuanto a éstas ha desaparecido. En la investigación de los 80 parece haber un consenso acerca del papel de los estudios y de un trabajo estable, que hace que aquellas que puedan conseguirlo se muestren optimistas en cuanto a sus posibilidades de distanciarse del modelo materno, mientras que aquellas que lo ven fuera de su alcance parecen resignadas a “que no pueda ser de otra manera”.

Sin embargo, una década después las jóvenes no sólo temen la precariedad y la crisis, sino que encuentran que ese modelo de la maternidad responsable, la pareja estable y el trabajo fijo, además de poco realista no es muy atractivo tampoco. Por eso hay que tener un Plan B y en lugar de plantearse una trayectoria única, una carrera, hay que pensar en cómo darle la vuelta a lo que fracasa.

Pero una de esas elecciones, tener hijos, no es reversible, no permite plan b, y marca una clara diferencia en las actitudes de mujeres y hombres respecto del futuro. Si bien una buena parte de los jóvenes entre 20 y 30 años que participaron en mi investigación en los 90 ni siquiera se plantean si tendrán hijos o no, los varones que lo hacen lo ven como algo bueno que llegará cuando tenga que llegar sin darle más vueltas, mientras que todas las chicas entrevistadas que tratan del tema saben ya que será algo problemático, la palabra “conciliación” no se usa aún, pero su falta de existencia como realidad se daba ya entonces como ahora.

Así que la persistencia del valor de la “maternidad responsable” no hace deseable tener hijos para no poder ocuparse del ellos y la expectativa de compartir las tareas a medias con la pareja ni aparece, la resignación de las chicas de clase trabajadora de los 80 parece extenderse al resto, aunque no siempre se formule de manera explícita.

De modo que las chicas que estudian y tienen claro que quieren tener una profesión para la que se están formando, ven ya claro también como la maternidad tendrá mal encaje con las obligaciones profesionales; y las mujeres con menos recursos tampoco encuentran muy deseable lo de quedarse en casa y dedicarse sólo a criar hijos, además de intuir ya que esa opción no es viable económicamente.

De modo que una década después, aunque sigue el predominio de los discursos que acentúan el carácter personal de estas elecciones, escondiendo el peso de las relaciones de género y los determinantes sociales de las condiciones laborales y su marco legal, estas jóvenes empiezan a saber o intuir que todo no depende de su voluntad y empeño, y que sus posibilidades de diferenciarse de sus madres no radican sólo en un cambio de mentalidad o de educación.

De ahí ese deseo de prolongar y disfrutar de la juventud, esa edad de posibles, más o menos ficticios, más o menos plausibles, que a pesar de sus limitaciones y dependencias, aparece más amable y divertida, que la edad adulta de las obligaciones, los esfuerzos mal recompensados, el aburrimiento y las relaciones insatisfactorias.

Los adultos, los padres y madres, siguen siendo un modelo negativo, aunque no es exactamente el mismo que el de los adultos del franquismo. Sus hijas los quieren pero siguen sin querer parecerse a ellos. Pero si las jóvenes de los 80 percibían su discriminación y juzgaban sus oportunidades de escapar a ella en función de sus recursos, una década después esa discriminación no parece percibirse tan claramente.

Las jóvenes son conscientes de las dificultades y del poco atractivo del modelo de sus mayores, pero no lo atribuyen a formas de discriminación de género que persisten. Pareciera como si el efecto de una educación y discursos públicos que ponen el acento en la igualdad, no sólo no han conseguido generar mayores condiciones de igualdad, sino que han vuelto más difícil el reconocimiento de las desigualdades, y en este caso, de las desigualdades entre mujeres y hombres.

Los estudios recientes sobre jóvenes, actitudes hacia el futuro y emancipación muestran continuidades y discontinuidades respecto a estas décadas pasadas. Persiste la alta dosis de autonomía de los jóvenes en unas relaciones familiares no especialmente conflictivas, pues lo que si ha desaparecido es la percepción de una brecha o conflicto generacional, lo que anima a retrasar la emancipación, que sigue considerándose en muchos casos como una situación rodeada de dificultades materiales, operativas y afectivas, más aún en el actual contexto de crisis.

Se acentúa el carácter problemático de la posible maternidad futura, esa proeza irreversible, ya que los condicionantes laborales, legales y familiares apenas se han movido, cuando no han empeorado, con lo que la maternidad ya pasa de ser responsable a heroica, guiada por el cálculo de los recursos disponibles. De modo que en la situación de crisis actual no es sólo que persista el retraso en la edad de asumir la maternidad, que se viene dando desde hace una década, sino que la natalidad ha caído un 12,8% según datos del INE en el periodo de 2008 a 2012, la caída mayor en los últimos 30 años.

En la investigación del 83, las jóvenes de clase media achacan la discriminación y desigualdades a la falta de educación de sus madres, o al contexto sociopolítico del franquismo, sin citar los otros condicionantes sociales y el papel de los varones en las relaciones de género, creyendo que con su voluntad y esfuerzo serán capaces de vivir de otro modo, una década después el binomio autonomía-devenir adulto se encuentra claramente cuestionado, las jóvenes son bien conscientes de las dependencias y dificultades del futuro, pero tampoco atribuyen en general un rol particular a la discriminación y desigualdades de género en dichas dependencias, a pesar de ser conscientes de que todos sus problemas y atribulaciones no son compartidos por los varones.

Quizás sea el efecto perverso de haber sido educadas en la igualdad, en lugar de haber recibido una educación que visibilice y afronte las desigualdades existentes. En la actualidad, la consideración de que le emancipación acentuará las dependencias poniendo en riesgo la autonomía juvenil es ya una certeza, y la formación de una familia propia se vuelve el riesgo máximo. Algo de lo que ya son testigos en primera línea, pues la desaparición de los conflictos generacionales permite apreciar con más claridad el peso de las obligaciones familiares, que las actuales condiciones sociolaborales convierten en cargas, para los padres, y en especial para las madres, convertidos en eternos protectores y protectoras de sus hijos de cuya responsabilidad no parecen librarse jamás.

“Tainted love” cantaba Marc Almond y sonaba en aquella discoteca de pueblo del 83, donde sin mucha conciencia nos dejábamos excitar por la penumbra, las melodías, los cubatas, los cuerpos en danza, los olores, riéndonos de parecer mayores, de parecer chicos, de parecer guardias y ser punkis, de ir a ser guardia civil como el padre y querer seguir siendo punki, bailando hacia la edad adulta sin prisas, unas por la confianza que daba ser de clase media otras por la lucidez que da ser de clase trabajadora. Pero casi ninguna nos habíamos fijado en la letra que tatareábamos en ‘spanglish’, en ese amor “tainted” corrupto, deshonesto, podrido, hacía el que un día corrí y del que ahora huyo.

Las ambivalencias y paradojas de los compromisos a futuro parecen estar más claras para las jóvenes actuales, ser de clase media ya no genera confianza, aunque como entonces no ser de clase media te pone las cosas bastante más duras por mucha lucidez que le eches.

Sin embargo nos sigue costando reconocer el peso en nuestro presente y en nuestras visiones de futuro de las desigualdades y discriminaciones de género, que se reproducen y acentúan, mostrando quizás el verdadero éxito de la educación “en la igualdad” de estas décadas, que lamentablemente no es haber acabado o reducido sensiblemente las desigualdades, que como vemos con cada nueva situación de crisis económica se acentúan, sino perpetuar el cuento de que la igualdad depende de la educación y de nuestras actitudes y esfuerzos.

Madres trabajadoras

María Jesús Miranda
Socióloga
La revista Vindicación Feminista fue una de las innumerables iniciativas editoriales de Lidia Falcon. No recuerdo cuanto tiempo se publico, pero no fue mucho. Creo que fue Cristina Alberdi quien nos pidió este articulo.
La sociología tradicional es una ciencia rara, en la medida en que sus objetos de estudio son  establecidos por su propio objeto de estudio. Cuando Durkheim dijo “es preciso estudiar los hechos sociales como cosas” no tuvo en cuenta que los hechos sociales cambian cada vez más deprisa y que es la propia sociedad, o sus miembros, quienes producen estos cambios. En este sentido, es una tautología en si misma.
Tenemos así la sociología de la familia, de la educación de la empresa… como si estas instituciones fueran universales e inmutables. Tras Durkheim, la antropología y la historia sociales han venido a echar una mano a los sociólogos. Pero no del todo. A veces ellos se han liado con las propias categorías sociológicas. Basta con echar un vistazo a los complicadísimos algoritmos matemáticos que tuvieron que montar los antropólogos para describir los sistemas de parentesco, con el fin de ajustar sistemas tradicionales de reproducción y cuidado al lenguaje propio de la familia occidental contemporánea,
Un caso extremo es el de la sociología del derecho y del delito.  El derecho positivo suele cambiar con extraordinaria rapidez y, en el campo del derecho penal, hoy pueden ser delictivas conductas que ayer no lo eran y viceversa. Para que existiera la delincuencia juvenil hubo que inventar primero la adolescencia, como tiempo vital intermedio entre la infancia y la juventud. En la época clásica, cuando aun no existía la infancia y la gravedad del delito se media por la importancia de la persona agraviada y no por la gravedad del daño producido, se ajusticiaba a niñas de siete años por robar un pañuelo a su señora.
Luego empezaron los cambios. El capitalismo industrial exigía obreros cualificados y domesticados y se instituyo la enseñanza primaria obligatoria, al menos para los chicos. Todo chico que faltase a la escuela estaba incumpliendo su misión de convertirse en un trabajador disciplinado y capaz de leer un croquis. Un delincuente.
A la vez comenzó el proceso de creación de la familia obrera, con su padre proveedor y su madre cuidadora. La delincuencia juvenil y las malas madres aparecen en el mismo momento histórico, finales del siglo XIX. Aparecen a la vez las señoras benfactoras, encargadas de conseguir una mano de obra sana y bien educada para las empresas de sus maridos y demás parientes.
Ahora estas señoras andan por Mozambique y Guatemala, con los mismos fines. Pero se han dado cuenta de que la única manera de que sus hijos no sean delincuentes es que sus madres trabajen, así que les dan micro-créditos. Porque, con esto de la globalización, la mistica de la feminidad ha cambiado un poco.

Los cuentos que contamos con cuentas

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

Casi cuarenta años después de la publicación de “La leyenda negra de la madre trabajadora” tanto la “moraleja” del texto, en cuanto a la forma de hacer sociología, como las críticas que Mª Jesús y Mª Victoria realizan sobre los peligros sociales del trabajo asalariado femenino resultan de lo más pertinentes al poderse establece cierto paralelismo entre la lógica androcéntrica de los años setenta y el momento actual en el que se intenta volver a meter a las mujeres en casa[1].

Para aquellas personas formadas sociólogicamente en lo que se conoció como Escuela Crítica de Sociología[2] es reconfortante poder “replicar” un artículos como este porque no sólo permite constatar la existencia hace años de un buen hacer sociológico, sino que además motiva una reflexión metodológica enfrentada a la protocolización rutinaria de lo tecnológico-formal y el carácter  “cuantitofrénico” que está adoptando esta disciplina en la actualidad.

El texto de Miranda y Abril ejemplificaría la famosa afirmación de Mark Twain de que “Existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. La interpretación que ellas realizan de sus indagaciones demuestran la utilización tramposa de los números. Las autoras, también con datos, desmontan la relación que establecían numerosas investigaciones de la época entre la delincuencia juvenil y la actividad laboral femenina.

Contrariamente a la opinión dominante, concluyen que las madres empleadas en buenas condiciones son las tienen una mayor y mejor posición en cuanto a conocimientos y actitudes para reproducir hijos e hijas sanos, autónomos y saludables física y emocionalmente.

Se podría pensar que la trampa está en los números, pero los números se “cocinan” en función del “menú” que cada investigador/a quiere servir. En este sentido, habría que prestar especial atención a la mirada de la investigadora o investigador, pues resulta evidente que el mundo se ve con el color del cristal con el que se mira.

Decía Luis Enrique Alonso (1998:17)  que “gran parte de las distorsiones de nuestra mirada sobre la realidad social surgen de nuestra incapacidad de reconocer que la mirada es singular, concreta,  creadora y, por eso, nos empeñamos en utilizar reglas y rutinas prefabricadas  antes que aceptar que toda mirada es un acto de selección, de construcción y de interpretación que se hace desde un sujeto en un contexto”.

La adscripción feminista de las redactoras, en el momento de reivindicación del empleo femenino como elemento central de la autonomía económica de las mujeres,  distaba del discurso oficial de los diseñadores de los criterios de recogida de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Mientras las primeras aportaban información y discurso para provocar la aceptación y salida de las mujeres del hogar, los segundos eran  capaces de juntar “la sífilis, la enfermedad mental o la embriaguez habitual, con la trabajo extradoméstico de la madre” como causas determinantes de la desviación de los menores, para perpetuar la división sexual del trabajo y mantener a las mujeres encerradas en el hogar.

El pequeño contrapoder que supuso la performatividad[3] feminista se las debió ver con unos contextos sociales donde obviamente la investigación estaba al servicio del poder. La producción sociológica es hija de su tiempo y los criterios empleados por los institutos de estadística oficiales dan buena cuenta de ello, siendo a la vez reflejo de la ideología dominante y elemento de reproducción de la misma a través de la difusión “científica” legítima de la misma.

¡Y ay! Cuánto daño ha hecho la importancia y legitimidad otorgada a la ciencia y el sueño positivista de objetividad que olvida que determinadas concepciones tienen un sustento ideológico acrítico y funcional al sistema social.

Si pensamos las investigaciones que culpabilizaban a las madres empleadas de las desviaciones de sus hijos e hijas contextualizadas en los años setenta obtendremos una rápida explicación de la lógica que regía la producción analítica de aquel momento. Y para contextualizar diremos que los años de Guerra llevaron a los hombres a los campos de batalla y a las mujeres a  las fábricas. En aquellos años las mujeres desempeñaron un papel público central. Tras la contienda los hombres regresaron a sus casas y pretendieron ocupar su puesto en la vida pública, pero una vez que las mujeres constataron su valía y vivieron su autonomía e independencia no parecían dispuestas a volver al hogar por lo que hubo que inventar el mecanismo que les animara a hacerlo. El “invento” lo describió Betty Friedan, en 1963, con la denominación de la “mística de la feminidad”[4].

En un país que sale de una guerra que es la continuación de una depresión y finaliza con una bomba atómica, los hombres aspiran a reencontrar la calidez del hogar. Esa calidez del hogar se convierte en la razón de vivir de toda mujer dando origen a “la nueva mujer” (Beltrán;2001) que se forma en las escuelas y que se publicita a través de la publicidad y las revistas femeninas.

Esta campaña de feminidad ideal obstaculizaba el compromiso intelectual y la participación activa de las mujeres en su sociedad, pero cuenta a su favor con aportaciones desde el ámbito de la pediatría – también muy en boga en el momento actual-, como las del Doctor Spock que recomendaba la lactancia materna, y el psicoanálisis.

La sociología no fue ajena a este proceso y desde la academia se alimentó la “mística de la feminidad” señalando la división sexual del trabajo y estableciendo la necesidad de complementariedad familiar de hombres y mujeres y aludiendo a los peligros sociales que conllevaba la asalarización de las madres.

Recordemos en este sentido cómo Talcott Parsons, máximo representante de la sociología funcionalista[5], no hizo sino trasformar en planteamientos teóricos las ideas de la clase media americana conservadora. Sus postulados se presentaban como el modelo ideal a seguir cuando no eran sino un requisito funcional de un sistema social capitalista y patriarcal. Conviene no olvidar como este autor, desde su posición de director del Departamento de Sociología de Harvard y presidente de la American Sociological Association dio realce teórico a los postulados morales de la “buena esposa” y “la buena madre” que regían en la clase media.

Estas ideas se extendieron por toda Europa dando lugar seguramente a las investigaciones que se mencionan en el artículo de Miranda y Abril en las que se responsabiliza a las madres trabajadoras de los delitos de sus hijos.

Desde una supuesta objetividad ni Parsons, ni probablemente la sociología funcionalista posterior, fueron conscientes ni de su posición conservadora, ni de que sus planteamientos eran androcéntricos y aceptaban acríticamente la desigual asignación de un rol inferior y dependiente a las mujeres.

El objetivo que se pretendía era el de mantener la familia nuclear ya que la misma era la institución básica del sistema social. El buen funcionamiento familiar se lograba mediante una diferenciación de papeles: los hombres debían ocuparse de atender su rol instrumental de mantenedores materiales, mientras las mujeres deberían representar su papel expresivo ocupándose de los aspectos emocionales. Este reparto que, como vemos se basaba en la división sexual del  trabajo y estaba lejos de la pretensión feminista actual de la corresponsabilidad, únicamente responsabilizaba a las mujeres de la socialización de los hijos e hijas.  

Según este teórico: “La situación familiar convierte a la madre en el adulto significativo para los hijos de ambos sexos. (..) para la niña esto es normal y natural, no solo  porque  pertenece al mismos sexos que la madre sino porque las funciones de ama de casa  y de madre son  para ella inmediatamente tangibles y fáciles de comprender. En cuanto adquiere la aptitud física necesaria, la niña empieza el aprendizaje directo de la función femenina  adulta. Es notable que las niñas jueguen sobro todo a cocinar, a cose, a cuidar a  las muñecas, etc. Actividades que consisten en una imitación directa de sus madres. En cambio el niño no dispone de manera inmediata del modelo del padre para poder imitar; además las ocupaciones a las que se dedica el padre, como el trabajo en una oficina o el manejo de una máquina complicada, no son tangibles ni fácilmente comprensibles por el niños (…) pronto descubre que en  algunos aspectos fundamentales, se considera  a las mujeres inferiores a los hombres y por ello le resulta vergonzante criarse con una mujer . (…) Esto confirma la frecuencia con que la fijación materna interviene en todos los tipos de  desordenes neuróticos  y psicóticos de los hombres norteamericanos”  (Parsons;1972, cfr en Alberdi;1996).

Es por tanto, en el desarrollo teórico – derivado de determinantes ideológicos- donde encontramos el origen de la relación entre el trabajo extradoméstico de una madre y la conducta desviada y/o delictiva de sus hijas e hijos.  Ideas a partir de las cuales los y las estadísticos/as crearán los dispositivos y variables de observación, de modo tal que éstos  técnicos no harán sino corroborar lo que determinas ideologías y subjetividades, no reconocidas como tales, marcarán.

Este es un buen ejemplo para entender que no sólo hay que desmontar las trampas de los números, sino buscar el origen de las propias construcciones matemáticas. Parsons responsabilizó a las mujeres, como madres, de los potenciales problemas y conflictos psicológicos de sus descendientes. Si una mujer trabajaba fuera de casa estaba dejando de atender su función social. Poco importaba, como mencionan las autoras, que las mujeres que trabajaban eran de familias que económicamente lo necesitaban, ni que tuvieran más motivación e información para asesorar  a sus hijas/os.

Esta historia interesada caló profundamente en nuestro imaginario colectivo y se  transmitió con fuerza en una España postfranquista donde la compulsiva búsqueda de la moralidad y las «buenas costumbres» conllevó una gran dosis de culpabilización femenina.

Pero el imaginario es colectivo, es decir, afecta a todas las instituciones. Ni la academia, ni la investigación, ni la ciencia han estado al margen, más bien al contrario, han reforzado esta imagen buscando datos que así lo corroboraran, encontrando lo que buscaban, en lugar de observar, perderse y encontrar. Por otra parte, la conciencia si es colectiva afecta tanto a mujeres como a hombres.

Podemos pensar que la división social de espacios y del trabajo que regía en décadas anteriores se ha quebrado, pero la asignación femenina al hogar y su responsabilidad de los cuidados del resto de las personas de la unidad familiar sigue intacta. Las mujeres han accedido al ámbito público y han salido a la calle, pero los hombres no han entrado en la casa. Los cuidados siguen correspondiendo a los mujeres y esto es así desde el punto de vista material porque si ellas no lo hacen nadie lo hace, pero también desde el punto de vista emocional porque las mujeres siguen moviéndose, quizá por educación, por la “ética del cuidado” y no van a abandonar a sus seres queridos.

Más aún, la sobresaturación de tareas y responsabilidades que les supone la doble presencia y las exigencias sociales de “superwomen” les hace sentirse culpables de “no ser las mejores madres”, ni “las mejores profesionales” y viven ahogadas porque la falta tiempo no les permite hacer  todo tal como les gustaría hacerlo.

Por otra parte, en este momento la crisis está sirviendo de excusa para limitar los escasos avances alcanzados en materia de conciliación y corresponsabilidad para, ante la ausencia de empleo, devolver a las mujeres al hogar y los cuidados que el Estado está dejando de ofertar a la ciudadanía.

Ante la limitación de los recursos y ayudas para la dependencia, el anuncio de eliminar el supuesto de malformación del feto para poder abortar, las limitaciones a la conciliación en las empresas, la cada vez mayor flexibilidad e irregularidad de los horarios laborales,  la reducción salarial y la cada vez más reducida asistencia social, miedo dá pensar que, aunque hoy las investigaciones no correlación la delincuencia de los hijos con la actividad laboral de sus madres, esta es una idea que no descarto pues asistimos a una vuelta a una nueva “mística de la feminidad”.

Bibliografía.

ALBERDI, I, (1996), “Parsons. El funcionalismo y la idealización de la división sexual del trabajo”, en Durán, Mª Ángeles, Mujeres y hombres en la formación de la teoría sociológica, Madrid, CIS, pp: 233- 249.
ALONSO BENITO, L. E, (1998). La mirada cualitativa, Madrid, Fundamentos.
BELTRÁN PEDREIRA, E, (2001), “Feminismos liberal”, en Beltrán, E y Maquieira, V (eds), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Madrid, Alianza Editorial.
FRIEDAN, B, (1974), La mística de la feminidad, Madrid, Júcar [1963]

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[1] En el artículo “La idea de la domesticidad se impone” publicado en este mismos blog se muestran los mecanismos ideológicos, legislativos  y asistenciales actuales tendentes a conseguir esta vuelta de las mujeres, o al menos, de algunas mujeres, al hogar.
[2]De la que han dejado constancia las publicaciones de Jesús Ibáñez, Ángel de Lucas y Alfonso Ortí y sus seguidores y seguidoras posteriores. Para cuya formación de cómo realizar el quehacer sociológico el Cursos de Especialista “Praxis de la Sociología del Consumo”, impartido durante más de veinte años en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido vital.
[3] La “performatividad” es la capacidad de transformación social mediante los discursos.  A esto a veces se alude como “el hacer de los decires”.
[4] Betty Friedan empleó esta expresión para describir un conglomerado de presupuestos tradicionales de la feminidad. Esta ideología se proyectó a través del modelo educativo difundido como paradigma imperante después de la Segunda Guerra Mundial que preconizó la vuelta de las mujeres al hogar como el sitio donde las mujeres podrían realizarse.
[5]Que es la se ha mantenido durante tres décadas como la dominante.