El trabajo también es de las mujeres

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Hemos celebrado, quien en la calle reivindicando un trabajo digno y con una paellita con los amigos, quien en un atasco y con una paellita con los amigos, el 1 de mayo. Eso si, la paellita no ha faltado, ¿eh?. Afortunadamente, la paella es uno de los pocos platos que, sobre todo en día de fiesta y entre amigos, preparan los hombres.

Y eso está bien, porque los demás días, casi siempre les toca cocinar a las mujeres. Salvo que sean cocineras profesionales (de colectividades, de restoranes familiares, nada de chefs de cinco  estrellas) cocinan “sin paga”, que decía Martirio. Trabajan, pero no cobran. Insisto porque esta distinción entre trabajo y empleo no acaba de meterse en la cabeza de la gente. Y hay que ver la de trabajo que se hace gratis.

Escribí el artículo que hoy comenta Sandra Ezquerra en un momento muy particular de mi vida. Mi madre había sufrido un grave accidente vascular y se había quedado completamente inválida. Mi padre nos preguntó a las cinco hijas si queríamos hacernos cargo. No a los tres hijos. Pero ninguna pudo aceptar. Dos vivían fuera de Madrid y el resto teníamos nuestros empleos y nuestras familias. Yo además, convivía con mi suegra, que había decidido que “no me podía entender” y se pasaba la vida queriendose enfadar conmigo.

Quiero decir, lo escribí porque me afectaba personalmente. Y lo hice desde una óptica que poca gente entendía entonces: la crisis fiscal del Estado. Un economista norteamericano de formación trotskista, J. O’Connor, escribió, en 1973, un libro titulado “La crisis fiscal del Estado”. Entendió perfectamente que, después de los tratados de Bretton Woods, de la institucionalización de lo que hoy llamamos economía neoliberal y globalizada, ningún estado podría mantener políticas socialdemócratas.

El libro no se publicó en castellano hasta 1981 (editorial Península) y que, a mi me conste, lo entendimos tres: un viejo amigo economista, Jesús Albarracín, que ya no está entre nosotros y que fue quien me lo recomendó; una servidora y, ahora me he enterado en Google, otro profe de la Complu, Manuel Fernández del Riesgo, que escribió en 1994 un artículo titulado “La democracia y el futuro del socialismo” en el que cita tanto a Albarracía como a O’Connor.

El fin de las políticas socialdemócratas tenía dos víctimas inmediatas: los viejos y las mujeres. Lo de los viejos era tan claro que los socialdemócratas españoles forzaron el pacto de Toledo sobre las pensiones en 1995, cuando a Felipe González le quedaban dos telediarios.

De las mujeres solo nos acordamos nosotras mismas, y reivindicamos el trabajo de cuidados. Pero lo intentos de Zapatero por responder a esa demanda (Ley de Dependencia, cheque bebé…) estaban ya condenados al fracaso.

A partir del 2000 los abuelos han ido sustituyendo a las guarderías. Ya ha sentenciado la Ley Wert que la educación de 0 a 3 años no es cosa de educación, sino de asuntos sociales…

El capitalismo es incompatible con la remuneración del trabajo de cuidados, ni en el ámbito público ni en el privado. Solo la reducción de la jornada de trabajo y la renta básica pueden poner las bases para conseguirlo, aunque nos reste a las mujeres la interminable batalla privada porque estos beneficios sociales no se utilicen para meternos otra vez en casa.

Porque la mística de la femineidad ataca de nuevo, advierto. Acaban de ponerle la medalla al mérito policial a la Virgen del Amor Hermoso.

Jóvenes en prisión: La década del fin del mundo

Artículos:

Mª Jesús Miranda
Socióloga

Para mí nunca fue tan evidente que podía pasar cualquier cosa como en la década de los 80. En Oriente Medio, los iraníes votaron para presidente, por sufragio universal, a un ayatolá ultraconservador en 1979. En Occidente, se estrenó con el neoliberalismo de Reagan y Tatcher. Era evidente que la Unión Soviética se venía abajo, pero no sabíamos encima de quien.  Empezaron a perderse conquistas sociales.

Fui a Nueva York en 1982: las calles llenas de homeless y de baches , los bancos llenos de anuncios. Fui poco después a Cambridge (el de UK) y me encontré los trenes destartalados y los muros de las ex-fábricas cubiertos de grafittis. Los chavales, vestidos a lo punk y con aquellos loros enormes al hombro, escuchaban a Lou Reed (en paz descanse) y a los Sex Pistols.

Mi hijo el mayor (12 años) “se fue de casa por primera vez” (Serrat). El psicólogo al que consulté, Ángel Riviere, un excelente profesional que se fue demasiado pronto me dijo: “esta generación ha desarrollado una personalidad fóbica. Les hemos mostrado todos los peligros (nucleares, ecológicos, sentimentales…) pero no hemos hecho nada para enseñarles cómo  enfrentarse a ellos”.

Pasaron los años. Nuestros Gobiernos socialistas vivían en un sueño de reconocimiento internacional, privatizaciones, comisiones e impunidad. Felipe González se fue de vacaciones en el yate de Franco, Alfonso Guerra llamó a un helicóptero de ejército para que le sacara de un atasco porque llegaba tarde a los toros y la gente les seguía votando. Santo y bueno.

La movida madrileña ensalzaba a Alaska (“a quien le importa”), a Mecano (“no me mires, que no me he puesto el maquillaje”), al Almodóvar de Pepi, Lucy…  el punk de La Polla Records o Flema

Por debajo (underground) una red de cultivadores en “estados fallidos”, traficantes que no iban a ser más honrados que sus dirigentes y chicos desesperados mataban y morían.

En 1988 nombraron a una amiga mía Subdirectora de Sanidad Penitenciaria. A poco se muere del susto. Me llamó, en mi calidad de abogada de causas perdidas, e hicimos un convenio entre la Universidad Complutense y los Ministerios de Sanidad y Justicia. Analizamos la sangre y los secretos de 25.500 presos. La mayoría tenía menos de 30 años, casi todos estaban desesperados y 28,5% eran portadores del VIH. Eran los deshechos de la casi ignorada crisis del 73, que aquí se reveló en toda su crudeza en los 80, cuando nuestros amigos extranjeros dejaron de meter dinero a espuertas para garantizar la transición. Algunos han muerto. Otros siguen entrando y saliendo de prisión. La cárcel no es gratis.

A finales de los 90 llevamos a cabo (con María Teresa Martín Palomo y Cristina Vega) una investigación sobre “Politoxicómanos multi-reincidentes”. Un resumen de los resultados puede verse en Política y Sociedad, Vo.l 39, nº 2, 2002.

¿Y ahora? La diferencia entre la “cohorte maldita” y los ni-nis actuales es que han ido a la escuela. La escuela no solo enseña contenidos formales sino que, como bien dijo Foucault, DISCIPLINA.

Los jóvenes actuales son disciplinados. Aceptan imposibles condiciones de trabajo, aguantan días enteros de cola para ver un concierto  o un partido, se emborrachan y no se pelean a muerte después.  Algunos, incluso, son solidarios: se van de cooperantes a países perdidos, reparten café a los mendigos… Unos poquitos intentan enfrentarse a nuestra maldita herencia: un planeta arrasado, un millón de guerras, un poder en manos de unos inmorales desalmados.

Sobre sus hombros recae, más que sobre ninguno, el peso de esta crisis. Y van aguantando, con una creatividad que ya la quisiéramos para nosotros, quintos del 48.