La servidumbre del debate político

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

A principios de 1996 yo estaba terriblemente enfadada. Trabajaba todavía en Instituciones Penitenciarias, ahora al frente del gabinete, donde se supone que tenía alguna responsabilidad política. Desde 1994 se habían sucedido sin parar los escándalos en el gobierno socialista: la guerra sucia contra ETA, que llevó a la cárcel a Amedo y Domínguez, los agentes secretos menos secretos y luego a Barrionuevo y a Vera, exministro del Interior y exdirector de la Policía; corrupciones varias, como la de Roldán, que se gastó en orgías cutres las pensiones de los huérfanos de la Guardia Civil, o Mariano Rubio, exgobernador del Banco de España que evadió impuestos…

Estaba claro que aquello tenía que irse abajo, que los españoles serían de centro izquierda, pero no tontos.

Y a todas estas me llaman a una reunión de mujeres socialistas que, seducidas por la idea del contrato sexual que Celia Amorós había popularizado entre ellas, querían hacer de esa idea parte de la campaña electoral. El primer signo de este pacto sería que el PSOE adoptara el sistema de cuotas. A ellas, notables del partido, la cosa les venía muy bien. En mi opinión, al resto de las españolas les daba igual que les daba lo mismo.

De modo que salí tarifando de aquella reunión. Aznar ganó las elecciones, a mi naturalmente me cesaron y pude disfrutar de tres meses de vacaciones antes de reincorporarme a mi puesto en la Universidad.

En esos tres meses, entre otras muchas cosas, escribí el texto objeto de esta entrada. Lo escribí con rabia contenida, con poca información y con un objetivo predeterminado: demostrar que no podía haber un sujeto político feminista universal (ni siquiera a nivel del estado español) que pudiera suscribir un contrato sexual con un partido político. Desde el principio supe que el texto no era bueno y nunca intenté publicarlo, hasta ahora, que me voy desnudando en este blog.

Pero cometí un error. Se lo di a mis alumnas de Doctorado del curso 1996-97 como lectura inicial. El efecto fué inmediato. Las chicas pro-PSOE se quejaron al vicedecano de alumnos de que yo no iba a dar clase. Las chicas con otra adscripción política me apoyaron y lo negaron por escrito. Para demostrar que sí quería dar clase y que no tenía problema de horarios organizamos un seminario voluntario, “Feminismo y Cambio Social” los viernes por la tarde, hasta mi jubilación.

Luego lo hemos mantenido, como jornadas anuales, hasta 2012.

En cursos sucesivos seguí peleando con el sujeto político, el contrato sexual y las cuotas. Dentro de mi cabeza, digo. Sobre éstas últimas llegué a leer el libro de Sylviane Agacinski, Política de sexo (Taurus, 1998) en el que la alumna y exmujer de Derrida y en ese momento esposa del primer ministro socialista francés Lionel Jospin intentaba justificar desde la filosofía política la idea de paridad.

Dado que era conocida como feminista de la diferencia, y que en el propio libro escribe que “debemos conservar la libertad de seducir y ser seducidas. Nunca habrá guerra de sexos en Francia”, reconozco que no llegué a comprender nada. Ahora ya he renunciado a ello, y acepto las listas cremallera como una norma más del sistema electoral.

Agradezco los comentarios de Luisa Posada. Creo que tiene razón y ya he reconocido que mi texto es precipitado y con muchas lagunas, hecho al calor de un debate político. Pero no estoy muy de acuerdo con su conclusión conciliadora. La obra de Judith Butler ha dado vida, sobre todo, al movimiento LGTB y no creo que haya contribuido demasiado a limar asperezas en el seno del pensamiento feminista. Pero eses es ya otro debate, que tendremos que proseguir más adelante.

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La construcción de un sujeto político feminista

Artículo

María Luisa Posada

María Jesús Miranda encabeza su texto con una cita de Heller y Fehér sobre la postmodernidad “como el tiempo y el espacio privado-colectivo, dentro del tiempo y el espacio más amplio de la modernidad, delimitado por los que tienen problemas o dudas con la modernidad, por aquellos que quieren someterla a prueba, y por aquellos que hacen un inventario de los logros de la modernidad, así como de sus dilemas no resueltos”. Y entre esos dilemas no resueltos, se inscribe aquel sobre el que la autora nos propone su reflexión acerca de “La construcción de un sujeto político feminista”.

A partir delas referencias a Foucault, Habermas, Offe y Paramio, Miranda entiende que reclamar la incorporación del feminismo a un nuevo orden político pasa por interrogarse acerca de la posibilidad de “construir un sujeto político que defienda de modo genuino los intereses de todas las mujeres, como conjunto homogéneo (…)”.

Y, adelantando sus conclusiones, su respuesta será que tal cosa no es posible, porque “las mujeres no pueden constituir sujetas políticos, ni individuales ni colectivos, porque no existen”.

Para llegar a tan sorprendente conclusión, Miranda repasa cómo aparece el Estado liberal con el caldo de cultivo del pensamiento ilustrado y cómo aparece el individuo que, en tanto sujeto político o ciudadano partícipe del pacto social, será en el primer orden liberal sólo el varón  burgués.

A la vez que el sistema político excluye a las mujeres y a quienes no son propietarios, María Jesús Miranda analiza cómo en el llamado el Estado del Bienestar “aquellos que no poseían sino sus cuerpos se organizaron en algo que se llamó movimientos sociales, precisamente porque no eran políticos, sino que pertenecían al ámbito de la sociedad civil”. Y sitúa ahí el sufragismo.

Cuando pasa al feminismo ya de los años 70, la autora subraya que éste estaba constituido por mujeres profesionales de clase media; y apunta de pasada a lo que fue la disensión entre igualdad y diferencia en el feminismo contemporáneo. Las feministas estarían, por su propia condición, interesadas en mantener las formas de participación liberales y opondrían al pacto entre varones un pacto implícito, que se traduce por ejemplo en “las cuotas de participación de mujeres dentro de los partidos políticos”.

Al plantearse la relación entre feminismo y Estado del Bienestar, Miranda apunta que “el feminismo es decisivo para el futuro de la socialdemocracia y, por ende, para la supervivencia del Estado del Bienestar”. Criticando las demandas de Paramio, Offe, o Habermas sobre la necesidad de incorporar las demandas feministas a la vida política, Miranda observa que “el problema es que ninguno de estos respetables señores tiene sobre sus hombros la responsabilidad de “ser” feminista. El feminismo lo hacen “ellas”, pero, ¿quiénes y cómo?”.

Miranda rechaza igualmente  los rasgos de “moralidad universalista” que Habermas atribuye al feminismo. Y se vuelve a Fraser para coincidir con ella en que el Estado del Bienestar reifica a las mujeres, en tanto clientes, y perpetúa su subordinación. Y añade el argumento de la multitud de feminismos para argumentar que “el movimiento feminista no es, y no puede ser, <universalista>”. Más adelante insiste en que “hay una oposición objetiva de intereses muy fuerte, por ejemplo, entre las mujeres europeas y las latinoamericanas”. En conclusión, no puede haber sujeto colectivo feminista.

Y de esta manera Miranda nos lleva a lo que habíamos adelantado que era su conclusión principal: “Por decirlo más claro, las mujeres no pueden constituir sujetas políticos, ni individuales ni colectivos, porque no existen. Son una falsa construcción más de una falsa ciencia de lo humano”.

Expuesto así, de manera esquemática y a la fuerza algo simplificadora, el hilo argumental de María Jesús Miranda, sus interesantes reflexiones sobre “La construcción del sujeto político feminista” me sugieren, sin embargo, algunas discrepancias que trataré de esbozar , ciñéndome sólo a tres que me parecen particularmente reseñables.

En primer lugar, su acertada referencia inicial a la posmodernidad podría hacer pensar que Miranda está aquí embarcada en la tarea de deconstrucción del sujeto, de esa muerte del sujeto por la que claman los pensadores posmodernos. Sin embargo, creo que no es esta la dirección de la autora por dos razones: porque se ciñe al sujeto político feminista, por un lado, y por otro porque obviamente no se puede deconstruir aquello que simplemente se dice que no existe.

La cuestión del sujeto es crucial para el feminismo, en tanto que proyecto emancipatorio. Y aunque desde luego no se trata de pensar en una identidad “mujeres” homogénea y esencializada, sí parece razonable retomar propuestas que, como las de la feminista posmoderna Julia Kristeva, apuestan por una identidad estratégica “mujeres”, que permita dotar de sentido a un sujeto feminista.

Retomando la idea de “las múltiples diferencias que intersectan” de Fraser (como la clase, la raza, la orientación sexual), no veo que no sea posible seguir pensando con ella en un sujeto político que ha sido capaz de llevar adelante históricamente las reclamaciones feministas y que pueda seguir haciéndolo. Ni tampoco me queda claro por qué la construcción de tal sujeto haya de ser más falsa que la construcción de cualesquiera otros sujetos de la vida política.

Por otro lado, abandonando falsos universalismos, podríamos apelar a una suerte de feminismo nominalista que lo que proponga sea precisamente el horizonte de una sociedad no patriarcal de individuos, no de géneros.

En segundo lugar, y yendo ya a cuestiones más concretas del texto de María Jesús Miranda, cuando rechaza la “moralidad universalista” que Habermas atribuye al movimiento feminista, se apoya en los argumentos de Fraser. Sin embargo, Fraser justamente no parece abandonar cierta óptica universalista en sus planteamientos sobre la justicia de género. Al hablar de la necesidad de integrar los paradigmas de redistribución social y reconocimiento de las diferencias, Fraser afirma en su obra Iustitia Interrupta que “para lo que me propongo aquí, no es necesario comprometerse con alguna explicación teórica particular. Basta con suscribir una comprensión general de la injusticia socioeconómica, moldeada por un compromiso con el igualitarismo” (p. 21).

Si esto es así, parece que para ella el “compromiso con el igualitarismo” retiene la reclamación universalista que concede su sentido a las reclamaciones identitarias.  A partir de ahí yo coincidiría totalmente con Fraser en que, aunque no se trate de hablar de un sujeto “mujeres” ahistórico y transcedental, el carácter normativo del proyecto feminista, en tanto proyecto de emancipación, hace que podamos afirmar la existencia de  un sujeto colectivo, porque  “las feministas sí necesitan hacer juicios normativos y ofrecer alternativas emancipatorias. No estamos a favor del <todo vale>” (p. 293).

Pero, en tercer lugar, yo diría que, más que construido, el sujeto feminista habría sido constituido como efecto de una matriz “poder-discurso”, como lo diría  Judith Butler. En este sentido, no se trata de un sujeto inexistente, sino más bien de un sujeto en constante resignificación según su relación con esa matriz.

Por eso, cuando María Jesús Miranad sostiene que “las mujeres no tienen una sola causa” y subraya la “oposición objetiva de intereses muy fuerte, por ejemplo, entre las mujeres europeas y las latinoamericanas”, la cosa parece evidente. Solo que, a pesar de esa multiplicidad de intereses, yo creo que las mujeres, como sujeto efecto del poder y aun con sus múltiples y diversas causas, ofrecen un modo de subjetividad no inexistente, sino más bien resistente a los efectos del patriarcado.

Porque efectivamente si no aceptamos que existe un sistema de dominación que precisamente produce la marca de sexo-género (precisamente el patriarcado), difícilmente podremos aceptar esa subjetividad resistente que no hace homogéneas  a las mujeres, pero que sí las sitúa en unos mismos intereses que nos son otros que los de encaminarse a la erradicación de esa dominación ancestral.

Más allá de estas observaciones sobre el texto de María Jesús, seguramente quedarán muchos aspectos del mismo que pueden dar lugar a reflexión y debate. Hasta aquí he querido sólo comentar algunas cuestiones que me parecen relevantes porque resultan polémicas. Precisamente en propiciar el debate creo que reside una de las virtudes de este texto, un debate que muestra que los sujetos individuales pueden discrepar desde la complicidad y la alianza feministas. 

Música, Feminismo e Ironía

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga 

La etnometodología es una forma de hacer sociología (emparentada con la psicología social, la lingüïstica y la psicología cognitiva) una de cuyas acepciones se refiere al método mediante el cual los grupos sociales construyen sus filosofías, sus formas de pensar, sus valores.

Se inicia, allá por los años 50 del siglo pasado, estudiando fenómenos como los procesos de toma de decisiones en los jurados norteamericanos. En los debates de estos “doce hombres sin piedad” se expresa el pensamiento de cada miembro sobre el bien y el mal, la culpa y la fatalidad, la muerte y la vida, el amor y los celos, la legitimidad de la propiedad, la libertad, la necesidad, el deseo…

Estos fascinantes estudios pusieron en cuestión la sociología de Durkheim y sus seguidores, según la cual los hechos sociales han de ser tratados como cosas. Para interaccionistas, etnometodólogos y afines, los hechos sociales son procesos, en permanente construcción y deconstrucción. Hoy por hoy, la corriente principal de esta escuela sociológica es lo que se llama “sociología de la vida ordinaria”.

En mi opinión, una de las cristalizaciones más nítidas de los procesos de construcción de la cultura cotidiana es la música. Carezco de la suficiente cultura musical para analizar las corrientes actuales, generalmente vinculadas a lo que se llamó en tiempos “tribus urbanas” pero Elena hace un esfuerzo muy notable.

Y, como ella, muchas de su generación, la 2.0. Reflexionan sobre el cuerpo de la mujer, su proxemia (lenguaje corporal), su sintaxis, las interpretaciones que se pueden hacer de ellas. Y también, claro está, sobre la propia música y el contenido de las letras.

El machismo irónico, que es también objeto de su análisis, es paralelo a un debate que ha estado muy de actualidad esta semana. Es el que se desató en torno a la broma de Ëvole sobre el 23F. ¿Hasta donde es lícito jugar con las cosas de comer?. ¿Cuánto podemos ironizar sobre cuestiones importantes?.

Claro está que no tenemos la respuesta. Que cada una elabore la suyaEl otro Trending Topic de estos días ha sido el debate sobre el estado de la nación. Así que, como decían Tip y Coll, “la próxima semana hablaremos del gobierno”.

Nuevas y viejas formas del sexismo en las industrias culturales

Ilustración: Sancho Ruiz Somalo.

Ilustración: Sancho Ruiz Somalo.

Artículo:

Elena Herrera Quintana
Socióloga

En “Del Pop Al Hip-Hop” María Jesús Miranda y Ángeles Aguilera hacen un repaso del panorama musical español de mediados de los ochenta en aras de diagnosticar cuál era el punto o el cambio en las relaciones interpersonales, sobre todo, en el sexo y el amor.

En la producción musical de los ochenta notaban como las chicas eran bastante mal tratadas en las letras de grupos, ejemplos son Asfalto (“eres solo una mujer de plástico, por mucho que me digas”) o Semen Up, que nos cuentan qué es lo único que hacen bien las mujeres. Que cada cual imagine.

Como dicen las autoras “Entre paranoicos, bebés malcriados y agresores sexuales que se les va toda la fuerza por el pico”, Alaska “buscaba a un hombre de verdad” y Martirio duerme muy a gusto sola, después de que su chico se fuese con otra más joven. Llegan Las cinco en punto que no están muy por la labor de meterse en una relación seria y a Luz Casal ya no le importa nada.

Poco a poco, después de que muchas cantantes tomaron el micrófono, se dio una nueva situación del juego que requería otras reglas, entonces se oían las quejas de Loquillo o la tumba de nuestro amor de Ilegales. Otras voces estaban dispuestas a negociar en aquella nueva situación (Gurruchaga “Atiende a mis razones”) o incluso situaban el amor en un mundo más allá “lejos de las leyes de los hombres” (El último de la fila).

Tomando este artículo como punto de partida queremos reflexionar sobre las representaciones de género en los medios de comunicación, para ello hemos recuperado un debate que se inició a principios de 2013 y que ha servido para poner el tema del machismo de los productos musicales y culturales encima de la mesa.

No nos vamos a centrar no tanto en las letras de canciones sino en los artículos originales que surgieron a este respecto, donde se hablaba de la industria musical, la crítica y la música indie. También relacionaremos estos temas con las industrias culturales y con lo que se ha llamado el “machismo hipster” o “sexismo irónico”.

El debate se inició cuando el Periódico Diagonal publicaba un artículo el 8 de Enero de 2013 llamado “Machismo gafapasta” en el que denunciaba las actitudes machistas en la música indie española, señalando letras de canciones, artistas y publicaciones como detentores de ciertas actitudes respecto a las mujeres. Claramente el artículo pisaba algunos callos porque no tardaron en llover airados comentarios desde el twitter de RockDeluxe, una de las publicaciones señaladas como representantes de este indie español y machista.

Más allá de los pros y los contras en la gestión de la comunicación online y de los riesgos derivados del “hablar en caliente” (que no por ello dejan de ser sintomáticos de una actitud determinada), esta misma revista publicaba pocos días después un artículo extenso y muy interesante en respuesta a aquel primero, donde además incluía comentarios de los artistas señalados y señaladas como detentores/as de dichas actitudes, comentarios de especialistas de la industria y de artistas en general. El tabú se estaba rompiendo y se ponían en el tapete temas importantes sobre las formas de sexismo en el mundo posmoderno.

Pensamos que es fructífero para el análisis diferenciar ciertos elementos que requieren que nos paremos de forma aislada en cada uno de ellos.
En primer lugar se habla de la industria musical, entendiéndola como todo el proceso de producción de un producto musical, desde artistas pasando por promotores/as, distribuidoras, medios de comunicación, salas de conciertos, estudios de grabación, públicos etc…

Por un lado es sabido que las industrias culturales, como es la musical, ayudan de una u otra forma, a la difusión de comportamientos sexistas y estereotipos de género. Pasando por el cine, los videoclips, las revistas, los videojuegos, etc… Desde el elevado y sin sentido número de desnudos femeninos en nuestros medios de comunicación, pasando por la excesiva  y continua sexualización del cuerpo femenino para la venta, independientemente de que se venda crema hidratante, música ó películas,  hasta los procesos de fragmentación del cuerpo en la publicidad (reflejo quizás de sujetos fragmentados).

Este tema es señalado, por ejemplo, en el documental Miss Representation aunque se nos ocurre que aquí también podemos valorar la brecha de género en los productos culturales (sobre todo libros, cómics, obras de teatro, películas) utilizando el famoso Test de Bechdel que tanto ha dado de qué hablar.
Este test, ideado por la escritora de comics Alison Bechdel, establece que una película pasaría el control antisexista si aparecen dos mujeres (que tengan nombre propio, es decir, personajes principales) hablando entre sí sobre algo que no sean hombres o relaciones con hombres, ya sean familiares, románticas, de amistad….

Aunque como aparato metodológico no es de largo alcance (una película puede pasar el test y no por ello dejar de ser sexista o dejar de difundir estereotipos de género), sí nos sirve para hacer un diagnóstico previo de cómo está la situación.

Esto nos lleva a la segunda matización y es que en muchas de estas industrias culturales se da una sobrerepresentación masculina o de “lo masculino” (que clásicamente esta esencializado como otra forma más de estereotipar)

Pondremos un ejemplo referido al cine: Martha M. Lauzen en el estudio “The Celuloid Ceiling” establece que en 2012 sólo el 18% de todo el personal que trabajaba en las 250 películas más taquilleras de aquel año eran mujeres, este porcentaje prácticamente no cambia desde 1998. De las mismas 250 películas en 2012, solo el 9% estaban dirigidas por mujeres.

Pilar Aguilar añade, en “Cine negro y género en España”, que en el 80% de los casos los hombres eligen a personajes masculinos para protagonizar sus películas, de la misma forma, en un 70% las mujeres eligen personajes femeninos. Por tanto, el producto final es eminentemente masculino siendo el verdadero problema que las mujeres son atrezzo de la historia principal.

De las 100 películas más taquilleras de 2011, Lauzen afirma en “It´s  a Man`s World” que los personajes masculinos son líderes (en cualquiera de sus formas: líderes políticos, religiosos, empresariales, sociales y científicos) en el 86% de los casos, mientras que los personajes femeninos solo aparecen representados en este sentido en el 14% de los casos.

Además estos últimos suelen ser más jóvenes que los masculinos, porque ya sabemos que la edad para los varones es un añadido de madurez, y para las mujeres un handicap (los personajes masculinos de 40 años para arriba lo son en un 50% de los casos, las mujeres den un 25%, por lo que el 75% de las representadas tiene menos de esta edad)

Como dice la guionista Jennifer Kesler hablando de sus años de aprendizaje, la mayoría de las veces los personajes femeninos tienen la función de revelar características de los masculinos. Son un apéndice de aquellos, sin historia propia, sin biografía, y sólo eficaces en la medida de que puedan ayudar a definir la profundidad de los personajes masculinos.

Esta guionista agrega que además de los motivos económicos que normalmente se argumentan para representar a líderes masculinos eminentemente blancos y heterosexuales, existen motivos sexistas donde de lo que se trata es de ofrecer un producto atractivo para una audiencia de jóvenes blancos heterosexuales pero que no son, en realidad, el grueso de la audiencia. Se muestra que este tipo de masculinidad es un “imán para las mujeres”, donde los personajes femeninos que aparecen están en cierta forma extasiadas con sus congéneres masculinos.

En la lógica de Laura Mulvey en “Placer Visual y cine narrativo” un fallo en este ensimismamiento hacia lo masculino, es un fallo también para la audiencia, pues la mirada principal del espectador está transferida al personaje masculino, y si este fracasa, también degrada la identidad del espectador.

Entendemos que el problema no es sólo de las industrias culturales, pues ellas por sí mismas no pueden salirse de la sociedad en la que están inscritas. Tampoco queremos decir que las industrias culturales son un todo estático y coherente ideológicamente, e incluso deberíamos de distinguir entre productos diseñados para un público general de otros más alternativos. Tampoco podemos eximir de culpa a estas industrias solo por el hecho de no poder abstraerse de su contexto; tenemos que señalar que, como otras dimensiones, peca de lo mismo que la sociedad a la que se dirige y en la que se configura, precisamente porque está integrada por sujetos inscritos en contextos sociales.

Volviendo a los artículos sobre la industria musical rara vez se niega que, en términos generales, existen actitudes o comportamientos machistas en cada ámbito de la sociedad, en la medida de que se trata de un sistema ideológico de gran calado: el sistema de discriminación sexo-género. Aunque podrá haber variaciones de grado o de sector, campos en los que se abran más debates y otros estarán en las antípodas de reflexionar sobre este tema, esta discriminación no se aborda del todo si no tenemos en cuenta su carácter socialmente transversal.

Ejemplos referidos a este concepto de industria musical y nombrados en el artículo de Diagonal serían el videoclip “Bombay” del grupo El Guincho, repleto de desnudos femeninos ó las fotos de la artista Ann B. Sweet en paños menores.

Es importante pararnos un momento en el caso de la cantante. Se trata básicamente de fotos promocionales en blanco y negro en las que la artista aparece con transparencias. Puede parecer que denunciar este hecho es en el fondo algo paternalista, ¿en última instancia no es ella la que debe elegir qué imagen dar en su campaña promocional?

¿Que el desnudo femenino sirva para vender productos es sintomático de una sociedad machista? Sí, pero ¿debemos juzgar a las mujeres que lo utilicen para vender su música, ó su arte? Pensamos que no, sin embargo de la misma forma que en el eterno debate sobre la prostitución parece que este punto incomoda sensibilidades, tampoco en el debate del aborto como hemos venido viendo todo este año:  el cuerpo de las mujeres y su uso (ya sea por decisión propia o ajena) siempre está sometido a controversias.

Quizás las fotos de Ann B Sweet nos resultarían más chocantes si nos saliésemos del mundo musical, copado de britneys y rihannas sexualizadas, y de pronto una escritora se hiciese unas fotos promocionales semidesnuda. Quizás también sería diferente si no viésemos el desnudo femenino como una auto-humillación, como que Anni B Sweet se rebaja al verse obligada a enseñar su cuerpo para vender su música, porque quizás en el fondo nadie le reconozca en su justa medida que fue nominada a mejor artista en los MTV European Music Awards 2013.

Es preciso hablar con cautela cuando una mujer decide desnudarse por dinero o para vender su arte, porque entonces no nos diferenciaría nada de aquellas madres que llamaban (llaman) fresca a su hija por llevar falda. Porque entonces ¿cómo diferenciamos lo que es un juicio moral de lo que son hechos discriminatorios claros?.

Aparte de la industria musical, en los artículos también se habla específicamente del mundo de la crítica musical independiente, que adolece, como otros muchos gremios profesionales, de actitudes machistas. Tal como dice la crítica musical Patricia Godes estas actitudes “No se reflejan exactamente en violencia de género, abusos sexuales, etc… (algo de discriminación laboral sí que es patente) sino en la actitud paternalista y en la valoración del criterio y el gusto masculinos excluyendo cualquier otro […]”.

Por ejemplo, la forma en la que se califica al público en las crónicas de conciertos: “fans locas” frente a “público entregado”. La valoración de artistas simplemente porque son chicas y dan frescura al panorama musical. Como en las esculturas de Allen Jones, las mujeres son atrezzo del paisaje.

Es evidente que de forma general nuestra sociedad valora más los criterios masculinos, la “palabra del padre” y esto se hace patente en el mundo profesional. En el mismo artículo de Diagonal, Carla García, como jefa de una conocida sala de conciertos de Madrid, cuenta que artistas y promotores españoles prefieren muchas veces hablar con ÉL gerente, o incluso UNO de los porteros de la sala, antes que con ella. La infravaloración de la capacidad de las mujeres está a la orden del día.

Por último, deberíamos de hablar de lo indie en particular. En los artículos existe un tono general según el cual se acusa a lo indie de tener en el fondo tintes machistas por muy contracultural que se nos quiere aparecer. La categoría indie se utiliza para definir un tipo de música independiente o alternativa a la música mainstream, donde podríamos extender este concepto a la forma de vestir, al cine, arte, literatura… Podríamos hablar de una subcultura que sienta sus bases en la música a partir de los años 90 y de ahí se expande.

Tiene algo de contracultural, por lo menos en cuanto a música se refiere, y es de esto de lo que se le acusa: en sus letras: “[…] refleja una masculinidad en apariencia distinta a la que retratan el hip hop, el rock, el reguetón y otros géneros recurrentemente tachados de machistas. Los músicos indies pueden mostrarse inseguros y tiernos. De hecho, las críticas más zafias a este género se ceban con la languidez. Pero esta tolerancia a los sentimientos masculinos no tiene porqué traducirse en relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres […]”

En este punto en el artículo se habla de artistas concretos, y resaltan por ejemplo que en algunas letras se ensalza el amor romántico en su versión más posesiva y dolorosa. Loreto Antón, veterana de la industria musical, en la respuesta de RockDeluxe, subraya algo muy acertado en cuanto a lo indie: “[…] El indie no tiene ideología, sobre todo porque la música ya no tiene el mismo significado que hace unas décadas. Antes, a los seguidores de la música popular indie se les consideraba progresistas […]”.

Hoy día no tiene por qué ser así, y quizás es una falla de esta subcultura. También puede que lo indie haya reflexionado sobre la masculinidad hegemónica del macho carente de sentimientos, en este sentido es positivo, pero se de una falta en la reflexión sobre las relaciones entre géneros o la feminidad hegemónica. (Recordemos el prototipo de la Manic Pixie Dream Girl en el cine)

También se nos plantea hasta qué punto es legítimo juzgar a un artista por el hecho de que sus letras sean machistas, de derechas… en última instancia porque su escala de valores no coincida con la nuestra. Un debate similar se produjo cuando la artista Russian Red dijo que prefería a la derecha que a la izquierda, políticamente hablando. Otro eterno debate: separar el arte de la autoría (nos sonará el caso de Woody Allen…)

De todas formas, esto engancha con otro concepto del que llevamos oyendo desde hace un tiempo en los medios de comunicación: machismo hipster. Lo que más comúnmente se ha traducido como “sexismo irónico”, y que parecer ser, en una deriva posmoderna del machismo clásico, un nuevo tipo de discriminación disfrazada de ironía y sentido del humor “inteligente”.

Este concepto se le atribuye a la escritora norteamericana Alissa Quart y queda definido como una “[…] objetivación de la mujer, pero de una forma en la que se utiliza la burla, las comillas, y la paradoja […]”.

Lo que está de fondo es que se suponen conseguidos los logros feministas, se considera que existe una igualdad real y por tanto podemos reírnos de viejos estereotipos. Nada más lejos de la realidad: aborto, brecha salarial, suelo pegajoso, techo de cristal, falta de conciliación, marginación social….todos estos problemas que afectan a las sociedades, y en mucha mayor medida a las mujeres, no están solucionados y solo porque se hayan puesto en la mesa de debate no significa que  podamos banalizar sobre ellos.

Quizás debamos diferenciar cuando este “sexismo irónico” se utiliza para vender, cuando el marketing y la publicidad (ejemplos como Madhouse  o Topshop) normalizan el uso de este elemento. Creemos que en esta vuelta está el peligro de dicho recurso, utilizarlo creyendo verdaderamente que aquellos logros están conseguidos y es momento del humor desenfadado.

Eloy Fernández, en un artículo sobre el tema, afirma que “el uso irónico de referentes sexistas no representa ningún progreso de por sí, y que con frecuencia produce un sexismo de segundo grado”. Mucho más peligroso porque está velado por la broma, y lleva esa carga contracultural de lo “políticamente incorrecto” que lo suaviza aunque sea en realidad más potente porque pasa inadvertido.

Como dice Quart, el sexismo clásico niega la violación o admite la discriminación laboral abiertamente,  mientras que el sexismo irónico bromea con estos temas como si ya no hubiese discriminación laboral o violaciones, como si fuese cosa del pasado.

Como un mecanismo similar también se da un “racismo irónico” según el cual están socialmente aceptados los chistes racistas, o es acertado presentar, como dicen en el blog Jezebel, a tu amigo negro como “mi amigo negro”.

Tradicionalmente el argumento de la falta de sentido del humor ha servido para descalificar los análisis o perspectivas feministas sobre algunos temas, y el sexismo irónico juega a esta baza del archifamoso “pero si es broma, mujer”. Como cuando Tali Carreto, uno de los aludidos en el artículo de Diagonal, afirma que: “Lo primero que nos llamó la atención fue el nulo sentido del humor, tanto del texto como de sus autores”.

Resulta que como las cosas son de broma no se deben de tomar en serio, no hieren o no perpetúan la discriminación. Es aquí cuando debemos matizar lo importante que resulta en el sexismo irónico quién es el emisor de aquella broma o guiño: es irónico cuando las personas a las que se intentaba descalificar como queer tomaron aquel término como categoría identitaria, y utilizaron un insulto que les degradaba para definirse y subvertir la realidad dada. Es irónico que una persona negra haga chistes sobre negros.

En términos generales lo irónico es que la persona objeto de aquella discriminación utilice los propios términos del poder para destruirlos y así reconstruirlos, mediante este proceso resignifica aquella discriminación, se la apropia, y la devuelve, haciéndole perder, en muchos casos, su significado y poder inicial.

Esto cambia completamente cuando la persona emisora no es el objeto de aquella discriminación. Pensamos que esta es una buena forma de establecer ciertos límites y evitar un descontrol en el uso de este elemento que lleve a perder de vista que, en realidad, es sexismo, por muy irónico y contracultural, en la medida que escandalizador, se nos aparezca.

Si este sexismo irónico se empieza a utilizar de una forma generalizada podemos perder el carácter político y subversivo que puede llegar a tener. El humor es un mecanismo muy potente que debemos usar, pero sin una reflexión previa sobre aquello de lo que nos reímos podemos acabar banalizando, y lo que es peor normalizando, aquella discriminación.

Famoso fue el caso del libro “Pequechistes”, una recopilación de chistes machistas dirigida a niños. En la portada se podía leer “Pequechistes sobre chicas solo para chicos”, estuvo tres años en el mercado y después de algunas denuncias de particulares al Instituto de la Mujer que se iniciaron en 2010, fue retirado.

Cosas como “¿En qué se parecen las mujeres y las pelotas de frontón? Cuanta más caña les das, más rápido regresan”  eran la tónica general, y si bien existía la misma versión sobre chicos para chicas que también fue retirada, resulta inadmisible que este tipo de productos se dirijan a la infancia, este es el verdadero problema del caso.

Precisamente porque niñas y niñas no están preparados, o no deberían estarlo, a recibir estos chistes y entender que porque nos riamos de algo no significa que aquello no tenga importancia o no pueda ser tomado en serio. Como venimos diciendo debe haber cautela en el cómo, dónde y cuándo utilicemos este “sexismo irónico”, y si esto ya provoca contradicciones y conlleva riesgos por causa de banalizar temas que afectan a todo lo social, mucho mayor recelo debemos a la hora de que estos productos lleguen al público infantil.

Nos gustaría cerrar con un caso más constructivo: estas pasadas navidades la empresa de juguetes GoldieBlox, dirigida por la ingeniera Debbie Sterling, utilizó una canción que por su letra resultaba ser tremendamente machista, más allá de que nos guste como canción, aquella oda a las chicas que le cantaban los Beastie Boys decia: “Girls to do the dishes. Girls to clean up my room. Girls to do the laundry…” [Chicas para limpiar los platos. Chicas para limpiar mi habitación. Chicas para hacer la colada].

En el video, que rápidamente se convirtió en viral, aparecen tres niñas aburridas viendo anuncios “para niñas” de la TV, pronto cogen las herramientas y objetos de su entorno y construyen un sistema de efectos en cadena muy preciso y dinámico, puesto que son juguetes para la infancia.

Más allá de romper el mito según el cual la ingeniería es “cosa de chicos” el anuncio modifica la letra de los Beastie Boys y elimina los elementos machistas de la letra. Lamentablemente el grupo de música denunció a la empresa por infringir derechos de copyright y el video inicial ha sido suprimido.

Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito tanto de las representaciones de género en los medios, como de sexismo irónico, destacando también que las industrias culturales pueden contribuir a esa ruptura de los estereotipos, contribuir a no perpetuar las desigualdades, mostrando otras realidades.

Tampoco hay que perder de vista que también se puede bromear, y el “sexismo irónico” da buena cuenta de ello, pero evitando caer en la inocente postura de pensar que porque podamos hacer bromas sobre algo esto deja de tener consecuencias reales en lo social y en las personas.

Precisamente uno de los problemas es llegar a fomentar una “anestesia social” sobre aquellos temas y caer en un nuevo tabú según el cuál sería socialmente punible denunciar esas situaciones de desigualdad, justamente porque son una broma, ya no son cosas “serias”, tan solo son hechos irrisorios.
Que la broma traiga consigo un efecto de distanciamiento y ceguera respecto a las relaciones de poder inscritas inevitablemente en a aquello con lo que se bromea.

Por otro lado es un buen síntoma todo el debate online generado a partir del artículo de Diagonal, y aunque no estemos de acuerdo con algunas de sus posturas, o incluso con algunas de las matizaciones de RockDeluxe, es urgente y necesario discutir públicamente sobre esto.

Porque una forma, si no la única, de modificar el sexismo y las relaciones desiguales es mostrando la disconformidad  y exigiendo unas nuevas y mejores normas en el juego de lo social.