La domesticación del trabajo

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

forges

Como narraba en la  entrada anterior,  a partir de 1998 un grupo de alumnas de doctorado y gente a la que estaba dirigiendo la tesis constituimos el Seminario permanente de Feminismo y Cambio Social.

Nuestra preocupación era aplicar la perspectiva feminista al conjunto de cambios acelerados que se estaban produciendo en el mundo desde el fin de los Treinta Años de Oro (1945-1975). No queríamos replegarnos sobre nosotras mismas, sino, al contrario, ampliar lo más posible nuestro punto de mira.

No soy capaz de mencionar a toda la gente que pasó por el seminario, a lo largo de sus catorce ediciones. Sus asistentes llevaron a cabo tesis sobre migraciones, empleos en trance de desaparición, como el marisqueo, machismo y homofobia, tráfico de drogas ilegales… No recuerdo más temas, así de memoria.

299_med

El equipo de investigación asociado estudió la imagen que los jóvenes madrileños tenían de su propio futuro, el destino de los heroinómanos de los 80, y, sobre todo, las condiciones de vida de las mujeres en prisión y de sus hijos.

Así mismo, organizamos un Seminario Internacional sobre Mujeres no nacionales en las Prisiones españolas (Delitos y Fronteras, Madrid, Editorial Complutense, 2005)

En 2008 celebramos el décimo aniversario de nuestro trabajo con un número monográfico de la revista Cuadernos de Relaciones Laborales (nº 26, vol.2)  titulado precisamente La Domesticación del Trabajo.

El origen de este concepto está en el artículo que publicamos en esta entrada Mujeres en circuito integrado y en una presentación pública que hicimos en las Jornadas Feministas de Córdoba del 2000.

Personalmente creo que es un concepto potente. En esencia, se refiere tanto a la plasticidad del trabajo doméstico (que invade cada vez más el empleo asalariado) como a la“domesticación” de los empleados y empleadas en virtud precisamente de la flexibilización de sus condiciones de empleo.

JFC 1 001 (1)

 

Anuncios

Nuestro desprecio por el trabajo de las amas de casa

Stern housewife

Vía Huffington Post

Artículo:

Mª Jesús Miranda
Socióloga

Publiqué este artículo, junto con mi compañera de curso y desde entonces amiga María Victoria Abril Navarro en una revista de la Iglesia, Mundo Social, en enero de 1975. A lo largo de 1974 habíamos realizado una serie de grupos de discusión con mujeres casadas y amas de casa en el barrio de Moratalaz sobre su experiencia posterior al matrimonio.

Hay que recordar que aun seguía vigente el Fuero del Trabajo fascista, que prometía “liberar a la mujer del taller y de la fabrica”. Al casarse, las mujeres eran obligadas a abandonar su puesto de trabajo a cambio de una ridícula dote que les pagaba el Estado. En consecuencia, en 1970 solo el 12% de las mujeres casadas tenían un empleo.

En las clases más altas empezaba a ser un signo de prestigio social que el marido pusiera un negocio a la esposa: Una boutique, una galería de arte, un salón de belleza. Entre las familias más pobres las mujeres debían trabajar como limpiadoras o asistentas de hogar para completar los bajos ingresos del marido. Pero la gran mayoría (el 88%) no realizaba más trabajo que las tareas domesticas.

Estas tareas resultaban frustrantes para las mujeres que entrevistamos, que solían decir:

La casa se me cae encima.

Tener en casa a los niños es horroroso. Acabo con los nervios destrozados.

Desde que me casé no sé lo que es un cine, un teatro…

Aquí no conozco a nadie, solo a alguna vecina si pudiésemos hacer más reuniones como esta…

En 1974 había en España 4.200.000 mujeres inactivas entre los 30 y 50 años, mientras que en Europa se producía la llamada “doble curva del trabajo femenino”. Las mujeres desempeñaban un empleo antes de casarse, parían y criaban a sus hijos y después se reincorporaban a la actividad laboral. Pero en España no sucedía esto, el principal problema era el escaso nivel educativo de las mujeres nacidas entre 1925 y 1945 que son las que nosotras estudiábamos.

En el curso 1948/49 aprobaban el examen de Estado (fin del bachillerato) un 27% de mujeres frente a un 74% de varones y obtenían el título de licenciado un 14% de mujeres frente a un 86% de varones. La enseñanza entre ambos sexos estaba fuertemente segmentada: las chicas estudiaban Filosofía y Letras y Farmacia y los chicos todo lo demás. Es de notar que ni siquiera todas las mujeres licenciadas llegaban a desempeñar un puesto de trabajo:

Un ilustre Rector de la UCM  afirmó que no era aconsejable enviar a las chicas a la universidad pues solo asistían a ella para “calentar bancos”.

Esta situación cambió drásticamente a partir de la grave crisis económica de 1980. Si hasta entonces la forma típica de establecer una relación entre dos jovencitos era un piropo o la pregunta “Señorita ¿Puedo acompañarla un rato?” A partir de 1980 se popularizó la frase, siempre dirigida del chico a la chica “¿Estudias o trabajas?”.

La caída de sueldos y el incremento de la inflación hicieron comprender a los varones que su mujer debía estar preparada para el trabajo después del matrimonio: A partir de entonces un hogar difícilmente podía mantenerse con un solo salario.

Pero los prejuicios relativos al trabajo de la mujer han persistido mucho más. Por un lado, los empleadores se siguen resistiendo a contratar mujeres en edad fértil, por temor a que deban interrumpir su actividad laboral con motivo de un embarazo. Por otro, los maridos continúan considerando que el trabajo doméstico, que evidentemente, también implica esfuerzo, tiempo y dedicación es responsabilidad principal de las mujeres.

Estas creencias patriarcales nos llevaron, incluso en 1974, a ignorar al valor del trabajo doméstico. Nuestra propia experiencia (ya éramos jóvenes mamás) nos indujo a poner el título entre interrogaciones. Pero aún no habíamos leído a Maria Rosa dalla Costa.

La idea de la domesticidad se impone

Vía Enciclopedia Británica Online

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

El artículo ¿Cuatro millones de mujeres inútiles? muestra la incoherencia de un modelo de desarrollo socio económico que precisa cada vez más mano de obra femenina y las escasas oportunidades laborales que se les ofrecen a las mujeres.

A pesar de las ventajas que las mujeres percibían en el trabajo fuera del hogar, existían dificultades de tipo objetivo – su falta de preparación y las prácticamente nulas posibilidades de formación- y subjetivo –su propia inseguridad y los prejuicios de empresarios y maridos-.

En concreto, el artículo describe muy bien la desoladora situación de todas aquellas mujeres que, llegadas a la treintena y habiendo criado a sus hijos podían volver a incorporarse al trabajo fuera del hogar, pero que no lo hacían porque no existía esa posibilidad.

La lectura de este artículo cuarenta años después permite comprobar como cada teoría y propuesta es fruto de su tiempo. Las articulistas fijan su atención en la necesidad de formación para el acceso de las mujeres al mercado de trabajo. La educación y la formación han explicado durante años el proceso de promoción social y por tanto es comprensible entender que las feministas hayan argumentado la necesidad de formarse para acceder al ámbito público y en concreto al mercado laboral.

La escasa formación se asumía como una dificultad objetiva de reincorporación al empleo para aquellas mujeres que previamente se había obligado a dejar el trabajo para cuidar a sus hijos. Y así se observa como también el feminismo cayó en las trampas de pensar que “cuando tuviéramos igual formación que los hombres tendríamos iguales empleos”.

Por desgracia, han tenido que pasar cuarenta años y que hubiera mujeres como las que escriben el artículo, para que ahora, nosotras nos demos cuenta de que esta premisa era una falacia. En este momento, nuestra formación es mayor que la de los hombres y sin embargo nuestras condiciones de empleo y trabajo son peores. Las mujeres presentes en el mercado laboral tienen un nivel formativo superior al de los hombres, ya que un 42,7% de las mujeres ocupadas tiene formación superior frente al 34% de los hombres, pero ocupan trabajos peor remunerados; y solo un 28% ocupan un alto cargo .

Las mujeres han puesto de su parte, se han esforzado, se han formado, se han adecuado a las exigencias y requisitos que de ellas se requerían y sin embargo, no han recibido la recompensa esperada. Las mujeres continúan teniendo menos posibilidades de empleo, de menos calidad y además lo tienen que realizar en peores condiciones.

Las mujeres siguen concentradas en ciertos sectores. Según el Informe del Consejo Económico y Social (2012), en torno al 50% de las mujeres ocupadas se concentran en sólo 6 ocupaciones diferentes (empleadas domésticas y personal de limpieza, servicios personales, dependientes de comercio y restauración, sanidad y educación). Muchas de ellas perpetúan el papel tradicional de cuidadoras de personas dependientes y responsables de las tareas del hogar.

Además la tasa de feminización de estas ocupaciones ha aumentado. Pero no solo tenemos un mercado laboral mermado, sino que las peores condiciones de empleo son evidentes. Muchas mujeres están ocupadas temporalmente, a tiempo parcial y sufren discriminación salarial.
La tasa de temporalidad femenina es del 25,8%, el 23,6% de las mujeres (frente al 5,3% de hombres), están ocupadas a tiempo parcial y existe una brecha salarial del 18%.

 Autocríticas al margen, el texto es una pieza más del mosaico de la discriminación laboral. En el mismo se denuncian las irrisorias oportunidades para formarse que tuvieron las españolas de esa edad. La falta de oportunidades de formación implicaba en la práctica condenar a estas mujeres a la soledad de la casa, desaprovechar la madurez y experiencia de las mujeres mayores para un mercado laboral necesitado de talento y retrasar el desarrollo social.

Que cercano nos suena ahora todo esto. Por un lado, observamos como las mujeres nunca lo hemos tenido fácil. Las mujeres de los setenta tuvieron que superar muchas trabas para acceder al empleo y ahora nos está costando mucho esfuerzo mantenernos en el mismo.

Durante las tres últimas décadas, y dado que el capital precisaba de la máxima empleabilidad de todas las personas, se han puesto condiciones objetivas que permiten el acceso de las mujeres al empleo. Es más, cuando de cambio social se habla no es difícil encontrarse con la idea de que el acceso de las mujeres al empleo ha sido el mayor cambio del siglo XX. Sin embargo, la crisis actual y el aprovechamiento de la misma por las fuerzas más reaccionarias está calando fuertemente sobre una población que no ha dejado de ver el trabajo de las mujeres como una ayuda -tal como muy explicara la antropóloga Susana Narotzky (1988)-.

La evolución de las normas relativas a responsabilidades familiares, el cambio de papel de las mujeres y la apuesta por la empleabilidad contribuyeron a transformar las condiciones bajo las cuales se habían organizado tradicionalmente los ámbitos laborales y familiares y se lograron algunos avances socio-laborales para las mujeres. Sin embargo, hoy asistimos a un retroceso claro y a la pérdida de derechos.

Si durante la primera legislatura del Presidente Zapatero se aprobaron algunas leyes que, aunque deberían haber sido más radicales, pretendían dar pasos hacia la igualdad de los sexos, desde la llegada del Partido Popular (con su política de austeridad, privatizaciones y adelgazamiento del Estado de bienestar) esta tendencia se quiebra. La reducción del papel del Estado como proveedor de servicios, cuidados y prestaciones monetarias en favor de las familias ha supuesto una vuelta al hogar de determinadas responsabilidades y tareas que vuelven a recaer sobre las “espaldas” de las mujeres.

Para conseguir que unas mujeres que han sido educadas bajo la expectativa de un trabajo extra doméstico y que no están dispuestas a volver al hogar acaben recluidas en el mismo se están imponiendo duras condiciones en la legislación laboral y además esto se hace a partir de reforzar la ideología de la domesticidad.

Esta ideología de la domesticidad se reproduce a través de frases célebres como la del actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Galardón, el día 26 de marzo en el Senado: “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”, pero se acompaña de medidas socio laborales con las que se ve la clara intención del gobierno de volver a meter a las mujeres en casa.

Algunos ejemplos se encuentren en las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, en las que se retrasaba la implantación del permiso de paternidad de 4 semanas y se congelaba el Salario Mínimo.

Esta última decisión, aparentemente neutra, perjudica más a las mujeres que a los hombres, al ser una proporción mayor de mujeres (el 15,5%) que de hombres (el 5,6%) las que tienen este salario según la Encuesta de Estructura Salarial (2010).

También la R.D 3/2012, de Medidas urgentes para la reforma del mercado laboral introdujo modificaciones en materia de conciliación de la vida laboral y familiar, en el derecho a la reducción de jornada cuya reducción será diaria y para la concreción horaria y la determinación del periodo de disfrute del permiso de lactancia y reducción de jornada. Para los cuales los convenios colectivos podrán establecer esta concreción en atención los derechos de conciliación, pero también se concretarán según las necesidades productivas y organizativas de la empresa. A ello se añade el hecho de que la reforma concede a la empresa la disponibilidad de un margen de distribución irregular de la jornada de un 5% a falta de otra previsión en el convenio colectivo.

Esta adaptación irregular del tiempo de trabajo, de la que dispone libremente la empresa, difículta las pretensiones de conciliación de la vida y el empleo que propugna el Artículo 44 de la LOIEMH. Y todo esto sin mencionar las modificaciones que se hacen en el tiempo parcial, modalidad de contratación propiamente femenina.

Pero no solo las mujeres lo tienen más difícil en lo que a condiciones de empleo se refieren, también lo tienen más difícil en casa aquellas que tienen a personas dependientes. Las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, establecieron una moratoria de 1 años en la incorporación de las personas beneficiarias al sistema de dependencia. Con el Real Decreto-ley 20/2012, de 13 de julio, de medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y de fomento de la competitividad el Gobierno desactiva la Ley de Dependencia con el recorte de más del 50% de la financiación estatal.

Las posibles pequeñas mejoras que supuso la Ley se eliminan, como también se reducen sus posibilidades de trabajo en el mercado laboral a medida que las prestaciones, servicios e infraestructuras destinadas al cuidado, educación y atención de las personas desaparecen.

Si además de no haber guarderías para los más pequeños y las madres tienen que preparar la tartera para que los niños y niñas un poco más mayores puedan comer en el cole, además de asear, conversar y dar medicación a su madre/padre que vive en casa poco tiempo le queda para ocupar un puesto de trabajo en un mercado cada día más precario, desregulado y que exige plena disponibilidad.

Cuando aún existe la mentalidad de que el trabajo retribuido de las mujeres es una ayuda familiar, si los servicios públicos se siguen privatizando y hay que pagar por todo es fácil comprender que ante empleos mal pagados las mujeres se enfrente al dilema de salir fuera o quedarse en casa. Ya luego acabarán diciendo que las mujeres no trabajan fuera de casa porque no quieren.