Las buenas chicas de los 80

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Cuando hice la investigación que se resume en el artículo “Actituds bàsiques davant la vida” yo tenía 34 años. Había sido una “buena chica”. Me casé por amor -es decir, por sexo- a los 20 años, en tercero de carrera, la terminé, fui militante antifranquista y feminista, redacté la tesis durante la lactancia de mi segunda hija, proseguí con mi carrera académica e investigadora, me separé de “lecho y habitación” de mi primer marido cuando me lo permitió la reforma del Código Civil de 1975, tiré p’alante yo sola y en 1983 el PSOE me premió todos esos méritos al nombrarme Carlota Bustelo Subdirectora de Investigación del Instituto de la Mujer.

Después ya no fui tan buena chica, porque cuando uno llega al poder tiene que volverse conservador y yo ya había cogido un ritmillo progre, del que nunca ha sido capaz de librarme. Pero, a pesar de los pesares, ya me había instalado en una clase media desde la que es muy fácil dar lecciones de casi todo.

El problema es que la economía capitalista y consecuentemente, la social-democracia, habían entrado en crisis irreversible en 1973 y ya nada iba a ser como había sido. Como dice Amparo Lasén, “el futuro ya estaba allí”.

La diferencia estriba en como lo veíamos. Mi adolescencia la mecieron los Beatles (“Please, love me do”, “Yesterday”, “Michelle”…) y el Dúo Dinámico (“Quince años tiene mi amor”). En los 60 no alcanzaban la popularidad los amores putrefactos; Ed Cobb escribió “Tainted Love” en 1964 y la grabó una de las chicas de la Motown, Gloria Jones. Pero no se hizo popular hasta los 80, en la versión de Soft Cell, que es la que escucharía Amparo.

Gloria Jones fué una “chica mala” de mi generación. Afroamericana, nacida en Los Angeles, cantaba en comedias musicales hasta que se fijó en ella Mark Rolan, del grupo T-Rex. Marc nunca fué capaz de separarse de su legítima mujer, aunque tuvo un hijo con Gloria. Una noche de copas y algo más tuvieron un accidente de coche. Mark murió y Gloria se vió sola, sin un duro y con un bebé sin padre. Volvió a Los Angeles, a casa de su familia y allí, gracias a los amigos de su amante, consiguió un trabajo como asesora musical en la industria cinematográfica. Esto es lo que explica que Tainted love”, en la versión de Marilyn Manson,  forme parte de la banda sonora de Esta no es otra estúpida película americana, parodia de las típicas películas de teenagers, en la que hay referencias a Grease, Nunca me han besado, Karate Kid, American Beauty, American Pie, La chica de Rosa, Alguien como tú, etc., etc.,

Hoy en una de las 100 mejores canciones de rock  del siglo XX (Wikipedia).

Y la biografía de Gloria es hoy más frecuente que la mía, porque 40 años de cronificada crisis del capitalismo y, por ende, de la socialdemocracia, han hacho que la clase media se encuentre en vías de extinción.

El futuro ya estaba aquí

Artículo:

Amparo Lasen
Socióloga

En junio de 1983 yo tenía 14 años, algo más joven que las mujeres de la investigación del artículo de María Jesús Miranda que me toca comentar. Ese año pisé por primera vez una discoteca, la “Submarino” de Valdemoro. El portero me espetó en la entrada: “Eh tú, ¿dónde vas?” Nerviosa pensé: “no cuela, me va a pedir el carné”. Cuando la vecina de cola le aclaró entre risas: “pero si es una chica”. Respiré tranquila al darme cuenta de que no era la edad el problema, mi altura daba el pego pero junto con mi pelo al uno y las ropas holgadas del Rastro también me hacía parecer un chico, y éstos no entraban gratis.

Así que pude pasar a la sala pequeña y en penumbra, sonando Boney M y Soft Cell, donde estaban las chicas del instituto, las mayores de la EGB, las curritas, las paradas y los chavales del pueblo en clara minoría respecto de los “polillas” o guardias jóvenes del Colegio de la Guardia Civil, adolescentes con uniformes y gorra de plato, dándole a la disco un tono de “Suboficial y Caballero” de andar por casa.

Y entre esos aspirantes a guardias civiles, en esa discoteca y otros disco-bares, encontré a mis primeros amigos punkis, como yo, pero con la cresta en la lengua, punkis para los que el ‘no future’ no era tanto signo de pesimismo nihilista como reconocimiento de que bastante ocupados estábamos con el presente como para preocuparnos de lo que vendría, amigos con los que hablar de la música que nunca sonaba en aquellos locales, y que me enviaban cartas desde sus arrestos frecuentes donde citaban las letras de Siniestro.

Esas crestas imaginarias y bien presentes algunos las seguirían llevando luego bajo el tricornio, contribuyendo a cambiar el Benemérito Instituto impulsando inéditas iniciativas colectivas, pero eso es otra historia.

Las mujeres jóvenes de entonces, como indica la investigación de Miranda, no querían vivir como sus madres, y con cierta ingenuidad optimista, de acuerdo con los discursos que compartimos desde entonces, pensaban que con un poco de educación y voluntad personal se podrían aprovechar las oportunidades que facilitarían la autonomía y la maternidad responsable, ejercida junto a una pareja que asumiría su parte de la responsabilidad, asumiendo aparentemente que así como ellas no querían ser como sus madres, sus parejas tampoco querrían ser como los padres.

Esta curiosa creencia, implícita o explícita, de que los varones renunciarán a sus privilegios por educación y sentido de la justicia, persiste en nuestros días, sorprendentemente, visto que el paso de las décadas y el afianzamiento y ampliación de la educación formal obligatoria no se acompaña precisamente de una disminución de las desigualdades, ni de un abandono voluntario de los privilegios.

Las investigaciones sobre jóvenes realizadas una década después, como la realizada en mi tesis doctoral, muestran que las mujeres jóvenes de mediados de los 90 seguían sin querer vivir como sus madres, pero no eran ya tan optimistas acerca de la vida adulta. El desencanto llega también a la consideración de la propia autonomía.

El cambio en las relaciones familiares, menos autoritarias en general, aporta mayor autonomía y dudan que la emancipación les haga más autónomas, más bien presagian que sustituirán unas dependencias por otras. Además en otra situación de crisis con una tasa de paro cebándose especialmente en jóvenes y mujeres, la emancipación no se antoja fácil y la precariedad amenaza aunque se hubieran hecho bien los deberes y obtenido los diplomas requeridos.

Aparece la etiqueta de “jóvenes sobradamente preparados” que acentúa más el hecho de sobrar que el de sobresalir. Así que las estrategias temporales de los jóvenes de nuestra investigación intentan prolongar el presente, no sólo con la idea de disfrutarlo, que también, sino de retardar las elecciones irreversibles, dado que una de las pocas certezas que se tienen es la incertidumbre acerca del futuro.

Las jóvenes de los 90, como las de los 80, seguían muy preocupadas por aprovechar esas oportunidades que les permitirían gozar del futuro, pero aquella convicción en cuanto a éstas ha desaparecido. En la investigación de los 80 parece haber un consenso acerca del papel de los estudios y de un trabajo estable, que hace que aquellas que puedan conseguirlo se muestren optimistas en cuanto a sus posibilidades de distanciarse del modelo materno, mientras que aquellas que lo ven fuera de su alcance parecen resignadas a “que no pueda ser de otra manera”.

Sin embargo, una década después las jóvenes no sólo temen la precariedad y la crisis, sino que encuentran que ese modelo de la maternidad responsable, la pareja estable y el trabajo fijo, además de poco realista no es muy atractivo tampoco. Por eso hay que tener un Plan B y en lugar de plantearse una trayectoria única, una carrera, hay que pensar en cómo darle la vuelta a lo que fracasa.

Pero una de esas elecciones, tener hijos, no es reversible, no permite plan b, y marca una clara diferencia en las actitudes de mujeres y hombres respecto del futuro. Si bien una buena parte de los jóvenes entre 20 y 30 años que participaron en mi investigación en los 90 ni siquiera se plantean si tendrán hijos o no, los varones que lo hacen lo ven como algo bueno que llegará cuando tenga que llegar sin darle más vueltas, mientras que todas las chicas entrevistadas que tratan del tema saben ya que será algo problemático, la palabra “conciliación” no se usa aún, pero su falta de existencia como realidad se daba ya entonces como ahora.

Así que la persistencia del valor de la “maternidad responsable” no hace deseable tener hijos para no poder ocuparse del ellos y la expectativa de compartir las tareas a medias con la pareja ni aparece, la resignación de las chicas de clase trabajadora de los 80 parece extenderse al resto, aunque no siempre se formule de manera explícita.

De modo que las chicas que estudian y tienen claro que quieren tener una profesión para la que se están formando, ven ya claro también como la maternidad tendrá mal encaje con las obligaciones profesionales; y las mujeres con menos recursos tampoco encuentran muy deseable lo de quedarse en casa y dedicarse sólo a criar hijos, además de intuir ya que esa opción no es viable económicamente.

De modo que una década después, aunque sigue el predominio de los discursos que acentúan el carácter personal de estas elecciones, escondiendo el peso de las relaciones de género y los determinantes sociales de las condiciones laborales y su marco legal, estas jóvenes empiezan a saber o intuir que todo no depende de su voluntad y empeño, y que sus posibilidades de diferenciarse de sus madres no radican sólo en un cambio de mentalidad o de educación.

De ahí ese deseo de prolongar y disfrutar de la juventud, esa edad de posibles, más o menos ficticios, más o menos plausibles, que a pesar de sus limitaciones y dependencias, aparece más amable y divertida, que la edad adulta de las obligaciones, los esfuerzos mal recompensados, el aburrimiento y las relaciones insatisfactorias.

Los adultos, los padres y madres, siguen siendo un modelo negativo, aunque no es exactamente el mismo que el de los adultos del franquismo. Sus hijas los quieren pero siguen sin querer parecerse a ellos. Pero si las jóvenes de los 80 percibían su discriminación y juzgaban sus oportunidades de escapar a ella en función de sus recursos, una década después esa discriminación no parece percibirse tan claramente.

Las jóvenes son conscientes de las dificultades y del poco atractivo del modelo de sus mayores, pero no lo atribuyen a formas de discriminación de género que persisten. Pareciera como si el efecto de una educación y discursos públicos que ponen el acento en la igualdad, no sólo no han conseguido generar mayores condiciones de igualdad, sino que han vuelto más difícil el reconocimiento de las desigualdades, y en este caso, de las desigualdades entre mujeres y hombres.

Los estudios recientes sobre jóvenes, actitudes hacia el futuro y emancipación muestran continuidades y discontinuidades respecto a estas décadas pasadas. Persiste la alta dosis de autonomía de los jóvenes en unas relaciones familiares no especialmente conflictivas, pues lo que si ha desaparecido es la percepción de una brecha o conflicto generacional, lo que anima a retrasar la emancipación, que sigue considerándose en muchos casos como una situación rodeada de dificultades materiales, operativas y afectivas, más aún en el actual contexto de crisis.

Se acentúa el carácter problemático de la posible maternidad futura, esa proeza irreversible, ya que los condicionantes laborales, legales y familiares apenas se han movido, cuando no han empeorado, con lo que la maternidad ya pasa de ser responsable a heroica, guiada por el cálculo de los recursos disponibles. De modo que en la situación de crisis actual no es sólo que persista el retraso en la edad de asumir la maternidad, que se viene dando desde hace una década, sino que la natalidad ha caído un 12,8% según datos del INE en el periodo de 2008 a 2012, la caída mayor en los últimos 30 años.

En la investigación del 83, las jóvenes de clase media achacan la discriminación y desigualdades a la falta de educación de sus madres, o al contexto sociopolítico del franquismo, sin citar los otros condicionantes sociales y el papel de los varones en las relaciones de género, creyendo que con su voluntad y esfuerzo serán capaces de vivir de otro modo, una década después el binomio autonomía-devenir adulto se encuentra claramente cuestionado, las jóvenes son bien conscientes de las dependencias y dificultades del futuro, pero tampoco atribuyen en general un rol particular a la discriminación y desigualdades de género en dichas dependencias, a pesar de ser conscientes de que todos sus problemas y atribulaciones no son compartidos por los varones.

Quizás sea el efecto perverso de haber sido educadas en la igualdad, en lugar de haber recibido una educación que visibilice y afronte las desigualdades existentes. En la actualidad, la consideración de que le emancipación acentuará las dependencias poniendo en riesgo la autonomía juvenil es ya una certeza, y la formación de una familia propia se vuelve el riesgo máximo. Algo de lo que ya son testigos en primera línea, pues la desaparición de los conflictos generacionales permite apreciar con más claridad el peso de las obligaciones familiares, que las actuales condiciones sociolaborales convierten en cargas, para los padres, y en especial para las madres, convertidos en eternos protectores y protectoras de sus hijos de cuya responsabilidad no parecen librarse jamás.

“Tainted love” cantaba Marc Almond y sonaba en aquella discoteca de pueblo del 83, donde sin mucha conciencia nos dejábamos excitar por la penumbra, las melodías, los cubatas, los cuerpos en danza, los olores, riéndonos de parecer mayores, de parecer chicos, de parecer guardias y ser punkis, de ir a ser guardia civil como el padre y querer seguir siendo punki, bailando hacia la edad adulta sin prisas, unas por la confianza que daba ser de clase media otras por la lucidez que da ser de clase trabajadora. Pero casi ninguna nos habíamos fijado en la letra que tatareábamos en ‘spanglish’, en ese amor “tainted” corrupto, deshonesto, podrido, hacía el que un día corrí y del que ahora huyo.

Las ambivalencias y paradojas de los compromisos a futuro parecen estar más claras para las jóvenes actuales, ser de clase media ya no genera confianza, aunque como entonces no ser de clase media te pone las cosas bastante más duras por mucha lucidez que le eches.

Sin embargo nos sigue costando reconocer el peso en nuestro presente y en nuestras visiones de futuro de las desigualdades y discriminaciones de género, que se reproducen y acentúan, mostrando quizás el verdadero éxito de la educación “en la igualdad” de estas décadas, que lamentablemente no es haber acabado o reducido sensiblemente las desigualdades, que como vemos con cada nueva situación de crisis económica se acentúan, sino perpetuar el cuento de que la igualdad depende de la educación y de nuestras actitudes y esfuerzos.

La eterna juventud

Artículo:

María Jesús Miranda

De las teorías surgen buenas prácticas y de las prácticas surgen buenas teorías. Como todo el mundo sabe, una de las aportaciones más influyentes en física teórica de los últimos 40 años fué la de Stephen Hawking sobre la relatividad, divulgada en su best-seller “Breve historia del tiempo”.

También en sociología la noción de tiempo ha cambiado mucho. En la sociología funcional-estructural que yo estudié, el tiempo era lineal y eterno. Cuando aquella utopía de desarrollo ascendente se topó con sus propios límites materiales, surgió la idea del “fin de la historia” de Fukuyama, tan aplaudida por los “Chicago boys” de la economía.

Pero, ¿qué significaba el fin de la historia?. ¿La permanencia eterna de un mundo desigual, de una humanidad parcialmente devastada por guerras “menores”? ¿La invención de una naturaleza autoproducida?. En el peor de los casos, la historia de la ciencia no se había terminado.

Lo que si se había roto para siempre era el mito de la eternidadJuan Linz, en un manual de Sociología Política que me tocó enseñar el curso 1986-87 decía que “la división mundial entre capitalismo y comunismo era irreversible”. Tres años después cayó el muro de Berlín. Nada hay eterno ni irreversible.

El análisis del proceso de inserción social de los jóvenes en las sociedades adultas es un buen ejemplo de ello. Hace 40 años hablabamos todavía de “ritos de paso” primitivos. Terminar los estudios, conseguir el primer empleo, casarse, tener el primer hijo, eran hitos de ese ritual. “Cuando seas padre comerás dos huevos”se decía desde tiempo inmemorial. Ahora hay miles de padres que no pueden comerlos, ni siquiera dar uno a sus hijos.

En cambio, hemos hecho realidad otro mito: el de la eterna juventud. Un ser humano actual es joven hasta los 45 años, en los que pasa a ser “demasiado mayor”. Las mujeres, muy evidentemente, por el ritmo inexorable del reloj biológico. Ambos sexos, porque son “viejos” para el mercado laboral. ¡Una juventud de al menos 30 años, desde los 15 de la pubertad hasta ni se sabe!.

Lo que no habíamos sido capaces de imaginar es que la eternidad fuera discontinua. Le eternidad del cielo, o del infierno, eran de un gozo o un suplicio sin fisuras. Pero, ¿un tiempo de tu vida lleno de grandes esperanzas y grandes desilusiones, de arriba y abajo, de dentro y fuera?. Mi hijo pequeño se llama Juan, y como era más bien rellenito le llamábamos Juanón. A eso de los 8 años, cuando empezada a conocer un poquito de inglés, dijo muy serio: “Vosotros me llamáis Juan-on, pero no os dáis cuenta de que a veces soy Juan-off”.

Y así son los jóvenes de hoy. Off & on, up & down, walking on the wild side… procurando no mojarse la ropa. A esto hemos dado en llamarle “precariedad”.

¿Irse de casa? Jóvenes en precariedad

Artículo:

Jesús Cruces Aguilera
Sociólogo

¿Por qué se iban de casa las y los jóvenes en los años setenta? ¿Cuáles eran los factores que más influían en sus trayectorias vitales? Estas son algunas de las cuestiones que María Jesús Miranda abordó en el artículo Los hijos que se van de casa, publicado hace casi cuarenta años.

Basándose en dos centenares de expedientes “por fuga del hogar” registrados en el Tribunal de Menores de Madrid, Miranda realizó un análisis detallado de las trayectorias de los jóvenes que decidían salir del ámbito familiar. A través del análisis de estas experiencias concretas, se puede obtener una visión general de la situación de los jóvenes en aquella época: del papel de la familia y los valores dominantes, de la autoridad de los padres y la necesidad de libertad, de la educación y la formación o de la dependencia económica y el acceso al trabajo.

En conjunto, Miranda expresa de manera muy acertada la preocupación que existía entonces –y que se puede extrapolar a la actualidad- acerca del papel de los jóvenes en la sociedad, de cómo las nuevas generaciones se incorporaban por entonces al orden social establecido, así como de sus conflictos y el cambio con respecto a los procesos económicos y sociales del momento.

Tras la lectura del artículo, lo primero que nos planteamos es que, hoy en día, el debate de las trayectorias vitales de los jóvenes no se sitúa tanto en las escapadas como en las dificultades que tienen los jóvenes para poder emanciparse del ámbito familiar. Y en este ámbito resalta un dato esclarecedor: el 78% de las personas jóvenes (de 16 a 29 años) en España reside todavía en casa de sus padres, siendo una de las tasas más elevadas de toda Europa(1).

Sin embargo, tanto ayer como hoy se sigue cuestionando de forma reiterada la propia noción de juventud. Es interesante ver cómo en aquellos años se discutía la tradicional imagen de la juventud, entendida como un periodo de paso “natural” de la infancia a la madurez. Miranda señala que los adolescentes eran “económica y emocionalmente dependientes de sus familias, con una fuerte presión social para elegir una profesión y una pareja”; pero al mismo tiempo constata que los teenagers, aunque habían “abandonado los comportamientos infantiles, todavía no se consideraban adultos”.

Hoy en día, la juventud se ha alargado en el tiempo, llegando a abarcar una amplia diversidad de situaciones vitales que pueden llegar a ser muy diferentes entre sí (desde los adolescentes a los denominados “jóvenes adultos”).

Por ello, hay que remarcar que las trayectorias de los jóvenes han cambiado notablemente desde los años setenta. En términos generales, se puede decir que se ha fracturado la linealidad de las biografías que implicaban la llegada a la vida adulta para convertirse en una situación caracterizada por la incertidumbre. Sus biografías ya no están marcadas por el paso de la dependencia a la independencia económica, Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, 2013. 1 que significaba el requisito básico para la autonomía.

Finalizar los estudios, entrar en el mercado de trabajo e iniciar una vida en pareja ya no son pasos sucesivos en la línea de la emancipación, sino que en muchas ocasiones son hechos puntuales no siempre conectados y en cierta manera reversibles. Lo que advierte, en todo caso, que las condiciones sociales, económicas y culturales en las que los jóvenes desarrollan sus vidas han cambiado radicalmente con respecto a periodos anteriores, y con ello, el significado que se otorga a la juventud en la sociedad.

En la actualidad, los procesos de emancipación de las personas jóvenes se han visto fuertemente truncados por las consecuencias derivadas la crisis económica y las políticas de austeridad, sobre todo por la dificultad de acceso al trabajo, así como el empeoramiento de las condiciones laborales. Hoy en día no son pocos los jóvenes que vuelven a casa de sus padres; que tienen que emigrar por la falta de trabajo y expectativas laborales; o que se reagrupan compartiendo piso (como consecuencia del encarecimiento de los costes de la vida, de sus estudios, etc.).

Los jóvenes han sido uno de los colectivos más afectados por la crisis económica. Desde finales del 2008 han registrado un aumento considerable de la tasa de paro, que alcanza el 43% en el segundo trimestre de 2013, alcanzando los niveles más altos de Europa(2) este grupo de edad (16 a 29 años), el cual concentra el 62% empleo destruido entre 2008 y 2013.
Esta mayor intensidad que ha tenido la crisis en el empleo de la población joven se explica –entre otras razones- por su precariedad laboral derivada una fuerte concentración sectorial del empleo (fundamentalmente en el sector de la hostelería y la construcción), una elevada temporalidad y menores niveles formativos.

Factores todos ellos ligados a un determinado modelo productivo sobre el que se ha sustentado el crecimiento económico de la última década. La expansión de la economía potenció las expectativas laborales de los jóvenes en este periodo, lo cual se tradujo no sólo en una mayor participación en el mercado de trabajo sino también en el abandono prematuro de los estudios. Con la crisis económica, los jóvenes (sobre todo los de menor edad) han visto aumentados sus niveles formativos, que unidos a una mayor inactividad laboral, dan cuenta de un proceso de reincorporación de los jóvenes al proceso formativo (sobre todo en estudios secundarios). A pesar de ello, España sigue destacando por tener los niveles más elevados de abandono escolar prematuro de toda Europa(3).

Por otro lado, las condiciones laborales de la juventud no son (ni eran antes de la crisis) las más idóneas para emanciparse. La alta temporalidad del empleo unida a unas condiciones laborales precarias, definidas en base a diversos aspectos (bajos salarios, inadecuación entre la formación adquirida y la actividad realizada o irregularidad en la jornada de trabajo, etc.) condicionan este proceso. Condiciones que son un claro resultado de las sucesivas reformas laborales que se ido han adoptado desde la década de los ochenta –marcadas por una mayor desregulación del trabajo-, así como de las prácticas empresariales, que han utilizado a los jóvenes como mano de obra barata.

Esta mayor vulnerabilidad de los jóvenes con respecto al trabajo condiciona fuertemente sus procesos de emancipación. A diferencia de los jóvenes europeos, en España la mayor parte no tiene dependencia económica, vive en el hogar familiar y tiene serias dificultades de acceder a una vivienda. Pero también hay que advertir que el trabajo en muchas ocasiones no es una garantía de emancipación. Aún teniendo recursos propios a través del empleo, los y las jóvenes en España siguen mostrando una marcada dependencia económica de la familia, así como de otras personas (4) .

Quizás la muestra más evidente de la falta de expectativas y de integración en el mercado laboral sea la de aquellos jóvenes que ni trabajan, ni estudian, ni buscan empleo activamente, los conocidos como “ninis”, que representan ya más de un tercio de la población de 15 a 24 años(5). Un fenómeno que ha ido ganando peso progresivamente durante la crisis.

Si como bien decía Miranda en su artículo, la educación y el trabajo eran considerados por entonces dos pilares básicos de integración de los jóvenes en la sociedad de los años setenta, las políticas de austeridad actuales se los están llevando por delante, dejando – aún más si cabe que antes- a la familia y al mercado como las instituciones sociales encargadas de acompañar a los jóvenes en sus procesos de emancipación.

Parece, por tanto, que los actuales gobernantes tratan de seguir la máxima según la cual el problema del paro-precariedad juvenil se cura con la edad, dejando pasar el tiempo y evitando abordar esta cuestión. Pero la realidad es que cuando sean adultos seguirán teniendo que acceder a un mercado laboral desregulado con condiciones laborales a la baja, con lo que estas personas pasarán de ser jóvenes precarios a adultos precarios, con todo lo que ello conlleva (pensiones, prestaciones desempleo, etc.).

Y esto es así, porque la precariedad no es un hecho aislado y puntual de los y las jóvenes ligado a la temporalidad del empleo o los bajos ingresos, sino que abarca todos los ámbitos de la vida social, desde el valor social del trabajo hasta el ejercicio de otros derechos de ciudadanía.

En la actual coyuntura es necesario plantear otro tipo de políticas económicas y sociales que, rompiendo de forma radical con el marco impuesto de las políticas de austeridad, tengan como prioridad la educación, el trabajo y la vivienda, permitiendo que los y las jóvenes se puedan emanciparse del hogar bajo unas condiciones materiales y vitales adecuadas. Una cuestión a la que no se le puede dar la espalda, porque afecta al conjunto de la sociedad y porque se entiende que los jóvenes, en tanto que ciudadanos, son sujetos activos de derechos y deberes con capacidad de participar en los procesos sociales y políticos.

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1. Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, 2013.
2. EPA (INE) y LFS (Eurostat), 2013.
3. En 2012, un 25% de las personas de 18 a 24 años en España han completado los estudios primarios y no han continuado los secundarios. En Europa se sitúa en un 12%.
4. Llopis, et al (2009): La situación de las y los jóvenes en España: más vulnerables ante la crisis. Estudio nº 11. Fundación 1º de Mayo.
5. Según Eurostat, en España representan el 38% de la población de 15 a 24 años.