El trabajo también es de las mujeres

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Hemos celebrado, quien en la calle reivindicando un trabajo digno y con una paellita con los amigos, quien en un atasco y con una paellita con los amigos, el 1 de mayo. Eso si, la paellita no ha faltado, ¿eh?. Afortunadamente, la paella es uno de los pocos platos que, sobre todo en día de fiesta y entre amigos, preparan los hombres.

Y eso está bien, porque los demás días, casi siempre les toca cocinar a las mujeres. Salvo que sean cocineras profesionales (de colectividades, de restoranes familiares, nada de chefs de cinco  estrellas) cocinan “sin paga”, que decía Martirio. Trabajan, pero no cobran. Insisto porque esta distinción entre trabajo y empleo no acaba de meterse en la cabeza de la gente. Y hay que ver la de trabajo que se hace gratis.

Escribí el artículo que hoy comenta Sandra Ezquerra en un momento muy particular de mi vida. Mi madre había sufrido un grave accidente vascular y se había quedado completamente inválida. Mi padre nos preguntó a las cinco hijas si queríamos hacernos cargo. No a los tres hijos. Pero ninguna pudo aceptar. Dos vivían fuera de Madrid y el resto teníamos nuestros empleos y nuestras familias. Yo además, convivía con mi suegra, que había decidido que “no me podía entender” y se pasaba la vida queriendose enfadar conmigo.

Quiero decir, lo escribí porque me afectaba personalmente. Y lo hice desde una óptica que poca gente entendía entonces: la crisis fiscal del Estado. Un economista norteamericano de formación trotskista, J. O’Connor, escribió, en 1973, un libro titulado “La crisis fiscal del Estado”. Entendió perfectamente que, después de los tratados de Bretton Woods, de la institucionalización de lo que hoy llamamos economía neoliberal y globalizada, ningún estado podría mantener políticas socialdemócratas.

El libro no se publicó en castellano hasta 1981 (editorial Península) y que, a mi me conste, lo entendimos tres: un viejo amigo economista, Jesús Albarracín, que ya no está entre nosotros y que fue quien me lo recomendó; una servidora y, ahora me he enterado en Google, otro profe de la Complu, Manuel Fernández del Riesgo, que escribió en 1994 un artículo titulado “La democracia y el futuro del socialismo” en el que cita tanto a Albarracía como a O’Connor.

El fin de las políticas socialdemócratas tenía dos víctimas inmediatas: los viejos y las mujeres. Lo de los viejos era tan claro que los socialdemócratas españoles forzaron el pacto de Toledo sobre las pensiones en 1995, cuando a Felipe González le quedaban dos telediarios.

De las mujeres solo nos acordamos nosotras mismas, y reivindicamos el trabajo de cuidados. Pero lo intentos de Zapatero por responder a esa demanda (Ley de Dependencia, cheque bebé…) estaban ya condenados al fracaso.

A partir del 2000 los abuelos han ido sustituyendo a las guarderías. Ya ha sentenciado la Ley Wert que la educación de 0 a 3 años no es cosa de educación, sino de asuntos sociales…

El capitalismo es incompatible con la remuneración del trabajo de cuidados, ni en el ámbito público ni en el privado. Solo la reducción de la jornada de trabajo y la renta básica pueden poner las bases para conseguirlo, aunque nos reste a las mujeres la interminable batalla privada porque estos beneficios sociales no se utilicen para meternos otra vez en casa.

Porque la mística de la femineidad ataca de nuevo, advierto. Acaban de ponerle la medalla al mérito policial a la Virgen del Amor Hermoso.

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¿En búsqueda de la tribu perdida?

Artículos:

Sandra Ezquerra
Socióloga

En su texto ¿Quién cuida a los mayores?, Mª Jesús Miranda examinaba a inicios de la década de los noventa la evolución histórica del rol de las mujeres en el cuidado de las personas mayores en aras de plantear un debate sobre su desarrollo futuro.

Desde la centralidad de la familia extensa- en su sentido más amplio- en las sociedades europeas preindustriales, pasando por el surgimiento de las prestaciones públicas y las distintas fórmulas de iniciativas de beneficencia a partir del siglo XIX, las mujeres han asumido históricamente, exponía con atino la autora, el cuidado de las personas mayores tanto en el seno de los hogares como en sus múltiples variantes externalizadas.

La precariedad de este equilibrio, sin embargo, se empieza a visibilizar a partir de la década de los setenta del siglo XX, en la que convergen diversos fenómenos: en primer lugar, a pesar de que la “edad de oro del capitalismo del bienestar” promueve la independencia y autonomía de las personas mayores, el aumento de la esperanza de vida contribuye a un envejecimiento de la población así como al incremento del número de personas mayores- más mayores que nunca- con necesidades de cuidado y/o de atención para realizar sus tareas cotidianas.

A pesar de ello, en segundo lugar, la llamada crisis fiscal del Estado originada durante aquellos años determinará una tendencia- inconclusa a día de hoy- a la limitación del gasto destinado a servicios sociales para personas en situación de autonomía restringida y/o diversidad funcional, incluyendo las personas mayores.

En tercer lugar, la disminución de medios económicos como resultado de la jubilación hace que numerosas parejas mayores, y particularmente los hombres, vean su dependencia del cuidado de otros miembros de la familia, casi siempre las mujeres, intensificada en esta etapa de su ciclo vital.

Todos estos procesos vienen acompañados, según la autora, de una pérdida del sentido de obligación hacia el cuidado de las personas mayores.

En definitiva, una mayor demanda agregada de cuidado, una disminución (irreversible, aunque no lineal) de la oferta de cuidado por parte de las instancias públicas y la continuación de la identificación del cuidado como responsabilidad incuestionada del género femenino, han resultado en la pervivencia de la división sexual del trabajo reproductivo en una emergente crisis de los cuidados.

Si a ello le añadimos la impresionante incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral desde los años setenta hasta la actualidad o, dicho de otro modo, una decreciente disponibilidad de mujeres especializadas en el cuidado no remunerado en el ámbito privado, nos encontramos en posición de afirmar que lo que Mª Jesús Miranda atisbaba hace 20 años, y desde entonces ha sido ampliamente reconocido y teorizado por los estudios feministas, se ha convertido en un punto de no retorno: mientras que la organización social del cuidado ha sido históricamente, desde una perspectiva de género, profundamente inequitativa e injusta, a día de hoy queda más claro que nunca que es a su vez insostenible.

Las tendencias descritas por la autora en relación al carácter femenino de los cuidados en nuestra sociedad se mantienen. En la Encuesta de Empleo del Tiempo de 2009-2010, por ejemplo, 3,8% de las mujeres manifiestan que su actividad principal diaria corresponde a ayudar a personas adultas miembros del hogar frente al 2,5% de los hombres.

El Barómetro de Marzo de 2014 el CIS, a su vez, muestra que en un día laborable cualquiera el 39,2% de las mujeres tienen el trabajo doméstico no remunerado como principal actividad frente a un 10,2% de los hombres.

En un patrón similar, el 11,2% de ellas se dedica al cuidado de hijos o nietos en días laborables frente al 2,9% de ellos.

Cabe poner esta información en relación con los datos de actividad laboral. Si bien la tasa de actividad masculina no ha dejado de descender desde mediados de la década de los setenta (en 1976 era de 77,80% y de 65,90% en 2013), la femenina ha seguido en el mismo período la tendencia opuesta: en 1976 la tasa de actividad femenina era del 28,67%, en la época que escribía Mª Jesús Miranda se había incrementado a 37,09% y a finales del 2013 se situaba ya en un 53,31% (Datos de la Encuesta de Población Activa. Instituto Nacional de Estadística).

De esta manera, la continuidad de la atribución social de los cuidados a las mujeres, combinado con el creciente rol laboral de éstas en las últimas décadas, apunta a una intensificación de lo que se viene conociendo como doble jornada o doble presencia de las mujeres.

Esta doble carga de trabajo mayoritariamente femenina, a su vez, constituye un síntoma importante del incremento de las dificultades a las que previsiblemente seguirá enfrentándose la organización tradicional del cuidado de las personas mayores en los próximos años.

Otra tendencia que también apuntaba la autora era el incremento de la presencia de abuelas y abuelos en el cuidado de nietos y nietas como resultado del crecimiento de la llamada tasa de actividad femenina. Este cuidado era identificado por ella como muestra y potencial de solidaridad y reciprocidad intergeneracional, así como fuente de “enriquecimiento” del papel de los y las abuelas.

Estudios recientes, sin embargo, muestran que la creciente dependencia por parte de numerosas familias de abuelos y abuelas para conciliar el cuidado de los y las más pequeñas con el trabajo remunerado de sus padres resulta como poco problemática.

Las personas mayores dedican el 48,9% de su tiempo al trabajo doméstico y familiar, realizando las tareas del hogar y labores de apoyo a otras personas: el 10,1% de la población de 65 y más años se dedicaba al cuidado de nietos/as o hijos/as como actividad principal en un día laborable en 2009 y casi 8 de cada 10 abuelos/as cuida o ha cuidado de éstos.

Esta aportación constituye un recurso fundamental para las familias para poder afrontar el problema de la conciliación entre la vida familiar y laboral: casi la mitad (49,5%) de las personas que cuidan de sus nietos/as lo hace casi a diario y un 44,9% casi todas las semanas, con una media de horas dedicadas todos los días de 5,8 horas.

Por otro lado, casi un 30% lo hace 8 o más horas al día. Esta provisión de ayuda no se circunscribe a los nietos y nietas y un 13,9% de las personas mayores declaran haber prestado ayuda a otras personas cercanas en el último año (en el cuidado personal, ayuda doméstica, en trámites o gestiones, o haciendo compañía) (véase Alfama, Cruells & Ezquerra 2014).

Todo ello indica que el rol de las personas mayores en el cuidado familiar está deveniendo clave y responde no sólo a unos patrones de solidaridad intergeneracional sino también, y muy especialmente, a una carencia estructural de mecanismos de apoyo público en este ámbito.

Dicha carencia se intensifica en el momento actual de crisis económica y afecta de forma muy directa a los sectores sociales con menor capacidad adquisitiva dado que no pueden suplirla contratando servicios privados.

Las cifras hablan por sí solas: el gasto público español en infancia y familia fue en 2011 menos de la mitad de la media europea: 308,9 euros por habitante frente a los 650 de la Zona Euro y los 661 de la UE-15. También las partidas para personas con discapacidad fueron significativamente menores: 404,2 frente a 569,3 y 633,3 (Datos del Eurostat).

Tras los continuos recortes en la Ley de Dependencia desde el estallido de la crisis, a su vez, las personas mayores tienen cada vez menos garantizado el cuidado y la atención a sus necesidades.

Finalmente, ante el creciente desempleo resultante de la crisis las familias cada vez más se ven abocadas a aceptar empleos fuera de su lugar de residencia, en horarios inconvenientes, etc., que dificultan aún más la conciliación. Los ingresos a su vez se reducen, lo que dificulta todavía más la externalización del trabajo de cuidados de las personas a cargo.

Tanto los datos laborales y de cuidados femeninos como el desbordamiento en temas de conciliación de las familias agudizado por la crisis económica- desbordamiento que incrementa la carga de trabajo de las personas mayores a la vez que pone en peligro su cuidado y atención- muestran la urgencia de plantear alternativas futuras a la organización y las fuentes de cuidado de las personas mayores tal y como veníamos conociéndolas.

La implicación de los abuelos y abuelas, así como de otros miembros de la familia extensa, resulta sin duda un indicador de fortaleza de redes sociales y recursos a los que las familias pueden recurrir. Sin embargo, no podemos ni debemos aspirar a que el trabajo de cuidados de los y las más jóvenes que las madres (y en muchos casos también los padres) encuentran cada vez más dificultades para conciliar con su actividad laboral, sea asumido por las y los más mayores.

Tal y como expone Carolina del Olmo en su ensayo “¿Dónde está mi tribu?”, las redes familiares y comunitarias han jugado un papel histórico clave en la crianza y el cuidado de las personas a la hora de proporcionar tiempo, atención, apoyo, conocimientos y compañía.

Dicho papel se ha visto socavado en décadas recientes como resultado de los procesos de individualización, atomización y precarización de nuestras vidas impulsados por el apogeo de la economía de mercado, y su recuperación puede contribuir a concebir y (re)construir un paradigma del cuidado desde la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad.
No obstante, cabe no perder de vista dos peligros.

En primer lugar, la tribu (que puede incluir a la familia extensa, las redes de vecindad, los lazos comunitarios, etc.) ha sido una de las esferas en las que se ha reforzado la noción y actividad de cuidar como inherentemente femenina y perteneciente en cierta manera el ámbito de lo privado.

Su posible recuperación, de este modo, debe estar basada en una clara crítica de la división sexual del trabajo y en la voluntad no de rescatar románticamente comunidades perdidas sino repararlas desde un punto de vista transformador (véase Bauman 2001).

El segundo peligro reside en que la tribu (en su sentido amplio) como fuente de cuidado y solidaridad se convierta en coartada para la retirada del Estado de sus responsabilidades de cuidado y provisión de bienestar.

En este sentido, resulta clave abordar el debate sobre la relación entre lo “común” y lo “público”, así como el rol que cada uno de ellos ha de tener en los procesos de reproducción social. Lo “público”, tal como lo entendemos ahora y a pesar de sus numerosas carencias y contradicciones, continúa siendo el único garante de redistribución y derechos universales.

Más que substituirlo, quizás la tribu puede complementarse con él.

También se puede pensar en fórmulas para que uno de los objetivos de “lo público” sea reforzar y apoyar a nuestras tribus y nuestras comunidades. De lo que no hay lugar a dudas es que resulta tarea imprescindible e ilusionante seguir buscando respuestas a tantos interrogantes abiertos por Mª Jesús Miranda.

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Alfama, Eva; Cruells, Marta; Ezquerra, Sandra (2014, en prensa) “Envejecimiento y crisis: Impactos de la crisis económica en las personas mayores en el Estado español”. Informe Foessa 2014.
Bauman, Zygmunt (2001) Community. Seeking Safety in an Insecure World. Malden, MA: Blackwell
Del Olmo, Carolina (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual

Madres trabajadoras

María Jesús Miranda
Socióloga
La revista Vindicación Feminista fue una de las innumerables iniciativas editoriales de Lidia Falcon. No recuerdo cuanto tiempo se publico, pero no fue mucho. Creo que fue Cristina Alberdi quien nos pidió este articulo.
La sociología tradicional es una ciencia rara, en la medida en que sus objetos de estudio son  establecidos por su propio objeto de estudio. Cuando Durkheim dijo “es preciso estudiar los hechos sociales como cosas” no tuvo en cuenta que los hechos sociales cambian cada vez más deprisa y que es la propia sociedad, o sus miembros, quienes producen estos cambios. En este sentido, es una tautología en si misma.
Tenemos así la sociología de la familia, de la educación de la empresa… como si estas instituciones fueran universales e inmutables. Tras Durkheim, la antropología y la historia sociales han venido a echar una mano a los sociólogos. Pero no del todo. A veces ellos se han liado con las propias categorías sociológicas. Basta con echar un vistazo a los complicadísimos algoritmos matemáticos que tuvieron que montar los antropólogos para describir los sistemas de parentesco, con el fin de ajustar sistemas tradicionales de reproducción y cuidado al lenguaje propio de la familia occidental contemporánea,
Un caso extremo es el de la sociología del derecho y del delito.  El derecho positivo suele cambiar con extraordinaria rapidez y, en el campo del derecho penal, hoy pueden ser delictivas conductas que ayer no lo eran y viceversa. Para que existiera la delincuencia juvenil hubo que inventar primero la adolescencia, como tiempo vital intermedio entre la infancia y la juventud. En la época clásica, cuando aun no existía la infancia y la gravedad del delito se media por la importancia de la persona agraviada y no por la gravedad del daño producido, se ajusticiaba a niñas de siete años por robar un pañuelo a su señora.
Luego empezaron los cambios. El capitalismo industrial exigía obreros cualificados y domesticados y se instituyo la enseñanza primaria obligatoria, al menos para los chicos. Todo chico que faltase a la escuela estaba incumpliendo su misión de convertirse en un trabajador disciplinado y capaz de leer un croquis. Un delincuente.
A la vez comenzó el proceso de creación de la familia obrera, con su padre proveedor y su madre cuidadora. La delincuencia juvenil y las malas madres aparecen en el mismo momento histórico, finales del siglo XIX. Aparecen a la vez las señoras benfactoras, encargadas de conseguir una mano de obra sana y bien educada para las empresas de sus maridos y demás parientes.
Ahora estas señoras andan por Mozambique y Guatemala, con los mismos fines. Pero se han dado cuenta de que la única manera de que sus hijos no sean delincuentes es que sus madres trabajen, así que les dan micro-créditos. Porque, con esto de la globalización, la mistica de la feminidad ha cambiado un poco.

Los cuentos que contamos con cuentas

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

Casi cuarenta años después de la publicación de “La leyenda negra de la madre trabajadora” tanto la “moraleja” del texto, en cuanto a la forma de hacer sociología, como las críticas que Mª Jesús y Mª Victoria realizan sobre los peligros sociales del trabajo asalariado femenino resultan de lo más pertinentes al poderse establece cierto paralelismo entre la lógica androcéntrica de los años setenta y el momento actual en el que se intenta volver a meter a las mujeres en casa[1].

Para aquellas personas formadas sociólogicamente en lo que se conoció como Escuela Crítica de Sociología[2] es reconfortante poder “replicar” un artículos como este porque no sólo permite constatar la existencia hace años de un buen hacer sociológico, sino que además motiva una reflexión metodológica enfrentada a la protocolización rutinaria de lo tecnológico-formal y el carácter  “cuantitofrénico” que está adoptando esta disciplina en la actualidad.

El texto de Miranda y Abril ejemplificaría la famosa afirmación de Mark Twain de que “Existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. La interpretación que ellas realizan de sus indagaciones demuestran la utilización tramposa de los números. Las autoras, también con datos, desmontan la relación que establecían numerosas investigaciones de la época entre la delincuencia juvenil y la actividad laboral femenina.

Contrariamente a la opinión dominante, concluyen que las madres empleadas en buenas condiciones son las tienen una mayor y mejor posición en cuanto a conocimientos y actitudes para reproducir hijos e hijas sanos, autónomos y saludables física y emocionalmente.

Se podría pensar que la trampa está en los números, pero los números se “cocinan” en función del “menú” que cada investigador/a quiere servir. En este sentido, habría que prestar especial atención a la mirada de la investigadora o investigador, pues resulta evidente que el mundo se ve con el color del cristal con el que se mira.

Decía Luis Enrique Alonso (1998:17)  que “gran parte de las distorsiones de nuestra mirada sobre la realidad social surgen de nuestra incapacidad de reconocer que la mirada es singular, concreta,  creadora y, por eso, nos empeñamos en utilizar reglas y rutinas prefabricadas  antes que aceptar que toda mirada es un acto de selección, de construcción y de interpretación que se hace desde un sujeto en un contexto”.

La adscripción feminista de las redactoras, en el momento de reivindicación del empleo femenino como elemento central de la autonomía económica de las mujeres,  distaba del discurso oficial de los diseñadores de los criterios de recogida de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Mientras las primeras aportaban información y discurso para provocar la aceptación y salida de las mujeres del hogar, los segundos eran  capaces de juntar “la sífilis, la enfermedad mental o la embriaguez habitual, con la trabajo extradoméstico de la madre” como causas determinantes de la desviación de los menores, para perpetuar la división sexual del trabajo y mantener a las mujeres encerradas en el hogar.

El pequeño contrapoder que supuso la performatividad[3] feminista se las debió ver con unos contextos sociales donde obviamente la investigación estaba al servicio del poder. La producción sociológica es hija de su tiempo y los criterios empleados por los institutos de estadística oficiales dan buena cuenta de ello, siendo a la vez reflejo de la ideología dominante y elemento de reproducción de la misma a través de la difusión “científica” legítima de la misma.

¡Y ay! Cuánto daño ha hecho la importancia y legitimidad otorgada a la ciencia y el sueño positivista de objetividad que olvida que determinadas concepciones tienen un sustento ideológico acrítico y funcional al sistema social.

Si pensamos las investigaciones que culpabilizaban a las madres empleadas de las desviaciones de sus hijos e hijas contextualizadas en los años setenta obtendremos una rápida explicación de la lógica que regía la producción analítica de aquel momento. Y para contextualizar diremos que los años de Guerra llevaron a los hombres a los campos de batalla y a las mujeres a  las fábricas. En aquellos años las mujeres desempeñaron un papel público central. Tras la contienda los hombres regresaron a sus casas y pretendieron ocupar su puesto en la vida pública, pero una vez que las mujeres constataron su valía y vivieron su autonomía e independencia no parecían dispuestas a volver al hogar por lo que hubo que inventar el mecanismo que les animara a hacerlo. El “invento” lo describió Betty Friedan, en 1963, con la denominación de la “mística de la feminidad”[4].

En un país que sale de una guerra que es la continuación de una depresión y finaliza con una bomba atómica, los hombres aspiran a reencontrar la calidez del hogar. Esa calidez del hogar se convierte en la razón de vivir de toda mujer dando origen a “la nueva mujer” (Beltrán;2001) que se forma en las escuelas y que se publicita a través de la publicidad y las revistas femeninas.

Esta campaña de feminidad ideal obstaculizaba el compromiso intelectual y la participación activa de las mujeres en su sociedad, pero cuenta a su favor con aportaciones desde el ámbito de la pediatría – también muy en boga en el momento actual-, como las del Doctor Spock que recomendaba la lactancia materna, y el psicoanálisis.

La sociología no fue ajena a este proceso y desde la academia se alimentó la “mística de la feminidad” señalando la división sexual del trabajo y estableciendo la necesidad de complementariedad familiar de hombres y mujeres y aludiendo a los peligros sociales que conllevaba la asalarización de las madres.

Recordemos en este sentido cómo Talcott Parsons, máximo representante de la sociología funcionalista[5], no hizo sino trasformar en planteamientos teóricos las ideas de la clase media americana conservadora. Sus postulados se presentaban como el modelo ideal a seguir cuando no eran sino un requisito funcional de un sistema social capitalista y patriarcal. Conviene no olvidar como este autor, desde su posición de director del Departamento de Sociología de Harvard y presidente de la American Sociological Association dio realce teórico a los postulados morales de la “buena esposa” y “la buena madre” que regían en la clase media.

Estas ideas se extendieron por toda Europa dando lugar seguramente a las investigaciones que se mencionan en el artículo de Miranda y Abril en las que se responsabiliza a las madres trabajadoras de los delitos de sus hijos.

Desde una supuesta objetividad ni Parsons, ni probablemente la sociología funcionalista posterior, fueron conscientes ni de su posición conservadora, ni de que sus planteamientos eran androcéntricos y aceptaban acríticamente la desigual asignación de un rol inferior y dependiente a las mujeres.

El objetivo que se pretendía era el de mantener la familia nuclear ya que la misma era la institución básica del sistema social. El buen funcionamiento familiar se lograba mediante una diferenciación de papeles: los hombres debían ocuparse de atender su rol instrumental de mantenedores materiales, mientras las mujeres deberían representar su papel expresivo ocupándose de los aspectos emocionales. Este reparto que, como vemos se basaba en la división sexual del  trabajo y estaba lejos de la pretensión feminista actual de la corresponsabilidad, únicamente responsabilizaba a las mujeres de la socialización de los hijos e hijas.  

Según este teórico: “La situación familiar convierte a la madre en el adulto significativo para los hijos de ambos sexos. (..) para la niña esto es normal y natural, no solo  porque  pertenece al mismos sexos que la madre sino porque las funciones de ama de casa  y de madre son  para ella inmediatamente tangibles y fáciles de comprender. En cuanto adquiere la aptitud física necesaria, la niña empieza el aprendizaje directo de la función femenina  adulta. Es notable que las niñas jueguen sobro todo a cocinar, a cose, a cuidar a  las muñecas, etc. Actividades que consisten en una imitación directa de sus madres. En cambio el niño no dispone de manera inmediata del modelo del padre para poder imitar; además las ocupaciones a las que se dedica el padre, como el trabajo en una oficina o el manejo de una máquina complicada, no son tangibles ni fácilmente comprensibles por el niños (…) pronto descubre que en  algunos aspectos fundamentales, se considera  a las mujeres inferiores a los hombres y por ello le resulta vergonzante criarse con una mujer . (…) Esto confirma la frecuencia con que la fijación materna interviene en todos los tipos de  desordenes neuróticos  y psicóticos de los hombres norteamericanos”  (Parsons;1972, cfr en Alberdi;1996).

Es por tanto, en el desarrollo teórico – derivado de determinantes ideológicos- donde encontramos el origen de la relación entre el trabajo extradoméstico de una madre y la conducta desviada y/o delictiva de sus hijas e hijos.  Ideas a partir de las cuales los y las estadísticos/as crearán los dispositivos y variables de observación, de modo tal que éstos  técnicos no harán sino corroborar lo que determinas ideologías y subjetividades, no reconocidas como tales, marcarán.

Este es un buen ejemplo para entender que no sólo hay que desmontar las trampas de los números, sino buscar el origen de las propias construcciones matemáticas. Parsons responsabilizó a las mujeres, como madres, de los potenciales problemas y conflictos psicológicos de sus descendientes. Si una mujer trabajaba fuera de casa estaba dejando de atender su función social. Poco importaba, como mencionan las autoras, que las mujeres que trabajaban eran de familias que económicamente lo necesitaban, ni que tuvieran más motivación e información para asesorar  a sus hijas/os.

Esta historia interesada caló profundamente en nuestro imaginario colectivo y se  transmitió con fuerza en una España postfranquista donde la compulsiva búsqueda de la moralidad y las «buenas costumbres» conllevó una gran dosis de culpabilización femenina.

Pero el imaginario es colectivo, es decir, afecta a todas las instituciones. Ni la academia, ni la investigación, ni la ciencia han estado al margen, más bien al contrario, han reforzado esta imagen buscando datos que así lo corroboraran, encontrando lo que buscaban, en lugar de observar, perderse y encontrar. Por otra parte, la conciencia si es colectiva afecta tanto a mujeres como a hombres.

Podemos pensar que la división social de espacios y del trabajo que regía en décadas anteriores se ha quebrado, pero la asignación femenina al hogar y su responsabilidad de los cuidados del resto de las personas de la unidad familiar sigue intacta. Las mujeres han accedido al ámbito público y han salido a la calle, pero los hombres no han entrado en la casa. Los cuidados siguen correspondiendo a los mujeres y esto es así desde el punto de vista material porque si ellas no lo hacen nadie lo hace, pero también desde el punto de vista emocional porque las mujeres siguen moviéndose, quizá por educación, por la “ética del cuidado” y no van a abandonar a sus seres queridos.

Más aún, la sobresaturación de tareas y responsabilidades que les supone la doble presencia y las exigencias sociales de “superwomen” les hace sentirse culpables de “no ser las mejores madres”, ni “las mejores profesionales” y viven ahogadas porque la falta tiempo no les permite hacer  todo tal como les gustaría hacerlo.

Por otra parte, en este momento la crisis está sirviendo de excusa para limitar los escasos avances alcanzados en materia de conciliación y corresponsabilidad para, ante la ausencia de empleo, devolver a las mujeres al hogar y los cuidados que el Estado está dejando de ofertar a la ciudadanía.

Ante la limitación de los recursos y ayudas para la dependencia, el anuncio de eliminar el supuesto de malformación del feto para poder abortar, las limitaciones a la conciliación en las empresas, la cada vez mayor flexibilidad e irregularidad de los horarios laborales,  la reducción salarial y la cada vez más reducida asistencia social, miedo dá pensar que, aunque hoy las investigaciones no correlación la delincuencia de los hijos con la actividad laboral de sus madres, esta es una idea que no descarto pues asistimos a una vuelta a una nueva “mística de la feminidad”.

Bibliografía.

ALBERDI, I, (1996), “Parsons. El funcionalismo y la idealización de la división sexual del trabajo”, en Durán, Mª Ángeles, Mujeres y hombres en la formación de la teoría sociológica, Madrid, CIS, pp: 233- 249.
ALONSO BENITO, L. E, (1998). La mirada cualitativa, Madrid, Fundamentos.
BELTRÁN PEDREIRA, E, (2001), “Feminismos liberal”, en Beltrán, E y Maquieira, V (eds), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Madrid, Alianza Editorial.
FRIEDAN, B, (1974), La mística de la feminidad, Madrid, Júcar [1963]

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[1] En el artículo “La idea de la domesticidad se impone” publicado en este mismos blog se muestran los mecanismos ideológicos, legislativos  y asistenciales actuales tendentes a conseguir esta vuelta de las mujeres, o al menos, de algunas mujeres, al hogar.
[2]De la que han dejado constancia las publicaciones de Jesús Ibáñez, Ángel de Lucas y Alfonso Ortí y sus seguidores y seguidoras posteriores. Para cuya formación de cómo realizar el quehacer sociológico el Cursos de Especialista “Praxis de la Sociología del Consumo”, impartido durante más de veinte años en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido vital.
[3] La “performatividad” es la capacidad de transformación social mediante los discursos.  A esto a veces se alude como “el hacer de los decires”.
[4] Betty Friedan empleó esta expresión para describir un conglomerado de presupuestos tradicionales de la feminidad. Esta ideología se proyectó a través del modelo educativo difundido como paradigma imperante después de la Segunda Guerra Mundial que preconizó la vuelta de las mujeres al hogar como el sitio donde las mujeres podrían realizarse.
[5]Que es la se ha mantenido durante tres décadas como la dominante.

CALIDAD DE VIDA: UN DESPLAZAMIENTO SEMÁNTICO

María Jesús Miranda

 El término de “calidad de vida” se desarrolló, como se ve en el artículo de Julio Aracil y en el mío anterior, en el seno  de la negociación social y de las aspiraciones de la clase trabajadora. Pero ha sufrido un curioso desplazamiento semántico.

En la actualidad, se utiliza casi exclusivamente entre los profesionales de la sanidad y los servicios sociales.

La primera vez que lo escuché, en términos más o menos coloquiales, fué en 2002, cuando un médico me propuso una operación, una “funduplicatura de Nissen”. Le pregunté si era imprescindible. Me dijo que “mejoraría mucho mi calidad de vida”.

La segunda vez lo usé yo misma en 2006, durante la discusión siguiente. Estábamos haciendo un curso en la Escuela de perros-guía de la ONCE y los compañeros me preguntaron si una de las chicas, ciega total y casi sorda, iba a obtener alguna ventaja utilizando su perrita. “Si, respondí sin dudar, mejorará mucho su calidad de vida”. Y es cierto que su perrita lo  era todo para esa muchacha: la acompañaba a los estudios y al polideportivo, le  daba apoyo emocional…

Desde que Julio leyó su tesis en los 90 hasta 2001, el término había colonizado el ámbito médico. Creo que es uno más de los numerosos efectos del avance del pensamiento neoliberal: los problemas y las soluciones ya no son sociales, sino individuales. Y, además, han perdido toda su complejidad; la mejora puede puntuarse de uno a cinco, de poco a muchísimo.

Si nos paramos a pensar, la calidad de vida de aquella chavala dependía mucho más que de su perrita, de que hubiese una escuela integrada, un polideportivo adaptado, de que su familia hubiese sido bien informada sobre cómo educarla y de que no se discrimine tanto  a la “diferencia funcional”, como está de moda decir ahora. Todos estos son avances sociales, que benefician a la chica en cuestión y a muchos otros más. Pero se obviaban, hace solo 8 años, y todavía hoy, por lo menos los votantes de Rajoy,  siguen ignorándolos.

Por lo demás, Julio, gracias por tu elogio. Lo que pasa en que soy terriblemente curiosa. Cuando algo me llama la atención, picoteo en ello. Y, ya se sabe, aprendiz de mucho maestro en nada.

Calidad-de-Vida-Alfoz

Julio Aguacil Gómez
Profesor titular de Sociología, UC3M

En 1998, después de casi cinco años de fuerte dedicación, logré leer mi tesis doctoral que lleva por título Calidad de Vida y praxis urbana. Para mí fue un esfuerzo teórico y empírico titánico, en el que en otras cosas, pretendí identificar y dar sentido a un concepto emergente que iba cogiendo fuerza en el ámbito académico, en el profesional y en el coloquial, como es el concepto de calidad de vida.

Creí haber explorado todo lo producido sobre el mismo, pero hoy descubro, tras la lectura de dos antiguos artículos de María Jesús Miranda, de principios de los ochenta, y no sin cierto desasosiego, que en lo más cercano, en la entrañable Revista Alfoz, María Jesús desarrolla en pocas líneas y con gran destreza, la idiosincrasia de un concepto en proceso de construcción y recién estrenado en el ámbito científico español por el tristemente desaparecido humanista Antonio Blanch y por el Catedrático de Psicología Social Amalio Blanco, y desde ahora por ella misma.

Son muchas las complicidades que pretendo encontrar entre su trabajo y el mío, la complejidad del concepto y las sinergias que se establecen entre las distintas dimensiones que vierten en él, el detonante que en su conformación incorpora la variable ambiental, su carácter procesual y el encuentro que motiva entre objetividad y subjetividad y, en consecuencia, la constatación de la difícil medición de la calidad de vida a través de los sistema de indicadores convencionales.

Una frase escogida del artículo que María Jesús escribe junto a Alfredo Villanueva: “Condiciones de vida: Expectativas para un cambio” establece una buena síntesis de todo ello: “La calidad de vida solo puede entenderse como el resultado final de un proceso en el que están imbricados muchos factores que interactúan entre sí. En este sentido se viene utilizando como un concepto crítico respecto al desarrollismo de pocos años atrás”.

Así, el concepto de calidad de vida, introducido principalmente desde la dimensión ecológica, obtiene todo su sentido sólo si es complementada con la dimensión cultural y la económica, situándonos en la dimensión operativa de la “complejidad”, es decir en la multiplicidad de aspectos que dan sentido a la acción humana.

En definitiva, la calidad de vida viene a significar a la misma vez, una síntesis y ampliación -propia de la riqueza de lo complementario-, entre el sujeto individual y el sujeto colectivo, entre el carácter subjetivo y objetivo, entre el análisis microsocial y el macrosocial, entre la escala local y la global…, proponiendo la superación de la tradicional ruptura entre la cultura científico-técnica y la cultura científico-humanista.

Es esta lectura de la calidad de vida, como síntesis, la que nos viene a reseñar la reciprocidad entre elementos y dimensiones, que nos lleva a pensar en la calidad de vida como una expresión de la complejidad.

En sus inicios el concepto de calidad de vida ha venido acompañado de la preocupación por encontrar la medida de la misma. El movimiento científico empeñado en el ejercicio de desarrollar sistemas de indicadores adquiere un auge definitivo en los años sesenta, la institucionalización del concepto de Calidad de Vida no se advierte hasta el inicio de la década de los 70 cuando la OCDE establece un programa de estudio de la evolución del bienestar o de lo que denomina como “área de preocupación social” a través del que se pretende establecer criterios políticos a seguir que presten atención a los aspectos cualitativos del bienestar.

En 1972 se organiza la Conferencia Internacional sobre Calidad de Vida por parte del sindicato de los metalúrgicos alemanes IG Metall. En junio de 1974 se crea el Ministerio de la Calidad de Vida en Francia y en 1976 se firma la “Charte de la Qualité de la Vie” por parte del primer mandatario francés. Mientras que en España, habrá que esperar hasta la Carta Magna de 1978 para que el concepto de Calidad de Vida ocupe un lugar de relevancia institucional.

La Constitución Española ya recoge en su breve preámbulo la idea de “promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”; mientras en el articulado aparece el concepto en dos de sus artículos, en el 45.2 – dónde se hace referencia a la “utilización racional de los recursos naturales con el fin de proteger y mejorar la calidad de vida”- y en el 129.1 que expresa como “La ley establecerá las formas de participación de los interesados en la Seguridad Social y en la actividad de los organismos públicos cuya función afecte directamente a la calidad de la vida o al bienestar general”; de tal manera que, sin un gran desarrollo si se recogen las tres grandes dimensiones que María Jesús Miranda despliega en sus artículos y que también, se proponen para la construcción del concepto de calidad de vida en mi trabajo: El medio ambiente, el bienestar, y la cultura.

Cada uno de ellos se desglosa a su vez en múltiples subdimensiones (habitacional, ciudad y territorio; trabajo, educación y salud; y tiempo liberado, participación y relaciones sociales). A su vez se apuntan aquellos aspectos transversales a considerar en función de los atributos adscritos a las personas, como el género, la edad, el estado de salud, el origen nacional….

De este modo, la calidad de vida, combina los modos y estilos de vida, con el nivel de vida y el sentido de la vida, considerando a éste último como un componente articulador de su complejidad, permitiéndonos, también, acceder a su sentido como proceso que integra al sujeto.

Definir la Calidad de Vida sin desechar su complejidad sólo es posible aproximándose a través de una supradefinición, unas subdefiniciones de cada uno de sus componentes y de cada uno de los subcomponentes, y buscar un elemento de articulación entre los mismos.

La supradefinición define a la Calidad de Vida como un grado óptimo de la satisfacción de las necesidades humanas. Las subdefiniciones se pueden buscar mediante estadios intermedios a través de sistemas de indicadores y analizadores. Y finalmente la articulación es múltiple entre diferentes planos de componentes. Si bien, sí estamos en condiciones de establecer un sujeto articulador y un sentido de la articulación.

El sujeto articulador no puede sino ser el propio sujeto integrado colectivamente en el proceso, el sujeto en proceso que denominara Jesús Ibáñez, y el sentido articulador es el proceso mismo, es decir, la capacidad de acceso a los recursos por parte del sujeto para poder dominar y conducir conscientemente su propia vida.

La calidad de vida es a la vez un proyecto (una imagen de futuro) y un proceso (una praxis social y política) que implica simultáneamente la aplicación de sistemas de valores a la acción cotidiana, y por tanto, implica también la consideración de desarrollos cualitativos (subjetivos) que tienen, igualmente, sus implicaciones en función de sus objetivos, y que precisan de estrategias objetivadas.

La acción colectiva frente a la racionalidad económica toma forma organizativa en nuevos movimientos sociales cuya emergencia recurrente constituye, en sí mismos, procesos de comunicación, conocimiento y conciencia que hacen suyo el concepto de calidad de vida, dotándole de un sentido de potencialidad y de creatividad cultural que viene a cuestionar los modelos de organización de la racionalidad económica dominante.Ç
Intentado completar estas complejas articulaciones conceptuales, en un trabajo posterior(1), se propone el desarrollo humano sostenible como el paradigma de la calidad de vida, completando una perspectiva intersistémica.

Para ello consideramos que el cómo se satisfacen las necesidades humanas determina el modelo de desarrollo, igualmente que los procedimientos sobre cómo se construyen las relaciones entre los sujetos conforman un sistema de derechos humanos y, finalmente, en el cómo se establecen las relaciones sujeto-objeto, hombre-naturaleza, determina la sostenibilidad ambiental (y, por tanto, social) completando un sistema de calidad de vida.

De este modo el sistema de necesidades humanas, el sistema de derechos humanos y el sistema de la calidad de vida no pueden obtener plena identidad sin considerar su mutualidad, que identificamos en el paradigma del desarrollo humano sostenible.

Me atrevo a expresar que los artículos de María Jesús Miranda anticipan implícitamente estas ideas, a la misma vez que denuncia la banalización que del concepto hace el mundo de los políticos y de los empresarios, para desplegar toda la complejidad del concepto desgranando las condiciones de vida: de trabajo, de vivienda, de transportes , de ocio…

En su breve artículo “Semejanzas y diferencias entre los roles femeninos y masculinos en el mundo laboral y familiar”, María Jesús Miranda refuerza lo desarrollado en el artículo de Alfoz, mostrando además cómo la calidad de vida en la integración sistémica entre elementos físicos y culturales, objetivos y subjetivos, permite y motiva la incorporación de la mirada transversal de género a la calidad de vida, anticipando, de alguna manera, lo que hoy conocemos como conciliación entre la vida laboral y familiar.

En una sociedad basada en desigualdades, entre ellas la de género, las mujeres presentan una ostensible peor calidad de vida que los hombres en los desequilibrios que se producen entre la gestión del tiempo y el acceso al espacio físico, siendo la conciliación un concepto sinérgico, propio de la calidad de vida, que permite buscar esos equilibrios necesarios entre la identidad y la igualdad de derechos.

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1. ALGUACIL J. (2008): “Desarrollando el inagotable concepto de desarrollo”. En Vidal, F.; Renes, V. (coord.): La agenda de investigación en exclusión y desarrollo social. Colección de Estudios Fundación FOESSA pp. 245-268.

Conciliación o Barbarie

Artículos:

Elena Herrera Quintana
Socióloga

A la luz de los datos obtenidos por el INE en 2002-2003 y 2009-2010 y respecto a la situación explicada por Mª Jesús Miranda en los artículos citados arriba han pasado más de 20 años, y no podemos decir que los cambios hayan sido tan profundos para todo el tiempo transcurrido en cuanto al reparto de tareas domésticas por género y a la conciliación de la vida laboral, familiar y personal.

En 2009-2010 el 74,7% los hombres participaba en trabajos domésticos, mientras que las mujeres lo hacían en un 91,9%. Estas dedicaban casi dos horas más a este tipo de actividades respecto a los hombres. Dos horas en un día promedio es mucho tiempo.

Aún así, estas tasas muestran ligeras diferencias respecto a los datos obtenidos en 2002-2003, acortándose las diferencias entre géneros. Pero estamos hablando de 7 años entre un estudio y otro, por lo que las tasas entre 2010 y actualmente deben ser muy similares.

En poco más de cincuenta años las mujeres se han incorporado de lleno al mercado laboral, tal como Miranda afirma en Familia y Trabajo de la Mujer “[…] el proceso de incorporación de la mujer al mundo del trabajo se presenta como irreversible […]” y así ha sido.

Esta incorporación más o menos rápida dejo un vació en el hogar, vacío que no se intentó paliar con políticas tempranas de conciliación que adelantasen el problema que se avecinaba. Políticas que pusiesen en marcha medidas que facilitasen este proceso a las familias y no tan sólo a las mujeres, como se suele pensar.

Nos encontramos entonces con un grave problema de conciliación que viene de lejos. Un problema en cuanto al uso del tiempo en función del género. Con una doble jornada femenina por un lado, una baja participación de los varones en cuanto a lo doméstico se refiere (incluido el cuidado y crianza de hijos e hijas). Síntoma todo ello de lo difícil que resulta modificar las actitudes cotidianas de la gente.

Al igual que Miranda destaca dos componentes principales en cuanto al análisis de las condiciones de vida, estos mismos se pueden aplicar en el caso de la conciliación:

  • Un primer componente referido a las condiciones de producción y reproducción. Esto es: a las actividades propias de llevar una casa y la crianza de unos hijos.
  • Un segundo componente que tiene que ver con las relaciones de sentido, esto es, con la relación entre los miembros de la pareja, y, en el caso, con los hijos. Por tanto, relaciones de poder.

Cuando uno de los miembros llega a casa y tiene que hacer la comida del día siguiente, en realidad se esta poniendo sobre la mesa cuál es la diferencia entre los miembros de la pareja, en cuanto seres humanos, para que uno de ellos pueda descansar y dedicar ese tiempo de ocio a puro entretenimiento, y otro tenga que dedicarlo al trabajo doméstico.

La respuesta que a esta pregunta pueda darse dirá mucho de qué tipo de relaciones conyugales se están poniendo en marcha. La conciliación no es solo algo práctico, del día a día, mecánico. Es eso y mucho más. Es una negociación constante que tiene que ver con la dinámica interna de la pareja, con la percepción que tiene uno del otro respecto así mismo.

Es en esa distribución de tareas cuando nos estamos exponiendo nosotros mismos como seres humanos, con necesidades, aspiraciones, deseos , faltas, a ese otro que tenemos en frente, que también tiene sus propios deseos, necesidades, aspiraciones.
Si no se concilia, la convivencia se convierte en supervivencia

Por otro lado en España, y muchos de los países del sur de Europa, las políticas de conciliación siempre se han relacionado con cuestiones de género, básicamente de género femenino. En ocasiones llamadas women-friendly policies, suelen estar relegadas a un segundo plano respecto a las “grandes” agendas políticas.

Esto resulta paradójico si pensamos y enseñamos en las escuelas que la familia es la unidad básica de toda sociedad, por tanto sí los gobiernos no facilitan a las familias (del tipo que sean, superando la  asociación mecánica entre familia y modelo tradicional) la organización de una forma democrática y equitativa para todos sus miembros en realidad está atentando contra lo que se considera el núcleo más básico (aunque no único) de la socialización de sus ciudadanos y ciudadanas.

No fue hasta 1999 que se formuló explícitamente una ley en este sentido, Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral de las Personas Trabajadoras, cuando el problema venía fraguándose desde mucho tiempo atrás.

Y es que en ocasiones se piensa que el tema de la conciliación es algo privado de cada familia, donde el estado no puede ni debe intervenir, y mucho menos las empresas han de interesarse. Aún así, desde este primer precedente, tal como afirman J. Antonio Fernandez y Carmen Tobio, los sucesivos gobiernos han ido aprobando y eliminando medidas entorno al Bienestar de las familias (en el caso de los socialistas) o a la Protección de las familias (en el caso de los populares)

Lo que se puede concluir es que los cambios entorno a la conciliación han seguido sendas distintas en cuanto a lo micro y macro se refiere. Por un lado, se ha comenzado a legislar en este sentido desde principios de siglo, aunque de forma secundaria, y casi por obligación con Europa.  

La conciliación y situación de la familia es un tema del que se habla y que forma parte de los programas políticos de los partidos, aunque sea de forma secundaria. Sin embargo, según los datos estadísticos antes aludidos, el aspecto más micro de esta problemática, el que tiene que ver con las actitudes y comportamientos de la gente tras los muros de sus casas, no ha sufrido una rápida modificación. Más bien los cambios son lentos, y casi deben comparase los datos de década en década para atisbar algún cambio hacia la equidad.

La legislación en esta materia no nos asegura que estemos haciendo las cosas bien en casa, ya que, tal como atentas decíamos, las relaciones de sentido, las relaciones de poder inmersas en estas cuestiones, mal que nos pese, no se modifican a golpe de decreto. Tienen que ver con algo mas profundo, en la raíz de la educación que se les da a las niñas y niños, en los modelos que ven en casa y en la sociedad en su conjunto.

Tal como afirma Miranda en El padre vale poco “[…] una familia aislada no es culpable de algo que tiene su origen en la estructura social y que nos afecta a todos […]”

Conciliación

Artículos:

Mª Jesús Miranda
Socióloga

En los primeros 70 Victoria Abril y yo asistimos a un curso de doctorado en la facultad de Ciencias Políticas, impartido por el profesor Enrique Gastón, sobre métodos de investigación social con niños pequeños, que nos marcó profundamente.

Creo que más a Viky, que luego dedicó muchos años de su vida profesional a gestionar guarderías y escuelas infantiles para la infancia marginada.

Yo, con esos pocos conocimientos y algunas ideas sobre instituciones totales, asesoré a los responsables políticos de la Comunidad de Madrid, en los primeros 80, en el proceso de desinstitucionalización de las niñas y niños hasta entonces recluidos en centros como la Ciudad Escolar Francisco Franco o la Casa Cuna (antes Hospicio).

En este proceso conocí al profesor Kuno Beller, de la Universidad Libre de Berlin, que sigue siendo para mi una firme referencia vital, melómana y teórica.

Pero, como primer paso de las cosas que vinieron después, Victoria y yo realizamos una pequeña investigación con niños de 7 y 8 años, que publicamos en 1976 en la Revista Ciudadano.

Maruja Torres comento elogiosamente este artículo en su columna de El País y nosotras nos sentimos “felices como perdices”, frase que compartimos todavía. Maruja entonces, y ahora Elena Herrera, se han fijado más en los resultados de la investigación que en su metodología, cosa que sucede con frecuencia.

De modo que, amigas/os, esta semana hablamos de vida laboral y familiar.