¿Cuánto tiempo hace que no votabas con ilusión?

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

O simplemente: ¿cuanto tiempo hace que no votabas?; ¿has votado alguna vez?.

En la penúltima entrada de esta etapa del blog no he pedido la colaboración de nadie, porque es mi llamada personal al voto en las elecciones europeas del 25M.

En septiembre de 1976, ante la llegada de la democracia, escribí el artículo que comento ¿Sabremos votar las españolas?. Era bastante pesimista: las mujeres nunca hemos tenido confianza en nosotras mismas. Aunque perseguía el efecto contrario: animar al voto, y al voto entonces llamado “de izquierdas” a mis lectoras.

El cambio que se había producido entre las mujeres durante los últimos años del franquismo había sido muy grande;  frente al voto del miedo en 1966, frente al voto conservador de 1933, el voto de las mujeres españolas desde 1982 se ha caracterizado por una abstención menor a la de los hombres y una tendencia pronunciada (superior hasta el 8% en algunas ocasiones) hacia el partido socialista.

La menor abstención puede explicarse por una mayor conciencia cívica o, en otras palabras, un sentimiento más firme de pertenencia a la comunidad. En general, existen dos sectores sociales entre los que el voto es menos frecuente: los jóvenes y los sectores marginados.

En general, los partidos políticos cuidan de sus “jóvenes generaciones” y prometen “el futuro”. Bien entendido, con sus diferentes nomenclaturas y versiones. Pero los jóvenes son bastante resistentes a votar; este no es “su mundo”, no lo es todavía.

Con las mujeres es otra cosa. El partido socialista se las llevó de calle en 1982 por la mera apariencia física de Felipe Gonzalez. Recuerdo de aquellos años las revueltas multitudinarias de chicas alrededor del actor que representaba a Sandokan, el pirata malayo, en una serie de la tele, y del candidato del PSOE, al que se gritaba: “Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo”.

Sí, jóvenes lectoras, vuestras madres eran unas deslenguadas.

A partir de 1983 los socialistas fueron ya conscientes de su éxito entre las féminas y explotaron el terreno. En las presentes elecciones, la única cabeza de lista mujer es la candidata del PSOE y la única propaganda electoral específicamente dirigida a las mujeres es la suya.

Ha bastado un desliz del cabeza de lista competidor, un señorito andaluz a la vieja usanza y sin una pizca de glamour, para que la mayor parte de la campaña electoral girase en torno al machismo de la derecha. Despistes o excesiva sumisión de los asesores de campaña.

Otros abstencionistas “de toda la vida” son las minorías marginadas. La etnia gitana y lo que antiguamente se llamaba “pobres de solemnidad”, pobres de la cuna a la fosa común municipal, tampoco se sienten muy proclives a participar en los juegos de escaños.

A pesar de la insistencia del PP sobre el “voto subsidiado de los andaluces”, solo he encontrado un estudio serio sobre la cuestión en el que se demuestra que la minorías subsidiadas son de por si abstencionistas pero que, incluso entre ellas, las mujeres participan más.

En elecciones europeas, sin embargo, es conveniente llamar, tambien a las mujeres, a la participación. La abstención crece desde 1987, hasta superar el 55% en 2009.

Y ahora, mi historia personal: ¿desde cuando no voto con ilusión?. Si he de decir la verdad, solo he votado con ilusión una vez en mi vida, en el referendum sobre la OTAN, en 1986. Perdimos, pero por poco. Y la campaña anti OTAN fue el último movimiento político en el que participé con ilusión.

Yo estaba como apoderada en una mesa electoral. A media mañana llegó una señora mayor. Dijo muy seria al presidente: “Vengo a votar por mi y por mi hermana”. Todos los presentes le aseguramos a coro que no podía. Ella insistió: su hermana estaba impedida, ella traía su carnet de identidad y una autorización… Pero, claro, no pudo votar por su hermana.

Antes de marcharse echó una mirada alrededor. Debió pensar que yo era la persna más fiable de las allí reunidas y me preguntó bajito: “Pero no le quitarán la pensión, ¿verdad?” .

Así que perdimos. Como para mucha gente de mi generación, aquello fue un golpe duro. No quiero decir que dejase toda actividad participativa pero, como mis dos hijos mayores, que llegaron a la mayoría de edad en los 90, me convertí en “oenegera”. Los gobiernos contaminan.

Desde entonces no recuerdo haber votado, salvo en contra.

Bueno, voté a favor de Esther Vivas en las últimas europeas, pero sabía que era un gesto testimonial.

El domingo votaré a PODEMOS. No solo por el método participativo de elaboración de su programa y de su lista de candidatos. No solo por sus ataques a la casta política, tan en boga. Votaré porque un pequeño triunfo puede ser la semilla de una nueva forma de hacer política.

En los últimos veinte años se ha fraguado, y en especial lo han fraguado las mujeres, un tercer sector, ni público ni privado, ni estado ni mercado, que está revelando su importancia capital en estos tiempos de crisis.

Desde el 15M, esta “casta dispersa” se ha ido politizando. Es gente capaz de sostener instituciones que funcionan en favor de una u otra causa, capaces de obtener apoyos y recursos y, sobre todo, de elaborar discursos coherentes y mejorarlos mediante el estudio y el intercambio de ideas.

Esta es la base de los Círculos de PODEMOS. Pasada la campaña electoral, y si esta no es un fracaso estrepitoso despues de tanto esfuerzo, los Círculos pueden ser una basa fantástica de políticas sectoriales y municipales participativas.

Y precisamente por eso, porque confío en que la ciudadanía del estado español está preparada para una nueva forma de hacer política, votaré con ilusión a PODEMOS.

 

Anuncios

Los orígenes del debate sobre el matrimonio homosexual

Artículo:

María Jesús Miranda
Sociología

 '70s Gay Rights Protests

Al inicio de la transición las socialistas me querían. Firmaron los papeles para que la LCR pudiésemos presentarnos a las elecciones constituyentes. Si no recuerdo mal, conseguimos más avales que votos.

Luego, en la campaña para las elecciones de 1982 acompañé a sus candidatas más ilustres, como Carlota Bustelo y Elena Arnedo (ginecóloga y primera mujer de Boyer) a sitios que ellas ni sabían que existiesen, como las Asociaciones de Mujeres de San Blas, La Elipa, Vicálvaro

Soltaban su argumentario de campaña y las señoras preguntaban: ¿Y con qué dinero vais a hacer todo eso?. Y ellas, muy lanzadas: “Persiguiendo el fraude fiscal y expropiando tierras improductivas”. Y las señoras decían: “Pues a ver”.

Según fuimos viendo nos fuimos distanciando. Pero en 1983 Carlota Bustelo me nombró Subdirectora del Instituto de la Mujer y en 1985 Dolors Renau me invitó a unas Jornadas Socialistas sobre la Mujer en el Congreso de los Diputados. Era una intervención muy cortita y decidí dedicarla a mis amigas lesbianas.

Sugerí a aquel ilustre público de diputados y senadores que “la tendencia era hacia el matrimonio entre personas del mismo sexo cromosómico”. Hoy suena un poco raro, pero entonces yo no sabía expresarlo mejor.

El viejo senador y ateneísta José Prat, que ya había sido durante la II República miembro de la Asociación de Abogados socialistas, escuchó con muchísimo interés, y me preguntó: “Oye, ¿no serás tú de esas neokantianas?”. Me acuerdo porque yo no sabía ni que existieran los neokantianos y supongo que me puse hasta colorada de vergüenza. Pero bueno, pude asegurarle sin mentir que carecía de cualquier influencia neokantiana.

Mira, pero planté mi semillita y treinta años después se aprobó el matrimonio homosexual.

Yuri Rueda, que anda en esas cosas LGTB, ha puesto el articulito al día. Como en todo, quedan tantas cosas por hacer…

¿Igualdad real para las personas no heterosexuales? Retos de los movimientos y de la izquierda

Artículo:

Yuri Rueda Estévez

540220_10151007648437231_1845726953_n

Si hace 30 años se constataba que la “tendencia estructural es a la constitución de parejas entre personas del mismo sexo cromosómico” como consecuencia del modelo de igualdad (legal) de las parejas, hoy esa tendencia se ha convertido en marea, ¡las parejas del mismo sexo ya son legión!

Tal vez exagere, pero así lo parece al menos en algunos barrios de algunas ciudades del Estado Español. La visibilidad de las parejas del mismo sexo va en aumento y se acerca a la “normalidad”. Esto es más cierto para las parejas de cishombres que para las de cismujeres; también en este ámbito, como en tantos más, la visibilidad de las mujeres es menor.

¿A qué se debe este aumento de las parejas del mismo sexo? Sin duda un elemento central es el recorrido jurídico de dichas parejas. A finales de los años 90 y comienzos de los 2000 diversas comunidades autónomas regularon las llamadas parejas de hecho, que permitía a las parejas, incluidas las del mismo sexo, inscribirse como tales para obtener algunos beneficios administrativos. Algunas fueron más avanzadas, ya que permitían la adopción por parte de cualquier tipo de pareja.

En 2004 el Congreso de los Diputados aprobó la extensión del derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo, estableciendo la ley más avanzada en el mundo al reconocer todos los derechos, incluido el de adopción, a todas las parejas.

Se puede decir que ese fue un ejemplo de que las leyes no siempre reflejan la realidad social sino que pueden modificarla. Si bien en el momento de aprobar la ley de parejas del mismo sexo la mayoría de la sociedad española se mostraba a favor del matrimonio, solo el 48% estaba a favor del derecho de adopción, según el barómetro del CIS de junio del 2004.

En 2010, apenas 6 años después de su aprobación, el 56% de la población española estaba de acuerdo con que las parejas del mismo sexo tuvieran derecho a adoptar (1).

¿Hemos alcanzado la igualdad real?

¿Ha supuesto la igualdad jurídica del matrimonio homosexual la igualdad real para las personas no heterosexuales? La realidad es que los centros educativos, los centros de trabajo y los ámbitos familiares siguen siendo espacios de discriminación.

Sigue siendo difícil mostrar públicamente afectividades no heteronormativas, con la excepción de los barrios que mencionaba en la introducción, en bares, restaurantes o demás espacios públicos.

Si bien la sociedad española es razonablemente tolerante con la homosexualidad si la comparamos incluso con países supuestamente avanzados de nuestro entorno, la tolerancia es completamente insuficiente. Muchos colectivos de liberación sexual suman a sus reivindicaciones el rechazo a la tolerancia.No queremos ser toleradxs, queremos ser respetadxs.

Hemos alcanzado un nivel de corrección política suficiente para que en general las personas no heteronormativas seamos toleradas (afortunadamente cada vez hay menos agresiones físicas y verbales) pero esto no implica que seamos respetadas. Y hasta que no se nos respete no desaparecerán el chiste, la chanza, la ridiculización, la humillación, toda esa serie de elementos discursivos que siguen construyendo una sociedad llena de obstáculos y desigualdades.

Y si bien las parejas homosexuales están razonablemente integradas en la sociedad española si la comparamos con nuestro entorno, ¿qué precio hay que pagar para estar felizmente integradx? A partir de la ley de matrimonio homosexual se ha implantado una asimilación heteronormativa de las parejas homosexuales.

Es decir, los avances sociales logrados a partir de la ley han supuesto la extensión de los modelos heteronormativos de valoración y exclusión social a las personas no heterosexuales. Nos han “compartido” sus valores. La pareja estable, la prosperidad material, la discreción sexual, los roles masculinos y femeninos normativos, la maternidad y la paternidad, la monogamia, son valores burgueses y heteronormativos a seguir si queremos ser personas socialmente integradas.

Solo así recibiremos a cambio tolerancia. Y no nos quejemos, que vivimos en el país más tolerante del mundo.

Es así que se construyen gays y lesbianas, personas respetables, integradas en su comunidad, con proyectos vitales relativamente predecibles basados en el consumo y cánones de belleza normativos establecidos por el capitalismo. ¿Pero qué sucede con bolleras y maricas, esxs individuxs abyectos que no siguen los valores heteronormativos burgueses? Pues lo mismo que con las personas heterosexuales que tampoco los siguen, como las personas promiscuas o las putas: son relegadas, excluidas y penalizadas socialmente.

La igualdad jurídica de las parejas del mismo sexo ha traído consigo, pues, la aceptación social de las parejas del mismo sexo heteronormativas y de las personas que se declaran homosexuales y se comportan de forma socialmente aceptable.

El siguiente reto en la lucha de liberación sexual deberá ser la visibilización, conquista y ocupación del espacio público del resto de personas que quedamos fuera de la norma heteronormativa. El siguiente reto es la despenalización social de los cuerpos, los deseos y los proyectos vitales múltiples y diversos.

¿A quién corresponde acometer esos retos? Obviamente no a la derecha. La derecha española es depositaria de tradiciones políticas retrógradas, cercanas a las corrientes católicas más tradicionalistas.

Su posición en toda la trayectoria jurídica del derecho al matrimonio fue siempre de oposición visceral e incluso mantuvo recursos ante el Tribunal Constitucional contra algunas leyes autonómicas de parejas de hecho y contra la estatal de matrimonio entre personas del mismo sexo.

Si bien algunas corrientes de la derecha más cercanas al liberalismo se han mostrado a favor de los derechos de las personas homosexuales, lo cierto es que la derecha española representa aquello contra lo que habrá que luchar en el desarrollo del reto de la visibilización y despenalización social mencionado anteriormente.

¿Corresponde por lo tanto a la izquierda? ¿Al movimiento de liberación sexual? ¿Qué relación hay entre ambos? El movimiento de liberación sexual tiene unos retos y unas responsabilidades a desarrollar en el seno, o en su relación con las organizaciones de izquierda. Y también la izquierda tiene retos de futuro en su influencia sobre el movimiento de liberación sexual.

Retos de la izquierda y el movimiento de liberación sexual

A pesar de que la lucha de liberación sexual ha sido en los últimos 40 años cercana a la izquierda, la relación entre ambas no siempre ha sido fácil ni ha ido de la mano. La izquierda más zorrocotroca ha hecho gala de sus inclinaciones machistas y homófobas sin atisbo de rubor ni de reflexión política alguna.

Para esa izquierda zorrocotroca, que bebía del marxismo tradicionalista que hablaba de “perversiones sexuales” y “desviaciones pequeñoburguesas” para referirse a la homosexualidad, no merecía la pena dedicar un minuto a ninguna reflexión que no aludiese a la lucha de liberación de la clase obrera porque dicha liberación traería inefablemente la liberación de todas las opresiones.

Opresiones, las patriarcales, que no dudaban en reproducir en el seno de sus organizaciones o en su vida personal (a este respecto, me permito recomendar Le relazioni pericolose. Matrimoni e divorzi tra marxismo e femminismo de Cinzia Arruzza).

Me preocupa más la heteronormatividad de esa otra izquierda, la que sí demuestra tener una sensibilidad por la lucha feminista y la lucha de liberación sexual. Esa izquierda que no solo dice estar concienciada y propicia la creación de grupos de trabajo de liberación sexual en sus organizaciones porque es políticamente correcto, sino que considera la liberación sexual como un pilar más de las luchas políticas de emancipación.

En esa izquierda comprometida se da a menudo una suerte de conformismo intelectual, de autocomplacencia, por haber evolucionado en sus planteamientos con respecto a la lucha de liberación sexual. En esa izquierda he oído cosas como “soy defensor de los derechos de los homosexuales pero los gays con pluma lo hacen para exagerar” o “un familiar muy cercano era homosexual y siempre lo acepté sin ningún problema, pero él no era femenino, era un hombre” a personas (cishombres) que sinceramente respetan y defienden los derechos de las personas homosexuales. Pero lo hacen desde discursos patriarcales y heteronormativos.

Valiéndome del ejemplo de la pluma de algunos maricas (algo que pone visiblemente nerviosos a los cishombres heterosexuales), no solo no ven el gran potencial político de la subversión de los roles heteronormativos asignados en base al sexo genital, sino que ni siquiera son capaces de respetar el derecho individual a comportarse libremente.

Señalaría este como el gran reto para el movimiento de liberación sexual en la izquierda. Es nuestra responsabilidad colectiva que las personas no heteronormativas no nos convirtamos en trofeos a mostrar, en floreros que demuestren lo modernas que son las organizaciones de izquierda, sino ser acicates que inciten a la reflexión crítica y a la subversión de los elementos discursivos basados en estructuras binaristas, patriarcales y heteronormativas.

También hay retos para la izquierda política en el movimiento de liberación sexual. Una de las consecuencias de la aprobación del matrimonio homosexual en el Estado Español ha sido el aburguesamiento del movimiento de liberación sexual.

Un gran sector del mismo, que se suele denominar mainstream, ha derivado en una mezcla de movimiento institucionalizado cuyo ámbito de acción es el de asesoramiento y consultoría de administraciones públicas (labor por cierto absolutamente necesaria) y club de ocio y organización de eventos.

Basta observar las acciones de las asociaciones de gays y lesbianas mayoritarias del Estado. Con organizaciones empresariales como aliadas organizan macrofiestas basadas en el llamado consumismo rosa y publicitan un estilo de vida burgués y elitista.

Han vaciado totalmente de contenido político manifestaciones como el día de la liberación sexual de Madrid, transformando lo que anteriormente fue una manifestación en un carnaval, un desfile, una marcha festiva.

Es tarea de la izquierda no solo combatir este discurso sino también acercarse y acompañar las reivindicaciones del movimiento de liberación sexual alternativo y combativo. Parte de los movimientos sociales, del ámbito de la liberación sexual pero también de muchos otros ámbitos, han quedado decepcionados con las organizaciones políticas de izquierda.

En algunos casos por su falta de implicación en las luchas, en otros por los intentos de fagocitación y apropiación de los movimientos sociales. Esta decepción ha llevado, por ejemplo, a parte del movimiento queer a posiciones individualistas que niegan la utilidad de la colectividad como herramienta de cambio político.

Es responsabilidad de la izquierda llevar a cabo la necesaria autocrítica ante estas prácticas y refundar las metodologías de relación con los movimientos sociales y la sociedad en general, para convertirse de una vez por todas en una herramienta real al servicio de los movimientos sociales y de la ciudadanía oprimida.

____________________

1. Riveiro A (2011, 11 de mayo). La mayoría de los españoles aprueba el matrimonio y la adopción homosexual. El País, sección Sociedad.

El trabajo también es de las mujeres

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Hemos celebrado, quien en la calle reivindicando un trabajo digno y con una paellita con los amigos, quien en un atasco y con una paellita con los amigos, el 1 de mayo. Eso si, la paellita no ha faltado, ¿eh?. Afortunadamente, la paella es uno de los pocos platos que, sobre todo en día de fiesta y entre amigos, preparan los hombres.

Y eso está bien, porque los demás días, casi siempre les toca cocinar a las mujeres. Salvo que sean cocineras profesionales (de colectividades, de restoranes familiares, nada de chefs de cinco  estrellas) cocinan “sin paga”, que decía Martirio. Trabajan, pero no cobran. Insisto porque esta distinción entre trabajo y empleo no acaba de meterse en la cabeza de la gente. Y hay que ver la de trabajo que se hace gratis.

Escribí el artículo que hoy comenta Sandra Ezquerra en un momento muy particular de mi vida. Mi madre había sufrido un grave accidente vascular y se había quedado completamente inválida. Mi padre nos preguntó a las cinco hijas si queríamos hacernos cargo. No a los tres hijos. Pero ninguna pudo aceptar. Dos vivían fuera de Madrid y el resto teníamos nuestros empleos y nuestras familias. Yo además, convivía con mi suegra, que había decidido que “no me podía entender” y se pasaba la vida queriendose enfadar conmigo.

Quiero decir, lo escribí porque me afectaba personalmente. Y lo hice desde una óptica que poca gente entendía entonces: la crisis fiscal del Estado. Un economista norteamericano de formación trotskista, J. O’Connor, escribió, en 1973, un libro titulado “La crisis fiscal del Estado”. Entendió perfectamente que, después de los tratados de Bretton Woods, de la institucionalización de lo que hoy llamamos economía neoliberal y globalizada, ningún estado podría mantener políticas socialdemócratas.

El libro no se publicó en castellano hasta 1981 (editorial Península) y que, a mi me conste, lo entendimos tres: un viejo amigo economista, Jesús Albarracín, que ya no está entre nosotros y que fue quien me lo recomendó; una servidora y, ahora me he enterado en Google, otro profe de la Complu, Manuel Fernández del Riesgo, que escribió en 1994 un artículo titulado “La democracia y el futuro del socialismo” en el que cita tanto a Albarracía como a O’Connor.

El fin de las políticas socialdemócratas tenía dos víctimas inmediatas: los viejos y las mujeres. Lo de los viejos era tan claro que los socialdemócratas españoles forzaron el pacto de Toledo sobre las pensiones en 1995, cuando a Felipe González le quedaban dos telediarios.

De las mujeres solo nos acordamos nosotras mismas, y reivindicamos el trabajo de cuidados. Pero lo intentos de Zapatero por responder a esa demanda (Ley de Dependencia, cheque bebé…) estaban ya condenados al fracaso.

A partir del 2000 los abuelos han ido sustituyendo a las guarderías. Ya ha sentenciado la Ley Wert que la educación de 0 a 3 años no es cosa de educación, sino de asuntos sociales…

El capitalismo es incompatible con la remuneración del trabajo de cuidados, ni en el ámbito público ni en el privado. Solo la reducción de la jornada de trabajo y la renta básica pueden poner las bases para conseguirlo, aunque nos reste a las mujeres la interminable batalla privada porque estos beneficios sociales no se utilicen para meternos otra vez en casa.

Porque la mística de la femineidad ataca de nuevo, advierto. Acaban de ponerle la medalla al mérito policial a la Virgen del Amor Hermoso.

¿En búsqueda de la tribu perdida?

Artículos:

Sandra Ezquerra
Socióloga

En su texto ¿Quién cuida a los mayores?, Mª Jesús Miranda examinaba a inicios de la década de los noventa la evolución histórica del rol de las mujeres en el cuidado de las personas mayores en aras de plantear un debate sobre su desarrollo futuro.

Desde la centralidad de la familia extensa- en su sentido más amplio- en las sociedades europeas preindustriales, pasando por el surgimiento de las prestaciones públicas y las distintas fórmulas de iniciativas de beneficencia a partir del siglo XIX, las mujeres han asumido históricamente, exponía con atino la autora, el cuidado de las personas mayores tanto en el seno de los hogares como en sus múltiples variantes externalizadas.

La precariedad de este equilibrio, sin embargo, se empieza a visibilizar a partir de la década de los setenta del siglo XX, en la que convergen diversos fenómenos: en primer lugar, a pesar de que la “edad de oro del capitalismo del bienestar” promueve la independencia y autonomía de las personas mayores, el aumento de la esperanza de vida contribuye a un envejecimiento de la población así como al incremento del número de personas mayores- más mayores que nunca- con necesidades de cuidado y/o de atención para realizar sus tareas cotidianas.

A pesar de ello, en segundo lugar, la llamada crisis fiscal del Estado originada durante aquellos años determinará una tendencia- inconclusa a día de hoy- a la limitación del gasto destinado a servicios sociales para personas en situación de autonomía restringida y/o diversidad funcional, incluyendo las personas mayores.

En tercer lugar, la disminución de medios económicos como resultado de la jubilación hace que numerosas parejas mayores, y particularmente los hombres, vean su dependencia del cuidado de otros miembros de la familia, casi siempre las mujeres, intensificada en esta etapa de su ciclo vital.

Todos estos procesos vienen acompañados, según la autora, de una pérdida del sentido de obligación hacia el cuidado de las personas mayores.

En definitiva, una mayor demanda agregada de cuidado, una disminución (irreversible, aunque no lineal) de la oferta de cuidado por parte de las instancias públicas y la continuación de la identificación del cuidado como responsabilidad incuestionada del género femenino, han resultado en la pervivencia de la división sexual del trabajo reproductivo en una emergente crisis de los cuidados.

Si a ello le añadimos la impresionante incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral desde los años setenta hasta la actualidad o, dicho de otro modo, una decreciente disponibilidad de mujeres especializadas en el cuidado no remunerado en el ámbito privado, nos encontramos en posición de afirmar que lo que Mª Jesús Miranda atisbaba hace 20 años, y desde entonces ha sido ampliamente reconocido y teorizado por los estudios feministas, se ha convertido en un punto de no retorno: mientras que la organización social del cuidado ha sido históricamente, desde una perspectiva de género, profundamente inequitativa e injusta, a día de hoy queda más claro que nunca que es a su vez insostenible.

Las tendencias descritas por la autora en relación al carácter femenino de los cuidados en nuestra sociedad se mantienen. En la Encuesta de Empleo del Tiempo de 2009-2010, por ejemplo, 3,8% de las mujeres manifiestan que su actividad principal diaria corresponde a ayudar a personas adultas miembros del hogar frente al 2,5% de los hombres.

El Barómetro de Marzo de 2014 el CIS, a su vez, muestra que en un día laborable cualquiera el 39,2% de las mujeres tienen el trabajo doméstico no remunerado como principal actividad frente a un 10,2% de los hombres.

En un patrón similar, el 11,2% de ellas se dedica al cuidado de hijos o nietos en días laborables frente al 2,9% de ellos.

Cabe poner esta información en relación con los datos de actividad laboral. Si bien la tasa de actividad masculina no ha dejado de descender desde mediados de la década de los setenta (en 1976 era de 77,80% y de 65,90% en 2013), la femenina ha seguido en el mismo período la tendencia opuesta: en 1976 la tasa de actividad femenina era del 28,67%, en la época que escribía Mª Jesús Miranda se había incrementado a 37,09% y a finales del 2013 se situaba ya en un 53,31% (Datos de la Encuesta de Población Activa. Instituto Nacional de Estadística).

De esta manera, la continuidad de la atribución social de los cuidados a las mujeres, combinado con el creciente rol laboral de éstas en las últimas décadas, apunta a una intensificación de lo que se viene conociendo como doble jornada o doble presencia de las mujeres.

Esta doble carga de trabajo mayoritariamente femenina, a su vez, constituye un síntoma importante del incremento de las dificultades a las que previsiblemente seguirá enfrentándose la organización tradicional del cuidado de las personas mayores en los próximos años.

Otra tendencia que también apuntaba la autora era el incremento de la presencia de abuelas y abuelos en el cuidado de nietos y nietas como resultado del crecimiento de la llamada tasa de actividad femenina. Este cuidado era identificado por ella como muestra y potencial de solidaridad y reciprocidad intergeneracional, así como fuente de “enriquecimiento” del papel de los y las abuelas.

Estudios recientes, sin embargo, muestran que la creciente dependencia por parte de numerosas familias de abuelos y abuelas para conciliar el cuidado de los y las más pequeñas con el trabajo remunerado de sus padres resulta como poco problemática.

Las personas mayores dedican el 48,9% de su tiempo al trabajo doméstico y familiar, realizando las tareas del hogar y labores de apoyo a otras personas: el 10,1% de la población de 65 y más años se dedicaba al cuidado de nietos/as o hijos/as como actividad principal en un día laborable en 2009 y casi 8 de cada 10 abuelos/as cuida o ha cuidado de éstos.

Esta aportación constituye un recurso fundamental para las familias para poder afrontar el problema de la conciliación entre la vida familiar y laboral: casi la mitad (49,5%) de las personas que cuidan de sus nietos/as lo hace casi a diario y un 44,9% casi todas las semanas, con una media de horas dedicadas todos los días de 5,8 horas.

Por otro lado, casi un 30% lo hace 8 o más horas al día. Esta provisión de ayuda no se circunscribe a los nietos y nietas y un 13,9% de las personas mayores declaran haber prestado ayuda a otras personas cercanas en el último año (en el cuidado personal, ayuda doméstica, en trámites o gestiones, o haciendo compañía) (véase Alfama, Cruells & Ezquerra 2014).

Todo ello indica que el rol de las personas mayores en el cuidado familiar está deveniendo clave y responde no sólo a unos patrones de solidaridad intergeneracional sino también, y muy especialmente, a una carencia estructural de mecanismos de apoyo público en este ámbito.

Dicha carencia se intensifica en el momento actual de crisis económica y afecta de forma muy directa a los sectores sociales con menor capacidad adquisitiva dado que no pueden suplirla contratando servicios privados.

Las cifras hablan por sí solas: el gasto público español en infancia y familia fue en 2011 menos de la mitad de la media europea: 308,9 euros por habitante frente a los 650 de la Zona Euro y los 661 de la UE-15. También las partidas para personas con discapacidad fueron significativamente menores: 404,2 frente a 569,3 y 633,3 (Datos del Eurostat).

Tras los continuos recortes en la Ley de Dependencia desde el estallido de la crisis, a su vez, las personas mayores tienen cada vez menos garantizado el cuidado y la atención a sus necesidades.

Finalmente, ante el creciente desempleo resultante de la crisis las familias cada vez más se ven abocadas a aceptar empleos fuera de su lugar de residencia, en horarios inconvenientes, etc., que dificultan aún más la conciliación. Los ingresos a su vez se reducen, lo que dificulta todavía más la externalización del trabajo de cuidados de las personas a cargo.

Tanto los datos laborales y de cuidados femeninos como el desbordamiento en temas de conciliación de las familias agudizado por la crisis económica- desbordamiento que incrementa la carga de trabajo de las personas mayores a la vez que pone en peligro su cuidado y atención- muestran la urgencia de plantear alternativas futuras a la organización y las fuentes de cuidado de las personas mayores tal y como veníamos conociéndolas.

La implicación de los abuelos y abuelas, así como de otros miembros de la familia extensa, resulta sin duda un indicador de fortaleza de redes sociales y recursos a los que las familias pueden recurrir. Sin embargo, no podemos ni debemos aspirar a que el trabajo de cuidados de los y las más jóvenes que las madres (y en muchos casos también los padres) encuentran cada vez más dificultades para conciliar con su actividad laboral, sea asumido por las y los más mayores.

Tal y como expone Carolina del Olmo en su ensayo “¿Dónde está mi tribu?”, las redes familiares y comunitarias han jugado un papel histórico clave en la crianza y el cuidado de las personas a la hora de proporcionar tiempo, atención, apoyo, conocimientos y compañía.

Dicho papel se ha visto socavado en décadas recientes como resultado de los procesos de individualización, atomización y precarización de nuestras vidas impulsados por el apogeo de la economía de mercado, y su recuperación puede contribuir a concebir y (re)construir un paradigma del cuidado desde la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad.
No obstante, cabe no perder de vista dos peligros.

En primer lugar, la tribu (que puede incluir a la familia extensa, las redes de vecindad, los lazos comunitarios, etc.) ha sido una de las esferas en las que se ha reforzado la noción y actividad de cuidar como inherentemente femenina y perteneciente en cierta manera el ámbito de lo privado.

Su posible recuperación, de este modo, debe estar basada en una clara crítica de la división sexual del trabajo y en la voluntad no de rescatar románticamente comunidades perdidas sino repararlas desde un punto de vista transformador (véase Bauman 2001).

El segundo peligro reside en que la tribu (en su sentido amplio) como fuente de cuidado y solidaridad se convierta en coartada para la retirada del Estado de sus responsabilidades de cuidado y provisión de bienestar.

En este sentido, resulta clave abordar el debate sobre la relación entre lo “común” y lo “público”, así como el rol que cada uno de ellos ha de tener en los procesos de reproducción social. Lo “público”, tal como lo entendemos ahora y a pesar de sus numerosas carencias y contradicciones, continúa siendo el único garante de redistribución y derechos universales.

Más que substituirlo, quizás la tribu puede complementarse con él.

También se puede pensar en fórmulas para que uno de los objetivos de “lo público” sea reforzar y apoyar a nuestras tribus y nuestras comunidades. De lo que no hay lugar a dudas es que resulta tarea imprescindible e ilusionante seguir buscando respuestas a tantos interrogantes abiertos por Mª Jesús Miranda.

___________________

Alfama, Eva; Cruells, Marta; Ezquerra, Sandra (2014, en prensa) “Envejecimiento y crisis: Impactos de la crisis económica en las personas mayores en el Estado español”. Informe Foessa 2014.
Bauman, Zygmunt (2001) Community. Seeking Safety in an Insecure World. Malden, MA: Blackwell
Del Olmo, Carolina (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual