La servidumbre del debate político

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

A principios de 1996 yo estaba terriblemente enfadada. Trabajaba todavía en Instituciones Penitenciarias, ahora al frente del gabinete, donde se supone que tenía alguna responsabilidad política. Desde 1994 se habían sucedido sin parar los escándalos en el gobierno socialista: la guerra sucia contra ETA, que llevó a la cárcel a Amedo y Domínguez, los agentes secretos menos secretos y luego a Barrionuevo y a Vera, exministro del Interior y exdirector de la Policía; corrupciones varias, como la de Roldán, que se gastó en orgías cutres las pensiones de los huérfanos de la Guardia Civil, o Mariano Rubio, exgobernador del Banco de España que evadió impuestos…

Estaba claro que aquello tenía que irse abajo, que los españoles serían de centro izquierda, pero no tontos.

Y a todas estas me llaman a una reunión de mujeres socialistas que, seducidas por la idea del contrato sexual que Celia Amorós había popularizado entre ellas, querían hacer de esa idea parte de la campaña electoral. El primer signo de este pacto sería que el PSOE adoptara el sistema de cuotas. A ellas, notables del partido, la cosa les venía muy bien. En mi opinión, al resto de las españolas les daba igual que les daba lo mismo.

De modo que salí tarifando de aquella reunión. Aznar ganó las elecciones, a mi naturalmente me cesaron y pude disfrutar de tres meses de vacaciones antes de reincorporarme a mi puesto en la Universidad.

En esos tres meses, entre otras muchas cosas, escribí el texto objeto de esta entrada. Lo escribí con rabia contenida, con poca información y con un objetivo predeterminado: demostrar que no podía haber un sujeto político feminista universal (ni siquiera a nivel del estado español) que pudiera suscribir un contrato sexual con un partido político. Desde el principio supe que el texto no era bueno y nunca intenté publicarlo, hasta ahora, que me voy desnudando en este blog.

Pero cometí un error. Se lo di a mis alumnas de Doctorado del curso 1996-97 como lectura inicial. El efecto fué inmediato. Las chicas pro-PSOE se quejaron al vicedecano de alumnos de que yo no iba a dar clase. Las chicas con otra adscripción política me apoyaron y lo negaron por escrito. Para demostrar que sí quería dar clase y que no tenía problema de horarios organizamos un seminario voluntario, “Feminismo y Cambio Social” los viernes por la tarde, hasta mi jubilación.

Luego lo hemos mantenido, como jornadas anuales, hasta 2012.

En cursos sucesivos seguí peleando con el sujeto político, el contrato sexual y las cuotas. Dentro de mi cabeza, digo. Sobre éstas últimas llegué a leer el libro de Sylviane Agacinski, Política de sexo (Taurus, 1998) en el que la alumna y exmujer de Derrida y en ese momento esposa del primer ministro socialista francés Lionel Jospin intentaba justificar desde la filosofía política la idea de paridad.

Dado que era conocida como feminista de la diferencia, y que en el propio libro escribe que “debemos conservar la libertad de seducir y ser seducidas. Nunca habrá guerra de sexos en Francia”, reconozco que no llegué a comprender nada. Ahora ya he renunciado a ello, y acepto las listas cremallera como una norma más del sistema electoral.

Agradezco los comentarios de Luisa Posada. Creo que tiene razón y ya he reconocido que mi texto es precipitado y con muchas lagunas, hecho al calor de un debate político. Pero no estoy muy de acuerdo con su conclusión conciliadora. La obra de Judith Butler ha dado vida, sobre todo, al movimiento LGTB y no creo que haya contribuido demasiado a limar asperezas en el seno del pensamiento feminista. Pero eses es ya otro debate, que tendremos que proseguir más adelante.

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Un pensamiento en “La servidumbre del debate político

  1. […] narraba en la  entrada anterior,  a partir de 1998 un grupo de alumnas de doctorado y gente a la que estaba dirigiendo la tesis […]

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