El futuro ya estaba aquí

Artículo:

Amparo Lasen
Socióloga

En junio de 1983 yo tenía 14 años, algo más joven que las mujeres de la investigación del artículo de María Jesús Miranda que me toca comentar. Ese año pisé por primera vez una discoteca, la “Submarino” de Valdemoro. El portero me espetó en la entrada: “Eh tú, ¿dónde vas?” Nerviosa pensé: “no cuela, me va a pedir el carné”. Cuando la vecina de cola le aclaró entre risas: “pero si es una chica”. Respiré tranquila al darme cuenta de que no era la edad el problema, mi altura daba el pego pero junto con mi pelo al uno y las ropas holgadas del Rastro también me hacía parecer un chico, y éstos no entraban gratis.

Así que pude pasar a la sala pequeña y en penumbra, sonando Boney M y Soft Cell, donde estaban las chicas del instituto, las mayores de la EGB, las curritas, las paradas y los chavales del pueblo en clara minoría respecto de los “polillas” o guardias jóvenes del Colegio de la Guardia Civil, adolescentes con uniformes y gorra de plato, dándole a la disco un tono de “Suboficial y Caballero” de andar por casa.

Y entre esos aspirantes a guardias civiles, en esa discoteca y otros disco-bares, encontré a mis primeros amigos punkis, como yo, pero con la cresta en la lengua, punkis para los que el ‘no future’ no era tanto signo de pesimismo nihilista como reconocimiento de que bastante ocupados estábamos con el presente como para preocuparnos de lo que vendría, amigos con los que hablar de la música que nunca sonaba en aquellos locales, y que me enviaban cartas desde sus arrestos frecuentes donde citaban las letras de Siniestro.

Esas crestas imaginarias y bien presentes algunos las seguirían llevando luego bajo el tricornio, contribuyendo a cambiar el Benemérito Instituto impulsando inéditas iniciativas colectivas, pero eso es otra historia.

Las mujeres jóvenes de entonces, como indica la investigación de Miranda, no querían vivir como sus madres, y con cierta ingenuidad optimista, de acuerdo con los discursos que compartimos desde entonces, pensaban que con un poco de educación y voluntad personal se podrían aprovechar las oportunidades que facilitarían la autonomía y la maternidad responsable, ejercida junto a una pareja que asumiría su parte de la responsabilidad, asumiendo aparentemente que así como ellas no querían ser como sus madres, sus parejas tampoco querrían ser como los padres.

Esta curiosa creencia, implícita o explícita, de que los varones renunciarán a sus privilegios por educación y sentido de la justicia, persiste en nuestros días, sorprendentemente, visto que el paso de las décadas y el afianzamiento y ampliación de la educación formal obligatoria no se acompaña precisamente de una disminución de las desigualdades, ni de un abandono voluntario de los privilegios.

Las investigaciones sobre jóvenes realizadas una década después, como la realizada en mi tesis doctoral, muestran que las mujeres jóvenes de mediados de los 90 seguían sin querer vivir como sus madres, pero no eran ya tan optimistas acerca de la vida adulta. El desencanto llega también a la consideración de la propia autonomía.

El cambio en las relaciones familiares, menos autoritarias en general, aporta mayor autonomía y dudan que la emancipación les haga más autónomas, más bien presagian que sustituirán unas dependencias por otras. Además en otra situación de crisis con una tasa de paro cebándose especialmente en jóvenes y mujeres, la emancipación no se antoja fácil y la precariedad amenaza aunque se hubieran hecho bien los deberes y obtenido los diplomas requeridos.

Aparece la etiqueta de “jóvenes sobradamente preparados” que acentúa más el hecho de sobrar que el de sobresalir. Así que las estrategias temporales de los jóvenes de nuestra investigación intentan prolongar el presente, no sólo con la idea de disfrutarlo, que también, sino de retardar las elecciones irreversibles, dado que una de las pocas certezas que se tienen es la incertidumbre acerca del futuro.

Las jóvenes de los 90, como las de los 80, seguían muy preocupadas por aprovechar esas oportunidades que les permitirían gozar del futuro, pero aquella convicción en cuanto a éstas ha desaparecido. En la investigación de los 80 parece haber un consenso acerca del papel de los estudios y de un trabajo estable, que hace que aquellas que puedan conseguirlo se muestren optimistas en cuanto a sus posibilidades de distanciarse del modelo materno, mientras que aquellas que lo ven fuera de su alcance parecen resignadas a “que no pueda ser de otra manera”.

Sin embargo, una década después las jóvenes no sólo temen la precariedad y la crisis, sino que encuentran que ese modelo de la maternidad responsable, la pareja estable y el trabajo fijo, además de poco realista no es muy atractivo tampoco. Por eso hay que tener un Plan B y en lugar de plantearse una trayectoria única, una carrera, hay que pensar en cómo darle la vuelta a lo que fracasa.

Pero una de esas elecciones, tener hijos, no es reversible, no permite plan b, y marca una clara diferencia en las actitudes de mujeres y hombres respecto del futuro. Si bien una buena parte de los jóvenes entre 20 y 30 años que participaron en mi investigación en los 90 ni siquiera se plantean si tendrán hijos o no, los varones que lo hacen lo ven como algo bueno que llegará cuando tenga que llegar sin darle más vueltas, mientras que todas las chicas entrevistadas que tratan del tema saben ya que será algo problemático, la palabra “conciliación” no se usa aún, pero su falta de existencia como realidad se daba ya entonces como ahora.

Así que la persistencia del valor de la “maternidad responsable” no hace deseable tener hijos para no poder ocuparse del ellos y la expectativa de compartir las tareas a medias con la pareja ni aparece, la resignación de las chicas de clase trabajadora de los 80 parece extenderse al resto, aunque no siempre se formule de manera explícita.

De modo que las chicas que estudian y tienen claro que quieren tener una profesión para la que se están formando, ven ya claro también como la maternidad tendrá mal encaje con las obligaciones profesionales; y las mujeres con menos recursos tampoco encuentran muy deseable lo de quedarse en casa y dedicarse sólo a criar hijos, además de intuir ya que esa opción no es viable económicamente.

De modo que una década después, aunque sigue el predominio de los discursos que acentúan el carácter personal de estas elecciones, escondiendo el peso de las relaciones de género y los determinantes sociales de las condiciones laborales y su marco legal, estas jóvenes empiezan a saber o intuir que todo no depende de su voluntad y empeño, y que sus posibilidades de diferenciarse de sus madres no radican sólo en un cambio de mentalidad o de educación.

De ahí ese deseo de prolongar y disfrutar de la juventud, esa edad de posibles, más o menos ficticios, más o menos plausibles, que a pesar de sus limitaciones y dependencias, aparece más amable y divertida, que la edad adulta de las obligaciones, los esfuerzos mal recompensados, el aburrimiento y las relaciones insatisfactorias.

Los adultos, los padres y madres, siguen siendo un modelo negativo, aunque no es exactamente el mismo que el de los adultos del franquismo. Sus hijas los quieren pero siguen sin querer parecerse a ellos. Pero si las jóvenes de los 80 percibían su discriminación y juzgaban sus oportunidades de escapar a ella en función de sus recursos, una década después esa discriminación no parece percibirse tan claramente.

Las jóvenes son conscientes de las dificultades y del poco atractivo del modelo de sus mayores, pero no lo atribuyen a formas de discriminación de género que persisten. Pareciera como si el efecto de una educación y discursos públicos que ponen el acento en la igualdad, no sólo no han conseguido generar mayores condiciones de igualdad, sino que han vuelto más difícil el reconocimiento de las desigualdades, y en este caso, de las desigualdades entre mujeres y hombres.

Los estudios recientes sobre jóvenes, actitudes hacia el futuro y emancipación muestran continuidades y discontinuidades respecto a estas décadas pasadas. Persiste la alta dosis de autonomía de los jóvenes en unas relaciones familiares no especialmente conflictivas, pues lo que si ha desaparecido es la percepción de una brecha o conflicto generacional, lo que anima a retrasar la emancipación, que sigue considerándose en muchos casos como una situación rodeada de dificultades materiales, operativas y afectivas, más aún en el actual contexto de crisis.

Se acentúa el carácter problemático de la posible maternidad futura, esa proeza irreversible, ya que los condicionantes laborales, legales y familiares apenas se han movido, cuando no han empeorado, con lo que la maternidad ya pasa de ser responsable a heroica, guiada por el cálculo de los recursos disponibles. De modo que en la situación de crisis actual no es sólo que persista el retraso en la edad de asumir la maternidad, que se viene dando desde hace una década, sino que la natalidad ha caído un 12,8% según datos del INE en el periodo de 2008 a 2012, la caída mayor en los últimos 30 años.

En la investigación del 83, las jóvenes de clase media achacan la discriminación y desigualdades a la falta de educación de sus madres, o al contexto sociopolítico del franquismo, sin citar los otros condicionantes sociales y el papel de los varones en las relaciones de género, creyendo que con su voluntad y esfuerzo serán capaces de vivir de otro modo, una década después el binomio autonomía-devenir adulto se encuentra claramente cuestionado, las jóvenes son bien conscientes de las dependencias y dificultades del futuro, pero tampoco atribuyen en general un rol particular a la discriminación y desigualdades de género en dichas dependencias, a pesar de ser conscientes de que todos sus problemas y atribulaciones no son compartidos por los varones.

Quizás sea el efecto perverso de haber sido educadas en la igualdad, en lugar de haber recibido una educación que visibilice y afronte las desigualdades existentes. En la actualidad, la consideración de que le emancipación acentuará las dependencias poniendo en riesgo la autonomía juvenil es ya una certeza, y la formación de una familia propia se vuelve el riesgo máximo. Algo de lo que ya son testigos en primera línea, pues la desaparición de los conflictos generacionales permite apreciar con más claridad el peso de las obligaciones familiares, que las actuales condiciones sociolaborales convierten en cargas, para los padres, y en especial para las madres, convertidos en eternos protectores y protectoras de sus hijos de cuya responsabilidad no parecen librarse jamás.

“Tainted love” cantaba Marc Almond y sonaba en aquella discoteca de pueblo del 83, donde sin mucha conciencia nos dejábamos excitar por la penumbra, las melodías, los cubatas, los cuerpos en danza, los olores, riéndonos de parecer mayores, de parecer chicos, de parecer guardias y ser punkis, de ir a ser guardia civil como el padre y querer seguir siendo punki, bailando hacia la edad adulta sin prisas, unas por la confianza que daba ser de clase media otras por la lucidez que da ser de clase trabajadora. Pero casi ninguna nos habíamos fijado en la letra que tatareábamos en ‘spanglish’, en ese amor “tainted” corrupto, deshonesto, podrido, hacía el que un día corrí y del que ahora huyo.

Las ambivalencias y paradojas de los compromisos a futuro parecen estar más claras para las jóvenes actuales, ser de clase media ya no genera confianza, aunque como entonces no ser de clase media te pone las cosas bastante más duras por mucha lucidez que le eches.

Sin embargo nos sigue costando reconocer el peso en nuestro presente y en nuestras visiones de futuro de las desigualdades y discriminaciones de género, que se reproducen y acentúan, mostrando quizás el verdadero éxito de la educación “en la igualdad” de estas décadas, que lamentablemente no es haber acabado o reducido sensiblemente las desigualdades, que como vemos con cada nueva situación de crisis económica se acentúan, sino perpetuar el cuento de que la igualdad depende de la educación y de nuestras actitudes y esfuerzos.

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Un pensamiento en “El futuro ya estaba aquí

  1. elena casado dice:

    Reblogueó esto en sociologia ordinariay comentado:
    Tainted love El futuro ya estaba aquí. Conversación de Amparo Lasén con un texto de María Jesús Miranda en Dónde estabas en 1975

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