¿Irse de casa? Jóvenes en precariedad

Artículo:

Jesús Cruces Aguilera
Sociólogo

¿Por qué se iban de casa las y los jóvenes en los años setenta? ¿Cuáles eran los factores que más influían en sus trayectorias vitales? Estas son algunas de las cuestiones que María Jesús Miranda abordó en el artículo Los hijos que se van de casa, publicado hace casi cuarenta años.

Basándose en dos centenares de expedientes “por fuga del hogar” registrados en el Tribunal de Menores de Madrid, Miranda realizó un análisis detallado de las trayectorias de los jóvenes que decidían salir del ámbito familiar. A través del análisis de estas experiencias concretas, se puede obtener una visión general de la situación de los jóvenes en aquella época: del papel de la familia y los valores dominantes, de la autoridad de los padres y la necesidad de libertad, de la educación y la formación o de la dependencia económica y el acceso al trabajo.

En conjunto, Miranda expresa de manera muy acertada la preocupación que existía entonces –y que se puede extrapolar a la actualidad- acerca del papel de los jóvenes en la sociedad, de cómo las nuevas generaciones se incorporaban por entonces al orden social establecido, así como de sus conflictos y el cambio con respecto a los procesos económicos y sociales del momento.

Tras la lectura del artículo, lo primero que nos planteamos es que, hoy en día, el debate de las trayectorias vitales de los jóvenes no se sitúa tanto en las escapadas como en las dificultades que tienen los jóvenes para poder emanciparse del ámbito familiar. Y en este ámbito resalta un dato esclarecedor: el 78% de las personas jóvenes (de 16 a 29 años) en España reside todavía en casa de sus padres, siendo una de las tasas más elevadas de toda Europa(1).

Sin embargo, tanto ayer como hoy se sigue cuestionando de forma reiterada la propia noción de juventud. Es interesante ver cómo en aquellos años se discutía la tradicional imagen de la juventud, entendida como un periodo de paso “natural” de la infancia a la madurez. Miranda señala que los adolescentes eran “económica y emocionalmente dependientes de sus familias, con una fuerte presión social para elegir una profesión y una pareja”; pero al mismo tiempo constata que los teenagers, aunque habían “abandonado los comportamientos infantiles, todavía no se consideraban adultos”.

Hoy en día, la juventud se ha alargado en el tiempo, llegando a abarcar una amplia diversidad de situaciones vitales que pueden llegar a ser muy diferentes entre sí (desde los adolescentes a los denominados “jóvenes adultos”).

Por ello, hay que remarcar que las trayectorias de los jóvenes han cambiado notablemente desde los años setenta. En términos generales, se puede decir que se ha fracturado la linealidad de las biografías que implicaban la llegada a la vida adulta para convertirse en una situación caracterizada por la incertidumbre. Sus biografías ya no están marcadas por el paso de la dependencia a la independencia económica, Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, 2013. 1 que significaba el requisito básico para la autonomía.

Finalizar los estudios, entrar en el mercado de trabajo e iniciar una vida en pareja ya no son pasos sucesivos en la línea de la emancipación, sino que en muchas ocasiones son hechos puntuales no siempre conectados y en cierta manera reversibles. Lo que advierte, en todo caso, que las condiciones sociales, económicas y culturales en las que los jóvenes desarrollan sus vidas han cambiado radicalmente con respecto a periodos anteriores, y con ello, el significado que se otorga a la juventud en la sociedad.

En la actualidad, los procesos de emancipación de las personas jóvenes se han visto fuertemente truncados por las consecuencias derivadas la crisis económica y las políticas de austeridad, sobre todo por la dificultad de acceso al trabajo, así como el empeoramiento de las condiciones laborales. Hoy en día no son pocos los jóvenes que vuelven a casa de sus padres; que tienen que emigrar por la falta de trabajo y expectativas laborales; o que se reagrupan compartiendo piso (como consecuencia del encarecimiento de los costes de la vida, de sus estudios, etc.).

Los jóvenes han sido uno de los colectivos más afectados por la crisis económica. Desde finales del 2008 han registrado un aumento considerable de la tasa de paro, que alcanza el 43% en el segundo trimestre de 2013, alcanzando los niveles más altos de Europa(2) este grupo de edad (16 a 29 años), el cual concentra el 62% empleo destruido entre 2008 y 2013.
Esta mayor intensidad que ha tenido la crisis en el empleo de la población joven se explica –entre otras razones- por su precariedad laboral derivada una fuerte concentración sectorial del empleo (fundamentalmente en el sector de la hostelería y la construcción), una elevada temporalidad y menores niveles formativos.

Factores todos ellos ligados a un determinado modelo productivo sobre el que se ha sustentado el crecimiento económico de la última década. La expansión de la economía potenció las expectativas laborales de los jóvenes en este periodo, lo cual se tradujo no sólo en una mayor participación en el mercado de trabajo sino también en el abandono prematuro de los estudios. Con la crisis económica, los jóvenes (sobre todo los de menor edad) han visto aumentados sus niveles formativos, que unidos a una mayor inactividad laboral, dan cuenta de un proceso de reincorporación de los jóvenes al proceso formativo (sobre todo en estudios secundarios). A pesar de ello, España sigue destacando por tener los niveles más elevados de abandono escolar prematuro de toda Europa(3).

Por otro lado, las condiciones laborales de la juventud no son (ni eran antes de la crisis) las más idóneas para emanciparse. La alta temporalidad del empleo unida a unas condiciones laborales precarias, definidas en base a diversos aspectos (bajos salarios, inadecuación entre la formación adquirida y la actividad realizada o irregularidad en la jornada de trabajo, etc.) condicionan este proceso. Condiciones que son un claro resultado de las sucesivas reformas laborales que se ido han adoptado desde la década de los ochenta –marcadas por una mayor desregulación del trabajo-, así como de las prácticas empresariales, que han utilizado a los jóvenes como mano de obra barata.

Esta mayor vulnerabilidad de los jóvenes con respecto al trabajo condiciona fuertemente sus procesos de emancipación. A diferencia de los jóvenes europeos, en España la mayor parte no tiene dependencia económica, vive en el hogar familiar y tiene serias dificultades de acceder a una vivienda. Pero también hay que advertir que el trabajo en muchas ocasiones no es una garantía de emancipación. Aún teniendo recursos propios a través del empleo, los y las jóvenes en España siguen mostrando una marcada dependencia económica de la familia, así como de otras personas (4) .

Quizás la muestra más evidente de la falta de expectativas y de integración en el mercado laboral sea la de aquellos jóvenes que ni trabajan, ni estudian, ni buscan empleo activamente, los conocidos como “ninis”, que representan ya más de un tercio de la población de 15 a 24 años(5). Un fenómeno que ha ido ganando peso progresivamente durante la crisis.

Si como bien decía Miranda en su artículo, la educación y el trabajo eran considerados por entonces dos pilares básicos de integración de los jóvenes en la sociedad de los años setenta, las políticas de austeridad actuales se los están llevando por delante, dejando – aún más si cabe que antes- a la familia y al mercado como las instituciones sociales encargadas de acompañar a los jóvenes en sus procesos de emancipación.

Parece, por tanto, que los actuales gobernantes tratan de seguir la máxima según la cual el problema del paro-precariedad juvenil se cura con la edad, dejando pasar el tiempo y evitando abordar esta cuestión. Pero la realidad es que cuando sean adultos seguirán teniendo que acceder a un mercado laboral desregulado con condiciones laborales a la baja, con lo que estas personas pasarán de ser jóvenes precarios a adultos precarios, con todo lo que ello conlleva (pensiones, prestaciones desempleo, etc.).

Y esto es así, porque la precariedad no es un hecho aislado y puntual de los y las jóvenes ligado a la temporalidad del empleo o los bajos ingresos, sino que abarca todos los ámbitos de la vida social, desde el valor social del trabajo hasta el ejercicio de otros derechos de ciudadanía.

En la actual coyuntura es necesario plantear otro tipo de políticas económicas y sociales que, rompiendo de forma radical con el marco impuesto de las políticas de austeridad, tengan como prioridad la educación, el trabajo y la vivienda, permitiendo que los y las jóvenes se puedan emanciparse del hogar bajo unas condiciones materiales y vitales adecuadas. Una cuestión a la que no se le puede dar la espalda, porque afecta al conjunto de la sociedad y porque se entiende que los jóvenes, en tanto que ciudadanos, son sujetos activos de derechos y deberes con capacidad de participar en los procesos sociales y políticos.

_________________

1. Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, 2013.
2. EPA (INE) y LFS (Eurostat), 2013.
3. En 2012, un 25% de las personas de 18 a 24 años en España han completado los estudios primarios y no han continuado los secundarios. En Europa se sitúa en un 12%.
4. Llopis, et al (2009): La situación de las y los jóvenes en España: más vulnerables ante la crisis. Estudio nº 11. Fundación 1º de Mayo.
5. Según Eurostat, en España representan el 38% de la población de 15 a 24 años.

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