Madres trabajadoras

María Jesús Miranda
Socióloga
La revista Vindicación Feminista fue una de las innumerables iniciativas editoriales de Lidia Falcon. No recuerdo cuanto tiempo se publico, pero no fue mucho. Creo que fue Cristina Alberdi quien nos pidió este articulo.
La sociología tradicional es una ciencia rara, en la medida en que sus objetos de estudio son  establecidos por su propio objeto de estudio. Cuando Durkheim dijo “es preciso estudiar los hechos sociales como cosas” no tuvo en cuenta que los hechos sociales cambian cada vez más deprisa y que es la propia sociedad, o sus miembros, quienes producen estos cambios. En este sentido, es una tautología en si misma.
Tenemos así la sociología de la familia, de la educación de la empresa… como si estas instituciones fueran universales e inmutables. Tras Durkheim, la antropología y la historia sociales han venido a echar una mano a los sociólogos. Pero no del todo. A veces ellos se han liado con las propias categorías sociológicas. Basta con echar un vistazo a los complicadísimos algoritmos matemáticos que tuvieron que montar los antropólogos para describir los sistemas de parentesco, con el fin de ajustar sistemas tradicionales de reproducción y cuidado al lenguaje propio de la familia occidental contemporánea,
Un caso extremo es el de la sociología del derecho y del delito.  El derecho positivo suele cambiar con extraordinaria rapidez y, en el campo del derecho penal, hoy pueden ser delictivas conductas que ayer no lo eran y viceversa. Para que existiera la delincuencia juvenil hubo que inventar primero la adolescencia, como tiempo vital intermedio entre la infancia y la juventud. En la época clásica, cuando aun no existía la infancia y la gravedad del delito se media por la importancia de la persona agraviada y no por la gravedad del daño producido, se ajusticiaba a niñas de siete años por robar un pañuelo a su señora.
Luego empezaron los cambios. El capitalismo industrial exigía obreros cualificados y domesticados y se instituyo la enseñanza primaria obligatoria, al menos para los chicos. Todo chico que faltase a la escuela estaba incumpliendo su misión de convertirse en un trabajador disciplinado y capaz de leer un croquis. Un delincuente.
A la vez comenzó el proceso de creación de la familia obrera, con su padre proveedor y su madre cuidadora. La delincuencia juvenil y las malas madres aparecen en el mismo momento histórico, finales del siglo XIX. Aparecen a la vez las señoras benfactoras, encargadas de conseguir una mano de obra sana y bien educada para las empresas de sus maridos y demás parientes.
Ahora estas señoras andan por Mozambique y Guatemala, con los mismos fines. Pero se han dado cuenta de que la única manera de que sus hijos no sean delincuentes es que sus madres trabajen, así que les dan micro-créditos. Porque, con esto de la globalización, la mistica de la feminidad ha cambiado un poco.
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Los cuentos que contamos con cuentas

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

Casi cuarenta años después de la publicación de “La leyenda negra de la madre trabajadora” tanto la “moraleja” del texto, en cuanto a la forma de hacer sociología, como las críticas que Mª Jesús y Mª Victoria realizan sobre los peligros sociales del trabajo asalariado femenino resultan de lo más pertinentes al poderse establece cierto paralelismo entre la lógica androcéntrica de los años setenta y el momento actual en el que se intenta volver a meter a las mujeres en casa[1].

Para aquellas personas formadas sociólogicamente en lo que se conoció como Escuela Crítica de Sociología[2] es reconfortante poder “replicar” un artículos como este porque no sólo permite constatar la existencia hace años de un buen hacer sociológico, sino que además motiva una reflexión metodológica enfrentada a la protocolización rutinaria de lo tecnológico-formal y el carácter  “cuantitofrénico” que está adoptando esta disciplina en la actualidad.

El texto de Miranda y Abril ejemplificaría la famosa afirmación de Mark Twain de que “Existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. La interpretación que ellas realizan de sus indagaciones demuestran la utilización tramposa de los números. Las autoras, también con datos, desmontan la relación que establecían numerosas investigaciones de la época entre la delincuencia juvenil y la actividad laboral femenina.

Contrariamente a la opinión dominante, concluyen que las madres empleadas en buenas condiciones son las tienen una mayor y mejor posición en cuanto a conocimientos y actitudes para reproducir hijos e hijas sanos, autónomos y saludables física y emocionalmente.

Se podría pensar que la trampa está en los números, pero los números se “cocinan” en función del “menú” que cada investigador/a quiere servir. En este sentido, habría que prestar especial atención a la mirada de la investigadora o investigador, pues resulta evidente que el mundo se ve con el color del cristal con el que se mira.

Decía Luis Enrique Alonso (1998:17)  que “gran parte de las distorsiones de nuestra mirada sobre la realidad social surgen de nuestra incapacidad de reconocer que la mirada es singular, concreta,  creadora y, por eso, nos empeñamos en utilizar reglas y rutinas prefabricadas  antes que aceptar que toda mirada es un acto de selección, de construcción y de interpretación que se hace desde un sujeto en un contexto”.

La adscripción feminista de las redactoras, en el momento de reivindicación del empleo femenino como elemento central de la autonomía económica de las mujeres,  distaba del discurso oficial de los diseñadores de los criterios de recogida de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Mientras las primeras aportaban información y discurso para provocar la aceptación y salida de las mujeres del hogar, los segundos eran  capaces de juntar “la sífilis, la enfermedad mental o la embriaguez habitual, con la trabajo extradoméstico de la madre” como causas determinantes de la desviación de los menores, para perpetuar la división sexual del trabajo y mantener a las mujeres encerradas en el hogar.

El pequeño contrapoder que supuso la performatividad[3] feminista se las debió ver con unos contextos sociales donde obviamente la investigación estaba al servicio del poder. La producción sociológica es hija de su tiempo y los criterios empleados por los institutos de estadística oficiales dan buena cuenta de ello, siendo a la vez reflejo de la ideología dominante y elemento de reproducción de la misma a través de la difusión “científica” legítima de la misma.

¡Y ay! Cuánto daño ha hecho la importancia y legitimidad otorgada a la ciencia y el sueño positivista de objetividad que olvida que determinadas concepciones tienen un sustento ideológico acrítico y funcional al sistema social.

Si pensamos las investigaciones que culpabilizaban a las madres empleadas de las desviaciones de sus hijos e hijas contextualizadas en los años setenta obtendremos una rápida explicación de la lógica que regía la producción analítica de aquel momento. Y para contextualizar diremos que los años de Guerra llevaron a los hombres a los campos de batalla y a las mujeres a  las fábricas. En aquellos años las mujeres desempeñaron un papel público central. Tras la contienda los hombres regresaron a sus casas y pretendieron ocupar su puesto en la vida pública, pero una vez que las mujeres constataron su valía y vivieron su autonomía e independencia no parecían dispuestas a volver al hogar por lo que hubo que inventar el mecanismo que les animara a hacerlo. El “invento” lo describió Betty Friedan, en 1963, con la denominación de la “mística de la feminidad”[4].

En un país que sale de una guerra que es la continuación de una depresión y finaliza con una bomba atómica, los hombres aspiran a reencontrar la calidez del hogar. Esa calidez del hogar se convierte en la razón de vivir de toda mujer dando origen a “la nueva mujer” (Beltrán;2001) que se forma en las escuelas y que se publicita a través de la publicidad y las revistas femeninas.

Esta campaña de feminidad ideal obstaculizaba el compromiso intelectual y la participación activa de las mujeres en su sociedad, pero cuenta a su favor con aportaciones desde el ámbito de la pediatría – también muy en boga en el momento actual-, como las del Doctor Spock que recomendaba la lactancia materna, y el psicoanálisis.

La sociología no fue ajena a este proceso y desde la academia se alimentó la “mística de la feminidad” señalando la división sexual del trabajo y estableciendo la necesidad de complementariedad familiar de hombres y mujeres y aludiendo a los peligros sociales que conllevaba la asalarización de las madres.

Recordemos en este sentido cómo Talcott Parsons, máximo representante de la sociología funcionalista[5], no hizo sino trasformar en planteamientos teóricos las ideas de la clase media americana conservadora. Sus postulados se presentaban como el modelo ideal a seguir cuando no eran sino un requisito funcional de un sistema social capitalista y patriarcal. Conviene no olvidar como este autor, desde su posición de director del Departamento de Sociología de Harvard y presidente de la American Sociological Association dio realce teórico a los postulados morales de la “buena esposa” y “la buena madre” que regían en la clase media.

Estas ideas se extendieron por toda Europa dando lugar seguramente a las investigaciones que se mencionan en el artículo de Miranda y Abril en las que se responsabiliza a las madres trabajadoras de los delitos de sus hijos.

Desde una supuesta objetividad ni Parsons, ni probablemente la sociología funcionalista posterior, fueron conscientes ni de su posición conservadora, ni de que sus planteamientos eran androcéntricos y aceptaban acríticamente la desigual asignación de un rol inferior y dependiente a las mujeres.

El objetivo que se pretendía era el de mantener la familia nuclear ya que la misma era la institución básica del sistema social. El buen funcionamiento familiar se lograba mediante una diferenciación de papeles: los hombres debían ocuparse de atender su rol instrumental de mantenedores materiales, mientras las mujeres deberían representar su papel expresivo ocupándose de los aspectos emocionales. Este reparto que, como vemos se basaba en la división sexual del  trabajo y estaba lejos de la pretensión feminista actual de la corresponsabilidad, únicamente responsabilizaba a las mujeres de la socialización de los hijos e hijas.  

Según este teórico: “La situación familiar convierte a la madre en el adulto significativo para los hijos de ambos sexos. (..) para la niña esto es normal y natural, no solo  porque  pertenece al mismos sexos que la madre sino porque las funciones de ama de casa  y de madre son  para ella inmediatamente tangibles y fáciles de comprender. En cuanto adquiere la aptitud física necesaria, la niña empieza el aprendizaje directo de la función femenina  adulta. Es notable que las niñas jueguen sobro todo a cocinar, a cose, a cuidar a  las muñecas, etc. Actividades que consisten en una imitación directa de sus madres. En cambio el niño no dispone de manera inmediata del modelo del padre para poder imitar; además las ocupaciones a las que se dedica el padre, como el trabajo en una oficina o el manejo de una máquina complicada, no son tangibles ni fácilmente comprensibles por el niños (…) pronto descubre que en  algunos aspectos fundamentales, se considera  a las mujeres inferiores a los hombres y por ello le resulta vergonzante criarse con una mujer . (…) Esto confirma la frecuencia con que la fijación materna interviene en todos los tipos de  desordenes neuróticos  y psicóticos de los hombres norteamericanos”  (Parsons;1972, cfr en Alberdi;1996).

Es por tanto, en el desarrollo teórico – derivado de determinantes ideológicos- donde encontramos el origen de la relación entre el trabajo extradoméstico de una madre y la conducta desviada y/o delictiva de sus hijas e hijos.  Ideas a partir de las cuales los y las estadísticos/as crearán los dispositivos y variables de observación, de modo tal que éstos  técnicos no harán sino corroborar lo que determinas ideologías y subjetividades, no reconocidas como tales, marcarán.

Este es un buen ejemplo para entender que no sólo hay que desmontar las trampas de los números, sino buscar el origen de las propias construcciones matemáticas. Parsons responsabilizó a las mujeres, como madres, de los potenciales problemas y conflictos psicológicos de sus descendientes. Si una mujer trabajaba fuera de casa estaba dejando de atender su función social. Poco importaba, como mencionan las autoras, que las mujeres que trabajaban eran de familias que económicamente lo necesitaban, ni que tuvieran más motivación e información para asesorar  a sus hijas/os.

Esta historia interesada caló profundamente en nuestro imaginario colectivo y se  transmitió con fuerza en una España postfranquista donde la compulsiva búsqueda de la moralidad y las «buenas costumbres» conllevó una gran dosis de culpabilización femenina.

Pero el imaginario es colectivo, es decir, afecta a todas las instituciones. Ni la academia, ni la investigación, ni la ciencia han estado al margen, más bien al contrario, han reforzado esta imagen buscando datos que así lo corroboraran, encontrando lo que buscaban, en lugar de observar, perderse y encontrar. Por otra parte, la conciencia si es colectiva afecta tanto a mujeres como a hombres.

Podemos pensar que la división social de espacios y del trabajo que regía en décadas anteriores se ha quebrado, pero la asignación femenina al hogar y su responsabilidad de los cuidados del resto de las personas de la unidad familiar sigue intacta. Las mujeres han accedido al ámbito público y han salido a la calle, pero los hombres no han entrado en la casa. Los cuidados siguen correspondiendo a los mujeres y esto es así desde el punto de vista material porque si ellas no lo hacen nadie lo hace, pero también desde el punto de vista emocional porque las mujeres siguen moviéndose, quizá por educación, por la “ética del cuidado” y no van a abandonar a sus seres queridos.

Más aún, la sobresaturación de tareas y responsabilidades que les supone la doble presencia y las exigencias sociales de “superwomen” les hace sentirse culpables de “no ser las mejores madres”, ni “las mejores profesionales” y viven ahogadas porque la falta tiempo no les permite hacer  todo tal como les gustaría hacerlo.

Por otra parte, en este momento la crisis está sirviendo de excusa para limitar los escasos avances alcanzados en materia de conciliación y corresponsabilidad para, ante la ausencia de empleo, devolver a las mujeres al hogar y los cuidados que el Estado está dejando de ofertar a la ciudadanía.

Ante la limitación de los recursos y ayudas para la dependencia, el anuncio de eliminar el supuesto de malformación del feto para poder abortar, las limitaciones a la conciliación en las empresas, la cada vez mayor flexibilidad e irregularidad de los horarios laborales,  la reducción salarial y la cada vez más reducida asistencia social, miedo dá pensar que, aunque hoy las investigaciones no correlación la delincuencia de los hijos con la actividad laboral de sus madres, esta es una idea que no descarto pues asistimos a una vuelta a una nueva “mística de la feminidad”.

Bibliografía.

ALBERDI, I, (1996), “Parsons. El funcionalismo y la idealización de la división sexual del trabajo”, en Durán, Mª Ángeles, Mujeres y hombres en la formación de la teoría sociológica, Madrid, CIS, pp: 233- 249.
ALONSO BENITO, L. E, (1998). La mirada cualitativa, Madrid, Fundamentos.
BELTRÁN PEDREIRA, E, (2001), “Feminismos liberal”, en Beltrán, E y Maquieira, V (eds), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Madrid, Alianza Editorial.
FRIEDAN, B, (1974), La mística de la feminidad, Madrid, Júcar [1963]

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[1] En el artículo “La idea de la domesticidad se impone” publicado en este mismos blog se muestran los mecanismos ideológicos, legislativos  y asistenciales actuales tendentes a conseguir esta vuelta de las mujeres, o al menos, de algunas mujeres, al hogar.
[2]De la que han dejado constancia las publicaciones de Jesús Ibáñez, Ángel de Lucas y Alfonso Ortí y sus seguidores y seguidoras posteriores. Para cuya formación de cómo realizar el quehacer sociológico el Cursos de Especialista “Praxis de la Sociología del Consumo”, impartido durante más de veinte años en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido vital.
[3] La “performatividad” es la capacidad de transformación social mediante los discursos.  A esto a veces se alude como “el hacer de los decires”.
[4] Betty Friedan empleó esta expresión para describir un conglomerado de presupuestos tradicionales de la feminidad. Esta ideología se proyectó a través del modelo educativo difundido como paradigma imperante después de la Segunda Guerra Mundial que preconizó la vuelta de las mujeres al hogar como el sitio donde las mujeres podrían realizarse.
[5]Que es la se ha mantenido durante tres décadas como la dominante.

La eterna juventud

Artículo:

María Jesús Miranda

De las teorías surgen buenas prácticas y de las prácticas surgen buenas teorías. Como todo el mundo sabe, una de las aportaciones más influyentes en física teórica de los últimos 40 años fué la de Stephen Hawking sobre la relatividad, divulgada en su best-seller “Breve historia del tiempo”.

También en sociología la noción de tiempo ha cambiado mucho. En la sociología funcional-estructural que yo estudié, el tiempo era lineal y eterno. Cuando aquella utopía de desarrollo ascendente se topó con sus propios límites materiales, surgió la idea del “fin de la historia” de Fukuyama, tan aplaudida por los “Chicago boys” de la economía.

Pero, ¿qué significaba el fin de la historia?. ¿La permanencia eterna de un mundo desigual, de una humanidad parcialmente devastada por guerras “menores”? ¿La invención de una naturaleza autoproducida?. En el peor de los casos, la historia de la ciencia no se había terminado.

Lo que si se había roto para siempre era el mito de la eternidadJuan Linz, en un manual de Sociología Política que me tocó enseñar el curso 1986-87 decía que “la división mundial entre capitalismo y comunismo era irreversible”. Tres años después cayó el muro de Berlín. Nada hay eterno ni irreversible.

El análisis del proceso de inserción social de los jóvenes en las sociedades adultas es un buen ejemplo de ello. Hace 40 años hablabamos todavía de “ritos de paso” primitivos. Terminar los estudios, conseguir el primer empleo, casarse, tener el primer hijo, eran hitos de ese ritual. “Cuando seas padre comerás dos huevos”se decía desde tiempo inmemorial. Ahora hay miles de padres que no pueden comerlos, ni siquiera dar uno a sus hijos.

En cambio, hemos hecho realidad otro mito: el de la eterna juventud. Un ser humano actual es joven hasta los 45 años, en los que pasa a ser “demasiado mayor”. Las mujeres, muy evidentemente, por el ritmo inexorable del reloj biológico. Ambos sexos, porque son “viejos” para el mercado laboral. ¡Una juventud de al menos 30 años, desde los 15 de la pubertad hasta ni se sabe!.

Lo que no habíamos sido capaces de imaginar es que la eternidad fuera discontinua. Le eternidad del cielo, o del infierno, eran de un gozo o un suplicio sin fisuras. Pero, ¿un tiempo de tu vida lleno de grandes esperanzas y grandes desilusiones, de arriba y abajo, de dentro y fuera?. Mi hijo pequeño se llama Juan, y como era más bien rellenito le llamábamos Juanón. A eso de los 8 años, cuando empezada a conocer un poquito de inglés, dijo muy serio: “Vosotros me llamáis Juan-on, pero no os dáis cuenta de que a veces soy Juan-off”.

Y así son los jóvenes de hoy. Off & on, up & down, walking on the wild side… procurando no mojarse la ropa. A esto hemos dado en llamarle “precariedad”.

¿Irse de casa? Jóvenes en precariedad

Artículo:

Jesús Cruces Aguilera
Sociólogo

¿Por qué se iban de casa las y los jóvenes en los años setenta? ¿Cuáles eran los factores que más influían en sus trayectorias vitales? Estas son algunas de las cuestiones que María Jesús Miranda abordó en el artículo Los hijos que se van de casa, publicado hace casi cuarenta años.

Basándose en dos centenares de expedientes “por fuga del hogar” registrados en el Tribunal de Menores de Madrid, Miranda realizó un análisis detallado de las trayectorias de los jóvenes que decidían salir del ámbito familiar. A través del análisis de estas experiencias concretas, se puede obtener una visión general de la situación de los jóvenes en aquella época: del papel de la familia y los valores dominantes, de la autoridad de los padres y la necesidad de libertad, de la educación y la formación o de la dependencia económica y el acceso al trabajo.

En conjunto, Miranda expresa de manera muy acertada la preocupación que existía entonces –y que se puede extrapolar a la actualidad- acerca del papel de los jóvenes en la sociedad, de cómo las nuevas generaciones se incorporaban por entonces al orden social establecido, así como de sus conflictos y el cambio con respecto a los procesos económicos y sociales del momento.

Tras la lectura del artículo, lo primero que nos planteamos es que, hoy en día, el debate de las trayectorias vitales de los jóvenes no se sitúa tanto en las escapadas como en las dificultades que tienen los jóvenes para poder emanciparse del ámbito familiar. Y en este ámbito resalta un dato esclarecedor: el 78% de las personas jóvenes (de 16 a 29 años) en España reside todavía en casa de sus padres, siendo una de las tasas más elevadas de toda Europa(1).

Sin embargo, tanto ayer como hoy se sigue cuestionando de forma reiterada la propia noción de juventud. Es interesante ver cómo en aquellos años se discutía la tradicional imagen de la juventud, entendida como un periodo de paso “natural” de la infancia a la madurez. Miranda señala que los adolescentes eran “económica y emocionalmente dependientes de sus familias, con una fuerte presión social para elegir una profesión y una pareja”; pero al mismo tiempo constata que los teenagers, aunque habían “abandonado los comportamientos infantiles, todavía no se consideraban adultos”.

Hoy en día, la juventud se ha alargado en el tiempo, llegando a abarcar una amplia diversidad de situaciones vitales que pueden llegar a ser muy diferentes entre sí (desde los adolescentes a los denominados “jóvenes adultos”).

Por ello, hay que remarcar que las trayectorias de los jóvenes han cambiado notablemente desde los años setenta. En términos generales, se puede decir que se ha fracturado la linealidad de las biografías que implicaban la llegada a la vida adulta para convertirse en una situación caracterizada por la incertidumbre. Sus biografías ya no están marcadas por el paso de la dependencia a la independencia económica, Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, 2013. 1 que significaba el requisito básico para la autonomía.

Finalizar los estudios, entrar en el mercado de trabajo e iniciar una vida en pareja ya no son pasos sucesivos en la línea de la emancipación, sino que en muchas ocasiones son hechos puntuales no siempre conectados y en cierta manera reversibles. Lo que advierte, en todo caso, que las condiciones sociales, económicas y culturales en las que los jóvenes desarrollan sus vidas han cambiado radicalmente con respecto a periodos anteriores, y con ello, el significado que se otorga a la juventud en la sociedad.

En la actualidad, los procesos de emancipación de las personas jóvenes se han visto fuertemente truncados por las consecuencias derivadas la crisis económica y las políticas de austeridad, sobre todo por la dificultad de acceso al trabajo, así como el empeoramiento de las condiciones laborales. Hoy en día no son pocos los jóvenes que vuelven a casa de sus padres; que tienen que emigrar por la falta de trabajo y expectativas laborales; o que se reagrupan compartiendo piso (como consecuencia del encarecimiento de los costes de la vida, de sus estudios, etc.).

Los jóvenes han sido uno de los colectivos más afectados por la crisis económica. Desde finales del 2008 han registrado un aumento considerable de la tasa de paro, que alcanza el 43% en el segundo trimestre de 2013, alcanzando los niveles más altos de Europa(2) este grupo de edad (16 a 29 años), el cual concentra el 62% empleo destruido entre 2008 y 2013.
Esta mayor intensidad que ha tenido la crisis en el empleo de la población joven se explica –entre otras razones- por su precariedad laboral derivada una fuerte concentración sectorial del empleo (fundamentalmente en el sector de la hostelería y la construcción), una elevada temporalidad y menores niveles formativos.

Factores todos ellos ligados a un determinado modelo productivo sobre el que se ha sustentado el crecimiento económico de la última década. La expansión de la economía potenció las expectativas laborales de los jóvenes en este periodo, lo cual se tradujo no sólo en una mayor participación en el mercado de trabajo sino también en el abandono prematuro de los estudios. Con la crisis económica, los jóvenes (sobre todo los de menor edad) han visto aumentados sus niveles formativos, que unidos a una mayor inactividad laboral, dan cuenta de un proceso de reincorporación de los jóvenes al proceso formativo (sobre todo en estudios secundarios). A pesar de ello, España sigue destacando por tener los niveles más elevados de abandono escolar prematuro de toda Europa(3).

Por otro lado, las condiciones laborales de la juventud no son (ni eran antes de la crisis) las más idóneas para emanciparse. La alta temporalidad del empleo unida a unas condiciones laborales precarias, definidas en base a diversos aspectos (bajos salarios, inadecuación entre la formación adquirida y la actividad realizada o irregularidad en la jornada de trabajo, etc.) condicionan este proceso. Condiciones que son un claro resultado de las sucesivas reformas laborales que se ido han adoptado desde la década de los ochenta –marcadas por una mayor desregulación del trabajo-, así como de las prácticas empresariales, que han utilizado a los jóvenes como mano de obra barata.

Esta mayor vulnerabilidad de los jóvenes con respecto al trabajo condiciona fuertemente sus procesos de emancipación. A diferencia de los jóvenes europeos, en España la mayor parte no tiene dependencia económica, vive en el hogar familiar y tiene serias dificultades de acceder a una vivienda. Pero también hay que advertir que el trabajo en muchas ocasiones no es una garantía de emancipación. Aún teniendo recursos propios a través del empleo, los y las jóvenes en España siguen mostrando una marcada dependencia económica de la familia, así como de otras personas (4) .

Quizás la muestra más evidente de la falta de expectativas y de integración en el mercado laboral sea la de aquellos jóvenes que ni trabajan, ni estudian, ni buscan empleo activamente, los conocidos como “ninis”, que representan ya más de un tercio de la población de 15 a 24 años(5). Un fenómeno que ha ido ganando peso progresivamente durante la crisis.

Si como bien decía Miranda en su artículo, la educación y el trabajo eran considerados por entonces dos pilares básicos de integración de los jóvenes en la sociedad de los años setenta, las políticas de austeridad actuales se los están llevando por delante, dejando – aún más si cabe que antes- a la familia y al mercado como las instituciones sociales encargadas de acompañar a los jóvenes en sus procesos de emancipación.

Parece, por tanto, que los actuales gobernantes tratan de seguir la máxima según la cual el problema del paro-precariedad juvenil se cura con la edad, dejando pasar el tiempo y evitando abordar esta cuestión. Pero la realidad es que cuando sean adultos seguirán teniendo que acceder a un mercado laboral desregulado con condiciones laborales a la baja, con lo que estas personas pasarán de ser jóvenes precarios a adultos precarios, con todo lo que ello conlleva (pensiones, prestaciones desempleo, etc.).

Y esto es así, porque la precariedad no es un hecho aislado y puntual de los y las jóvenes ligado a la temporalidad del empleo o los bajos ingresos, sino que abarca todos los ámbitos de la vida social, desde el valor social del trabajo hasta el ejercicio de otros derechos de ciudadanía.

En la actual coyuntura es necesario plantear otro tipo de políticas económicas y sociales que, rompiendo de forma radical con el marco impuesto de las políticas de austeridad, tengan como prioridad la educación, el trabajo y la vivienda, permitiendo que los y las jóvenes se puedan emanciparse del hogar bajo unas condiciones materiales y vitales adecuadas. Una cuestión a la que no se le puede dar la espalda, porque afecta al conjunto de la sociedad y porque se entiende que los jóvenes, en tanto que ciudadanos, son sujetos activos de derechos y deberes con capacidad de participar en los procesos sociales y políticos.

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1. Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, 2013.
2. EPA (INE) y LFS (Eurostat), 2013.
3. En 2012, un 25% de las personas de 18 a 24 años en España han completado los estudios primarios y no han continuado los secundarios. En Europa se sitúa en un 12%.
4. Llopis, et al (2009): La situación de las y los jóvenes en España: más vulnerables ante la crisis. Estudio nº 11. Fundación 1º de Mayo.
5. Según Eurostat, en España representan el 38% de la población de 15 a 24 años.

CALIDAD DE VIDA: UN DESPLAZAMIENTO SEMÁNTICO

María Jesús Miranda

 El término de “calidad de vida” se desarrolló, como se ve en el artículo de Julio Aracil y en el mío anterior, en el seno  de la negociación social y de las aspiraciones de la clase trabajadora. Pero ha sufrido un curioso desplazamiento semántico.

En la actualidad, se utiliza casi exclusivamente entre los profesionales de la sanidad y los servicios sociales.

La primera vez que lo escuché, en términos más o menos coloquiales, fué en 2002, cuando un médico me propuso una operación, una “funduplicatura de Nissen”. Le pregunté si era imprescindible. Me dijo que “mejoraría mucho mi calidad de vida”.

La segunda vez lo usé yo misma en 2006, durante la discusión siguiente. Estábamos haciendo un curso en la Escuela de perros-guía de la ONCE y los compañeros me preguntaron si una de las chicas, ciega total y casi sorda, iba a obtener alguna ventaja utilizando su perrita. “Si, respondí sin dudar, mejorará mucho su calidad de vida”. Y es cierto que su perrita lo  era todo para esa muchacha: la acompañaba a los estudios y al polideportivo, le  daba apoyo emocional…

Desde que Julio leyó su tesis en los 90 hasta 2001, el término había colonizado el ámbito médico. Creo que es uno más de los numerosos efectos del avance del pensamiento neoliberal: los problemas y las soluciones ya no son sociales, sino individuales. Y, además, han perdido toda su complejidad; la mejora puede puntuarse de uno a cinco, de poco a muchísimo.

Si nos paramos a pensar, la calidad de vida de aquella chavala dependía mucho más que de su perrita, de que hubiese una escuela integrada, un polideportivo adaptado, de que su familia hubiese sido bien informada sobre cómo educarla y de que no se discrimine tanto  a la “diferencia funcional”, como está de moda decir ahora. Todos estos son avances sociales, que benefician a la chica en cuestión y a muchos otros más. Pero se obviaban, hace solo 8 años, y todavía hoy, por lo menos los votantes de Rajoy,  siguen ignorándolos.

Por lo demás, Julio, gracias por tu elogio. Lo que pasa en que soy terriblemente curiosa. Cuando algo me llama la atención, picoteo en ello. Y, ya se sabe, aprendiz de mucho maestro en nada.

Calidad-de-Vida-Alfoz

Julio Aguacil Gómez
Profesor titular de Sociología, UC3M

En 1998, después de casi cinco años de fuerte dedicación, logré leer mi tesis doctoral que lleva por título Calidad de Vida y praxis urbana. Para mí fue un esfuerzo teórico y empírico titánico, en el que en otras cosas, pretendí identificar y dar sentido a un concepto emergente que iba cogiendo fuerza en el ámbito académico, en el profesional y en el coloquial, como es el concepto de calidad de vida.

Creí haber explorado todo lo producido sobre el mismo, pero hoy descubro, tras la lectura de dos antiguos artículos de María Jesús Miranda, de principios de los ochenta, y no sin cierto desasosiego, que en lo más cercano, en la entrañable Revista Alfoz, María Jesús desarrolla en pocas líneas y con gran destreza, la idiosincrasia de un concepto en proceso de construcción y recién estrenado en el ámbito científico español por el tristemente desaparecido humanista Antonio Blanch y por el Catedrático de Psicología Social Amalio Blanco, y desde ahora por ella misma.

Son muchas las complicidades que pretendo encontrar entre su trabajo y el mío, la complejidad del concepto y las sinergias que se establecen entre las distintas dimensiones que vierten en él, el detonante que en su conformación incorpora la variable ambiental, su carácter procesual y el encuentro que motiva entre objetividad y subjetividad y, en consecuencia, la constatación de la difícil medición de la calidad de vida a través de los sistema de indicadores convencionales.

Una frase escogida del artículo que María Jesús escribe junto a Alfredo Villanueva: “Condiciones de vida: Expectativas para un cambio” establece una buena síntesis de todo ello: “La calidad de vida solo puede entenderse como el resultado final de un proceso en el que están imbricados muchos factores que interactúan entre sí. En este sentido se viene utilizando como un concepto crítico respecto al desarrollismo de pocos años atrás”.

Así, el concepto de calidad de vida, introducido principalmente desde la dimensión ecológica, obtiene todo su sentido sólo si es complementada con la dimensión cultural y la económica, situándonos en la dimensión operativa de la “complejidad”, es decir en la multiplicidad de aspectos que dan sentido a la acción humana.

En definitiva, la calidad de vida viene a significar a la misma vez, una síntesis y ampliación -propia de la riqueza de lo complementario-, entre el sujeto individual y el sujeto colectivo, entre el carácter subjetivo y objetivo, entre el análisis microsocial y el macrosocial, entre la escala local y la global…, proponiendo la superación de la tradicional ruptura entre la cultura científico-técnica y la cultura científico-humanista.

Es esta lectura de la calidad de vida, como síntesis, la que nos viene a reseñar la reciprocidad entre elementos y dimensiones, que nos lleva a pensar en la calidad de vida como una expresión de la complejidad.

En sus inicios el concepto de calidad de vida ha venido acompañado de la preocupación por encontrar la medida de la misma. El movimiento científico empeñado en el ejercicio de desarrollar sistemas de indicadores adquiere un auge definitivo en los años sesenta, la institucionalización del concepto de Calidad de Vida no se advierte hasta el inicio de la década de los 70 cuando la OCDE establece un programa de estudio de la evolución del bienestar o de lo que denomina como “área de preocupación social” a través del que se pretende establecer criterios políticos a seguir que presten atención a los aspectos cualitativos del bienestar.

En 1972 se organiza la Conferencia Internacional sobre Calidad de Vida por parte del sindicato de los metalúrgicos alemanes IG Metall. En junio de 1974 se crea el Ministerio de la Calidad de Vida en Francia y en 1976 se firma la “Charte de la Qualité de la Vie” por parte del primer mandatario francés. Mientras que en España, habrá que esperar hasta la Carta Magna de 1978 para que el concepto de Calidad de Vida ocupe un lugar de relevancia institucional.

La Constitución Española ya recoge en su breve preámbulo la idea de “promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”; mientras en el articulado aparece el concepto en dos de sus artículos, en el 45.2 – dónde se hace referencia a la “utilización racional de los recursos naturales con el fin de proteger y mejorar la calidad de vida”- y en el 129.1 que expresa como “La ley establecerá las formas de participación de los interesados en la Seguridad Social y en la actividad de los organismos públicos cuya función afecte directamente a la calidad de la vida o al bienestar general”; de tal manera que, sin un gran desarrollo si se recogen las tres grandes dimensiones que María Jesús Miranda despliega en sus artículos y que también, se proponen para la construcción del concepto de calidad de vida en mi trabajo: El medio ambiente, el bienestar, y la cultura.

Cada uno de ellos se desglosa a su vez en múltiples subdimensiones (habitacional, ciudad y territorio; trabajo, educación y salud; y tiempo liberado, participación y relaciones sociales). A su vez se apuntan aquellos aspectos transversales a considerar en función de los atributos adscritos a las personas, como el género, la edad, el estado de salud, el origen nacional….

De este modo, la calidad de vida, combina los modos y estilos de vida, con el nivel de vida y el sentido de la vida, considerando a éste último como un componente articulador de su complejidad, permitiéndonos, también, acceder a su sentido como proceso que integra al sujeto.

Definir la Calidad de Vida sin desechar su complejidad sólo es posible aproximándose a través de una supradefinición, unas subdefiniciones de cada uno de sus componentes y de cada uno de los subcomponentes, y buscar un elemento de articulación entre los mismos.

La supradefinición define a la Calidad de Vida como un grado óptimo de la satisfacción de las necesidades humanas. Las subdefiniciones se pueden buscar mediante estadios intermedios a través de sistemas de indicadores y analizadores. Y finalmente la articulación es múltiple entre diferentes planos de componentes. Si bien, sí estamos en condiciones de establecer un sujeto articulador y un sentido de la articulación.

El sujeto articulador no puede sino ser el propio sujeto integrado colectivamente en el proceso, el sujeto en proceso que denominara Jesús Ibáñez, y el sentido articulador es el proceso mismo, es decir, la capacidad de acceso a los recursos por parte del sujeto para poder dominar y conducir conscientemente su propia vida.

La calidad de vida es a la vez un proyecto (una imagen de futuro) y un proceso (una praxis social y política) que implica simultáneamente la aplicación de sistemas de valores a la acción cotidiana, y por tanto, implica también la consideración de desarrollos cualitativos (subjetivos) que tienen, igualmente, sus implicaciones en función de sus objetivos, y que precisan de estrategias objetivadas.

La acción colectiva frente a la racionalidad económica toma forma organizativa en nuevos movimientos sociales cuya emergencia recurrente constituye, en sí mismos, procesos de comunicación, conocimiento y conciencia que hacen suyo el concepto de calidad de vida, dotándole de un sentido de potencialidad y de creatividad cultural que viene a cuestionar los modelos de organización de la racionalidad económica dominante.Ç
Intentado completar estas complejas articulaciones conceptuales, en un trabajo posterior(1), se propone el desarrollo humano sostenible como el paradigma de la calidad de vida, completando una perspectiva intersistémica.

Para ello consideramos que el cómo se satisfacen las necesidades humanas determina el modelo de desarrollo, igualmente que los procedimientos sobre cómo se construyen las relaciones entre los sujetos conforman un sistema de derechos humanos y, finalmente, en el cómo se establecen las relaciones sujeto-objeto, hombre-naturaleza, determina la sostenibilidad ambiental (y, por tanto, social) completando un sistema de calidad de vida.

De este modo el sistema de necesidades humanas, el sistema de derechos humanos y el sistema de la calidad de vida no pueden obtener plena identidad sin considerar su mutualidad, que identificamos en el paradigma del desarrollo humano sostenible.

Me atrevo a expresar que los artículos de María Jesús Miranda anticipan implícitamente estas ideas, a la misma vez que denuncia la banalización que del concepto hace el mundo de los políticos y de los empresarios, para desplegar toda la complejidad del concepto desgranando las condiciones de vida: de trabajo, de vivienda, de transportes , de ocio…

En su breve artículo “Semejanzas y diferencias entre los roles femeninos y masculinos en el mundo laboral y familiar”, María Jesús Miranda refuerza lo desarrollado en el artículo de Alfoz, mostrando además cómo la calidad de vida en la integración sistémica entre elementos físicos y culturales, objetivos y subjetivos, permite y motiva la incorporación de la mirada transversal de género a la calidad de vida, anticipando, de alguna manera, lo que hoy conocemos como conciliación entre la vida laboral y familiar.

En una sociedad basada en desigualdades, entre ellas la de género, las mujeres presentan una ostensible peor calidad de vida que los hombres en los desequilibrios que se producen entre la gestión del tiempo y el acceso al espacio físico, siendo la conciliación un concepto sinérgico, propio de la calidad de vida, que permite buscar esos equilibrios necesarios entre la identidad y la igualdad de derechos.

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1. ALGUACIL J. (2008): “Desarrollando el inagotable concepto de desarrollo”. En Vidal, F.; Renes, V. (coord.): La agenda de investigación en exclusión y desarrollo social. Colección de Estudios Fundación FOESSA pp. 245-268.

Al margen de los margenes

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

Empecé a trabajar en el Instituto de la Mujer en el otoño de 1983. Yo misma me busqué el trabajo. Pedí una cita a Carlota Bustelo, recién nombrada directora general, y fuí a verla. Necesitaba una subdirectora de investigación. Yo le dije que lo que más me interesaba en el mundo eran la investigación social y el feminismo. Mentí. Por aquel entonces estaba enamorada y mi compañero quería un hijo.

Sobre este malentendido adquirí el pomposo título de Subdirectora General de Estudios, Documentación y Relaciones Internacionales. Conseguí (casi) un buen equipo y trabajamos bien. Pusimos las bases de un Centro de Documentación; con Maite Simarro “fundamos” varios Centros de Información de los Derechos de la Mujer, sobre los que se construyeron después los Institutos de la Mujer autonómicos e hicimos las primeras recogidas sistemáticas de datos sobre la situación de la mujer en España.

Esta base de datos sirvió para elaborar el Informe español para la Conferencia de Naciones Unidas en Nairobi de 1985, a la que no pude asistir porque estaba embarazada y no podía ponerme todas las vacunas requeridas para el viaje.

En especial, junto con Regina Rodriguez, creamos la revista Mujeres, Dones, Emakumeak. No se cuanto duró, porque para entonces ya me habían cesado, al día siguiente de terminar mi baja de maternidad. A Regina también la despidieron al poco tiempo. Al concluir la dictadura de Pinochet retornó a su Chile natal, en donde ha sido alta funcionaria de Prochile, en el sector cultural y tecnológico.

La revista contaba con 74 páginas, 66 dedicadas a cuestiones de actualidad y un cuadernillo central, donde se trataba un tema en profundidad y que se podía encuadernar aparte. En el Reflexiones del nº 5 (marzo de 1985) vomité un montón de preguntas que reflejaban, y aún reflejan, el déficit de integración social que sufrimos las mujeres.

Quizás mejor aún que la insuficiencia de nuestros “logros”, de los que hablamos la semana anterior al referirnos a las profesiones sanitarias, nuestro endémico fracaso revela la fuerza y persistencia del sistema patriarcal. Porque lo que conseguimos forma parte de nuestra emancipación, de esa capacidad infinita, a pesar de los pesares, de tomar nuestra vida en nuestras manos. Pero los fracasos nos “suceden”, no son resultado de nuestra acción, sino que su causa es el propio peso del sistema.

Somos más pobres, más víctimas, menos delincuentes, menos visibles. Incluso en la mas extrema miseria no nos echamos a la calle a mendigar por voluntad propia, sino que nos acogemos en casa de alguien con mejor fortuna en donde desempeñamos trabajos de cuidados, e incluso prestamos servicios sexuales, por un plato de comida y algo de ropa usada.

Es una cultura ancestral de victimismo, de sumisión, de impotencia. Pero que también tiene aspectos positivos: el rechazo de la violencia, la austeridad, la capacidad de compartir, la disposición a cuidar y tantas otras que nos están siendo tan útiles en estos tiempos de crisis.

El movimiento feminista autónomo se funda en estos valores. Hace pocos días, en una infinita discusión (llevo participando en ella casi cincuenta años) en el seno de un movimiento autónomo sobre que miembros debían ser condenados al ostracismo, que dirían los griegos, por publicitar en el grupo sus iniciativas ultraminoritarias de cara a las elecciones, intenté hablar de mi experiencia de cuarenta años en el movimiento feminista. En él he convivido con mujeres de muy diferentes tendencias políticas, o no organizadas, y hemos conseguido sacar adelante muchas propuestas comunes. O por lo menos, con un máximo común denominador.

Mi intervención fué ignorada, excepto por una mujer joven que estaba sentada delante de mi y dijo bajito: “¡Cuánto tenemos que aprender del feminismo!”.

El empuje de “los más extremistas de los neoliberales”: mujer y marginación social en tiempos de crisis sistémica

Artículo:

Araceli Serrano
Socióloga

Señalaba María Jesús Miranda en el año 1985 que “Hoy existe la idea generalizada de que un adecuado sistema de pensiones previene mejor de la miseria en la vejez que el propio esfuerzo personal, y solo los más extremistas entre los neoliberales se atreven a culpar a los desempleados de su falta de recursos. El desarrollo de una conciencia similar respecto al problema de la desigualdad de las mujeres hará desaparecer, probablemente, la ‘ilusión de voluntariedad’ que hoy sufrimos respecto al comportamiento de sumisión o abandono a la explotación de muchas de ellas”(1)

El texto referenciado actualiza de manera paradigmática el carácter crítico e ilusionado que caracterizó, en buena medida, la década de los años 80. En el texto publicado en el 85, María Jesús Miranda pone sobre la mesa, debates fundamentales en la Sociología de aquellos años: debates sobre el carácter eminentemente socio-cultural, biológico o individual de la marginación (y la previamente denominada desviación social), la responsabilidad individual o colectiva sobre estos aspectos; la eficacia o los efectos no deseados de las políticas de acción positiva ante situaciones de desigualdad y discriminación; la consideración de la prostitución como forma de trabajo o como forma de explotación de la mujer…

Muchos son los elementos que incorpora en su reflexión y constante su apuesta por la comprensión socio-cultural de la problemática, el apoyo a medidas de acción positiva y su opción reflexiva y crítica sobre las manifestaciones de la explotación de la mujer. Algo común a todas sus reflexiones es el hecho de ser abordadas desde una perspectiva esperanzada, pareciendo confiar en que el futuro vendría cargado de mejoras y de posibilidades de superación, de luchas contra la sinrazón, potenciadas de manera fundamental por un desarrollo del conocimiento sociológico que en su actividad crítica contribuiría a denunciar situaciones de explotación y discriminación, a aprender de contextos más progresivos y a proponer mecanismos de superación y mejora, en este caso, de manera muy especial, en relación a la situación de la mujer.

Hoy, tenemos que decir, sin embargo, que se difunde (con toda la potencialidad de las sociedades de la información) la idea hegemónicamente generalizada de que el sistema de pensiones es “insostenible”, de que los desempleados deben esforzarse mucho en superar sus “déficits de empleabilidad”, que las prestaciones de desempleo “deben” recortarse y controlarse para evitar acomodación y fraude y que “el sacrificio” y “la contención del gasto público” son las únicas salidas posibles a la crisis contemporánea.

Así mismo, a pesar de haberse transformado mucho desde entonces el espacio de la desigualdad entre varones y mujeres a través de la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo, de la puesta en marcha de numerosos “Planes de Igualdad”, del desarrollo legislativo en materia de Igualdad y de control de la violencia de género, de la re-significación del trabajo de cuidados, de los cambios en la toma de conciencia de la discriminación a través de las luchas de los movimientos feministas, las desigualdades entre varones y mujeres siguen siendo enormes en prácticamente todas las esferas de lo social, y la pobreza y la marginación siguen castigando con mayor intensidad a las mujeres.

Por otra parte, la mirada esperanzada y optimista en relación a un futuro más justo y mejor para todos, parece estar resquebrajándose, llegando a afirmarse en diversos foros que se ha desembocado en un momento de ruptura del “pacto post-fordista”(2) y de erosión colosal del tradicional mito del progreso en el que se ha asentado buena parte de la Modernidad (3).

Para finalizar con este diagnóstico impresionista del momento presente (comparándolo con el que pone de relieve María Jesús Miranda en su artículo) en el mundo académico de las Ciencias Sociales los posicionamientos críticos y la contribución transformadora de la Sociología, pasan a estar cada vez más sometidos al envite de un neo-positivismo avasallador que, sancionado a través de las agencias de calidad de la actividad científica y de la impronta disciplinante de los índices de impacto de las publicaciones, parece estar saliendo victorioso en el conjunto de las luchas académicas en el mundo de las Ciencias Sociales.

Según estas pinceladas así definidas, no nos quedaría más remedio que afirmar que parece que estamos asistiendo al triunfo (o, por lo menos, a un fuerte envite) “de los más extremistas de los neoliberales”, utilizando las propias palabras de Miranda.

Veamos, de forma más concreta y detallada, algunas transformaciones que se han producido a lo largo de estos 30 años en los aspectos referenciados en el artículo que comentamos.

Por una parte, la incorporación al mercado de trabajo en el caso de las mujeres es una cuestión ineludible. Si la tasa de actividad femenina en el año 1986 era del 28,7% con una gran desigualdad en términos de edad, nivel de estudios y de estado civil(4), en el año 2013, esta misma tasa ha pasado a ser del 53,3% según los datos del IV trimestre de la EPA (INE, 2014) y la desigualdad interna en el colectivo de las mujeres ha tendido a disminuir, aunque todavía mantiene un importante volumen(5).

Dicha masiva incorporación no se ha visto acompañada de una mejora en las condiciones de trabajo, en las que las mujeres siguen ocupando las posiciones más precarias(6) y menos cualificadas, se sigue manteniendo un enorme distanciamiento entre los salarios de varones y mujeres, las tasas de desempleo siguen siendo superiores y se ha multiplicado el número de mujeres trabajadoras pobres.

Tampoco dicha incorporación se ha acompañado de una redistribución del trabajo doméstico (con niveles de dedicación al hogar y a la familia que duplican a los tiempos de los varones, mientras se equilibra el tiempo dedicado a trabajo y estudio en ambos sexos)(7), ni de las actividades de cuidados(8) .

La multiplicación de la sobrecarga de la mujer dentro y fuera del hogar ha disparado, así mismo, la vivencia del malestar y stress por parte de este colectivo (según se deriva de los datos de la última encuesta nacional de salud -2011-2012- del INE, consultado en Febrero de 2014). En momentos de crisis como el que actualmente estamos viviendo observamos cómo ésta incide de forma fundamental sobre las mujeres(9), precarizando e informalizando, en muchas ocasiones, aún más su posición en el mercado de trabajo, expulsando del mismo a un importante sector de este colectivo, reduciendo y asistencializando las prestaciones y ayudas existentes para abordar y contener las situaciones de pobreza y exclusión social(10).

La crisis esta teniendo un impacto especialmente relevante en el caso de las mujeres cabeza de familias monoparentales que son las que más están acusando los efectos de los recortes en las prestaciones sociales, al tiempo que se multiplican las exigencias de inversión de tiempo en el mercado de trabajo –o la búsqueda del mismo-.

Este efecto se multiplica aún más en el caso de las mujeres con responsabilidades familiares transnacionales (mujeres migrantes, que ven mermadas las posibilidades de enviar recursos a sus familiares y sus propias posibilidades de supervivencia).

A esta incidencia fundamental en lo que se relaciona con su posición en el mercado de trabajo, se suma la multiplicación de las estrategias de ahorro, así como las demandas de cuidado y atención en el seno del hogar (que en otros momentos podían externalizarse), produciéndose lo que Laura Sales(11) ha denominado una “re-precarización” de la mujer en el contexto de crisis económica actual.

Esta “re-precarización” queda parcialmente invisibilizada por unas tasas de pobreza globales (que se muestran próximas, o por lo menos no en incremento, para varones y mujeres)(12), que esconden los enormes procesos de diversificación interna del colectivo de mujeres en relación al incremento del empobrecimiento, al tiempo que invisibiliza las desigualdades que se multiplican en el seno de los hogares (distribución no equitativa de los ingresos, desigualdad de responsabilidades y cargas, etc).

Por otra parte, si atendemos al núcleo central del artículo de Miranda focalizado en el análisis de la marginalidad y su incidencia en el colectivo de mujeres, observamos, en primer lugar, que se ha asistido a un enorme reemplazo conceptual.

Al cambio, ya anunciado por Miranda, desde los años 60 a los 80 del concepto de desviación social por el de marginación social, se suma a partir de los 90, y en especial con el comienzo del siglo XXI, el concepto de exclusión social. Se produce un cambio paradigmático fundamental con la aparición y consolidación de este concepto según el cual la responsabilidad de la situación vivida pasa a recaer sobre un tipo de sociedad exclusógena, más que sobre los individuos concretos, sus hábitos o subculturas.

Así, de la exclusión social se repite —insistentemente— que es un fenómeno estructural, multidimensional, heterogéneo, complejo y dinámico, que pasa a englobar a las personas y grupos que se ven excluidos de la participación en los intercambios, prácticas y derechos sociales que constituyen la base de la integración social.

La exclusión implicaría privación de derechos sociales fundamentales que puede acabar desencadenando problemas de ruptura de los vínculos sociales y de cohesión social, haciendo, así, referencia a los impedimentos para el ejercicio de la ciudadanía plena.

Sin embargo esta renovación conceptual y paradigmática del concepto, no encuentra su correlato en el tipo de políticas públicas que en estos últimos años se han ido poniendo en marcha en la lucha contra estos procesos exclusógenos. Es más, los programas y planes que se articulan tienden a volver sobre los conceptos más tradicionales y unidimensionales del fenómeno, restringiendo por ejemplo programas como los de la garantía de rentas (rentas mínimas de inserción, por ejemplo) a familias y sujetos en situación de pobreza (monetaria) severa y pertenecientes a determinados colectivos, y regulando su implementación con una deficiencia, si no ausencia absoluta de planificación de recursos económicos para ponerlos en marcha.

La renovación conceptual ha tenido, así, un significativo impacto a nivel de los debates académicos y de las organizaciones internacionales, pero muy escaso impacto en la aplicación concreta de políticas públicas para abordar la problemática. Además, a pesar de su reafirmado carácter estructural, la mayor parte de las medidas que se proponen tienen una fuerte impronta individual y están orientadas a la capacitación personal para acceder a la inserción al empleo (fomentando la empleabilidad), promoviendo una cierta orientación culpabilizante hacia el colectivo al que se aplican dichas políticas y programas.
Volvemos así al viejo polo del debate, que María Jesús Miranda quería dar ya por superado en su artículo en la década de los 80(13).

Hay que señalar, además, que la crisis está teniendo un importante efecto tanto en las iniciativas gubernamentales en materia de pobreza y exclusión social (con los consabidos recortes en el sistema de servicios sociales y servicios públicos en general; recortes que se suman a los retrasos en la gestión, así como al endurecimiento de los criterios de acceso a una parte importante de las prestaciones y ayudas), como en las no gubernamentales, que han visto reducidos sus ingresos y con ellos sus posibilidades de actuación.

También las empresas de inserción se han visto afectadas por la crisis, encontrando que una parte importante de las que estaban funcionando han cesado en su actividad (ya en 2009 EAPN(14) más de 200 empresas de inserción existentes en el Estado español, eran ya quince las que habían tenido que cerrar en ese último periodo).

Si nos centramos más específicamente en el espacio del impacto de estos procesos en el colectivo de mujeres, podemos observar que el fenómeno de la exclusión social afecta en mayor medida a este colectivo(15) (si bien desde 2010 las tasas tienden a equipararse).

No obstante, el volumen de personas excluidas se multiplica en el caso de las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas (familias monoparentales). Como señalan López Giménez y Renes(16): “Los hogares mono-parentales y de estructura más compleja, con más de un núcleo familiar y mayor tamaño, se han visto más afectados. El carácter femenino de la exclusión social también está relacionado con una incidencia muy fuerte en las mujeres cabezas de hogar más jóvenes. Además, la presencia de menores en el hogar no tiene incidencia cuando el sustentador principal es varón, pero duplica las probabilidades de exclusión para las mujeres. También la presencia de minusvalías tiene un mayor impacto negativo en los hogares encabezados por mujeres”.

Así pues, si la exclusión social afecta de manera más grave a las mujeres, esta gravedad se multiplica en el caso de las mujeres en familias monoparentales, en el caso de mujeres inmigrantes y pertenecientes a minorías étnicas y en el de aquellas con problemas de discapacidad.

La exclusión se acumula y multiplica en el colectivo de mujeres inmigrantes no regularizadas, quienes además de su situación de indefensión en todos los espacios de la ciudadanía, se suma, en muchas ocasiones su inserción totalmente desregulada a un mercado de trabajo que en muchas ocasiones les mantiene en régimen de cuasi-esclavitud, especialmente en el contexto del servicio doméstico, los cuidados o el trabajo sexual.

Por otra parte, el género, y en concreto, ser mujer, agudiza la vulnerabilidad de las mujeres que ya vivencian algún tipo de factor de exclusión. Según una serie de investigaciones que Fundación Atenea ha realizado sobre género y diversos factores de exclusión social, las mujeres que han pasado por prisión, que han consumido drogas, que son de origen extranjero o que están en desempleo sufren una mayor exclusión, estigmatización y penalización social que los varones, con lo que se dificulta severamente sus procesos de integración social.

A pesar de la incidencia multiplicada de todos estos factores exclusógenos, entre las personas sin hogar el porcentaje de mujeres es muy bajo en relación al de los varones: 17,3%, según los datos de la Encuesta a Personas sin hogar de 2005, señalando el 62,3% de las mismas que están en esta situación por haber sufrido violencia ellas o sus hijos (INE, consultado en Febrero de 2014).

En esta baja incidencia del sinhogarismo en las mujeres podrían estar influyendo las tradicionales tendencias protectoras que se despliegan respecto de la mujer, en relación con la cual, es más frecuente la acogida en el hogar de familiares próximos, así como una mayor presencia de estrategias “multi-movilizadas” en el caso de las mujeres en situación de pobreza y exclusión social (en relación a la movilización combinada de recursos estatales, asistenciales y familiares)(17), especialmente cuando hay hijos a su cargo en el hogar.

Junto a estas situaciones de exclusión social severa, se mantiene dramáticamente elevado el volumen de mujeres maltratadas, víctimas de la violencia de género y las víctimas del tráfico de seres humanos y de la prostitución(18). En este contexto se vuelve a retomar el debate, ya planteado por Miranda en 1985, sobre la ambivalencia y el doble filo de los procesos de regularización del mercado de la prostitución, animados desde las organizaciones internacionales (especialmente en los informes realizados desde la Organización Mundial de la Salud -2012- en aras de controlar la incidencia del VHI-SIDA y fuertemente criticado por algunos movimientos feministas –aunque con gran divergencia de posicionamientos- y por la comisión del Grupo de Estados sobre la lucha contra la trata de seres humanos).

En el contexto español, nuevamente se pone sobre la mesa la crítica a la situación de desprotección de la mujer que implica la no penalización del proxenetismo que se deriva de varias sentencias de los tribunales en las que se establece que no es delito lucrarse con la prostitución y no se castiga expresamente el mantenimiento o administración de prostíbulos(19).

Por último, atendiendo a los temas abordados en el artículo de Miranda, la criminalidad femenina, se mantiene en unos niveles muy bajos(20). Las cifras de población reclusa femenina disminuyen ligeramente año a año constituyendo en 2012 un 7,38% de la población reclusa total (a pesar de que el número de mujeres reclusas en números absolutos se ha incrementado tenuemente en los últimos años) (datos del Ministerio del Interior –Consultados en 2014-) y se vincula, básicamente, con actividades relacionadas con delitos contra la salud pública (tráfico de drogas, fundamentalmente).

Hay que rescatar, para terminar este comentario, que como ya señalaron los miembros del equipo Barañí en su estudio de 2001 que una parte importante de las mujeres reclusas pertenece a la minoría étnica gitana, quienes sufren procesos de criminalización más intensos, soportan itinerarios y condenas en sus modalidades más duras e inflexibles, poniendo de relieve la existencia de un nivel de discriminación muy severo por parte del sistema jurídico-penal en relación a ellas (Equipo Barañí, 2001).

Vemos, así pues, cómo los factores que mantienen a las mujeres en una posición de mayor vulnerabilidad frente a la exclusión y la marginación, se han mantenido con escasas modificaciones a lo largo de estos 30 años desde que María Jesús Miranda escribió su artículo, si bien, la crisis económica ha provocado un contexto de mayor fragilidad, precarización y riesgo de exclusión social, acompañados de mayores dificultades para salir de la misma.

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1. Miranda, M.J. (1985) “Mujer y marginación social”. Mujeres, Donnes, Emakumeak Nº 5, marzo de 1985, pp:35-42
2. Alonso, L. E. (2007). La crisis de la ciudadanía laboral. Barcelona: Anthropos.
3. Serrano, A., D. Parajuá y A. Zurdo (2013) “Marcos interpretativos de lo social en la vivencia de la «nueva pobreza»”. Cuadernos de Relaciones Laborales. Vol. 31, núm. 2, 2013, pp.: 337-382
4. La tasa de participación femenina en el mercado de trabajo presentaba entonces enormes diferencias, encontrando que solo un 11.9% de las mujeres sin estudios participaba, un 23,9% de las mujeres con estudios primarios, un 47,4% de las que tenían estudios medios, frente a un 84,4% de las de estudios superiores (A. Novales, 1989, “La incorporación de la mujer al mercado de trabajo en España: participación y ocupación” Moneda y crédito, nº 188, 1989, p. 247). También las diferencias eran enormes en función de si la mujer estaba casada o soltera y del sector económico donde se incorporaba.
5. Según la EPA (IV Trimestre, 2013) las tasas de actividad en el caso de las mujeres menores de 29 años, en el de las separadas y divorciadas y entre las que tienen estudios superiores son prácticamente equiparables a las de los varones. En el resto de grupos encontramos mayores diferencias que se incrementan en el caso de las mujeres más mayores, de las casadas y de las de menores niveles de estudios.
6. Por ejemplo el volumen de mujeres que desempeñan trabajos a tiempo parcial es del 26,3% frente al 8% de los varones (IV Trimestre 2013 EPA, INE,2014). También llama la atención la gran diferencia entre varones y mujeres en la cuantía de personas subempleadas, espacio social en el que las mujeres presentan un volumen muy superior, especialmente en las categorías de mayores niveles formativos donde las distancias se multiplican (IV Trimestre 2013 EPA, INE, 2014).
7. Según los datos que nos ofrece la última encuesta disponible sobre empleo del tiempo (2009-2010) 7 del INE [consultado en Febrero, 2014]. Las encuestas realizadas en los dos últimas décadas recogen una tendencia a un mayor equilibrio en el reparto del trabajo doméstico, partiendo de una extrema desigualdad: en 1991 los hombres sólo realizaban el 17,5% del trabajo doméstico, en 1996 el 21,5%, en 2003 del 25,3% y en 2010 del 31,5% (Encuestas de usos del Tiempo de CIRES 1991 y 1996 e INE, 2003 y 2010 en IOE -2013- Crece la desigualdad en España. Barómetro social de España.). Sin embargo, las mujeres continúan dedicando mucho más tiempo diario de trabajo, combinando ambos tipos de tarea, que los varones.
8. Los datos derivados de la Encuesta de discapacidad (EDAD -IMSERSO, 2008) ponen de relieve que tres de cada cuatro cuidadores principales de personas dependientes son mujeres, al mismo tiempo que son ellas quienes siguen cargando con la principal responsabilidad sobre el cuidado de los hijos.
9. Carrasco, C. (2012). “No es una crisis, es el sistema”, Con la A, n.º 1, 8 de marzo de 2012; Gálvez Muñoz, L., y J. Torres López (2010). Desiguales: Mujeres y Hombres ante la crisis financiera. Barcelona, Icaria; Larrañaga, M. (2009) “Mujeres, tiempos, crisis: Combinaciones variadas”. Revista de Economía Crítica, 8: 113-120.
10. Como señala L. Sales (2013:441) “Si la calidad del empleo es peor en el caso de las mujeres, también lo es la calidad del desempleo: no es lo mismo perder un puesto de trabajo estable, a jornada completa —caso típicamente masculino—, que perder un trabajo temporal, a jornada parcial y con un salario inferior, que son las características habituales del empleo femenino”. En estos casos la protección es menor y más breve. Además, según esta autora habría que añadir el fenómeno que denomina “paro sumergido” que afectaba, en su estudio para Cataluña y con las mujeres atendidas por un dispositivo asistencial, al 19,2% de ellas.[Sales, L. (2013)“Realidades invisibilizadas: pobreza e impacto de la crisis a partir de una investigación feminista en el área metropolitana de Barcelona” Cuadernos de Relaciones Laborales Vol. 31, Núm. 2.pp: 435-451].
11. Sales, L. (2013) Ibídem.
12. De hecho, si bien ha sido una constante la mayor tasa de pobreza relativa de las mujeres (fenómeno que se ha venido a caracterizar como “feminización de la pobreza”) las estadísticas globales ponen de relieve que estas diferencias disminuyen en los últimos años, hasta llegar a ser prácticamente nulas. Lo que esta supuesta mayor igualdad invisibiliza es el mayor acceso, doblemente precarizado, de las mujeres a nichos laborales relacionados con el cuidado y el trabajo doméstico y la multiplicación de las demandas en el propio hogar. Al mismo tiempo, las estadísticas invisibilizan también una parte importante de las mujeres con responsabilidades familiares en contextos de pobreza y carencia, que son acogidas en los hogares de los progenitores u otros familiares.
13. En esta línea se desarrolla un interesante área de trabajo en la que uno de sus principales exponentes viene a ser Loïc Wacquant (2010 ) con su texto Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad social . Gedisa
14. EAPN (2009) El impacto de la crisis en la pobreza y la exclusión social: diagnóstico y actuaciones. Informe de la Red europea de lucha contra la pobreza y la exclusión social en el estado español (EAPN- ES). Madrid, 17 de Octubre 2009.
15. Se pueden consultar los datos de Eurostat del índice de riesgo de pobreza o exclusión social (indicador AROPE) y también la encuesta específica sobre pobreza y exclusión social desarrollada por FOESSA en los años 2005 y 2008.
16. López Gimenez y V.Renes (2011) “Los efectos de la crisis en los hogares: nivel de integración y exclusión social” Papeles de relaciones eco-sociales y cambio global, Nº 113, 2011, pp. 189-199.
17. Es esta una de las conclusiones extraídas del estudio de Serrano, Parajuá y Zurdo (2013) Ibídem.
18. Es muy difícil aportar datos concretos y fiables relacionados con este tipo de fenómenos, puesto que la información es deficiente, fragmentada y con cambios importantes en los estándares de la recogida de datos, lo cual dificulta en buena medida las posibilidades de comparación. Las principales fuentes de datos son: las estadísticas judiciales del Consejo del Poder Judicial, la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género del Ministerio del Interior y los informes criminológicos anuales sobre los delitos contra la libertad sexual de la Guardia Civil. En general, los diversos datos existentes ponen de relieve un relativo descenso de la incidencia de la violencia de género, de las víctimas de la prostitución y de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual en los últimos años.
19. En la reforma en ciernes del código penal que actualmente está preparando el gobierno de la nación, el proxenetismo se despenaliza todavía más, incluyéndose dos condicionantes para penar el lucro de la prostitución que son muy difíciles de demostrar, al tiempo que se elimina el concepto de “explotación sexual” de la legislación española.
20. Diversos estudios vienen a mantener que el derecho penal se ha centrado tradicionalmente en el objetivo de tipificar conductas masculinas y que la menor criminalización de las mujeres viene compensada por el denominado “control informal o privado” [M. T. Martín Palomo; 2002: “Mujeres gitanas y el sistema penal”. La ventana, nº 15, pp:152]