¿Feminiqué? A vueltas con la feminización de la profesión médica

Artículo:

 

Grupo de Trabajo Cuidados Extensivos
Elena Casado Aparicio, María Eugenia Casado García
Carlos López Carrasco, Lorena Ruiz Marcos,
Pilar Toribio Guijarro , Ana Vicente Olmo

A finales de los años setenta del siglo pasado, las mujeres médicas en España eran pocas y estaban discriminadas, como señala el subtítulo del artículo publicado en Dosel Ciudadano en 1977. Casi cuarenta años después la referencia a la feminización de la sanidad se ha convertido en un lugar común no exento de controversias.

  • ¿Feminización? ¿Qué feminización?

Si en 1977 solo un 6,8% de los médicos colegiados eran mujeres, en 2012 representan el 46,9% (INE, 2012). El salto desde luego es importante pero, a poco que echemos la cuenta, eso significa que el 53,1% son varones. De modo que la feminización de la profesión médica más que una realidad es una tendencia. Una tendencia sostenida en el tiempo y con visos de continuidad pues dos de cada tres aspirantes al MIR en 2013 fueron mujeres. No obstante, su distribución es desigual.

Los varones, que representan un 32,3% de los aspirantes, siguen copando las especialidades ligadas a la cirugía: son el 69,7% en cirugía plástica, estética o reparadora, el 57,3% en cirugía ortopédica y traumatología, el 57,1% en cirugía oral y maxilofacial, el 54,4% en cirugía torácica y en cardiovascular, y el 52,8 en neurocirugía. La única cirugía mayoritariamente femenina es la pediátrica (con solo un 13% de aspirantes varones) que junto a obstetricia y ginecología y pediatría (con un 87,4% y un 85,9% respectivamente) encabeza la lista de preferencias femeninas (Médicos y pacientes, 2013).

¿Cabe hablar entonces de feminización de la profesión médica así, en general? Pues sí y no. Sí si lo que se quiere subrayar es el carácter sostenido y constante del proceso de reapropiación por parte de las mujeres de un campo profesional y científico que les fue vedado con la institucionalización del modelo biomédico tal y como cuentan Ehrenreich e English ([1973] 1988) en Brujas, parteras y enfermeras.

Pero, precisamente por ello y a la vista de los datos, quizá sea más ajustado hablar de desmasculinización de algunas actividades y áreas de la vida en un doble sentido ambivalente e interconectado. Por un lado, frente a esos lugares hoy comunes de “incorporación de las mujeres” en “ese camino que nos queda por recorrer”, como si fuéramos lentitas, el término, aunque raro, deja al descubierto tanto las resistencias a una historia de expulsión y posterior exclusión de las mujeres como los mimbres con los que se teje una densa jerarquía que coloca a los médicos (particularmente de ciertas especialidades) por encima de quienes se dedican a la atención primaria, a ambos por encima de enfermeras y auxiliares y, en general, a los expertos por encima de pacientes y cuidadoras habituales y a lo profesional por encima de lo doméstico.

Una jerarquía, además, atravesada por el género de arriba a abajo y de derecha a izquierda que intersecta con cuestiones de clase y precarización del empleo, con posiciones raciales y/o étnicas, con la edad, con el devenir de los flujos migratorios, etc., al tiempo que se prolonga hacia lo doméstico (por parte de familiares u otros cuidadores, regularizados laboralmente o no) en una cadena femenina de cuidados.

De este modo, frente al diagnóstico de la feminización hablar de desmasculinización nos permite poner el foco en otro ángulo: ¿dónde están y dónde estaban los hombres en unos trabajos, saberes y parcelas tan fundamentales para la vida como son los cuidados, en un sentido amplio?

Y es aquí donde topamos con el segundo sentido de desmasculinización, pues junto a ese desafío contemporáneo por parte de las mujeres al monopolio masculino en el ejercicio de la profesión vemos cómo se mantiene y reproduce el desinterés y abandono por parte de los varones de ciertas tareas, especialidades y espacios degradados por ser considerados femeninos o feminizados al devaluarse (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?); una tendencia aún más significativa en tiempos de recortes de lo público.

Sirvan de ejemplo dos datos reveladores, uno del ámbito sanitario y otro de andar por casa

– El porcentaje de enfermeros colegiados ha descendido del 21,2% en 1994 al 15,75 en 2012 (INE, 2012).
En caso de enfermedad el 55,8% de los varones españoles dice que contaría con los cuidados de su pareja frente al 39,7% de las mujeres, que compensan la diferencia apoyándose en otras mujeres de su entorno; así mismo, las madres serían el apoyo para el 23,4% de la población, muy por encima de los padres (2,4%) (CIS, 2010).

De modo que, frente a la idea facilona de progreso naturalizado según la cual con el paso del tiempo las desigualdades se van superando, lo que constatamos es que la diferenciación goza de buena salud y que el género, lejos de disolverse, se rearticula, aunque en otras condiciones. Pero que el género no se disuelva no implica, como sabemos, que sus muros sean infranqueables ni inamovibles, como muestran tanto la historia como las prácticas cotidianas de quienes siguen empujando los límites que les son impuestos como colectivo hacia lugares menos injustos y más habitables.

  • Y sin embargo, se mueve: ¿Quién teme a la feminización?

Que algo se está moviendo queda patente en las resistencias que despierta. El 18 de junio de 2012, Diario Médico, una publicación gratuita de amplia difusión dirigida a profesionales, se hacía eco de las preocupaciones de los presidentes de las Sociedades Españolas de Ginecología y Obstetricia, de Pediatría y de Endocrinología y Nutrición con respecto a la feminización de la profesión médica. Su tesis es clara: la “feminización” es problemática, como corresponde a las posiciones subalternas y por tanto marcadas frente a lo que se asume como norma y normal.

Un carácter problemático que remite a “motivos fisiológicos” de “las féminas” y que, si bien era asumible en tiempos de bonanza, se convierte en una rémora en tiempos de crisis, pues allí donde “el número de mujeres supera al de hombres… empiezan a tener problemas logísticos y de cobertura de los servicios médico quirúrgicos debido a las bajas por maternidad, la lactancia y la reducción de jornada por cuidado de hijos para conciliar la vida familiar y laboral” (Diario Médico, 18/06/2012).

Sus afirmaciones no se sustentan en ningún dato sobre permisos (que no bajas) por maternidad, reducciones de jornada, ausencias o distribución de hombres y mujeres por especialidades, como bien hacía notar Teresa Jerez Salcedo, de la Secretaría de la Mujer de la Federación de Sanidad de CCOO, en su respuesta a la noticia.

Su único sustento son los datos del MIR en 2012, donde se apuntaban tendencias similares a las comentadas más arriba para 2013; datos que les llevan a “exigir que en la cobertura de las plazas MIR se tenga en cuenta la feminización de cada especialidad” y a justificar sin pudor, como quien se enfrenta a un desastre natural, que “esta situación te hace reflexionar cuando tienes que decidir si vas a contratar a una mujer”.

Todo ello, claro, en el caso de médicos, pues entre quienes perciben bajo su batuta (enfermeras, auxiliares…) la feminización siempre ha sido la norma y, por tanto, ni se cuestiona, ni se percibe problemática, ni se ven sus problemas cotidianos en tiempos de crisis.

Como tampoco se cuestiona el que estos tres portavoces de sociedades científicas sean varones, a pesar de que sus especialidades son precisamente algunas de las más feminizadas; de hecho es también “lo normal”: según los datos de la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME), solo 6 de sus 40 sociedades científicas están presididas por mujeres.

  • Las otras caras (y cuerpos) de la feminización

Los artículos, el de Dosel Ciudadano y el de estos señores alarmados, tienen un argumento en común, aunque con planteamientos opuestos: la responsabilización femenina en el ámbito doméstico-familiar y, con ello, en los cuidados. A ello aludían en 1977 Miranda y Abril para explicar el exiguo número de mujeres médicas y en ello se apoyan los presidentes de las asociaciones profesionales en Diario Médico para justificar sus demandas.

Las primeras cuestionan la división sexual del trabajo que impide a las mujeres participar en igualdad de condiciones en el mercado laboral; los segundos la asumen como destino inexorable y, de este modo, la reproducen y la naturalizan. Esa es la tensión en que se manejan de manera ambivalente las mujeres (cómo me las maravillaría yo, que cantaba Lola Flores): quieren tener una carrera profesional o un sueldo (no siempre es lo mismo) pero no pueden dejar de atender a lo que ellas saben que debe atenderse. Los contextos varían, pero los sinsabores suenan familiares.

Así lo refleja por ejemplo una auxiliar de enfermería que lee el texto de Miranda y Abril 37 años después de su publicación:

“Al leer el artículo han brotado de mis ojos lágrimas como puños… Me siento como esas mujeres norteamericanas de los años 50 a las que se les permitía el «capricho» de estudiar y trabajar. Tenían que ser perfectas: las mejores estudiantes, trabajadoras, esposas y madres. Pero si algo se torcía, digamos que un hijo enfermara, o necesitara un apoyo extra para superar los cursos en el colegio, había que renunciar a algún «capricho». Han pasado casi 40 años y seguimos igual, teniendo que «renunciar» (ahora lo llamamos «priorizar»)… Yo soy madre, amiga/esposa, auxiliar de enfermería y estudiante (en ese orden). En mi planta hay tres médicos (todos varones), una supervisora, 25 enfermeras (solo dos varones), 16 auxiliares de enfermería (todas mujeres) y un celador; por lo que parece que el esquema social se mantiene. Todos se enorgullecen de lo mucho que estudio PERO también soy sancionada cuando se me rompe un tacón de superwoman y cojeo. Por ejemplo cuando mis hijos tienen algún problema ya la cosa no esta tan bien vista: «madre mía, tu marido debe de ser un santo» (cuando no te dicen que «un calzonazos»), «claro, es que los niños son lo primero». En casa aunque mi marido «me apoya» y las labores domesticas y del cuidado están más o menos compensadas, la sanción también está ahí, oculta, velada… Se hace patente en momentos de estrés (vamos, en las broncas).” (Comunicación personal)

En las broncas, como en las crisis, se explicitan efectivamente las controversias y las tensiones amortiguadas bajo discursos igualitaristas que no lo son tanto en las prácticas. La división sexual del trabajo sigue responsabilizando a las mujeres de las tareas domésticas y de cuidados, al tiempo que da cobertura al escaqueo masculino de estas mismas tareas y espacios, invisibles y/o minusvalorados socialmente a pesar de ser absolutamente necesarios para el sostenimiento de lo cotidiano.

Ahí queda de manifiesto cómo el cuidar, en lo profesional (por ejemplo, en la enfermería) y en lo familiar, recae sobre los riñones de las mujeres. Silenciosamente muchas veces, ruidosamente otras. Porque ni a los privilegios no se renuncia fácilmente ni el género se disuelve mágicamente.

Y es que tanto en 1977 como hoy, el género es un dispositivo implacable de organización social. Atraviesa una compleja matriz de contrastes (Strathern, 1980: 177) y jerarquías donde la constitución y demarcación de lo masculino y lo femenino se enreda con la de lo público y lo privado, la naturaleza frente a la cultura, el cuerpo y la mente, lo profesional y lo doméstico, o la razón frente a la emoción…

Demarcaciones jerárquicas que se ponen en escena en el cotidiano acople asimétrico entre hombres y mujeres (Goffman, 1977). Producimos diferenciación; producimos y reproducimos género y, asociados a él, se nos distribuyen desigual e injustamente privilegios y sinsabores. Y así, como se preguntan en uno de los informes de la Sociedad Española de Salud Pública y Atención Sanitaria (SESPAS), ¿quién cuida, por ejemplo, de quienes cuidan?, ¿cómo repercute el cuidar en su salud y en su bienestar? (García Calvente et al, 2004a y 2004b).

  • Otra “feminización” es posible

Pero, aún así, tiemblen señores, tiemblen, porque hay otra “feminización” en marcha que viene a quedarse y que al reivindicar el valor de los cuidados (extensivos, colectivos, ordinarios) en detrimento del imperialismo de la racionalidad científica, deja en evidencia las limitaciones del modelo biomédico y de sus controvertidas abstracciones descontextualizadas, así como las de unas formas de organización social que hacen de la desigualdad de género su sólido y oculto pilar.

De nuevo más que de “feminización” hablaríamos de “desmasculinización” porque no es una reivindicación acrítica de una feminidad naturalmente cuidadora hasta ahora desconsiderada. Se trata más bien de poner en cuestión esa división naturalizada entre lo femenino y lo masculino, así como las posiciones y condiciones diferenciadas y desiguales que de ella se derivan para unos y otras, y la matriz de diferenciaciones jerárquicas en las que opera (público/privado, razón/emoción, naturaleza/cultura…).

Una puesta en cuestión que no es ni mucho menos incompatible con poner en valor los saberes prácticos de quienes cuidan y han cuidado tradicionalmente y reconocer su carácter fundamental (de fundamento) para la vida. Porque en gran medida son los cuidados lo que está en disputa, tanto por lo que toca a la organización social en general (quién cuida de quién, por qué, en qué condiciones, con qué implicaciones…) como a la atención a la salud en particular.

Tampoco ahí faltan voces que apuestan por una medicina al servicio de los cuidados y no unos cuidados al servicio de la medicina. Las hay que llaman la atención sobre los determinantes sociales de la salud (Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la salud, 2009); o apuestan decididamente por la atención primaria (Informe SESPAS, 2012) frente al privilegio material y simbólico de la figura del cirujano.

Y hay también voces que ponen en valor la especificidad de una enfermería que, liberada de “la sombra del modelo biomédico” (Arboledas, 2011), entra con paso firme en el terreno de la investigación y la producción de conocimiento (colaborativo y participativo) en tiempos de salud 2.0.

Frente a la primacía de ciertos saberes expertos, como los que atraviesan el modelo biomédico, cargados de discursos normativos sobre quién y cuándo debe vivir, sobre cómo debemos vivir, cuyo referente es “el cuerpo” (maquinaria orgánica, universal, abstracta, desprovista de la “incomodidad” de las emociones, del obstáculo que supone pensar en un cuerpo como inserto en una biografía), frente a la idea del asistencialismo paternalista que lo complementa y “humaniza”, se propone el acompañamiento de las personas y la atención a sus contextos desde una práctica situada que toma como punto de partida irrenunciable el reconocimiento del otro/a, de los múltiples otros y otras que cuidan y son cuidados/as, y que fomenta el compromiso individual y colectivo con el desarrollo de nuestros márgenes de autonomía y nuestro bienestar material y simbólico.

Y en ese movimiento conectan también las voces que, dentro y fuera del sistema sanitario, desde colectivos feministas, ecologistas, o de diversidad funcional, hasta la reflexión académica y la práctica investigadora pasando por organismos internacionales como la OMS y plataformas ciudadanas como Yo Sí Sanidad Universal, promueven otras formas de entender y atender a la salud.

Porque la salud es una tarea en equipo que se juega en diferentes campos, de modo que es preciso reconfigurar el entramado (institucional, material, laboral, afectivo, tecnológico, de conocimiento) a través del cual negociamos, ofrecemos, recibimos y representamos los cuidados.

Un proyecto ingente y ahora más que nunca necesario (incluso urgente), que tiene como primeros marcadores la visibilización y la valoración del trabajo de cuidar, tanto en el ámbito profesional (regulado y desregulado) como en el de nuestra cotidianeidad. Un “trabajo”, masculino y singular en los diccionarios pero femenino y plural en las prácticas que nos ocupan, que implica tiempo, esfuerzo, aprendizaje, elaboración, dedicación y constante transformación.

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Bibliografía ampliada

– Arboledas, Josefina (2011). “La enfermería ha permanecido oculta tras la sombra del modelo biomédico” (disponible online)
– CIS (2010). Barómetro de septiembre.(disponible online)
– Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la salud (2009). Subsanar las desigualdades en una generación. Alcanzar la equidad sanitaria actuando sobre los determinantes sociales de la salud. Buenos Aires: Ediciones Jorunal (disponible online).
– Ehrenreich, Barbara; English, Deidre ([1973] 1988). Brujas, comadronas y enfermeras. Historia de las sanadoras. Dolencias y trastornos. Política sexual de la enfermedad, Barcelona, Editorial Lasal.
– Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME)(2014). “Sociedades” (disponible online).
– García Calvente, M.M.; Mateo-Rodríguez, I.; Eguiguren, A. P. (2004), “El sistema informal de cuidados en clave de desigualdad”, Gaceta Sanitaria 18 (Supl. 1): 132-139 (disponible online).
– García Calvente, M.M.; Mateo-Rodríguez, I.; Maroto-Navarro, G. (2004), “El impacto de cuidar en la salud y la calidad de vida de las mujeres”, Gaceta Sanitaria 18 (Supl. 2) :83-92 (disponible online).
– Goffman, Erving (1977): “The Arrangement between the Sexes”, Theory and Society 4(3): 301-331. (disponible online).
– INE (2012). Profesionales Sanitarios Colegiados (disponible online).
– SESPAS (2012). “Informe SESPAS. Atención Primaria: Evidencias, experiencias y tendencias en clínica, gestión y política sanitaria”, Gaceta Sanitaria, vol 26 (Suplemento 1) (disponible online).
– Jerez Salcedo, Teresa (2012). “El papel de la mujer en la medicina”, (post disponible).
– Medicos y Pacientes (2013) “Balance del SIMEG sobre distribución de plazas MIR en convocatoria 2013”, (post disponible)
– Serrano, Alicia (2012). “La crisis agudiza los problemas de la feminización”, Diario Médico (18/06/2012)
(disponible online)
– Strathern, Marilyn (1980): “No nature, no culture: The Hagen case”, en C. MacCormack y M. Strathern (eds.) Nature, Culture and Gender, Cambridge: Cambridge University Press (disponible online).

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2 pensamientos en “¿Feminiqué? A vueltas con la feminización de la profesión médica

  1. elena casado dice:

    Reblogueó esto en sociologia ordinariay comentado:
    Esta es nuestra colaboración con el proyecto Dónde estabas en 1975. Aún tenemos pendiente contaros qué es eso de Cuidados Extensivos y en qué consiste nuestro proyecto, pero… Podríamos decir eso de que “vamos despacio porque vamos lejos”, aunque más bien es “vamos al ritmo que podemos porque estamos hasta arriba” Eso sí, pasión y ganas no nos faltan.
    No os perdáis “La compasión infinita”, texto que presenta nuestro post y el artículo de MIranda y Abril de 1977 con el que dialogamos.
    Y gracias a María Jesús Miranda y Elena Herrera por la invitación a conversar. ¡Seguimos!

  2. […] Aquí os dejamos nuestra colaboración con el proyecto Dónde estabas en 1975. Aún tenemos pendiente contaros qué es eso de Cuidados Extensivos y en qué consiste nuestro proyecto, pero… Podríamos decir eso de que “vamos despacio porque vamos lejos”, aunque más bien es “vamos al ritmo que podemos porque estamos hasta arriba” Eso sí, pasión y ganas no nos faltan. No os perdáis “La compasión infinita“, texto que presenta nuestro post y el artículo de MIranda y Abril de 1977 con el que dialogamos. Y gracias a María Jesús Miranda y Elena Herrera por la invitación a conversar. ¡Seguimos! […]

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