Música, Feminismo e Ironía

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga 

La etnometodología es una forma de hacer sociología (emparentada con la psicología social, la lingüïstica y la psicología cognitiva) una de cuyas acepciones se refiere al método mediante el cual los grupos sociales construyen sus filosofías, sus formas de pensar, sus valores.

Se inicia, allá por los años 50 del siglo pasado, estudiando fenómenos como los procesos de toma de decisiones en los jurados norteamericanos. En los debates de estos “doce hombres sin piedad” se expresa el pensamiento de cada miembro sobre el bien y el mal, la culpa y la fatalidad, la muerte y la vida, el amor y los celos, la legitimidad de la propiedad, la libertad, la necesidad, el deseo…

Estos fascinantes estudios pusieron en cuestión la sociología de Durkheim y sus seguidores, según la cual los hechos sociales han de ser tratados como cosas. Para interaccionistas, etnometodólogos y afines, los hechos sociales son procesos, en permanente construcción y deconstrucción. Hoy por hoy, la corriente principal de esta escuela sociológica es lo que se llama “sociología de la vida ordinaria”.

En mi opinión, una de las cristalizaciones más nítidas de los procesos de construcción de la cultura cotidiana es la música. Carezco de la suficiente cultura musical para analizar las corrientes actuales, generalmente vinculadas a lo que se llamó en tiempos “tribus urbanas” pero Elena hace un esfuerzo muy notable.

Y, como ella, muchas de su generación, la 2.0. Reflexionan sobre el cuerpo de la mujer, su proxemia (lenguaje corporal), su sintaxis, las interpretaciones que se pueden hacer de ellas. Y también, claro está, sobre la propia música y el contenido de las letras.

El machismo irónico, que es también objeto de su análisis, es paralelo a un debate que ha estado muy de actualidad esta semana. Es el que se desató en torno a la broma de Ëvole sobre el 23F. ¿Hasta donde es lícito jugar con las cosas de comer?. ¿Cuánto podemos ironizar sobre cuestiones importantes?.

Claro está que no tenemos la respuesta. Que cada una elabore la suyaEl otro Trending Topic de estos días ha sido el debate sobre el estado de la nación. Así que, como decían Tip y Coll, “la próxima semana hablaremos del gobierno”.

Nuevas y viejas formas del sexismo en las industrias culturales

Ilustración: Sancho Ruiz Somalo.

Ilustración: Sancho Ruiz Somalo.

Artículo:

Elena Herrera Quintana
Socióloga

En “Del Pop Al Hip-Hop” María Jesús Miranda y Ángeles Aguilera hacen un repaso del panorama musical español de mediados de los ochenta en aras de diagnosticar cuál era el punto o el cambio en las relaciones interpersonales, sobre todo, en el sexo y el amor.

En la producción musical de los ochenta notaban como las chicas eran bastante mal tratadas en las letras de grupos, ejemplos son Asfalto (“eres solo una mujer de plástico, por mucho que me digas”) o Semen Up, que nos cuentan qué es lo único que hacen bien las mujeres. Que cada cual imagine.

Como dicen las autoras “Entre paranoicos, bebés malcriados y agresores sexuales que se les va toda la fuerza por el pico”, Alaska “buscaba a un hombre de verdad” y Martirio duerme muy a gusto sola, después de que su chico se fuese con otra más joven. Llegan Las cinco en punto que no están muy por la labor de meterse en una relación seria y a Luz Casal ya no le importa nada.

Poco a poco, después de que muchas cantantes tomaron el micrófono, se dio una nueva situación del juego que requería otras reglas, entonces se oían las quejas de Loquillo o la tumba de nuestro amor de Ilegales. Otras voces estaban dispuestas a negociar en aquella nueva situación (Gurruchaga “Atiende a mis razones”) o incluso situaban el amor en un mundo más allá “lejos de las leyes de los hombres” (El último de la fila).

Tomando este artículo como punto de partida queremos reflexionar sobre las representaciones de género en los medios de comunicación, para ello hemos recuperado un debate que se inició a principios de 2013 y que ha servido para poner el tema del machismo de los productos musicales y culturales encima de la mesa.

No nos vamos a centrar no tanto en las letras de canciones sino en los artículos originales que surgieron a este respecto, donde se hablaba de la industria musical, la crítica y la música indie. También relacionaremos estos temas con las industrias culturales y con lo que se ha llamado el “machismo hipster” o “sexismo irónico”.

El debate se inició cuando el Periódico Diagonal publicaba un artículo el 8 de Enero de 2013 llamado “Machismo gafapasta” en el que denunciaba las actitudes machistas en la música indie española, señalando letras de canciones, artistas y publicaciones como detentores de ciertas actitudes respecto a las mujeres. Claramente el artículo pisaba algunos callos porque no tardaron en llover airados comentarios desde el twitter de RockDeluxe, una de las publicaciones señaladas como representantes de este indie español y machista.

Más allá de los pros y los contras en la gestión de la comunicación online y de los riesgos derivados del “hablar en caliente” (que no por ello dejan de ser sintomáticos de una actitud determinada), esta misma revista publicaba pocos días después un artículo extenso y muy interesante en respuesta a aquel primero, donde además incluía comentarios de los artistas señalados y señaladas como detentores/as de dichas actitudes, comentarios de especialistas de la industria y de artistas en general. El tabú se estaba rompiendo y se ponían en el tapete temas importantes sobre las formas de sexismo en el mundo posmoderno.

Pensamos que es fructífero para el análisis diferenciar ciertos elementos que requieren que nos paremos de forma aislada en cada uno de ellos.
En primer lugar se habla de la industria musical, entendiéndola como todo el proceso de producción de un producto musical, desde artistas pasando por promotores/as, distribuidoras, medios de comunicación, salas de conciertos, estudios de grabación, públicos etc…

Por un lado es sabido que las industrias culturales, como es la musical, ayudan de una u otra forma, a la difusión de comportamientos sexistas y estereotipos de género. Pasando por el cine, los videoclips, las revistas, los videojuegos, etc… Desde el elevado y sin sentido número de desnudos femeninos en nuestros medios de comunicación, pasando por la excesiva  y continua sexualización del cuerpo femenino para la venta, independientemente de que se venda crema hidratante, música ó películas,  hasta los procesos de fragmentación del cuerpo en la publicidad (reflejo quizás de sujetos fragmentados).

Este tema es señalado, por ejemplo, en el documental Miss Representation aunque se nos ocurre que aquí también podemos valorar la brecha de género en los productos culturales (sobre todo libros, cómics, obras de teatro, películas) utilizando el famoso Test de Bechdel que tanto ha dado de qué hablar.
Este test, ideado por la escritora de comics Alison Bechdel, establece que una película pasaría el control antisexista si aparecen dos mujeres (que tengan nombre propio, es decir, personajes principales) hablando entre sí sobre algo que no sean hombres o relaciones con hombres, ya sean familiares, románticas, de amistad….

Aunque como aparato metodológico no es de largo alcance (una película puede pasar el test y no por ello dejar de ser sexista o dejar de difundir estereotipos de género), sí nos sirve para hacer un diagnóstico previo de cómo está la situación.

Esto nos lleva a la segunda matización y es que en muchas de estas industrias culturales se da una sobrerepresentación masculina o de “lo masculino” (que clásicamente esta esencializado como otra forma más de estereotipar)

Pondremos un ejemplo referido al cine: Martha M. Lauzen en el estudio “The Celuloid Ceiling” establece que en 2012 sólo el 18% de todo el personal que trabajaba en las 250 películas más taquilleras de aquel año eran mujeres, este porcentaje prácticamente no cambia desde 1998. De las mismas 250 películas en 2012, solo el 9% estaban dirigidas por mujeres.

Pilar Aguilar añade, en “Cine negro y género en España”, que en el 80% de los casos los hombres eligen a personajes masculinos para protagonizar sus películas, de la misma forma, en un 70% las mujeres eligen personajes femeninos. Por tanto, el producto final es eminentemente masculino siendo el verdadero problema que las mujeres son atrezzo de la historia principal.

De las 100 películas más taquilleras de 2011, Lauzen afirma en “It´s  a Man`s World” que los personajes masculinos son líderes (en cualquiera de sus formas: líderes políticos, religiosos, empresariales, sociales y científicos) en el 86% de los casos, mientras que los personajes femeninos solo aparecen representados en este sentido en el 14% de los casos.

Además estos últimos suelen ser más jóvenes que los masculinos, porque ya sabemos que la edad para los varones es un añadido de madurez, y para las mujeres un handicap (los personajes masculinos de 40 años para arriba lo son en un 50% de los casos, las mujeres den un 25%, por lo que el 75% de las representadas tiene menos de esta edad)

Como dice la guionista Jennifer Kesler hablando de sus años de aprendizaje, la mayoría de las veces los personajes femeninos tienen la función de revelar características de los masculinos. Son un apéndice de aquellos, sin historia propia, sin biografía, y sólo eficaces en la medida de que puedan ayudar a definir la profundidad de los personajes masculinos.

Esta guionista agrega que además de los motivos económicos que normalmente se argumentan para representar a líderes masculinos eminentemente blancos y heterosexuales, existen motivos sexistas donde de lo que se trata es de ofrecer un producto atractivo para una audiencia de jóvenes blancos heterosexuales pero que no son, en realidad, el grueso de la audiencia. Se muestra que este tipo de masculinidad es un “imán para las mujeres”, donde los personajes femeninos que aparecen están en cierta forma extasiadas con sus congéneres masculinos.

En la lógica de Laura Mulvey en “Placer Visual y cine narrativo” un fallo en este ensimismamiento hacia lo masculino, es un fallo también para la audiencia, pues la mirada principal del espectador está transferida al personaje masculino, y si este fracasa, también degrada la identidad del espectador.

Entendemos que el problema no es sólo de las industrias culturales, pues ellas por sí mismas no pueden salirse de la sociedad en la que están inscritas. Tampoco queremos decir que las industrias culturales son un todo estático y coherente ideológicamente, e incluso deberíamos de distinguir entre productos diseñados para un público general de otros más alternativos. Tampoco podemos eximir de culpa a estas industrias solo por el hecho de no poder abstraerse de su contexto; tenemos que señalar que, como otras dimensiones, peca de lo mismo que la sociedad a la que se dirige y en la que se configura, precisamente porque está integrada por sujetos inscritos en contextos sociales.

Volviendo a los artículos sobre la industria musical rara vez se niega que, en términos generales, existen actitudes o comportamientos machistas en cada ámbito de la sociedad, en la medida de que se trata de un sistema ideológico de gran calado: el sistema de discriminación sexo-género. Aunque podrá haber variaciones de grado o de sector, campos en los que se abran más debates y otros estarán en las antípodas de reflexionar sobre este tema, esta discriminación no se aborda del todo si no tenemos en cuenta su carácter socialmente transversal.

Ejemplos referidos a este concepto de industria musical y nombrados en el artículo de Diagonal serían el videoclip “Bombay” del grupo El Guincho, repleto de desnudos femeninos ó las fotos de la artista Ann B. Sweet en paños menores.

Es importante pararnos un momento en el caso de la cantante. Se trata básicamente de fotos promocionales en blanco y negro en las que la artista aparece con transparencias. Puede parecer que denunciar este hecho es en el fondo algo paternalista, ¿en última instancia no es ella la que debe elegir qué imagen dar en su campaña promocional?

¿Que el desnudo femenino sirva para vender productos es sintomático de una sociedad machista? Sí, pero ¿debemos juzgar a las mujeres que lo utilicen para vender su música, ó su arte? Pensamos que no, sin embargo de la misma forma que en el eterno debate sobre la prostitución parece que este punto incomoda sensibilidades, tampoco en el debate del aborto como hemos venido viendo todo este año:  el cuerpo de las mujeres y su uso (ya sea por decisión propia o ajena) siempre está sometido a controversias.

Quizás las fotos de Ann B Sweet nos resultarían más chocantes si nos saliésemos del mundo musical, copado de britneys y rihannas sexualizadas, y de pronto una escritora se hiciese unas fotos promocionales semidesnuda. Quizás también sería diferente si no viésemos el desnudo femenino como una auto-humillación, como que Anni B Sweet se rebaja al verse obligada a enseñar su cuerpo para vender su música, porque quizás en el fondo nadie le reconozca en su justa medida que fue nominada a mejor artista en los MTV European Music Awards 2013.

Es preciso hablar con cautela cuando una mujer decide desnudarse por dinero o para vender su arte, porque entonces no nos diferenciaría nada de aquellas madres que llamaban (llaman) fresca a su hija por llevar falda. Porque entonces ¿cómo diferenciamos lo que es un juicio moral de lo que son hechos discriminatorios claros?.

Aparte de la industria musical, en los artículos también se habla específicamente del mundo de la crítica musical independiente, que adolece, como otros muchos gremios profesionales, de actitudes machistas. Tal como dice la crítica musical Patricia Godes estas actitudes “No se reflejan exactamente en violencia de género, abusos sexuales, etc… (algo de discriminación laboral sí que es patente) sino en la actitud paternalista y en la valoración del criterio y el gusto masculinos excluyendo cualquier otro […]”.

Por ejemplo, la forma en la que se califica al público en las crónicas de conciertos: “fans locas” frente a “público entregado”. La valoración de artistas simplemente porque son chicas y dan frescura al panorama musical. Como en las esculturas de Allen Jones, las mujeres son atrezzo del paisaje.

Es evidente que de forma general nuestra sociedad valora más los criterios masculinos, la “palabra del padre” y esto se hace patente en el mundo profesional. En el mismo artículo de Diagonal, Carla García, como jefa de una conocida sala de conciertos de Madrid, cuenta que artistas y promotores españoles prefieren muchas veces hablar con ÉL gerente, o incluso UNO de los porteros de la sala, antes que con ella. La infravaloración de la capacidad de las mujeres está a la orden del día.

Por último, deberíamos de hablar de lo indie en particular. En los artículos existe un tono general según el cual se acusa a lo indie de tener en el fondo tintes machistas por muy contracultural que se nos quiere aparecer. La categoría indie se utiliza para definir un tipo de música independiente o alternativa a la música mainstream, donde podríamos extender este concepto a la forma de vestir, al cine, arte, literatura… Podríamos hablar de una subcultura que sienta sus bases en la música a partir de los años 90 y de ahí se expande.

Tiene algo de contracultural, por lo menos en cuanto a música se refiere, y es de esto de lo que se le acusa: en sus letras: “[…] refleja una masculinidad en apariencia distinta a la que retratan el hip hop, el rock, el reguetón y otros géneros recurrentemente tachados de machistas. Los músicos indies pueden mostrarse inseguros y tiernos. De hecho, las críticas más zafias a este género se ceban con la languidez. Pero esta tolerancia a los sentimientos masculinos no tiene porqué traducirse en relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres […]”

En este punto en el artículo se habla de artistas concretos, y resaltan por ejemplo que en algunas letras se ensalza el amor romántico en su versión más posesiva y dolorosa. Loreto Antón, veterana de la industria musical, en la respuesta de RockDeluxe, subraya algo muy acertado en cuanto a lo indie: “[…] El indie no tiene ideología, sobre todo porque la música ya no tiene el mismo significado que hace unas décadas. Antes, a los seguidores de la música popular indie se les consideraba progresistas […]”.

Hoy día no tiene por qué ser así, y quizás es una falla de esta subcultura. También puede que lo indie haya reflexionado sobre la masculinidad hegemónica del macho carente de sentimientos, en este sentido es positivo, pero se de una falta en la reflexión sobre las relaciones entre géneros o la feminidad hegemónica. (Recordemos el prototipo de la Manic Pixie Dream Girl en el cine)

También se nos plantea hasta qué punto es legítimo juzgar a un artista por el hecho de que sus letras sean machistas, de derechas… en última instancia porque su escala de valores no coincida con la nuestra. Un debate similar se produjo cuando la artista Russian Red dijo que prefería a la derecha que a la izquierda, políticamente hablando. Otro eterno debate: separar el arte de la autoría (nos sonará el caso de Woody Allen…)

De todas formas, esto engancha con otro concepto del que llevamos oyendo desde hace un tiempo en los medios de comunicación: machismo hipster. Lo que más comúnmente se ha traducido como “sexismo irónico”, y que parecer ser, en una deriva posmoderna del machismo clásico, un nuevo tipo de discriminación disfrazada de ironía y sentido del humor “inteligente”.

Este concepto se le atribuye a la escritora norteamericana Alissa Quart y queda definido como una “[…] objetivación de la mujer, pero de una forma en la que se utiliza la burla, las comillas, y la paradoja […]”.

Lo que está de fondo es que se suponen conseguidos los logros feministas, se considera que existe una igualdad real y por tanto podemos reírnos de viejos estereotipos. Nada más lejos de la realidad: aborto, brecha salarial, suelo pegajoso, techo de cristal, falta de conciliación, marginación social….todos estos problemas que afectan a las sociedades, y en mucha mayor medida a las mujeres, no están solucionados y solo porque se hayan puesto en la mesa de debate no significa que  podamos banalizar sobre ellos.

Quizás debamos diferenciar cuando este “sexismo irónico” se utiliza para vender, cuando el marketing y la publicidad (ejemplos como Madhouse  o Topshop) normalizan el uso de este elemento. Creemos que en esta vuelta está el peligro de dicho recurso, utilizarlo creyendo verdaderamente que aquellos logros están conseguidos y es momento del humor desenfadado.

Eloy Fernández, en un artículo sobre el tema, afirma que “el uso irónico de referentes sexistas no representa ningún progreso de por sí, y que con frecuencia produce un sexismo de segundo grado”. Mucho más peligroso porque está velado por la broma, y lleva esa carga contracultural de lo “políticamente incorrecto” que lo suaviza aunque sea en realidad más potente porque pasa inadvertido.

Como dice Quart, el sexismo clásico niega la violación o admite la discriminación laboral abiertamente,  mientras que el sexismo irónico bromea con estos temas como si ya no hubiese discriminación laboral o violaciones, como si fuese cosa del pasado.

Como un mecanismo similar también se da un “racismo irónico” según el cual están socialmente aceptados los chistes racistas, o es acertado presentar, como dicen en el blog Jezebel, a tu amigo negro como “mi amigo negro”.

Tradicionalmente el argumento de la falta de sentido del humor ha servido para descalificar los análisis o perspectivas feministas sobre algunos temas, y el sexismo irónico juega a esta baza del archifamoso “pero si es broma, mujer”. Como cuando Tali Carreto, uno de los aludidos en el artículo de Diagonal, afirma que: “Lo primero que nos llamó la atención fue el nulo sentido del humor, tanto del texto como de sus autores”.

Resulta que como las cosas son de broma no se deben de tomar en serio, no hieren o no perpetúan la discriminación. Es aquí cuando debemos matizar lo importante que resulta en el sexismo irónico quién es el emisor de aquella broma o guiño: es irónico cuando las personas a las que se intentaba descalificar como queer tomaron aquel término como categoría identitaria, y utilizaron un insulto que les degradaba para definirse y subvertir la realidad dada. Es irónico que una persona negra haga chistes sobre negros.

En términos generales lo irónico es que la persona objeto de aquella discriminación utilice los propios términos del poder para destruirlos y así reconstruirlos, mediante este proceso resignifica aquella discriminación, se la apropia, y la devuelve, haciéndole perder, en muchos casos, su significado y poder inicial.

Esto cambia completamente cuando la persona emisora no es el objeto de aquella discriminación. Pensamos que esta es una buena forma de establecer ciertos límites y evitar un descontrol en el uso de este elemento que lleve a perder de vista que, en realidad, es sexismo, por muy irónico y contracultural, en la medida que escandalizador, se nos aparezca.

Si este sexismo irónico se empieza a utilizar de una forma generalizada podemos perder el carácter político y subversivo que puede llegar a tener. El humor es un mecanismo muy potente que debemos usar, pero sin una reflexión previa sobre aquello de lo que nos reímos podemos acabar banalizando, y lo que es peor normalizando, aquella discriminación.

Famoso fue el caso del libro “Pequechistes”, una recopilación de chistes machistas dirigida a niños. En la portada se podía leer “Pequechistes sobre chicas solo para chicos”, estuvo tres años en el mercado y después de algunas denuncias de particulares al Instituto de la Mujer que se iniciaron en 2010, fue retirado.

Cosas como “¿En qué se parecen las mujeres y las pelotas de frontón? Cuanta más caña les das, más rápido regresan”  eran la tónica general, y si bien existía la misma versión sobre chicos para chicas que también fue retirada, resulta inadmisible que este tipo de productos se dirijan a la infancia, este es el verdadero problema del caso.

Precisamente porque niñas y niñas no están preparados, o no deberían estarlo, a recibir estos chistes y entender que porque nos riamos de algo no significa que aquello no tenga importancia o no pueda ser tomado en serio. Como venimos diciendo debe haber cautela en el cómo, dónde y cuándo utilicemos este “sexismo irónico”, y si esto ya provoca contradicciones y conlleva riesgos por causa de banalizar temas que afectan a todo lo social, mucho mayor recelo debemos a la hora de que estos productos lleguen al público infantil.

Nos gustaría cerrar con un caso más constructivo: estas pasadas navidades la empresa de juguetes GoldieBlox, dirigida por la ingeniera Debbie Sterling, utilizó una canción que por su letra resultaba ser tremendamente machista, más allá de que nos guste como canción, aquella oda a las chicas que le cantaban los Beastie Boys decia: “Girls to do the dishes. Girls to clean up my room. Girls to do the laundry…” [Chicas para limpiar los platos. Chicas para limpiar mi habitación. Chicas para hacer la colada].

En el video, que rápidamente se convirtió en viral, aparecen tres niñas aburridas viendo anuncios “para niñas” de la TV, pronto cogen las herramientas y objetos de su entorno y construyen un sistema de efectos en cadena muy preciso y dinámico, puesto que son juguetes para la infancia.

Más allá de romper el mito según el cual la ingeniería es “cosa de chicos” el anuncio modifica la letra de los Beastie Boys y elimina los elementos machistas de la letra. Lamentablemente el grupo de música denunció a la empresa por infringir derechos de copyright y el video inicial ha sido suprimido.

Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito tanto de las representaciones de género en los medios, como de sexismo irónico, destacando también que las industrias culturales pueden contribuir a esa ruptura de los estereotipos, contribuir a no perpetuar las desigualdades, mostrando otras realidades.

Tampoco hay que perder de vista que también se puede bromear, y el “sexismo irónico” da buena cuenta de ello, pero evitando caer en la inocente postura de pensar que porque podamos hacer bromas sobre algo esto deja de tener consecuencias reales en lo social y en las personas.

Precisamente uno de los problemas es llegar a fomentar una “anestesia social” sobre aquellos temas y caer en un nuevo tabú según el cuál sería socialmente punible denunciar esas situaciones de desigualdad, justamente porque son una broma, ya no son cosas “serias”, tan solo son hechos irrisorios.
Que la broma traiga consigo un efecto de distanciamiento y ceguera respecto a las relaciones de poder inscritas inevitablemente en a aquello con lo que se bromea.

Por otro lado es un buen síntoma todo el debate online generado a partir del artículo de Diagonal, y aunque no estemos de acuerdo con algunas de sus posturas, o incluso con algunas de las matizaciones de RockDeluxe, es urgente y necesario discutir públicamente sobre esto.

Porque una forma, si no la única, de modificar el sexismo y las relaciones desiguales es mostrando la disconformidad  y exigiendo unas nuevas y mejores normas en el juego de lo social.

La compasión infinita

Artículo:

María Jesús Miranda
Socióloga

La revista Dosel Ciudadano fue una de los innumerables experimentos editoriales de la transición. Un editor proveniente del Norte de Europa creo una revista, Ciudadano, que tuvo una indudable incidencia en el desarrollo de la escasa consciencia de las (mas que los) españoles como consumidores: de ahí salió la FECU, (vinculada la PSOE) la OCU (vinculada a una multinacional belga), la Asociación de Amas de Casa y Consumidores (vinculada al PP) y tantas otras.

A finales de 1976 Ciudadano editó un número extra, un Dossier Ciudadano dedicado exclusivamente a cuestiones feministas. Que se vendió muy bien. El editor dijo: “vamos a ponerle nombre” ya registrados y nos quedamos con el Dosel, que a mi personalmente me sonaba a ornamento de cama de hetaira.

Pero no ibamos a discutir por una letras de más o de menos y empezamos a publicar. La revista se vendía, pero no conseguía publicidad. Un estudio de mercado demostró que las mujeres que leían la revista no eran sensibles a la publicidad de sopicaldos, cremas milagro o fajas adelgazantes. Y aunque, como dice el viejo adagio, “donde no hay publicidad resplandece la verdad” publicidad no puede publicarse la verdad. Dosel Ciudadano murió en una fastuosa cena de fin de año de 1978.

Vamos ahora con el artículo. Se trata de una simple recogida de datos, de la constatación de un hecho: la sociedad española salida del franquismo era machista a rabiar, la cogieras por donde la cogieras.

37 años después, los números han variado. Pero a una mujer con una profesión médica le “caen lágrimas como garbanzos” al leerlo. Cada vez somos más las que lloramos el mismo llanto. Somos las más sensibles, las más entregadas, las más afectadas por esa “terrible compasión por mis congéneres” de la que hablaba Bertrand Russell, las que sufrimos cada día el síndrome de la doble incompetencia; soy una profesional mediocre, a pesar de todos mis esfuerzos, y soy una mala madre, hija, amante, amiga… Con frecuencia estoy demasiado cansada y lloro también por mi misma. Soy inestable, bipolar, depresiva… en una palabra, ¡estoy de psiquiatra!

Así que están feminizadas las consultas psiquiátricas, los servicios sociales (la pobreza también está feminizada) y hasta las diversas iglesias, videntes, santeras y programas de TV en los que se anuncian. Conclusión ¡somos tontas!.

Bueno, chicas, basta ya de llorar y fustigarnos. Viky y yo en 1977, el colectivo de mujeres de las profesiones médicas que, de entonces ahora, van llenando las consultas, los pasillos , los laboratorios y los quirófanos de los centros de salud, Elena Casado y su red de colaboradores somos excelentes profesionales, personas amables y excelentes seres humanos. Nos merecemos lo mejor, solo que esta sociedad no es justa. Pero podemos darle la vuelta del revés.

¿Feminiqué? A vueltas con la feminización de la profesión médica

Artículo:

 

Grupo de Trabajo Cuidados Extensivos
Elena Casado Aparicio, María Eugenia Casado García
Carlos López Carrasco, Lorena Ruiz Marcos,
Pilar Toribio Guijarro , Ana Vicente Olmo

A finales de los años setenta del siglo pasado, las mujeres médicas en España eran pocas y estaban discriminadas, como señala el subtítulo del artículo publicado en Dosel Ciudadano en 1977. Casi cuarenta años después la referencia a la feminización de la sanidad se ha convertido en un lugar común no exento de controversias.

  • ¿Feminización? ¿Qué feminización?

Si en 1977 solo un 6,8% de los médicos colegiados eran mujeres, en 2012 representan el 46,9% (INE, 2012). El salto desde luego es importante pero, a poco que echemos la cuenta, eso significa que el 53,1% son varones. De modo que la feminización de la profesión médica más que una realidad es una tendencia. Una tendencia sostenida en el tiempo y con visos de continuidad pues dos de cada tres aspirantes al MIR en 2013 fueron mujeres. No obstante, su distribución es desigual.

Los varones, que representan un 32,3% de los aspirantes, siguen copando las especialidades ligadas a la cirugía: son el 69,7% en cirugía plástica, estética o reparadora, el 57,3% en cirugía ortopédica y traumatología, el 57,1% en cirugía oral y maxilofacial, el 54,4% en cirugía torácica y en cardiovascular, y el 52,8 en neurocirugía. La única cirugía mayoritariamente femenina es la pediátrica (con solo un 13% de aspirantes varones) que junto a obstetricia y ginecología y pediatría (con un 87,4% y un 85,9% respectivamente) encabeza la lista de preferencias femeninas (Médicos y pacientes, 2013).

¿Cabe hablar entonces de feminización de la profesión médica así, en general? Pues sí y no. Sí si lo que se quiere subrayar es el carácter sostenido y constante del proceso de reapropiación por parte de las mujeres de un campo profesional y científico que les fue vedado con la institucionalización del modelo biomédico tal y como cuentan Ehrenreich e English ([1973] 1988) en Brujas, parteras y enfermeras.

Pero, precisamente por ello y a la vista de los datos, quizá sea más ajustado hablar de desmasculinización de algunas actividades y áreas de la vida en un doble sentido ambivalente e interconectado. Por un lado, frente a esos lugares hoy comunes de “incorporación de las mujeres” en “ese camino que nos queda por recorrer”, como si fuéramos lentitas, el término, aunque raro, deja al descubierto tanto las resistencias a una historia de expulsión y posterior exclusión de las mujeres como los mimbres con los que se teje una densa jerarquía que coloca a los médicos (particularmente de ciertas especialidades) por encima de quienes se dedican a la atención primaria, a ambos por encima de enfermeras y auxiliares y, en general, a los expertos por encima de pacientes y cuidadoras habituales y a lo profesional por encima de lo doméstico.

Una jerarquía, además, atravesada por el género de arriba a abajo y de derecha a izquierda que intersecta con cuestiones de clase y precarización del empleo, con posiciones raciales y/o étnicas, con la edad, con el devenir de los flujos migratorios, etc., al tiempo que se prolonga hacia lo doméstico (por parte de familiares u otros cuidadores, regularizados laboralmente o no) en una cadena femenina de cuidados.

De este modo, frente al diagnóstico de la feminización hablar de desmasculinización nos permite poner el foco en otro ángulo: ¿dónde están y dónde estaban los hombres en unos trabajos, saberes y parcelas tan fundamentales para la vida como son los cuidados, en un sentido amplio?

Y es aquí donde topamos con el segundo sentido de desmasculinización, pues junto a ese desafío contemporáneo por parte de las mujeres al monopolio masculino en el ejercicio de la profesión vemos cómo se mantiene y reproduce el desinterés y abandono por parte de los varones de ciertas tareas, especialidades y espacios degradados por ser considerados femeninos o feminizados al devaluarse (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?); una tendencia aún más significativa en tiempos de recortes de lo público.

Sirvan de ejemplo dos datos reveladores, uno del ámbito sanitario y otro de andar por casa

– El porcentaje de enfermeros colegiados ha descendido del 21,2% en 1994 al 15,75 en 2012 (INE, 2012).
En caso de enfermedad el 55,8% de los varones españoles dice que contaría con los cuidados de su pareja frente al 39,7% de las mujeres, que compensan la diferencia apoyándose en otras mujeres de su entorno; así mismo, las madres serían el apoyo para el 23,4% de la población, muy por encima de los padres (2,4%) (CIS, 2010).

De modo que, frente a la idea facilona de progreso naturalizado según la cual con el paso del tiempo las desigualdades se van superando, lo que constatamos es que la diferenciación goza de buena salud y que el género, lejos de disolverse, se rearticula, aunque en otras condiciones. Pero que el género no se disuelva no implica, como sabemos, que sus muros sean infranqueables ni inamovibles, como muestran tanto la historia como las prácticas cotidianas de quienes siguen empujando los límites que les son impuestos como colectivo hacia lugares menos injustos y más habitables.

  • Y sin embargo, se mueve: ¿Quién teme a la feminización?

Que algo se está moviendo queda patente en las resistencias que despierta. El 18 de junio de 2012, Diario Médico, una publicación gratuita de amplia difusión dirigida a profesionales, se hacía eco de las preocupaciones de los presidentes de las Sociedades Españolas de Ginecología y Obstetricia, de Pediatría y de Endocrinología y Nutrición con respecto a la feminización de la profesión médica. Su tesis es clara: la “feminización” es problemática, como corresponde a las posiciones subalternas y por tanto marcadas frente a lo que se asume como norma y normal.

Un carácter problemático que remite a “motivos fisiológicos” de “las féminas” y que, si bien era asumible en tiempos de bonanza, se convierte en una rémora en tiempos de crisis, pues allí donde “el número de mujeres supera al de hombres… empiezan a tener problemas logísticos y de cobertura de los servicios médico quirúrgicos debido a las bajas por maternidad, la lactancia y la reducción de jornada por cuidado de hijos para conciliar la vida familiar y laboral” (Diario Médico, 18/06/2012).

Sus afirmaciones no se sustentan en ningún dato sobre permisos (que no bajas) por maternidad, reducciones de jornada, ausencias o distribución de hombres y mujeres por especialidades, como bien hacía notar Teresa Jerez Salcedo, de la Secretaría de la Mujer de la Federación de Sanidad de CCOO, en su respuesta a la noticia.

Su único sustento son los datos del MIR en 2012, donde se apuntaban tendencias similares a las comentadas más arriba para 2013; datos que les llevan a “exigir que en la cobertura de las plazas MIR se tenga en cuenta la feminización de cada especialidad” y a justificar sin pudor, como quien se enfrenta a un desastre natural, que “esta situación te hace reflexionar cuando tienes que decidir si vas a contratar a una mujer”.

Todo ello, claro, en el caso de médicos, pues entre quienes perciben bajo su batuta (enfermeras, auxiliares…) la feminización siempre ha sido la norma y, por tanto, ni se cuestiona, ni se percibe problemática, ni se ven sus problemas cotidianos en tiempos de crisis.

Como tampoco se cuestiona el que estos tres portavoces de sociedades científicas sean varones, a pesar de que sus especialidades son precisamente algunas de las más feminizadas; de hecho es también “lo normal”: según los datos de la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME), solo 6 de sus 40 sociedades científicas están presididas por mujeres.

  • Las otras caras (y cuerpos) de la feminización

Los artículos, el de Dosel Ciudadano y el de estos señores alarmados, tienen un argumento en común, aunque con planteamientos opuestos: la responsabilización femenina en el ámbito doméstico-familiar y, con ello, en los cuidados. A ello aludían en 1977 Miranda y Abril para explicar el exiguo número de mujeres médicas y en ello se apoyan los presidentes de las asociaciones profesionales en Diario Médico para justificar sus demandas.

Las primeras cuestionan la división sexual del trabajo que impide a las mujeres participar en igualdad de condiciones en el mercado laboral; los segundos la asumen como destino inexorable y, de este modo, la reproducen y la naturalizan. Esa es la tensión en que se manejan de manera ambivalente las mujeres (cómo me las maravillaría yo, que cantaba Lola Flores): quieren tener una carrera profesional o un sueldo (no siempre es lo mismo) pero no pueden dejar de atender a lo que ellas saben que debe atenderse. Los contextos varían, pero los sinsabores suenan familiares.

Así lo refleja por ejemplo una auxiliar de enfermería que lee el texto de Miranda y Abril 37 años después de su publicación:

“Al leer el artículo han brotado de mis ojos lágrimas como puños… Me siento como esas mujeres norteamericanas de los años 50 a las que se les permitía el «capricho» de estudiar y trabajar. Tenían que ser perfectas: las mejores estudiantes, trabajadoras, esposas y madres. Pero si algo se torcía, digamos que un hijo enfermara, o necesitara un apoyo extra para superar los cursos en el colegio, había que renunciar a algún «capricho». Han pasado casi 40 años y seguimos igual, teniendo que «renunciar» (ahora lo llamamos «priorizar»)… Yo soy madre, amiga/esposa, auxiliar de enfermería y estudiante (en ese orden). En mi planta hay tres médicos (todos varones), una supervisora, 25 enfermeras (solo dos varones), 16 auxiliares de enfermería (todas mujeres) y un celador; por lo que parece que el esquema social se mantiene. Todos se enorgullecen de lo mucho que estudio PERO también soy sancionada cuando se me rompe un tacón de superwoman y cojeo. Por ejemplo cuando mis hijos tienen algún problema ya la cosa no esta tan bien vista: «madre mía, tu marido debe de ser un santo» (cuando no te dicen que «un calzonazos»), «claro, es que los niños son lo primero». En casa aunque mi marido «me apoya» y las labores domesticas y del cuidado están más o menos compensadas, la sanción también está ahí, oculta, velada… Se hace patente en momentos de estrés (vamos, en las broncas).” (Comunicación personal)

En las broncas, como en las crisis, se explicitan efectivamente las controversias y las tensiones amortiguadas bajo discursos igualitaristas que no lo son tanto en las prácticas. La división sexual del trabajo sigue responsabilizando a las mujeres de las tareas domésticas y de cuidados, al tiempo que da cobertura al escaqueo masculino de estas mismas tareas y espacios, invisibles y/o minusvalorados socialmente a pesar de ser absolutamente necesarios para el sostenimiento de lo cotidiano.

Ahí queda de manifiesto cómo el cuidar, en lo profesional (por ejemplo, en la enfermería) y en lo familiar, recae sobre los riñones de las mujeres. Silenciosamente muchas veces, ruidosamente otras. Porque ni a los privilegios no se renuncia fácilmente ni el género se disuelve mágicamente.

Y es que tanto en 1977 como hoy, el género es un dispositivo implacable de organización social. Atraviesa una compleja matriz de contrastes (Strathern, 1980: 177) y jerarquías donde la constitución y demarcación de lo masculino y lo femenino se enreda con la de lo público y lo privado, la naturaleza frente a la cultura, el cuerpo y la mente, lo profesional y lo doméstico, o la razón frente a la emoción…

Demarcaciones jerárquicas que se ponen en escena en el cotidiano acople asimétrico entre hombres y mujeres (Goffman, 1977). Producimos diferenciación; producimos y reproducimos género y, asociados a él, se nos distribuyen desigual e injustamente privilegios y sinsabores. Y así, como se preguntan en uno de los informes de la Sociedad Española de Salud Pública y Atención Sanitaria (SESPAS), ¿quién cuida, por ejemplo, de quienes cuidan?, ¿cómo repercute el cuidar en su salud y en su bienestar? (García Calvente et al, 2004a y 2004b).

  • Otra “feminización” es posible

Pero, aún así, tiemblen señores, tiemblen, porque hay otra “feminización” en marcha que viene a quedarse y que al reivindicar el valor de los cuidados (extensivos, colectivos, ordinarios) en detrimento del imperialismo de la racionalidad científica, deja en evidencia las limitaciones del modelo biomédico y de sus controvertidas abstracciones descontextualizadas, así como las de unas formas de organización social que hacen de la desigualdad de género su sólido y oculto pilar.

De nuevo más que de “feminización” hablaríamos de “desmasculinización” porque no es una reivindicación acrítica de una feminidad naturalmente cuidadora hasta ahora desconsiderada. Se trata más bien de poner en cuestión esa división naturalizada entre lo femenino y lo masculino, así como las posiciones y condiciones diferenciadas y desiguales que de ella se derivan para unos y otras, y la matriz de diferenciaciones jerárquicas en las que opera (público/privado, razón/emoción, naturaleza/cultura…).

Una puesta en cuestión que no es ni mucho menos incompatible con poner en valor los saberes prácticos de quienes cuidan y han cuidado tradicionalmente y reconocer su carácter fundamental (de fundamento) para la vida. Porque en gran medida son los cuidados lo que está en disputa, tanto por lo que toca a la organización social en general (quién cuida de quién, por qué, en qué condiciones, con qué implicaciones…) como a la atención a la salud en particular.

Tampoco ahí faltan voces que apuestan por una medicina al servicio de los cuidados y no unos cuidados al servicio de la medicina. Las hay que llaman la atención sobre los determinantes sociales de la salud (Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la salud, 2009); o apuestan decididamente por la atención primaria (Informe SESPAS, 2012) frente al privilegio material y simbólico de la figura del cirujano.

Y hay también voces que ponen en valor la especificidad de una enfermería que, liberada de “la sombra del modelo biomédico” (Arboledas, 2011), entra con paso firme en el terreno de la investigación y la producción de conocimiento (colaborativo y participativo) en tiempos de salud 2.0.

Frente a la primacía de ciertos saberes expertos, como los que atraviesan el modelo biomédico, cargados de discursos normativos sobre quién y cuándo debe vivir, sobre cómo debemos vivir, cuyo referente es “el cuerpo” (maquinaria orgánica, universal, abstracta, desprovista de la “incomodidad” de las emociones, del obstáculo que supone pensar en un cuerpo como inserto en una biografía), frente a la idea del asistencialismo paternalista que lo complementa y “humaniza”, se propone el acompañamiento de las personas y la atención a sus contextos desde una práctica situada que toma como punto de partida irrenunciable el reconocimiento del otro/a, de los múltiples otros y otras que cuidan y son cuidados/as, y que fomenta el compromiso individual y colectivo con el desarrollo de nuestros márgenes de autonomía y nuestro bienestar material y simbólico.

Y en ese movimiento conectan también las voces que, dentro y fuera del sistema sanitario, desde colectivos feministas, ecologistas, o de diversidad funcional, hasta la reflexión académica y la práctica investigadora pasando por organismos internacionales como la OMS y plataformas ciudadanas como Yo Sí Sanidad Universal, promueven otras formas de entender y atender a la salud.

Porque la salud es una tarea en equipo que se juega en diferentes campos, de modo que es preciso reconfigurar el entramado (institucional, material, laboral, afectivo, tecnológico, de conocimiento) a través del cual negociamos, ofrecemos, recibimos y representamos los cuidados.

Un proyecto ingente y ahora más que nunca necesario (incluso urgente), que tiene como primeros marcadores la visibilización y la valoración del trabajo de cuidar, tanto en el ámbito profesional (regulado y desregulado) como en el de nuestra cotidianeidad. Un “trabajo”, masculino y singular en los diccionarios pero femenino y plural en las prácticas que nos ocupan, que implica tiempo, esfuerzo, aprendizaje, elaboración, dedicación y constante transformación.

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Bibliografía ampliada

– Arboledas, Josefina (2011). “La enfermería ha permanecido oculta tras la sombra del modelo biomédico” (disponible online)
– CIS (2010). Barómetro de septiembre.(disponible online)
– Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la salud (2009). Subsanar las desigualdades en una generación. Alcanzar la equidad sanitaria actuando sobre los determinantes sociales de la salud. Buenos Aires: Ediciones Jorunal (disponible online).
– Ehrenreich, Barbara; English, Deidre ([1973] 1988). Brujas, comadronas y enfermeras. Historia de las sanadoras. Dolencias y trastornos. Política sexual de la enfermedad, Barcelona, Editorial Lasal.
– Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME)(2014). “Sociedades” (disponible online).
– García Calvente, M.M.; Mateo-Rodríguez, I.; Eguiguren, A. P. (2004), “El sistema informal de cuidados en clave de desigualdad”, Gaceta Sanitaria 18 (Supl. 1): 132-139 (disponible online).
– García Calvente, M.M.; Mateo-Rodríguez, I.; Maroto-Navarro, G. (2004), “El impacto de cuidar en la salud y la calidad de vida de las mujeres”, Gaceta Sanitaria 18 (Supl. 2) :83-92 (disponible online).
– Goffman, Erving (1977): “The Arrangement between the Sexes”, Theory and Society 4(3): 301-331. (disponible online).
– INE (2012). Profesionales Sanitarios Colegiados (disponible online).
– SESPAS (2012). “Informe SESPAS. Atención Primaria: Evidencias, experiencias y tendencias en clínica, gestión y política sanitaria”, Gaceta Sanitaria, vol 26 (Suplemento 1) (disponible online).
– Jerez Salcedo, Teresa (2012). “El papel de la mujer en la medicina”, (post disponible).
– Medicos y Pacientes (2013) “Balance del SIMEG sobre distribución de plazas MIR en convocatoria 2013”, (post disponible)
– Serrano, Alicia (2012). “La crisis agudiza los problemas de la feminización”, Diario Médico (18/06/2012)
(disponible online)
– Strathern, Marilyn (1980): “No nature, no culture: The Hagen case”, en C. MacCormack y M. Strathern (eds.) Nature, Culture and Gender, Cambridge: Cambridge University Press (disponible online).

Otra vez el aborto

María Jesús Miranda
Socióloga

El martes 11 de febrero el PSOE presentó en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley para la retirada de la ley del aborto, que se votó persona a persona, aunque no a mano alzada, sino en una urna. 

Pensábamos que ojalá esto iniciase una negociación entre los partidos y no nos impusiesen otra vez un trágala con la Ley del Aborto de Gallardón y las concomitancias que tiene en la prevista reforma del Código Penal. Ahora vemos que no es así.

Incluimos seguidos a esta entrada dos textos: el primero, más visceral, escrito por Begoña Marugan en Nueva Tribuna.

El segundo es mi respuesta. Intenta ser ecuánime y demostrar tres cosas que me preocupan. La primera es que el aborto es un hecho social casi universal y que , en nuestra sociedad como en todas las restantes, cuando existe una demanda social y esta se extrae del mercado libre, se genera un mercado negro que suele conllevar graves peligros sanitarios, enriquecimiento ilegal de unos pocos y abusos de los derechos humanos.

Los mercados de la drogas ilegales y del sexo son suficiente ejemplo de ello.

La segunda es la enorme inseguridad jurídica que generan cambios tan continuos en el tiempo de la regulación de un problema que afecta a más de 100.00 mujeres cada año: un embarazo no deseado.

La tercera es que el coste económico de la solución razonable de este problema, a cargo de la Seguridad Soial, es prácticamente irrelevante.

Hace unos días leí un lema que me pareció juicioso: educación sexual para conocer, anticonceptivos para prevenir y aborto libre para no morir.

Así de sencillo. Lo único que pretendo, al escribir estas líneas, es que las mujeres que así lo deseen puedan interrumpir su embarazo, sin riesgos para su salud y con el menor coste económico y social posible.

La derecha y el aborto

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

Con la Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo parecía que se acababa con la polémica sobre el aborto que tuvo lugar a finales de 2008 con la puesta en marcha de la Subcomisión para realizar un estudio sobre la aplicación de la legislación en materia de interrupción voluntaria del embarazo.

Esta Subcomisión solo pretendía ser una respuesta a los cambios sociales y a la evolución de los derechos de las mujeres que se habían producido durante las dos décadas que llevaba aplicándose la Ley Orgánica 9/1985, de despenalización del aborto en determinados supuestos.

La Ley 9/1985 estaba lejos de cumplir con las recomendaciones de la ONU y la OMS en materia de derechos de salud sexual y reproductiva y debía atender la Recomendación 1607, aprobada por la Asamblea Parlamentaria del Consejo Europeo, que instaba a los Estados miembros a “despenalizar el aborto, si no se había hecho ya” y a “garantizar a las mujeres el efectivo ejercicio de su derecho a acceder a un aborto legal y seguro”.

La Ley de aborto del años 85, salvo en los tres supuestos excepcionales, seguía sin reconocer el derecho de las mujeres a tomar sus propias decisiones.

Sin embargo, la puesta en marcha de la Subcomisión de estudio reabrió viejos conflictos y generó tensiones sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y sus vidas.

La Iglesia publicitó una famosa Carta de los Obispos y diferentes profesionales ligados a la Federación Española de Asociaciones Provida convocaron la Marcha por la Vida el domingo 29 de marzo en Madrid.

Frente a esta tendencia, más de sesenta organizaciones feministas y sociales, bajo el lema “aborto libre y gratuito”, organizaron la manifestación del 14 de mayo, en la que se denunciaba que en el Anteproyecto de Ley se mantuviera el aborto como delito.

Tampoco estaban de acuerdo con el plazo de 14 semanas para el aborto voluntario, porque lo consideran un periodo claramente insuficiente ya que miles de embarazos no deseados no se detectan o se reconocen hasta pasado ese plazo, ni de que se retirara la protección de la que gozaban las mujeres embarazadas en grave riesgo para su salud, a las que se impediría interrumpir su embarazo a partir de la semana 22.

La polémica pública perdió todos estos matices y se centró en la posibilidad de las menores a decidir sin la autorización paterna y el Gobierno del PSOE, a través de la Ministra de Igualdad, trató de mediar “sin entrar en debates que ya tuvieron lugar hace un cuarto de siglo”.

La reforma fue finalmente aprobada por mayoría absoluta y siguió su tramitación hasta su posterior aprobación. La Ley finalmente entró en vigor el 5 de julio de 2010.

Aunque algunos miembros de otros partidos como Coalición Canaria, UPN, UPyD y siete diputados de Ciu se opusieron, el Partido Popular fue el único partido que se opuso a la aprobación de la nueva ley.

Este partido siempre tuvo una actitud muy crítica con la Ley. Ya en la propia Subcomisión para realizar el estudio sobre la aplicación de la legislación valoró esta ley de plazos como una “auténtica barbaridad” y anunció que la recurriría ante el Tribunal Constitucional de ser aprobada.

El 30 de junio de 2010 el Pleno del Tribunal Constitucional señala en una providencia que admite a trámite el recurso promovido por más de 50 diputados del Grupo Parlamentario Popular del Congreso.

Entre los artículos recurridos por inconstitucionales figura el 5.1.e)- “la educación sanitaria integral y con perspectiva de género sobre salud sexual y salud reproductiva”– y el 8 –“la formación de profesionales de la salud se abordará con perspectiva de género”.

Pero el PP no sólo proponía cambiar la ley. En septiembre de 2011, la portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados, Soraya Sáenz de Santamaría, lanzaba la idea de volver a la píldora del día después con receta. Una vez en el gobierno las reacciones no se han hecho esperar.

El Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, en su primera comparecencia parlamentaria, en enero de 2012, anunció su intención de reformar la Ley del Aborto aprobada por el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, para volver al modelo de la ley de 1985, en la que las mujeres tenían que alegar motivos para justificar su decisión.

De modo que, nuevamente, sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres decidirá cualquiera menos ellas.

Y en este caso parece que la decisión la pretende tomar Alberto Ruiz-Gallardón, un hombre del que incluso su padre en una entrevista dijo eso de “¡Yo un hombre de derechas! Tendría que conocer a mi hijo Alberto. El sí es de derechas”, que ha venido desplegado toda una apología de la ideología de la domesticidad.

Esta ideología de la domesticidad consiste en una idealización y promoción de lo doméstico como ámbito de realización y desarrollo femenino ajeno al resto de ámbitos y con una cultura propia.

Esa ideología de la domesticidad se transmite tanto a través de declaraciones como las del Ministro del Justicia“La maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”como en las medidas socio laborales que adoptan en las que se ve la clara intención de volver a meter a las mujeres en casa.

Por ejemplo, en las Medidas del Consejo de Ministros, de 30 de diciembre de 2011, se retrasaba la implantación del permiso de paternidad de 4 semanas y se establecía una moratoria de 1 años en la incorporación de las personas beneficiarias al sistema de dependencia moderada o en el Real Decreto el 3/2012, de Medidas urgentes para la reforma del mercado laboral, que se introdujeron modificaciones en materia de conciliación de la vida laboral y familiar y se concedió a la empresa la disponibilidad de un margen de distribución irregular de la jornada de un 5% a falta de otra previsión en el convenio colectivo.

Por no mencionar aquellas que no hace públicas como el recorte de 1.300 millones de euros a la Ley de Dependencia, que figura en página web del Ministerio de Economía para inversores extranjeros, con lo que desactiva el sistema de atención a la dependencia.

Y mientras todo esto sucede hay que escuchar que es “éticamente inconcebible” permitir el aborto, por el hecho de que tenga algún tipo de minusvalía o de malformación ó que la discapacidad no puede suponer una “merma de derechos”.

A la propaganda ideológica, las medidas socio laborales y el cinismo les acompañan otras como el elevado incremento de las tasas de escuelas infantiles en la Comunidad de Madrid. Además se limitan los servicios a la dependencia y se privatizan los servicios públicos.

Este mismo Gobierno que está reduciendo la sanidad y la educación pública y la atención a la dependencia, diseñando medidas que van a acabar con todo, también está dispuesto, en su escalada de imposiciones ideológicas, a imponer a toda la sociedad española una moral determinada antes incluso de esperar a que el Tribunal Constitucional se manifieste sobre el recurso de inconstitucional por él planteado.

¿Cómo se puede hablar de traer niños con malformaciones a un mundo que están dejando sin recursos y sin servicios sociales, sanitarios y asistenciales?

Como manifiesta la Secretaría Confederal de la Mujer de CCOO: “Gallardón y el gobierno del PP quieren centrar el debate en los supuestos derechos de los embriones para reforzar el modelo de familia tradicional, mientras niegan derechos básicos a las personas, en especial a las mujeres”.

Por no hablar de la doble moral que utiliza la derecha, que trata de imponer su moral a todo el mundo, y seguir ellos actuando según sus propios intereses.

No debemos olvidar cómo personas de partidos políticos de derechas criticaron y juzgaron la Ley del divorcio y luego la han utilizado sin ningún problema.

De igual manera han utilizado, porque así lo han reconocido, su derecho a abortar en los supuestos que marcaba la Ley 9/1985 de despenalización del aborto, e incluso han viajado al extranjero cuando ha hecho falta.

Pero esto de la imposición es una actitud histórica de la derecha. Estaría bien que el Ministro de Justicia supiera que un aborto no es algo que se realice de forma frívola e irreflexiva.

Se trata de una decisión muy sopesada y que responde a realidades personales, sociales y económica concretas de las mujeres que deciden abortar.

Leo en internet la carta de Carmen, una persona con discapacidad indignada por la ligereza con la que el Ministro trata un tema como las complicaciones o malformaciones en los embarazos, que se plantea ¿quién más allá de la madre y el núcleo familiar puede decidir si traer al mundo a una persona que necesite de tanta dedicación?

Señor Ministro, señores y señoras de la derecha, en la Ley de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, como su propio nombre dice, el aborto es voluntario, es decir, no obliga a nadie a abortar, solo plantea un marco normativo que hace posible su adopción con garantías sanitarias para que las mujeres que deciden interrumpir un embarazo no deseado puedan hacerlo.

La falta de respeto a las decisiones de las mujeres, la doble moral, la ligereza al hablar de las complicaciones o malformaciones en los embarazos, la destrucción de los servicios públicos básicos y el autoritarismo a mí, personalmente, siempre me han parecido “éticamente inconcebible” .

Articulo extraído de Nueva Tribuna

No me gusta hablar del aborto

María Jesús Miranda
Socióloga

Tengo mis razones personales, y punto. Supongo que hay mucha gente que le pasa igual. Porque, en el fondo, es un tema tabú.

En el 98% de la sociedades conocidas existe el tabú del incesto, que define con quién puede tener relaciones sexuales cada individuo. Según el antropólogo francés Lévi-Strauss, esta definición está en la base de todas las demás relaciones sociales, porque clasifica a las personas: hombres y mujeres, nosotros (nuestra familia, nuestra tribu) y los otros (nuestros enemigos potenciales).

El primer intercambio, según él, es el intercambio de mujeres entre los varones de los diferentes grupos. Esto transforma a las mujeres en un don, en el sentido que da al término Marcel Mauss, es decir, las cosifica, les sustrae de su condición de personas.

Esta era la posición de las primeras feministas de los 70. Gayle Rubin, al introducir el concepto de género, difunde la idea de que el patriarcado es “meramente cultural”.

Esto es muy difícil de aceptar para las feministas materialistas, que consideran que subyacen a la discriminación cuestiones de explotación material, en el campo de la producción y la reproducción. Este último incluye tanto el crecimiento vegetativo de la población como las acciones vinculadas directamente a él (cuidado de niños, ancianos y otras personas dependientes, tareas domésticas, apoyo al sustentador principal de la casa o patriarca, erc., etc.).

Nancy Fraser, y Judith Buttler han seguido polemizando sobre esta cuestión, pero esto no viene al caso ahora.

Malinowsky, en su obra “Crimen y costumbre en las sociedades salvajes”, narra como, nada más llegar a una tribu en el Pacífico, le sorprende que un muchacho se suicide tirándose de un cocotero. Después descubre que el suicidio podía haberse evitado, siempre y cuando el muchacho se hubiera confesado con el chamán y le hubiese ofrecido un don.
Entonces hubiera sido personado. De lo que no habla Malinowsky, y pocos antropólogos sociales, es de lo que fue de la mujer que había cometido incesto con él, y del hijo que pudieran haber concebido.

Las antropólogas e historiadoras feministas si hacen referencia, sin embargo, a la práctica universalidad del aborto, paralela obviamente a la del incesto. Si hay relaciones heterosexuales prohibidas, por la razón que sea, ha de haber consecuentemente hijos clandestinos.

Cuando yo estudié Derecho civil, el curso 1966-67, los hijos se dividían en legítimos, naturales, ilegítimos, adulterinos y sacrílegos. Una de las primeras conquistas del movimiento feminista en el Estado Español fué, precisamente, la equiparaciónen cuanto a derechos de todos ellos.

1- Los cambios periódicos en la legislación sobre el aborto y la inseguridad jurídica

Como ya sabe todo el mundo, en el periodo 1975-2014, que es el analizamos en este blog, en el estado español ha habido tres regulaciones jurídicas del aborto y está en preparación una cuarta. Es decir, un cambio más o menos cada diez años, tres o cuatro cambios a lo largo de la vida fértil de una mujer.

Esto produce una grave inseguridad jurídica, si el aborto no impuesto se introduce en la ley penal, dado el carácter no retroactivo de la misma y dado que la judicatura puede actuar según criterios de lege ferenda (de acuerdo con la ley vigente en el momento en que se realiza el juicio, aunque no lo estuviera en el momento en que se produjo el hecho). Las hemerotecas de los últimos 35 años dan buena fe de ello.

En 1980, vigente el Código Penal de 1970, un grupo de profesionales instaló una consulta en Sevilla donde se practicaban abortos clandestinos: la Clínica Los Naranjos. La experiencia duró 9 meses y fué interrumpida por una redada policial con 25 detenidos y un proceso judicial que duró 13 años. Fueron condenadas 15 personas, indultadas al final por el último gobierno de Felipe González.

Tambien en 1980, en Basauri, Bizkaia, fueron procesadas 11 mujeres, dos -madre e hija- por practicar abortos entre sus vecinas, varias de las cuales fueron así mismo acusadas. Madre e hija sufrieron prisión provisional de un año. Este proceso suscitó aún mayor rechazo popular que el anterior: 1.300 mujeres firmaron un manifiesto autoinculpándose de haber abortado, 1200 hombres, de ser colaboradores necesarios y tuvieron lugar numerosas manifestaciones, en especial en Euskadi.

Las mujeres fueron absueltas en razón de la eximente de “estado de necesidad” en el que se encontraban en el momento de realizar aquellos actos, entonces delictivos, pues todas ellas atravesaban situaciones económicas muy frágiles. Sin embargo, la ley de 1985 no contempló los aspectos económicos: ni el aborto era gratuito y a cargo de la Seguridad Social ni el estado de necesidad económica estaba incluido en los supuestos que se legalizaron.

Los encausamientos por aborto producidos tras la aprobación de aquella ley tienen mucho que ver con ello. El primero y más evidente fue el macroproceso de Málaga. En 1986 fueron detenidos, en una clínica ginecológica, cuatro médicos, cuatro auxiliares y una veintena de mujeres. El denunciante, que además actuó como perito en el juicio, era otro médico, perteneciente a un movimiento provida y que tenía su domicilio en el mismo inmueble que la clínica.Dos de los ginecólogos fueron encarcelados y, como es natural, se cerró la clínica.

En primera instancia se declaró la nulidad de la denuncia, puesto que el perito era parte interesada. Pero éste recurrió a la Audiencia Provincial, que nunca se pronunció sobre el asunto, hasta que declaró prescritos los hechos en 1998. Uno de los encausados protestó públicamente porque, al no haber sentencia, él no podía solicitar indemnizaciones por el tiempo que pasó en prisión y por las pérdidas económicas que le supuso el cierre de la clínica.

Nace así la leyenda del abortero movido exclusivamente por el afán de lucro. De ello hablaremos en el siguiente epígrafe.

En 1986 se produjo así mismo un registro policial masivo en la clínica Dátor de Madrid. Cerca de 500 mujeres fueron llamadas a declarar en base a sus fichas clínicas, teóricamente confidenciales. No hubo proceso, pero la única trabajadora de la clínica fué detenida. Pero ha habido otros casos, mucho menos mediáticos, en los que la falta de medios de la mujer le ha conducido a la muerte o a graves problemas sanitarios.

En 1986, una mujer falleció tras un aborto en la Clínica Coslada , un municipio perférico de Madrid. El fiscal solicitó 117 años de cárcel para el médico, de origen magrebí, por aborto ilegal y 7 para el marido de la víctima, por complicidad. Ambos ingresaron en prisión. Además, el padre fué privado de la guardia y custodia de los tres hijos anteriores del matrimonio, de 4, 7 y 11 años de edad.

En 1993 la Audiencia Provincial inició el segundo juicio, resultado del recurso del primero. Esta vez, el fiscal consideró que el aborto se había realizado bajo el supuesto de “grave peligro para la salud de la madre” y el juez llegó a un acuerdo con el médico para una condena de 4 años, por mala práctica, que ya casi había cumplido. El marido resultó absuelto, tras haber sido injustamente ingresado en prisión y haber perdido la custodia de sus hijos durante 7 años. Y así sucesivamente, mientras estuvo vigente la ley de 1985.

Aunque las noticias no aparecen ya en medios mayoritarios, sino, en general, en medios digitales. La Comunidad de Madrid y la Comunidad de Murcia han sido condenadas a indennizar a dos mujeres, en el primer caso por no detectar una malformación del feto y en el segundo por derivar a una mujer desde esa comunidad a una clínica de Madrid, en donde resultó con una minusvalía del 94%, a causa de las lesiones que le produjo el aborto. La Comunidad de Madrid retiró la licencia a la clínica unos meses después.

Y un solo caso curioso más. Una mujer de Barcelona fué condenada a pagar una multa de 1.400 euros por provocarse, en 2008, un autoaborto de 7 semanas, mediante la píldora RU, que se introdujo en la vagina en lugar de ingerirla. Esto le provocó una hemorragia de la que tuvo que ser atendida en un hospital público, que informó a la Policía.
En 2011 la sentencia fue revisada y la mujer absuelta, por considerar la Audiencia que el aborto era legal según la vigente ley de plazos.

2.- Los millones del aborto

Suele argumentarse que el aborto es una carga excesiva para la Seguridad Social, y que los gerentes de las clínicas privadas actúan movidos por un excesivo afán de lucro.

Este parece ser el motivo por el que el Tribunal Supremo ha reabierto el caso contra un ginecólogo peruano, ejerciente en Barcelona y con una clínica filial en Madrid. Tras una inspección de la Comunidad de Madrid en 2007 en la que se intervinieron 2000 historias clínicas, la clínica fué cerrada y el propietario acusado. El juez decidió no abrir juicio oral, por las mismas razones por las que se sobreseyó el caso de la clínica Isadora en 2009: las fuerzas de seguridad se habían excedido en sus funciones.

En febrero del 2012 la Audiencia Provincial validó el auto del juez. Esta noticia apareció en El Pais el 12 de febfero de 2012. Sin embargo, este médico está pendiente de juicio ante el Supremo por otro proceso abierto contra él en Barcelona. Aunque aquella Audiencia Provincial lo archivó en enero de 2013 por aplicación retroactiva de la ley de 2010, el Tribunal Supremo reabrió el caso a instancias del fiscal, y la acusación particular constituida por la asociación Alternativa Española y el Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro. Esta noticia apareció en el diario ABC el 5 de noviembre de 2013.

Indico ambas fuentes para mostrar como la cuestión del aborto está siendo abordada de nuevo por medios de difusión nacional. Parece ser que uno de los argumentos de las acusaciones es que el doctor peruano actuó “movido por su excesivo afán de lucro”.

Este es otro de los argumentos que se utiliza para criminalizar a los ginecólogos que practican abortos. Como en tantas otras cosas, las estadísticas en el Estado español a este respecto dejan mucho que desear. Pero así, a groso modo, podemos calcular que, desde 1910, se practica una media de 114.000 abortos al año (Fuente aceprensa.com), con un coste de 50 millones de euros, es decir, unos 438 euros por intervención.

De la única comunidad autónoma de la que se dispone de datos oficiales es NavarraSegún un informe presentado al Parlamento navarro por la Cámara de Comptos, desde 1986 hasta 2011 no se practicaron abortos en Navarra. En ese año se abrió una clínica autorizada y en 2012 abortaron en toda la Comunidad Foral 981 mujeres, con un coste global de 437.00 euros, 445 por IVE, es decir, una cifra muy cercana a la estimada para el conjunto del Estado. La clínica autorizada en la Comunidad percibió una media de 469 euros por las 812 prestaciones que llevó a cabo. Las 169 IVEs restantes se realizaron en Zaragoza, Madrid y San Sebastián, según dicho informe.

Lo importante es, en todo caso, que el coste de la intervención no es elevado, que seguramente pocos ginecólogos se han hecho millonarios a base de practicarla y que no supone ningún coste desmedido para las arcas de la Seguridad Social.