La idea de la domesticidad se impone

Vía Enciclopedia Británica Online

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

El artículo ¿Cuatro millones de mujeres inútiles? muestra la incoherencia de un modelo de desarrollo socio económico que precisa cada vez más mano de obra femenina y las escasas oportunidades laborales que se les ofrecen a las mujeres.

A pesar de las ventajas que las mujeres percibían en el trabajo fuera del hogar, existían dificultades de tipo objetivo – su falta de preparación y las prácticamente nulas posibilidades de formación- y subjetivo –su propia inseguridad y los prejuicios de empresarios y maridos-.

En concreto, el artículo describe muy bien la desoladora situación de todas aquellas mujeres que, llegadas a la treintena y habiendo criado a sus hijos podían volver a incorporarse al trabajo fuera del hogar, pero que no lo hacían porque no existía esa posibilidad.

La lectura de este artículo cuarenta años después permite comprobar como cada teoría y propuesta es fruto de su tiempo. Las articulistas fijan su atención en la necesidad de formación para el acceso de las mujeres al mercado de trabajo. La educación y la formación han explicado durante años el proceso de promoción social y por tanto es comprensible entender que las feministas hayan argumentado la necesidad de formarse para acceder al ámbito público y en concreto al mercado laboral.

La escasa formación se asumía como una dificultad objetiva de reincorporación al empleo para aquellas mujeres que previamente se había obligado a dejar el trabajo para cuidar a sus hijos. Y así se observa como también el feminismo cayó en las trampas de pensar que “cuando tuviéramos igual formación que los hombres tendríamos iguales empleos”.

Por desgracia, han tenido que pasar cuarenta años y que hubiera mujeres como las que escriben el artículo, para que ahora, nosotras nos demos cuenta de que esta premisa era una falacia. En este momento, nuestra formación es mayor que la de los hombres y sin embargo nuestras condiciones de empleo y trabajo son peores. Las mujeres presentes en el mercado laboral tienen un nivel formativo superior al de los hombres, ya que un 42,7% de las mujeres ocupadas tiene formación superior frente al 34% de los hombres, pero ocupan trabajos peor remunerados; y solo un 28% ocupan un alto cargo .

Las mujeres han puesto de su parte, se han esforzado, se han formado, se han adecuado a las exigencias y requisitos que de ellas se requerían y sin embargo, no han recibido la recompensa esperada. Las mujeres continúan teniendo menos posibilidades de empleo, de menos calidad y además lo tienen que realizar en peores condiciones.

Las mujeres siguen concentradas en ciertos sectores. Según el Informe del Consejo Económico y Social (2012), en torno al 50% de las mujeres ocupadas se concentran en sólo 6 ocupaciones diferentes (empleadas domésticas y personal de limpieza, servicios personales, dependientes de comercio y restauración, sanidad y educación). Muchas de ellas perpetúan el papel tradicional de cuidadoras de personas dependientes y responsables de las tareas del hogar.

Además la tasa de feminización de estas ocupaciones ha aumentado. Pero no solo tenemos un mercado laboral mermado, sino que las peores condiciones de empleo son evidentes. Muchas mujeres están ocupadas temporalmente, a tiempo parcial y sufren discriminación salarial.
La tasa de temporalidad femenina es del 25,8%, el 23,6% de las mujeres (frente al 5,3% de hombres), están ocupadas a tiempo parcial y existe una brecha salarial del 18%.

 Autocríticas al margen, el texto es una pieza más del mosaico de la discriminación laboral. En el mismo se denuncian las irrisorias oportunidades para formarse que tuvieron las españolas de esa edad. La falta de oportunidades de formación implicaba en la práctica condenar a estas mujeres a la soledad de la casa, desaprovechar la madurez y experiencia de las mujeres mayores para un mercado laboral necesitado de talento y retrasar el desarrollo social.

Que cercano nos suena ahora todo esto. Por un lado, observamos como las mujeres nunca lo hemos tenido fácil. Las mujeres de los setenta tuvieron que superar muchas trabas para acceder al empleo y ahora nos está costando mucho esfuerzo mantenernos en el mismo.

Durante las tres últimas décadas, y dado que el capital precisaba de la máxima empleabilidad de todas las personas, se han puesto condiciones objetivas que permiten el acceso de las mujeres al empleo. Es más, cuando de cambio social se habla no es difícil encontrarse con la idea de que el acceso de las mujeres al empleo ha sido el mayor cambio del siglo XX. Sin embargo, la crisis actual y el aprovechamiento de la misma por las fuerzas más reaccionarias está calando fuertemente sobre una población que no ha dejado de ver el trabajo de las mujeres como una ayuda -tal como muy explicara la antropóloga Susana Narotzky (1988)-.

La evolución de las normas relativas a responsabilidades familiares, el cambio de papel de las mujeres y la apuesta por la empleabilidad contribuyeron a transformar las condiciones bajo las cuales se habían organizado tradicionalmente los ámbitos laborales y familiares y se lograron algunos avances socio-laborales para las mujeres. Sin embargo, hoy asistimos a un retroceso claro y a la pérdida de derechos.

Si durante la primera legislatura del Presidente Zapatero se aprobaron algunas leyes que, aunque deberían haber sido más radicales, pretendían dar pasos hacia la igualdad de los sexos, desde la llegada del Partido Popular (con su política de austeridad, privatizaciones y adelgazamiento del Estado de bienestar) esta tendencia se quiebra. La reducción del papel del Estado como proveedor de servicios, cuidados y prestaciones monetarias en favor de las familias ha supuesto una vuelta al hogar de determinadas responsabilidades y tareas que vuelven a recaer sobre las “espaldas” de las mujeres.

Para conseguir que unas mujeres que han sido educadas bajo la expectativa de un trabajo extra doméstico y que no están dispuestas a volver al hogar acaben recluidas en el mismo se están imponiendo duras condiciones en la legislación laboral y además esto se hace a partir de reforzar la ideología de la domesticidad.

Esta ideología de la domesticidad se reproduce a través de frases célebres como la del actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Galardón, el día 26 de marzo en el Senado: “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”, pero se acompaña de medidas socio laborales con las que se ve la clara intención del gobierno de volver a meter a las mujeres en casa.

Algunos ejemplos se encuentren en las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, en las que se retrasaba la implantación del permiso de paternidad de 4 semanas y se congelaba el Salario Mínimo.

Esta última decisión, aparentemente neutra, perjudica más a las mujeres que a los hombres, al ser una proporción mayor de mujeres (el 15,5%) que de hombres (el 5,6%) las que tienen este salario según la Encuesta de Estructura Salarial (2010).

También la R.D 3/2012, de Medidas urgentes para la reforma del mercado laboral introdujo modificaciones en materia de conciliación de la vida laboral y familiar, en el derecho a la reducción de jornada cuya reducción será diaria y para la concreción horaria y la determinación del periodo de disfrute del permiso de lactancia y reducción de jornada. Para los cuales los convenios colectivos podrán establecer esta concreción en atención los derechos de conciliación, pero también se concretarán según las necesidades productivas y organizativas de la empresa. A ello se añade el hecho de que la reforma concede a la empresa la disponibilidad de un margen de distribución irregular de la jornada de un 5% a falta de otra previsión en el convenio colectivo.

Esta adaptación irregular del tiempo de trabajo, de la que dispone libremente la empresa, difículta las pretensiones de conciliación de la vida y el empleo que propugna el Artículo 44 de la LOIEMH. Y todo esto sin mencionar las modificaciones que se hacen en el tiempo parcial, modalidad de contratación propiamente femenina.

Pero no solo las mujeres lo tienen más difícil en lo que a condiciones de empleo se refieren, también lo tienen más difícil en casa aquellas que tienen a personas dependientes. Las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, establecieron una moratoria de 1 años en la incorporación de las personas beneficiarias al sistema de dependencia. Con el Real Decreto-ley 20/2012, de 13 de julio, de medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y de fomento de la competitividad el Gobierno desactiva la Ley de Dependencia con el recorte de más del 50% de la financiación estatal.

Las posibles pequeñas mejoras que supuso la Ley se eliminan, como también se reducen sus posibilidades de trabajo en el mercado laboral a medida que las prestaciones, servicios e infraestructuras destinadas al cuidado, educación y atención de las personas desaparecen.

Si además de no haber guarderías para los más pequeños y las madres tienen que preparar la tartera para que los niños y niñas un poco más mayores puedan comer en el cole, además de asear, conversar y dar medicación a su madre/padre que vive en casa poco tiempo le queda para ocupar un puesto de trabajo en un mercado cada día más precario, desregulado y que exige plena disponibilidad.

Cuando aún existe la mentalidad de que el trabajo retribuido de las mujeres es una ayuda familiar, si los servicios públicos se siguen privatizando y hay que pagar por todo es fácil comprender que ante empleos mal pagados las mujeres se enfrente al dilema de salir fuera o quedarse en casa. Ya luego acabarán diciendo que las mujeres no trabajan fuera de casa porque no quieren.

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Un pensamiento en “La idea de la domesticidad se impone

  1. […] En el artículo “La idea de la domesticidad se impone” publicado en este mismos blog se muestran los mecanismos ideológicos, legislativos  y […]

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