Conciliación o Barbarie

Artículos:

Elena Herrera Quintana
Socióloga

A la luz de los datos obtenidos por el INE en 2002-2003 y 2009-2010 y respecto a la situación explicada por Mª Jesús Miranda en los artículos citados arriba han pasado más de 20 años, y no podemos decir que los cambios hayan sido tan profundos para todo el tiempo transcurrido en cuanto al reparto de tareas domésticas por género y a la conciliación de la vida laboral, familiar y personal.

En 2009-2010 el 74,7% los hombres participaba en trabajos domésticos, mientras que las mujeres lo hacían en un 91,9%. Estas dedicaban casi dos horas más a este tipo de actividades respecto a los hombres. Dos horas en un día promedio es mucho tiempo.

Aún así, estas tasas muestran ligeras diferencias respecto a los datos obtenidos en 2002-2003, acortándose las diferencias entre géneros. Pero estamos hablando de 7 años entre un estudio y otro, por lo que las tasas entre 2010 y actualmente deben ser muy similares.

En poco más de cincuenta años las mujeres se han incorporado de lleno al mercado laboral, tal como Miranda afirma en Familia y Trabajo de la Mujer “[…] el proceso de incorporación de la mujer al mundo del trabajo se presenta como irreversible […]” y así ha sido.

Esta incorporación más o menos rápida dejo un vació en el hogar, vacío que no se intentó paliar con políticas tempranas de conciliación que adelantasen el problema que se avecinaba. Políticas que pusiesen en marcha medidas que facilitasen este proceso a las familias y no tan sólo a las mujeres, como se suele pensar.

Nos encontramos entonces con un grave problema de conciliación que viene de lejos. Un problema en cuanto al uso del tiempo en función del género. Con una doble jornada femenina por un lado, una baja participación de los varones en cuanto a lo doméstico se refiere (incluido el cuidado y crianza de hijos e hijas). Síntoma todo ello de lo difícil que resulta modificar las actitudes cotidianas de la gente.

Al igual que Miranda destaca dos componentes principales en cuanto al análisis de las condiciones de vida, estos mismos se pueden aplicar en el caso de la conciliación:

  • Un primer componente referido a las condiciones de producción y reproducción. Esto es: a las actividades propias de llevar una casa y la crianza de unos hijos.
  • Un segundo componente que tiene que ver con las relaciones de sentido, esto es, con la relación entre los miembros de la pareja, y, en el caso, con los hijos. Por tanto, relaciones de poder.

Cuando uno de los miembros llega a casa y tiene que hacer la comida del día siguiente, en realidad se esta poniendo sobre la mesa cuál es la diferencia entre los miembros de la pareja, en cuanto seres humanos, para que uno de ellos pueda descansar y dedicar ese tiempo de ocio a puro entretenimiento, y otro tenga que dedicarlo al trabajo doméstico.

La respuesta que a esta pregunta pueda darse dirá mucho de qué tipo de relaciones conyugales se están poniendo en marcha. La conciliación no es solo algo práctico, del día a día, mecánico. Es eso y mucho más. Es una negociación constante que tiene que ver con la dinámica interna de la pareja, con la percepción que tiene uno del otro respecto así mismo.

Es en esa distribución de tareas cuando nos estamos exponiendo nosotros mismos como seres humanos, con necesidades, aspiraciones, deseos , faltas, a ese otro que tenemos en frente, que también tiene sus propios deseos, necesidades, aspiraciones.
Si no se concilia, la convivencia se convierte en supervivencia

Por otro lado en España, y muchos de los países del sur de Europa, las políticas de conciliación siempre se han relacionado con cuestiones de género, básicamente de género femenino. En ocasiones llamadas women-friendly policies, suelen estar relegadas a un segundo plano respecto a las “grandes” agendas políticas.

Esto resulta paradójico si pensamos y enseñamos en las escuelas que la familia es la unidad básica de toda sociedad, por tanto sí los gobiernos no facilitan a las familias (del tipo que sean, superando la  asociación mecánica entre familia y modelo tradicional) la organización de una forma democrática y equitativa para todos sus miembros en realidad está atentando contra lo que se considera el núcleo más básico (aunque no único) de la socialización de sus ciudadanos y ciudadanas.

No fue hasta 1999 que se formuló explícitamente una ley en este sentido, Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral de las Personas Trabajadoras, cuando el problema venía fraguándose desde mucho tiempo atrás.

Y es que en ocasiones se piensa que el tema de la conciliación es algo privado de cada familia, donde el estado no puede ni debe intervenir, y mucho menos las empresas han de interesarse. Aún así, desde este primer precedente, tal como afirman J. Antonio Fernandez y Carmen Tobio, los sucesivos gobiernos han ido aprobando y eliminando medidas entorno al Bienestar de las familias (en el caso de los socialistas) o a la Protección de las familias (en el caso de los populares)

Lo que se puede concluir es que los cambios entorno a la conciliación han seguido sendas distintas en cuanto a lo micro y macro se refiere. Por un lado, se ha comenzado a legislar en este sentido desde principios de siglo, aunque de forma secundaria, y casi por obligación con Europa.  

La conciliación y situación de la familia es un tema del que se habla y que forma parte de los programas políticos de los partidos, aunque sea de forma secundaria. Sin embargo, según los datos estadísticos antes aludidos, el aspecto más micro de esta problemática, el que tiene que ver con las actitudes y comportamientos de la gente tras los muros de sus casas, no ha sufrido una rápida modificación. Más bien los cambios son lentos, y casi deben comparase los datos de década en década para atisbar algún cambio hacia la equidad.

La legislación en esta materia no nos asegura que estemos haciendo las cosas bien en casa, ya que, tal como atentas decíamos, las relaciones de sentido, las relaciones de poder inmersas en estas cuestiones, mal que nos pese, no se modifican a golpe de decreto. Tienen que ver con algo mas profundo, en la raíz de la educación que se les da a las niñas y niños, en los modelos que ven en casa y en la sociedad en su conjunto.

Tal como afirma Miranda en El padre vale poco “[…] una familia aislada no es culpable de algo que tiene su origen en la estructura social y que nos afecta a todos […]”

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