HOMENAJE A MIGUEL ROMERO (1945-2014)

Artículos:

María Jesús Miranda
Socióloga

Aunque solo tres años más pequeña que él, yo también soy hija intelectual de Moro. Hija rebelde, pero hija apasionada, feliz y agradecida.

En 1978, la revista El Viejo Topo, nacida en 1976, pidió a Miguel artículos para componer un Dossier sobre trotskismo. En septiembre de ese año yo había hecho mi contribución más arriesgada al movimiento de PNN; me presenté a una oposición a profesores adjuntos de universidad y le solté al tribunal una parte de lo que llevaba dentro. El tribunal consideró que mi ejercicio había constituido una “autoexclusión” de la prueba y parece que ni siquiera la puntuaron. Mis camaradas de la LCR estaban allí, entre el público, y aplaudieron a rabiar.

Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Todavía no había cumplido 30 años.

Moro me ofreció algunas de las páginas que le había adjudicado la revista al trotskismo para publicar lo que cupiera de mi desahogo. Acepté y, gracias a su generosidad, empecé una fructífera relación profesional con aquel medio.

Tres artículos formaron el dossier trotkismo: “Los orígenes del movimiento Trotkista en España”, de Javier Maestro; “Breve diccionario trotkista (para ociosos), de Luciano Rincón (fallecido) y una entrevista de Jorge Redo a Massimo Gorla: “Nunca he sido trostkista”.

Y ahora, unas palabras sobre el movimiento de los PNNs y las PNNas. Hasta la muerte del dictador, la universidad española era el conjunto de cortijos de una serie de catedráticos elegidos a dedo tras la depuración de 1939 y el exilio forzado de los intelectuales republicanos. En cada cortijo trabajaban el señorito o cátedro, a los capataces o adjuntos y los braceros o profesores no numerarios.

Para que os hagáis una idea, en 1972 mi sueldo de profesora ayudante era de 333 pesetas al mes, lo mismo que valía una camisa muy popular anunciada en TV. Los adjuntos eran gente de confianza de los señoritos, elegidos a dedo y a perpetuidad y a los braceros se nos contrataba por una temporada entre los recién licenciados más empollones.

Entre 1975 y 1978 apenas se convocaron oposiciones. Luego, la Constitución de 1978 dejó todo en suspenso, hasta que se aprobara la Ley de Autonomía Universitaria. Una vez elaborada esta por el primer gobierno del PSOE, las Universidades empezaron a crecer como hongos, una en cada provincia pequeña y cuatro o cinco en las grandes.

Mientras, los PNN seguíamos en precario. Estábamos tan hartos de todo aquello, de la estructura feudal de las cátedras, de la reproducción de las elites franquistas en la universidad, de nuestro propio precariado, que formamos un movimiento bastante amplio y duradero.

En 1985 nos compraron. Nombraron profesores idóneos, con condición funcionarial y retribuciones de adjuntos, (que pasaron a llamarse titulares) a todos los que habíamos sacado adelante la universidad durante aquel decenio tan difícil.
Nos reconocieron la antigüedad, así que por eso yo me he jubilado con muchos años de docencia.

Como el ejército, la magistratura, la policía, la inspección de hacienda y de trabajo, la medicina, la psiquiatría… el profesorado universitario es hijo de la dictadura.

Yo tuve la inmensa suerte de tener, además, otro maestro:

Miguel Romero, Moro.

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Nuestro desprecio por el trabajo de las amas de casa

Stern housewife

Vía Huffington Post

Artículo:

Mª Jesús Miranda
Socióloga

Publiqué este artículo, junto con mi compañera de curso y desde entonces amiga María Victoria Abril Navarro en una revista de la Iglesia, Mundo Social, en enero de 1975. A lo largo de 1974 habíamos realizado una serie de grupos de discusión con mujeres casadas y amas de casa en el barrio de Moratalaz sobre su experiencia posterior al matrimonio.

Hay que recordar que aun seguía vigente el Fuero del Trabajo fascista, que prometía “liberar a la mujer del taller y de la fabrica”. Al casarse, las mujeres eran obligadas a abandonar su puesto de trabajo a cambio de una ridícula dote que les pagaba el Estado. En consecuencia, en 1970 solo el 12% de las mujeres casadas tenían un empleo.

En las clases más altas empezaba a ser un signo de prestigio social que el marido pusiera un negocio a la esposa: Una boutique, una galería de arte, un salón de belleza. Entre las familias más pobres las mujeres debían trabajar como limpiadoras o asistentas de hogar para completar los bajos ingresos del marido. Pero la gran mayoría (el 88%) no realizaba más trabajo que las tareas domesticas.

Estas tareas resultaban frustrantes para las mujeres que entrevistamos, que solían decir:

La casa se me cae encima.

Tener en casa a los niños es horroroso. Acabo con los nervios destrozados.

Desde que me casé no sé lo que es un cine, un teatro…

Aquí no conozco a nadie, solo a alguna vecina si pudiésemos hacer más reuniones como esta…

En 1974 había en España 4.200.000 mujeres inactivas entre los 30 y 50 años, mientras que en Europa se producía la llamada “doble curva del trabajo femenino”. Las mujeres desempeñaban un empleo antes de casarse, parían y criaban a sus hijos y después se reincorporaban a la actividad laboral. Pero en España no sucedía esto, el principal problema era el escaso nivel educativo de las mujeres nacidas entre 1925 y 1945 que son las que nosotras estudiábamos.

En el curso 1948/49 aprobaban el examen de Estado (fin del bachillerato) un 27% de mujeres frente a un 74% de varones y obtenían el título de licenciado un 14% de mujeres frente a un 86% de varones. La enseñanza entre ambos sexos estaba fuertemente segmentada: las chicas estudiaban Filosofía y Letras y Farmacia y los chicos todo lo demás. Es de notar que ni siquiera todas las mujeres licenciadas llegaban a desempeñar un puesto de trabajo:

Un ilustre Rector de la UCM  afirmó que no era aconsejable enviar a las chicas a la universidad pues solo asistían a ella para “calentar bancos”.

Esta situación cambió drásticamente a partir de la grave crisis económica de 1980. Si hasta entonces la forma típica de establecer una relación entre dos jovencitos era un piropo o la pregunta “Señorita ¿Puedo acompañarla un rato?” A partir de 1980 se popularizó la frase, siempre dirigida del chico a la chica “¿Estudias o trabajas?”.

La caída de sueldos y el incremento de la inflación hicieron comprender a los varones que su mujer debía estar preparada para el trabajo después del matrimonio: A partir de entonces un hogar difícilmente podía mantenerse con un solo salario.

Pero los prejuicios relativos al trabajo de la mujer han persistido mucho más. Por un lado, los empleadores se siguen resistiendo a contratar mujeres en edad fértil, por temor a que deban interrumpir su actividad laboral con motivo de un embarazo. Por otro, los maridos continúan considerando que el trabajo doméstico, que evidentemente, también implica esfuerzo, tiempo y dedicación es responsabilidad principal de las mujeres.

Estas creencias patriarcales nos llevaron, incluso en 1974, a ignorar al valor del trabajo doméstico. Nuestra propia experiencia (ya éramos jóvenes mamás) nos indujo a poner el título entre interrogaciones. Pero aún no habíamos leído a Maria Rosa dalla Costa.

La idea de la domesticidad se impone

Vía Enciclopedia Británica Online

Artículo:

Begoña Marugán Pintos
Socióloga

El artículo ¿Cuatro millones de mujeres inútiles? muestra la incoherencia de un modelo de desarrollo socio económico que precisa cada vez más mano de obra femenina y las escasas oportunidades laborales que se les ofrecen a las mujeres.

A pesar de las ventajas que las mujeres percibían en el trabajo fuera del hogar, existían dificultades de tipo objetivo – su falta de preparación y las prácticamente nulas posibilidades de formación- y subjetivo –su propia inseguridad y los prejuicios de empresarios y maridos-.

En concreto, el artículo describe muy bien la desoladora situación de todas aquellas mujeres que, llegadas a la treintena y habiendo criado a sus hijos podían volver a incorporarse al trabajo fuera del hogar, pero que no lo hacían porque no existía esa posibilidad.

La lectura de este artículo cuarenta años después permite comprobar como cada teoría y propuesta es fruto de su tiempo. Las articulistas fijan su atención en la necesidad de formación para el acceso de las mujeres al mercado de trabajo. La educación y la formación han explicado durante años el proceso de promoción social y por tanto es comprensible entender que las feministas hayan argumentado la necesidad de formarse para acceder al ámbito público y en concreto al mercado laboral.

La escasa formación se asumía como una dificultad objetiva de reincorporación al empleo para aquellas mujeres que previamente se había obligado a dejar el trabajo para cuidar a sus hijos. Y así se observa como también el feminismo cayó en las trampas de pensar que “cuando tuviéramos igual formación que los hombres tendríamos iguales empleos”.

Por desgracia, han tenido que pasar cuarenta años y que hubiera mujeres como las que escriben el artículo, para que ahora, nosotras nos demos cuenta de que esta premisa era una falacia. En este momento, nuestra formación es mayor que la de los hombres y sin embargo nuestras condiciones de empleo y trabajo son peores. Las mujeres presentes en el mercado laboral tienen un nivel formativo superior al de los hombres, ya que un 42,7% de las mujeres ocupadas tiene formación superior frente al 34% de los hombres, pero ocupan trabajos peor remunerados; y solo un 28% ocupan un alto cargo .

Las mujeres han puesto de su parte, se han esforzado, se han formado, se han adecuado a las exigencias y requisitos que de ellas se requerían y sin embargo, no han recibido la recompensa esperada. Las mujeres continúan teniendo menos posibilidades de empleo, de menos calidad y además lo tienen que realizar en peores condiciones.

Las mujeres siguen concentradas en ciertos sectores. Según el Informe del Consejo Económico y Social (2012), en torno al 50% de las mujeres ocupadas se concentran en sólo 6 ocupaciones diferentes (empleadas domésticas y personal de limpieza, servicios personales, dependientes de comercio y restauración, sanidad y educación). Muchas de ellas perpetúan el papel tradicional de cuidadoras de personas dependientes y responsables de las tareas del hogar.

Además la tasa de feminización de estas ocupaciones ha aumentado. Pero no solo tenemos un mercado laboral mermado, sino que las peores condiciones de empleo son evidentes. Muchas mujeres están ocupadas temporalmente, a tiempo parcial y sufren discriminación salarial.
La tasa de temporalidad femenina es del 25,8%, el 23,6% de las mujeres (frente al 5,3% de hombres), están ocupadas a tiempo parcial y existe una brecha salarial del 18%.

 Autocríticas al margen, el texto es una pieza más del mosaico de la discriminación laboral. En el mismo se denuncian las irrisorias oportunidades para formarse que tuvieron las españolas de esa edad. La falta de oportunidades de formación implicaba en la práctica condenar a estas mujeres a la soledad de la casa, desaprovechar la madurez y experiencia de las mujeres mayores para un mercado laboral necesitado de talento y retrasar el desarrollo social.

Que cercano nos suena ahora todo esto. Por un lado, observamos como las mujeres nunca lo hemos tenido fácil. Las mujeres de los setenta tuvieron que superar muchas trabas para acceder al empleo y ahora nos está costando mucho esfuerzo mantenernos en el mismo.

Durante las tres últimas décadas, y dado que el capital precisaba de la máxima empleabilidad de todas las personas, se han puesto condiciones objetivas que permiten el acceso de las mujeres al empleo. Es más, cuando de cambio social se habla no es difícil encontrarse con la idea de que el acceso de las mujeres al empleo ha sido el mayor cambio del siglo XX. Sin embargo, la crisis actual y el aprovechamiento de la misma por las fuerzas más reaccionarias está calando fuertemente sobre una población que no ha dejado de ver el trabajo de las mujeres como una ayuda -tal como muy explicara la antropóloga Susana Narotzky (1988)-.

La evolución de las normas relativas a responsabilidades familiares, el cambio de papel de las mujeres y la apuesta por la empleabilidad contribuyeron a transformar las condiciones bajo las cuales se habían organizado tradicionalmente los ámbitos laborales y familiares y se lograron algunos avances socio-laborales para las mujeres. Sin embargo, hoy asistimos a un retroceso claro y a la pérdida de derechos.

Si durante la primera legislatura del Presidente Zapatero se aprobaron algunas leyes que, aunque deberían haber sido más radicales, pretendían dar pasos hacia la igualdad de los sexos, desde la llegada del Partido Popular (con su política de austeridad, privatizaciones y adelgazamiento del Estado de bienestar) esta tendencia se quiebra. La reducción del papel del Estado como proveedor de servicios, cuidados y prestaciones monetarias en favor de las familias ha supuesto una vuelta al hogar de determinadas responsabilidades y tareas que vuelven a recaer sobre las “espaldas” de las mujeres.

Para conseguir que unas mujeres que han sido educadas bajo la expectativa de un trabajo extra doméstico y que no están dispuestas a volver al hogar acaben recluidas en el mismo se están imponiendo duras condiciones en la legislación laboral y además esto se hace a partir de reforzar la ideología de la domesticidad.

Esta ideología de la domesticidad se reproduce a través de frases célebres como la del actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Galardón, el día 26 de marzo en el Senado: “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”, pero se acompaña de medidas socio laborales con las que se ve la clara intención del gobierno de volver a meter a las mujeres en casa.

Algunos ejemplos se encuentren en las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, en las que se retrasaba la implantación del permiso de paternidad de 4 semanas y se congelaba el Salario Mínimo.

Esta última decisión, aparentemente neutra, perjudica más a las mujeres que a los hombres, al ser una proporción mayor de mujeres (el 15,5%) que de hombres (el 5,6%) las que tienen este salario según la Encuesta de Estructura Salarial (2010).

También la R.D 3/2012, de Medidas urgentes para la reforma del mercado laboral introdujo modificaciones en materia de conciliación de la vida laboral y familiar, en el derecho a la reducción de jornada cuya reducción será diaria y para la concreción horaria y la determinación del periodo de disfrute del permiso de lactancia y reducción de jornada. Para los cuales los convenios colectivos podrán establecer esta concreción en atención los derechos de conciliación, pero también se concretarán según las necesidades productivas y organizativas de la empresa. A ello se añade el hecho de que la reforma concede a la empresa la disponibilidad de un margen de distribución irregular de la jornada de un 5% a falta de otra previsión en el convenio colectivo.

Esta adaptación irregular del tiempo de trabajo, de la que dispone libremente la empresa, difículta las pretensiones de conciliación de la vida y el empleo que propugna el Artículo 44 de la LOIEMH. Y todo esto sin mencionar las modificaciones que se hacen en el tiempo parcial, modalidad de contratación propiamente femenina.

Pero no solo las mujeres lo tienen más difícil en lo que a condiciones de empleo se refieren, también lo tienen más difícil en casa aquellas que tienen a personas dependientes. Las Medidas del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 2011, establecieron una moratoria de 1 años en la incorporación de las personas beneficiarias al sistema de dependencia. Con el Real Decreto-ley 20/2012, de 13 de julio, de medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y de fomento de la competitividad el Gobierno desactiva la Ley de Dependencia con el recorte de más del 50% de la financiación estatal.

Las posibles pequeñas mejoras que supuso la Ley se eliminan, como también se reducen sus posibilidades de trabajo en el mercado laboral a medida que las prestaciones, servicios e infraestructuras destinadas al cuidado, educación y atención de las personas desaparecen.

Si además de no haber guarderías para los más pequeños y las madres tienen que preparar la tartera para que los niños y niñas un poco más mayores puedan comer en el cole, además de asear, conversar y dar medicación a su madre/padre que vive en casa poco tiempo le queda para ocupar un puesto de trabajo en un mercado cada día más precario, desregulado y que exige plena disponibilidad.

Cuando aún existe la mentalidad de que el trabajo retribuido de las mujeres es una ayuda familiar, si los servicios públicos se siguen privatizando y hay que pagar por todo es fácil comprender que ante empleos mal pagados las mujeres se enfrente al dilema de salir fuera o quedarse en casa. Ya luego acabarán diciendo que las mujeres no trabajan fuera de casa porque no quieren.

No alimentar el miedo. Criminalidad, atención mediática y percepción social

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Vía fffound.com

Artículos:

Carmen Ruidíaz García
Sociologa
Alberto Fernández Ruidíaz
Periodismo y Derecho

En este diálogo entre generaciones al que nos ha invitado Mª Jesús Miranda, nos hemos juntado dos generaciones unidas por lazos afectivos sólidos y por intereses intelectuales comunes.

Nuestra primera incursión conjunta para abordar el problema social de la inseguridad ciudadana se produjo en el VIII Congreso Español de Criminología celebrado en San Sebastián en el 2011. En aquel momento posamos la mirada en la revisión de teorías y datos empíricos que hablaban de la inseguridad ciudadana como problema criminológico y también como punto programático a nivel político y social.

Constatábamos que la extensa investigación empírica había puesto de manifiesto que la percepción de la inseguridad ciudadana, la violencia, el delito, los delincuentes y las demandas de control por parte de la ciudadanía son el resultado de un complejo proceso subjetivo de definiciones y atribuciones valorativas, son una construcción social de la realidad.

Esas mismas investigaciones ofrecían datos de interés sociológico (sincrónicos y diacrónicos) que permitían hablar, con fundamento científico, de una cierta la influencia de los medios de comunicación social en la creación de nuestro universo cognitivo sobre la realidad criminal.

Unos años después, al amparo de la entrada en este blog “Inseguridad Ciudadana” y del artículo “La construcción social de la inseguridad”, nos sigue pareciendo interesante continuar la reflexión sobre el influjo de los medios de comunicación, sobre todo el periodismo, en la construcción social de la realidad y, por añadidura, en la construcción social de la inseguridad ciudadana como problema social.

Partimos de la base de que tanto ayer como hoy, en nuestras sociedades democráticas, los medios de comunicación, el periodismo, juega un papel importante en la adquisición, por parte de los ciudadanos, de conocimientos sobre el entorno, sobre los demás e incluso sobre sí mismos; son importantes maquinarias de construcción de la mentalidad social.

El periodismo comunica lo que pasa (noticia); nos acerca a todo ello y lo hace ver, sentir, comprender (reportaje); abre ventanas por las que nos llegan impresiones de lo que ocurre en diversos lugares y en diversos sectores de la vida social (crónica); presenta, analiza y enjuicia las obras que se ofrecen al púbico (crítica); y recoge las diversas opiniones y puntos de vista, bien especializados (comentarios firmados), bien aquellos con los que la opinión reacciona ante los hechos que pasan y las noticias y comentarios que se publican (cartas y chistes), y completa el ciclo con la opinión del periódico (editorial).

El periodismo construye su discurso a partir de hechos que son transformados en noticias y después irradiados a la sociedad, creando pequeños escenarios de la vida cotidiana reformulados y /o modificados por los mensajes que emiten los media.

Una característica básica del periodismo es la de contextualizar la noticia dentro de las distintas secciones. Esta distribución de la información corresponde a diversas categorías principales tales como política nacional e internacional, vida social, deporte, arte, ciencia o criminalidad.

Este criterio ofrece ventajas e inconvenientes. Así, entre las ventajas, esta clasificación permite, entre otras cosas, localizar fácilmente la noticia. Entre los inconvenientes, este tratamiento obliga a clasificar los hechos dentro de determinados marcos globales, reduciendo de manera notable las relaciones de unos con otros.

Se podría afirmar que al incluir una noticia en una sección se delimita su alcance y relaciones. La presentación en compartimentos orienta a una lectura asistida de las noticias.

Además de las secciones, los contenidos de un periódico pueden ser estructurados en lo que se ha denominado géneros informativos y que corresponden a diferentes modos de comunicación e interpretación de la realidad, son modos convencionales de interpretar la realidad y varían según la función que se les asigne y el propósito que se persiga.

Los géneros son el producto de diferentes prácticas sociales y culturales, que tienen lugar dentro de un campo específico de conocimiento. Al igual que cualquier otra situación social, la confección de la prensa tiene una estructura jerárquica. Así, todos sus miembros, desde el director al fotógrafo, pasando por los redactores, tienen asignados una función y un status.

La elaboración de los géneros periodísticos no es una excepción. Los géneros no sólo difieren por su contenido y relación con respecto a la noticia, sino también en relación con el profesional a quien se encomienda el tema.

Es prácticamente universal la creencia de que el periodismo es contar la verdad. En la cultura periodística actual se mantiene como doctrina la verificación de los hechos a partir de fuentes diversas y fiables.

Sin embargo, el periodismo, y las empresas que lo sustentan, no es un mediador neutral, lógico y racional de los acontecimientos sociales, sino que ayuda a reproducir ideologías reformuladas.

A la hora de cumplir con su labor informadora, las agencias y los periodistas, han de seleccionar necesariamente con criterios, eso sí, que se pretenden profesionales, determinados aspectos de un acontecimiento e ignorar otros, ante la imposibilidad de mencionar todo aquello susceptible de ser recogido como datos de la noticia.

Y, en consecuencia, esa selección privilegia a determinados sujetos enunciadores para hablar sobre el tema de entre todos los posibles; unos determinados personajes o actores del relato para protagonizar las informaciones entre todas las posibles o unos determinados ámbitos sociales o campos temáticos para encuadrar las noticias entre todos los posibles.

Opiniones autorizadas han llegado a decir que el periodismo objetivo es la gran mentira del universo y sostienen que todo es subjetivo.

Efectivamente, la información no parte de la objetividad de la noticia, sino que realiza una selección entre todo lo que ocurre, se ofrece una interpretación de los hechos, se emite un juicio de valor y, en definitiva, se trata sobre la base de unos criterios establecidos.

Estos criterios incluyen la ideología subyacente a la selección, valoración, magnificación y priorización de unos hechos sobre otros.
Pues la noticia es, ante todo, un producto sociocultural. Como tal producto, implica un proceso enormemente complejo que se desarrolla bajo la interacción de los recursos y propósitos del periódico y su repercusión social.

Por ejemplo, la noticia nace cuando es seleccionada por las agencias. Una vez elegida, continúa su proceso mediante su ordenación, transformación y ubicación. Sin embargo, su valor final dependerá de la representación social o de su capacidad para crear consenso. Los medios no sólo se valoran por el interés de la noticia, sino también por su repercusión o importancia.

En suma, los medios de comunicación no cuentan lo que pasa, sino que proponen una interpretación de lo que pasa; es decir, hacen una propuesta de realidad, remiten a un modelo de representación del mundo y del funcionamiento social (1)

Y todo ello se complica en el escenario de la sociedad red, una sociedad, sobre todo en nuestro contexto cultural y científico, en la que el periodismo se encuentra sometido a cambios, que afectan a todas sus facetas: soportes, tecnologías, lenguajes, negocios, etc… que hacen difícil predecir los rasgos de su futuro próximo.

Volviendo al caso de la inseguridad ciudadana, los medios de comunicación ejercen una gran influencia, no siempre determinante y única, sobre las presentaciones que el público se hace de la criminalidad y los delincuentes al transmitir de ellos imágenes estereotipadas y muchas veces incorrectas.

Ya en 1988 Rico y Salas, haciéndose eco de distintas investigaciones, indicaban que en EE.UU. el 45 % de la población declaraba haber recibido información sobre la delincuencia a través de la prensa escrita; en Holanda las noticias referentes a este tema llegaban a los ciudadanos a través de la prensa en un 66 %, de la radio y la televisión en un 13 % y de otras personas en un 13 %.

En nuestro país, diversos estudios han señalado a los medios de comunicación fomentan los miedos colectivos al utilizar un enfoque sensacionalista, sesgado y descontextualizado de la delincuencia y su control provocando prejuicios y actitudes de resentimiento.

Igualmente han destacado que existen unos elementos claves que conforman las representaciones de la delincuencia y que se relacionan con los conceptos de malo, ladrón, robo, juvenil, droga, cárcel, pobreza, etc… configurando un marco problemático que refuerza la mentalidad del miedo al delito y fortalece las políticas públicas punitivas en detrimento de las políticas rehabilitadoras y reinsertadoras de la pena.

Dicho de otro modo, los medios de comunicación al tratar la realidad criminal apuntan en la dirección, al menos en nuestro país, de que los discursos mediáticos sobre temas penales sobrerepresentan el volumen de la realidad criminal, a la vez que son uno de los factores que producen alteraciones en la percepción de la inseguridad ciudadana lo que conlleva o justifica una determinada respuesta legislativa en materia de política criminal, exponiendo de esta forma a la opinión pública a propuestas de política criminal alejadas de los valores garantistas y de orientación rehabilitadora y reinsertadora de la pena tal como se presenta en la Constitución española.

Más, como tuvimos ocasión de corroborar en un pasado, los medios de comunicación no son la única causa explicativa de la inseguridad ciudadana, son un indicativo más sobre los límites en que se mueven los comentarios y opiniones de la población sobre el sentimiento de inseguridad.

Ahora bien, la imagen del delito, del delincuente o las demandas de control podría modificarse con una política de comunicación donde prime un discurso informativo más plural y polifónico, más centrado en los puntos de vista de los distintos agentes y más atento, no sólo a las demandas, sino también a las necesidades sociales.

Un discurso que no caiga en la tentación fácil de confundir y asustar para conseguir determinados fines. La información plural es necesaria no sólo por razones éticas o morales, sino también por razones de eficacia social. Y esto conlleva, a nuestro juicio, apostar por un periodismo de calidad en este ámbito, reforzando los principios y criterios éticos del buen periodismo, un periodismo que se oriente hacia unos determinados códigos éticos de la profesión periodística que fortalezcan la convivencia social dentro de modelos sociales democráticos y de derecho.

La prensa durante sus épocas pretéritas ha educado en valores morales, si bien estos solían responder a unas líneas argumentales opuestas (republicanas o conservadoras). Una importante labor del nuevo periodismo es la pedagogía aséptica de los valores morales.

Que enseñen que el rigor informativo necesita de un poso y de reflexión frente al periodismo fugaz de la red (y lo demuestren con la calidad de sus textos); pero más importante me parece la educación para vencer los prejuicios asociados a la criminalidad.

La eliminación de los estigmas y clasificaciones estratificadas podrá ayudar a que no se asocie un asesinato un robo con la marginalidad o la inmigración.

Un ejemplo ayuda a ilustrar lo que decimos. Una niña asalta a una mujer en la salida del metro de Sol en Madrid, la niña parece hambrienta (hasta aquí el comienzo de la noticia y todos pensamos en una rumana carterista), pero al final del texto se revela que es una niña afincada en la clase media antes de la crisis, que no tiene dinero para ir al colegio al que la han trasladado por la nueva política de asignación de centro educativos (generalmente desarrollada según los méritos del alumno y su clase social) y, además, roba para llevar dinero a casa ya que su padre está en paro y su madre padece una minusvalía por la que ha dejado de cobrar el subsidio.

Un conocimiento más universal de las motivaciones delictuales y un análisis privado de sesgos es fundamental para eliminar esos estereotipos o clichés.

El periodismo es clave en esta labor que ha alimentado a la inversa merced a la politización de los mismos medios, enzarzados en su búsqueda de verdugos de la sociedad que fundamenten sus discursos político-informacionales.

Por lo demás, el discurso de la seguridad ciudadana forma parte del universo irracional de la utopía reaccionaria; la estabilidad absoluta y la ausencia de perturbaciones no tiene nada que ver con el mundo vital sino con el mineral y la cristalografía. Cambio, contradicción, antagonismo e inquietud forman parte de la vida de cualquier colectividad.

El delito, la inseguridad, está entre nosotros y permanecerá en la sociedad aunque cambie de frecuencia y contenido.

_____________________

(1) Josu Goñi se expresa de la siguiente manera: “La inseguridad, como tantas cosas se fomenta, cuando no se inventa y en todo caso se permite, de los millones de sucesos y anécdotas que pueden ocurrir diariamente en un planeta de 7.000 millones de personas, de todo tipo, con toda seguridad la mayoría muy humanas y hasta entrañables, habitualmente se resaltan las nefastas y solamente esas noticias que inquieten…cuando alguien decide lo que es noticia y lo que no, la manipulación está servida y a eso voy…pareciera que persiguen, la infelicidad de las personas, la desconfianza, la insolidaridad y eso es el sistema, guste o no…”. (Fuente: Comentario en http://bit.ly/1eRVKZp)

Hoy invertimos los papeles

Artículos:

Mª Jesús Miranda.
Sociologa

Esta semana es Carmen Ruidíaz, profesora de la Universidad de La Rioja y antigua alumna mía, quien escribe el artículo, y su hijo Alberto Fernández, licenciado en Derecho, quien colabora con ella.
Ya han establecido su particular diálogo entre generaciones.

Carmen Ruidíaz y yo comenzamos a colaborar en una investigación sobre inseguridad ciudadana, patrocinada con una beca del CIS, allá por 1986. Estábamos asistiendo al comienzo de una campaña mediática que empezó con la reforma de la Ley de Enjuiciamineto Crinimal iniciada por el PSOE.

La prensa, en especial el ABC, comenzó a alarmar a la población con titulares como “La nueva ley pondrá en libertad a 13.000 peligrosos delincuentes”.

Precisamente en el curso 1986-87, propuse a mis alumnos de licenciatura un trabajo de colectivo basado en la comparación de noticias de sucesos aparecidos en el periódico ABC en 1965 y 1985.

Las del tiempo de Franco comenzaban siempre con una frase ritual: “Tras un brillante servicio de la Brigada de Investigación Criminal ha sido detenido el peligroso delincuente…”. Supongo que el éxito del periódico El Caso, luego desparecido, se debía a que, de alguna manera, sorteaba la censura y podía publicar casos aún no resueltos.

Pero se terminó la censura y los medios (primero la prensa escrita, luego la televisión) pudieron dedicarse libremente a aterrorizar a su público. La parte buena es que empezaron a aflorar los deslices de los poderosos (la corrupción, la guerra sucia contra ETA).

La parte mala es que se extendió lo que podríamos llamar el “síndrome de la víctima”: seres humanos resentidos, ávidos de venganza e incapaces de comprender que “hasta del más malvado se cabe esperar algo bueno”, como decía Rousseau.

En los primeros años 90, mientras se daban los últimos toques al Código Penal del 95, contemplamos verdaderas aberraciones. Tras el terrible asesinato de la niñas de Alcasser, muchos medios pidieron penas superiores para la violación que para el asesinato.

Como en el caso de Santa María Goretti, antes muerta que deshonrada. Y el violador podía eliminar a la testigo “gratis”.

Se solicitaron así mismo penas superiores para el tráfico de estupefacientes que para el asesinato. Aquí fue donde policía y guardia civil pusieron el grito en el cielo: ¿quién iba a atreverse a detener a un narco?.

Y así sucesivamente. La deriva autoritaria nos ha llevado a un proyecto de Código Penal que establece la “cadena perpetua revisable”. Si tal caso se compadece con el principio constitucional de la reinserción social lo dirá el tiempo.

Pero el problema de fondo es hasta que punto se compadece el autoritarismo con el respeto. Para sociólogos de la época nazi, como Erich Fromm, “el miedo a la libertad” está en las mismas raíces del fascismo.

Los medios de comunicación son responsables de preservar a los ciudadanos de ese miedo, a través de una información veraz y medida. El movimiento feminista ha hecho cuanto ha podido por limitar los abusos informativos en casos de violencia de género, en especial a raíz del caso de Ana Orantes.

La violencia no es un espectáculo, es una enfermedad social. Y como tal hay que tratarla: con un serio estudio de sus causas y sus remedios. Por eso no es de extrañar que sea precisamente el delito contra esta violencia el que ha producido más innovaciones penales en los últimos años: órdenes de alejamiento, medidas alternativas, regímenes de semilibertad con controles telemáticos…

En fin, que agradezco profundamente a Carmen y a Alberto que mantengan vivo el debate.

Conciliación o Barbarie

Artículos:

Elena Herrera Quintana
Socióloga

A la luz de los datos obtenidos por el INE en 2002-2003 y 2009-2010 y respecto a la situación explicada por Mª Jesús Miranda en los artículos citados arriba han pasado más de 20 años, y no podemos decir que los cambios hayan sido tan profundos para todo el tiempo transcurrido en cuanto al reparto de tareas domésticas por género y a la conciliación de la vida laboral, familiar y personal.

En 2009-2010 el 74,7% los hombres participaba en trabajos domésticos, mientras que las mujeres lo hacían en un 91,9%. Estas dedicaban casi dos horas más a este tipo de actividades respecto a los hombres. Dos horas en un día promedio es mucho tiempo.

Aún así, estas tasas muestran ligeras diferencias respecto a los datos obtenidos en 2002-2003, acortándose las diferencias entre géneros. Pero estamos hablando de 7 años entre un estudio y otro, por lo que las tasas entre 2010 y actualmente deben ser muy similares.

En poco más de cincuenta años las mujeres se han incorporado de lleno al mercado laboral, tal como Miranda afirma en Familia y Trabajo de la Mujer “[…] el proceso de incorporación de la mujer al mundo del trabajo se presenta como irreversible […]” y así ha sido.

Esta incorporación más o menos rápida dejo un vació en el hogar, vacío que no se intentó paliar con políticas tempranas de conciliación que adelantasen el problema que se avecinaba. Políticas que pusiesen en marcha medidas que facilitasen este proceso a las familias y no tan sólo a las mujeres, como se suele pensar.

Nos encontramos entonces con un grave problema de conciliación que viene de lejos. Un problema en cuanto al uso del tiempo en función del género. Con una doble jornada femenina por un lado, una baja participación de los varones en cuanto a lo doméstico se refiere (incluido el cuidado y crianza de hijos e hijas). Síntoma todo ello de lo difícil que resulta modificar las actitudes cotidianas de la gente.

Al igual que Miranda destaca dos componentes principales en cuanto al análisis de las condiciones de vida, estos mismos se pueden aplicar en el caso de la conciliación:

  • Un primer componente referido a las condiciones de producción y reproducción. Esto es: a las actividades propias de llevar una casa y la crianza de unos hijos.
  • Un segundo componente que tiene que ver con las relaciones de sentido, esto es, con la relación entre los miembros de la pareja, y, en el caso, con los hijos. Por tanto, relaciones de poder.

Cuando uno de los miembros llega a casa y tiene que hacer la comida del día siguiente, en realidad se esta poniendo sobre la mesa cuál es la diferencia entre los miembros de la pareja, en cuanto seres humanos, para que uno de ellos pueda descansar y dedicar ese tiempo de ocio a puro entretenimiento, y otro tenga que dedicarlo al trabajo doméstico.

La respuesta que a esta pregunta pueda darse dirá mucho de qué tipo de relaciones conyugales se están poniendo en marcha. La conciliación no es solo algo práctico, del día a día, mecánico. Es eso y mucho más. Es una negociación constante que tiene que ver con la dinámica interna de la pareja, con la percepción que tiene uno del otro respecto así mismo.

Es en esa distribución de tareas cuando nos estamos exponiendo nosotros mismos como seres humanos, con necesidades, aspiraciones, deseos , faltas, a ese otro que tenemos en frente, que también tiene sus propios deseos, necesidades, aspiraciones.
Si no se concilia, la convivencia se convierte en supervivencia

Por otro lado en España, y muchos de los países del sur de Europa, las políticas de conciliación siempre se han relacionado con cuestiones de género, básicamente de género femenino. En ocasiones llamadas women-friendly policies, suelen estar relegadas a un segundo plano respecto a las “grandes” agendas políticas.

Esto resulta paradójico si pensamos y enseñamos en las escuelas que la familia es la unidad básica de toda sociedad, por tanto sí los gobiernos no facilitan a las familias (del tipo que sean, superando la  asociación mecánica entre familia y modelo tradicional) la organización de una forma democrática y equitativa para todos sus miembros en realidad está atentando contra lo que se considera el núcleo más básico (aunque no único) de la socialización de sus ciudadanos y ciudadanas.

No fue hasta 1999 que se formuló explícitamente una ley en este sentido, Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral de las Personas Trabajadoras, cuando el problema venía fraguándose desde mucho tiempo atrás.

Y es que en ocasiones se piensa que el tema de la conciliación es algo privado de cada familia, donde el estado no puede ni debe intervenir, y mucho menos las empresas han de interesarse. Aún así, desde este primer precedente, tal como afirman J. Antonio Fernandez y Carmen Tobio, los sucesivos gobiernos han ido aprobando y eliminando medidas entorno al Bienestar de las familias (en el caso de los socialistas) o a la Protección de las familias (en el caso de los populares)

Lo que se puede concluir es que los cambios entorno a la conciliación han seguido sendas distintas en cuanto a lo micro y macro se refiere. Por un lado, se ha comenzado a legislar en este sentido desde principios de siglo, aunque de forma secundaria, y casi por obligación con Europa.  

La conciliación y situación de la familia es un tema del que se habla y que forma parte de los programas políticos de los partidos, aunque sea de forma secundaria. Sin embargo, según los datos estadísticos antes aludidos, el aspecto más micro de esta problemática, el que tiene que ver con las actitudes y comportamientos de la gente tras los muros de sus casas, no ha sufrido una rápida modificación. Más bien los cambios son lentos, y casi deben comparase los datos de década en década para atisbar algún cambio hacia la equidad.

La legislación en esta materia no nos asegura que estemos haciendo las cosas bien en casa, ya que, tal como atentas decíamos, las relaciones de sentido, las relaciones de poder inmersas en estas cuestiones, mal que nos pese, no se modifican a golpe de decreto. Tienen que ver con algo mas profundo, en la raíz de la educación que se les da a las niñas y niños, en los modelos que ven en casa y en la sociedad en su conjunto.

Tal como afirma Miranda en El padre vale poco “[…] una familia aislada no es culpable de algo que tiene su origen en la estructura social y que nos afecta a todos […]”

Conciliación

Artículos:

Mª Jesús Miranda
Socióloga

En los primeros 70 Victoria Abril y yo asistimos a un curso de doctorado en la facultad de Ciencias Políticas, impartido por el profesor Enrique Gastón, sobre métodos de investigación social con niños pequeños, que nos marcó profundamente.

Creo que más a Viky, que luego dedicó muchos años de su vida profesional a gestionar guarderías y escuelas infantiles para la infancia marginada.

Yo, con esos pocos conocimientos y algunas ideas sobre instituciones totales, asesoré a los responsables políticos de la Comunidad de Madrid, en los primeros 80, en el proceso de desinstitucionalización de las niñas y niños hasta entonces recluidos en centros como la Ciudad Escolar Francisco Franco o la Casa Cuna (antes Hospicio).

En este proceso conocí al profesor Kuno Beller, de la Universidad Libre de Berlin, que sigue siendo para mi una firme referencia vital, melómana y teórica.

Pero, como primer paso de las cosas que vinieron después, Victoria y yo realizamos una pequeña investigación con niños de 7 y 8 años, que publicamos en 1976 en la Revista Ciudadano.

Maruja Torres comento elogiosamente este artículo en su columna de El País y nosotras nos sentimos “felices como perdices”, frase que compartimos todavía. Maruja entonces, y ahora Elena Herrera, se han fijado más en los resultados de la investigación que en su metodología, cosa que sucede con frecuencia.

De modo que, amigas/os, esta semana hablamos de vida laboral y familiar.