Jóvenes en prisión: La década del fin del mundo

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Mª Jesús Miranda
Socióloga

Para mí nunca fue tan evidente que podía pasar cualquier cosa como en la década de los 80. En Oriente Medio, los iraníes votaron para presidente, por sufragio universal, a un ayatolá ultraconservador en 1979. En Occidente, se estrenó con el neoliberalismo de Reagan y Tatcher. Era evidente que la Unión Soviética se venía abajo, pero no sabíamos encima de quien.  Empezaron a perderse conquistas sociales.

Fui a Nueva York en 1982: las calles llenas de homeless y de baches , los bancos llenos de anuncios. Fui poco después a Cambridge (el de UK) y me encontré los trenes destartalados y los muros de las ex-fábricas cubiertos de grafittis. Los chavales, vestidos a lo punk y con aquellos loros enormes al hombro, escuchaban a Lou Reed (en paz descanse) y a los Sex Pistols.

Mi hijo el mayor (12 años) “se fue de casa por primera vez” (Serrat). El psicólogo al que consulté, Ángel Riviere, un excelente profesional que se fue demasiado pronto me dijo: “esta generación ha desarrollado una personalidad fóbica. Les hemos mostrado todos los peligros (nucleares, ecológicos, sentimentales…) pero no hemos hecho nada para enseñarles cómo  enfrentarse a ellos”.

Pasaron los años. Nuestros Gobiernos socialistas vivían en un sueño de reconocimiento internacional, privatizaciones, comisiones e impunidad. Felipe González se fue de vacaciones en el yate de Franco, Alfonso Guerra llamó a un helicóptero de ejército para que le sacara de un atasco porque llegaba tarde a los toros y la gente les seguía votando. Santo y bueno.

La movida madrileña ensalzaba a Alaska (“a quien le importa”), a Mecano (“no me mires, que no me he puesto el maquillaje”), al Almodóvar de Pepi, Lucy…  el punk de La Polla Records o Flema

Por debajo (underground) una red de cultivadores en “estados fallidos”, traficantes que no iban a ser más honrados que sus dirigentes y chicos desesperados mataban y morían.

En 1988 nombraron a una amiga mía Subdirectora de Sanidad Penitenciaria. A poco se muere del susto. Me llamó, en mi calidad de abogada de causas perdidas, e hicimos un convenio entre la Universidad Complutense y los Ministerios de Sanidad y Justicia. Analizamos la sangre y los secretos de 25.500 presos. La mayoría tenía menos de 30 años, casi todos estaban desesperados y 28,5% eran portadores del VIH. Eran los deshechos de la casi ignorada crisis del 73, que aquí se reveló en toda su crudeza en los 80, cuando nuestros amigos extranjeros dejaron de meter dinero a espuertas para garantizar la transición. Algunos han muerto. Otros siguen entrando y saliendo de prisión. La cárcel no es gratis.

A finales de los 90 llevamos a cabo (con María Teresa Martín Palomo y Cristina Vega) una investigación sobre “Politoxicómanos multi-reincidentes”. Un resumen de los resultados puede verse en Política y Sociedad, Vo.l 39, nº 2, 2002.

¿Y ahora? La diferencia entre la “cohorte maldita” y los ni-nis actuales es que han ido a la escuela. La escuela no solo enseña contenidos formales sino que, como bien dijo Foucault, DISCIPLINA.

Los jóvenes actuales son disciplinados. Aceptan imposibles condiciones de trabajo, aguantan días enteros de cola para ver un concierto  o un partido, se emborrachan y no se pelean a muerte después.  Algunos, incluso, son solidarios: se van de cooperantes a países perdidos, reparten café a los mendigos… Unos poquitos intentan enfrentarse a nuestra maldita herencia: un planeta arrasado, un millón de guerras, un poder en manos de unos inmorales desalmados.

Sobre sus hombros recae, más que sobre ninguno, el peso de esta crisis. Y van aguantando, con una creatividad que ya la quisiéramos para nosotros, quintos del 48.

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